Ernesto Cofiño. NOTICIAS BUENAS... Y MUY BUENAS
A veces nos puede pasar en Guatemala como contaba Chesterton, de un hombre que recorría grandes distancias para ver un precioso cuadro de una puesta de sol... y no se le ocurría abrir la ventana de su casa para verla directamente.
La noticia vino de la Agencia Internacional de Roma: "En estos días ha dado un paso significativo la causa de canonización de un pediatra de Guatemala, que se encuentra en camino hacia el reconocimiento solemne de su santidad por parte de la Iglesia. Ernesto Cofiño, fallecido en 1991, con cinco hijos, fue un pionero de la investigación pediátrica en Guatemala. Creó y ocupó la Cátedra de Pediatría en la Facultad de Medicina en la Universidad de San Carlos (USAC), durante 24 años. Por su dedicación generosa a la docencia mereció que se le concediera la Medalla de Oro de la USAC, máxima distinción de ese centro universitario".
Un hombre bueno siempre es una buena noticia que nos hace bien. Y si es cercano, tantísimos lo conocimos, mucho mejor. En una época y en lugares como los nuestros en los que la conciencia de los que ejercen funciones públicas parece muchas veces eclipsada, o parecen privilegiar el interés personal o de grupo sobre el bien común, estas figuras, como la del Dr. Cofiño, ayudan a recordar que si es posible vivir sus mismos ideales humanos y cristianos. Ya es alentador el hecho de que al plantear un modelo, un punto de referencia, haya surgido precisamente en una persona corriente, que uno siente que vivió como uno. Recordar su vida ayuda a esto.
Nació en la ciudad de Guatemala el 5 de junio de 1899, donde también cursó sus primeros estudios. En la Facultad de Medicina de la Universidad de París obtuvo con honores el título de Médico Cirujano en 1929. Contrajo matrimonio en 1933. Se dedicó plenamente al ejercicio de su profesión con un admirable espíritu de servicio que le llevaba, no solamente a ocuparse de la salud física de sus pacientes, sino a hacer suyos sus problemas personales. Su gran sentido sobrenatural y su hondo sentido humano le llevaron a fomentar y defender el derecho y el amor a la vida, propiciando iniciativas y realizando él mismo muchas de ellas, con gran caridad, en beneficio de futuras madres, de niños y niñas de la calle, de huérfanos, y ofreciendo soluciones a problemas públicos. Fundó asilos y centros asistenciales. Dirigió durante 4 años el Hospicio Nacional. Por su dedicación generosa a la docencia mereció que se le concediera la Medalla de Oro de la USAC, máxima distinción universitaria. El año 1956 pidió su admisión en el Opus Dei como miembro Supernumerario.
Quizá lo más valioso para nosotros es que se trata una figura extraordinaria, pero al mismo tiempo nos es muy cercana en el tiempo, y más todavía a nuestros problemas y sensibilidad... Supo enfrentarse a los problemas sociales y cívicos de su tiempo. En definitiva, un hombre apasionado por su época y de su ambiente, a los que sirvió como un buen médico y buen padre de familia. Es uno de los nuestros, uno más.
En un época en que algunos se empeñan en propagar la división incluso dentro de la Iglesia, fue modelo de mente abierta, abierto a todas las tendencias. Amigo de Miguel Angel Asturias... y de Mons. Rossell; hombre piadoso... y que sabía apreciar la belleza de este mundo, en la que quizá en el fondo veía, con buen sentido de cristiano en medio el mundo, un reflejo de la bondad de su Padre Dios. Un hombre feliz que hizo feliz a muchos, ricos y pobres. Precisamente para ayudar a los más necesitados convenció a muchos "menos necesitados" para que ayudaran a aquellos. De hecho colaboró generosamente, sin descuidar sus obligaciones profesionales y familiares, con organizaciones dedicadas a la educación y capacitación de campesinos, de obreros, de mujeres de muy escasos recursos y en la formación de la juventud universitaria. Este servicio en favor del prójimo lo siguió realizando con gran dedicación hasta los 92 años.
Es una buena noticia. Un bien para Guatemala; más bien, para toda Latinoamérica.