ERNESTO COFIÑO. UNA PERSONA CORRIENTE... QUIZÁ NO TANTO...

El pasado jueves 17 asistí a una Misa singular. Bueno, en realidad era normal, una Misa de difuntos por el alma del Dr. Ernesto Cofiño. Misa de cinco años de fallecido, para ser exactos. Lo singular era el ambiente de los asistentes a la salida: se notaba el lógico dolor de la separación de una persona querida, pero había un no-se-qué de alegría que llamaba la atención. Prevalecía la paz, que es un privilegio común a los cristianos que saben que están aquí para algo. Pero una paz muy particular.

Estábamos recordando a una persona de alguna manera corriente. Intento aquí dar algunas pinceladas de su vida, aun a sabiendas de que me quedo muy corto tratándose de una tan rica personalidad.

Casado, con una familia numerosa, supo vivir con ella el sentido cristiano de vida. Podríamos decir que se preocupó por hacer de ella un remanso de paz y que la difundía a todo su alrededor. Procuró hacer un hogar luminoso y alegre, en frase del Beato Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, a quien conoció y trató profundamente.

Difundió ampliamente el concepto de familia como célula básica de la sociedad. Una familia como comunión de personas, fundada sobre el matrimonio uno e indisoluble, y abierta a la vida. Este tema -la defensa de la vida- fue precisamente uno de los puntales de su actividad profesional y social. Médico pediatra, de gran prestigio, fue un ardiente defensor de la vida y dedicó a ello gran parte de sus energías.

Amigo verdadero de sus amigos, ayudó a muchos a vivir sus mismos ideales humanos y cristianos. De alguna manera no hubo nadie que se acercara a él, que no sintiera la ayuda entrañable de un buen amigo. Esto explica en parte ese ambiente de paz y alegría que se reflejaba entre los asistentes a su Misa.

Un detalle interesante es que no sólo estaban amigos que le habían tratado, sino también personas que apenas le conocieron, que simplemente habían oído de él. Venían gustosos para cumplir con el deber de caridad de rezar por su alma, pero también atraídos por la riqueza de su mensaje.

Muchos recuerdan las clases de doctrina cristiana que daba semanalmente a sus amigos. A veces, varias por semana, hasta bien avanzada su enfermedad. Era un hombre que atraía por el mensaje que transmitía, en plena concordancia con lo que el Papa llama 'la cristiandad de tercer milenio'. Creía firmemente que todo el evangelio es para todos. La recristianización de la sociedad (de la familia, del ambiente profesional, de las instituciones todas de la sociedad) estaba convencido de que era tarea de todos y muy particularmente de los que, como él, se consideraba -y era- un fiel corriente. Por esto hizo tanto bien a su alrededor. La actitud de los asistentes a la Misa a que me refería al comienzo de estas líneas, era fruto de la labor callada y sencilla de este hombre corriente; de un hombre encantadoramente normal, imitable, pero muy excepcional.

Me llamó la atención -y me hizo pensar- uno que a la salida de la Misa me comentaba: vine para pedir por él. Pero la verdad es que recordándome de su vida y del bien que hizo y sigue haciendo con el recuerdo que ha dejado, acabé pidiéndole que me ayudara desde el Cielo.

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