EL PROBLEMA SOCIAL DEL DIVORCIO

Hay buenas razones para estar preocupado por este tema. Los niveles de divorcio en las naciones anglosajonas, por ejemplo, han sido altos durante muchos años. Un estudio de la Rutgers University publicado el pasado junio hacía notar que el 40-45% de los matrimonios contraídos ahora en Estados Unidos acabarán en divorcio, si continúa la actual tendencia.

La mentalidad de divorcio ha comenzado a asentarse también en otros países, incluyendo aquellos de larga tradición católica. En Italia, los divorcios se han triplicado en el periodo que va de 1980 a 1999, según un informe del periódico La Repubblica del 20 de octubre. En España, donde el divorcio se legalizó hace 20 años, uno de cada tres matrimonios acaba en divorcio, informaba el periódico ABC el 17 de diciembre.

¿De que hablamos? Ciertamente no de casos singulares y menos de personas, a las que nadie tiene derecho a juzgar la intimidad de su conciencia. Hablamos de algo en si indeseable –el divorcio- y de sus secuelas sociales. Y de una mentalidad –equivocada- que se ha ido extendiendo de que esto es algo irreversible.

Recientes estudios han establecido claramente los altos costes sociales para el país, de las rupturas matrimoniales. En el 2000, Judith Wallerstein publicó: "The Unexpected Legacy of Divorce: A 25 Year Landmark Study", que encontró que los niños que han crecido en familias divorciadas son menos propensos a casarse, más propensos a divorciarse, y más propensos a tener hijos fuera del matrimonio y a abusar de las drogas.

Wallerstein basó sus conclusiones en entrevistas exhaustivas a 100 niños en una comunidad del Norte de California que fueron seguidas por investigadores durante 25 años. Observó que los adultos hijos de divorciados tienden a esperar que sus relaciones fallen y se angustian con el miedo a la pérdida, al conflicto, a la traición y a la soledad.

En 1994, por ejemplo, una investigación llevada a cabo con 152 familias en Exeter, Inglaterra, mostró que incluso en las familias altamente conflictivas (pero intactas), hay menos niños infelices en comparación con aquellos de los hogares rotos. Los niños, de hecho, estaban preparados para aguantar el conflicto familiar, y preferían que sus padres permanecieran juntos. Por ello es, al menos, irresponsable afirmar genéricamente que el divorcio pueda ser un bien para los hijos.

Otro estudio (Edward S. Williams, julio 2000) recoge 5000 casos de abusos de niños en Inglaterra desde 1977 hasta 1990. Los niños que viven con una madre o un padre sustitutos corren casi nueve veces más peligros de sufrir abusos que los niños que viven con ambos padres casados en una familia tradicional. En cuanto a los adultos, como un tercio de los padres se deprimían profundamente tras el divorcio. La depresión era especialmente común entre las mujeres, afectando casi al 50%. Incluso 10 ó 15 años después del hecho, la herida y la humillación del divorcio seguían ocupando una posición central en las emociones de muchos adultos.

La indisolubilidad del matrimonio no es un añadido caprichoso del cristianismo: es una condición esencial de todo matrimonio. No la inventó Jesucristo: ya lo hizo Dios cuando creo a la primera pareja: uno para una y para siempre, y abiertos a la vida. Así funciona bien la familia y la sociedad. No es como un peso, que a veces pudiera resultar insoportable, o la ‘imposición’ de una norma contra las ‘legítimas’ aspiraciones de la realización de la persona. Es todo lo contrario: viene a ser como las reglas del juego para que algo funcione bien. Mucho menos es algo propio de los creyentes, que pretendan ‘imponerlo’ al conjunto de la sociedad: no hacen más que recordar lo que es condición de felicidad de toda persona y de toda la sociedad.

Hay que agradecer a Juan Pablo II que, recientemente (Zenit, 28 enero 2002), animaba a no rendirse ante una mentalidad divorcista: "Podría casi parecer que el divorcio está tan enraizado en ciertos ambientes sociales, que prácticamente no valga la pena seguir combatiéndolo por medio de la difusión de una mentalidad, unas costumbres y una legislación civil a favor de la indisolubilidad. Sin embargo, ¡vale la pena!"

Respeto a las personas. Y difundir las ideas claras. Es lo mejor para todos.

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