EL HOLOCAUSTO NORTEAMERICANO

El divorcio, concebido antes como el último recurso, ha pasado a ser visto en los Estados Unidos como un derecho individual sin trabas. Pero a medida que el fenómeno queda fuera de control, se favorece una cultura reacia al copromiso, donde los intereses y necesidades de los niños son ignorados frente a los deseos de los padres. Una verdadera anticultura que es analizada por Barbara Dafoe Whitehead en su recienete libro The Divorce Culture. Abre un debate sobre los efectos del divorcio que ha encontrado una inesperada atención pública. Veamos el problema de fondo.

En los últimos 30 años, el divorcio se ha convertido en un elemento característico de la cultura norteamericana. Desde 1970 a principios de 1990, la proporción de mayores de 18 años que son divorciados creció del 16 al 23%. Para quienes hoy se encuentarn en la veintena, fue además parte inevitable de su infancia. Cada año más de un millón de niños sufre la ruptura de la familia.

La sociedad se está planteando una de las verdades más básicas para poder hacer bien una sociedad: la familia. Esta es, en efecto, no sólo el simple home, swuit home donde uno descansa y se siente a gusto. Es, además, el lugar natural donde cada persona se ve aceptada y amada por lo que es, comparte con otros seres humanos sus capacidades y con sus límites; con sus virtudes y defectos... A pesar de que posibles altercados, riñas... Porque es allí, donde la persona se siente empujada a querer a los demás miembros de su familia y, poco a poco, a todas las demás personas. Todas las virtudes humanas y cívicas -el respeto mutuo, la capacidad de dialogar, la obediencia a la autoridad, la sobriedad y laboriosidad, etc.-, se generan a partir de la familia, célula básica de la sociedad, alma de la civilización del amor que debemos preparar cara al tercer milenio.

Estas verdades comienzan a abrirse paso en los Estados Unidos. Se detecta una reacción para reforzar el matrimonio, frente a la plaga del divorcio. Es que cada vez son más evidentes sus costes sociales. Uno de ellos es la pobreza de tantas familias rotas y los problemas de niños que crecen a cargo de un solo padre. Gran parte de lo que se llama la "feminización de la pobreza", es impacto directo de la falta de un marido en casa. Un 38% de los hogares de divorciadas con hijos a su cargo viven bajo el nivel oficial de pobreza. Al mismo tiempo, las investigaciones acumulan pruebas de que los hijos de divorciados corren más riesgos de incurrir en los problemas juveniles que pueden torcer su futuro: actividad sexual precoz, fracaso escolar, consumo de alcohol y drogas, maternidad adolescente y, nuevamente, mayor riesgo de divorcio.

Todo lo anterior fue favorecido en Estados Unidos por un miope cambio de leyes desde 1970. Actualmente en algunos Estados comienzan a replantear el tema. Florida debate una ley para rechazar el divorcio sin causa en caso de matrimonios con hijos. Michigan introduce una ley que obligaría a realizar cursillos prematrimoniales. Así en otros nueve Estados (Arizona, Illinois, Iowa, Maryland, Mennesiota, Misisipi, Missouri, Oregon y Washington) se están estudiando leyes en esta línea.

Podriamos recordarles aquel dicho chapín: se ahogo el niño, a tapar el pozo. Vuelven atrás para salvar la familia después haberla a maltratado muy torpemente. Pero les deseamos -y esperamos- el mejor de los éxitos. Y también nos puede servir todo esto para que nos enorgullezcamos y protejamos los valores de nuestros padres y de la herencia cristiana que tenemos. No tengamos que lamentar lo que señalaba uno de los comentaristas del New York Magazine: La Guerra del Divorcio, el holocausto doméstico americano, realmente ha sucedido, y hay victimas que lo prueban.

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