FRENTE AL TERCER MILENIO: NO ES UTÓPICA LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR

Se ha realizado (26 al 30 de mayo) en Toronto, Canadá, el II Congreso Panamericano sobre la Familia y Educación, con más de mil participantes de 22 países diversos. El lema del Congreso resume una frase de Juan Pablo II en su Carta a las familias: La civilización del amor es posible, no es una utopía. Llegó a mis manos un Mensaje al Congreso, de Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, que pienso vale la pena darlo a conocer. Intento hacer un resumen, aún a sabiendas que sólo leyendo el texto íntegro podrá valorarse en toda su riqueza. Transmito de todas formas sus ideas, porque pienso que es uno de los mejores razonamientos acerca del Magisterio reciente de la Iglesia sobre la necesidad de recristianizar la sociedad... y cómo... y por quien.

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El reto que se nos presenta ante el tercer milenio es claro: la humanidad debe tener la convicción de que es preciso elaborar -y sobre todo vivir- una cultura de la solidaridad, que en muchos aspectos adquiere modalidades nuevas respecto al pasado. Se observa, ante todo, una creciente demanda de libertad personal, presupuesto indispensable para el verdadero desarrollo de los individuos y, por tanto, de las naciones.

Esta nueva cultura deberá consistir en establecer un nuevo orden social fundado en la paz, en la justicia y en el respeto mutuo, que facilite una amplia colaboración de los ciudadanos entre sí para realizar los más variados proyectos comunes y promover nuevas y más adecuadas formas de solidaridad.

Al pasar a plantearse quien hará esta nueva cultura, inscrita en el corazón de todos los hombres, señala algo que ha sido error del pasado: haber dejado ese objetivo en manos los responsables de la cosa pública, como si fuera únicamente el Estado el responsable de llevarlo a cabo. Hoy se afirma que esta responsabilidad corresponde en primer lugar a los miembros de la sociedad: individuos y sociedades menores de modo primario.

Este logro no duda Mons. Echevarría en calificarlo uno de los principales de la sociedad civil en estos últimos años del siglo XX. Y recalca lo que podría ser una de las principales metas de este mensaje: resulta urgente tomar conciencia de que este objetivo ha de ser perseguido, principalmente, mediante el compromiso libre y responsable de los individuos. Todo es posible si nos esforzamos en despertar en todos la convicción humana y cristiana de que gastarse en promover el bien de los demás constituye un bien para mí, pues la persona encuentra su mayor realización y plenitud en esta donación.

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Esta civilización del amor será posible si se verifican dos condiciones: reconocer la íntima unidad entre verdad y libertad; y recuperar el concepto originario de familia, fundada sobre un matrimonio uno e indisoluble.

La primera condición tiene esta expresión: no existe libertad propiamente humana sin basarla en la verdad. Puntualiza: es preciso insistir en la importancia de que la libertad humana pierde su sentido y su eficacia si se ejerce desvinculada de la más profunda verdad sobre el hombre. De esta unión (verdad y libertad) depende de que el ser humano tenga una vida llena de contenido. Y saca aquí -en consonancia con la genuina doctrina cristiana- una consecuencia de un valor incalculable para la vida social: cada hombre y cada mujer -cada ser humano, también el que aún no ha llegado a nacer, así como el que se encuentra en la fase terminal de su vida terrena- es fruto singular del amor de Dios, que ha querido a cada uno en sí mismo.

Pero este carácter único e irrepetible de cada persona humana no hace de ella un ser aislado. Dios nos ha creado solidarios unos de otros. Entramos así al tercer gran tema de este mensaje: la necesidad de la familia para hacer posible esta nueva cultura de la civilización del amor.

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Es necesario tomar conciencia de que el hombre desarrolla su inclinación natural a la sociabilidad mediante el amor a Dios y a los demás hombres. Es un largo proceso para llegar a convertirse en un ser auténticamente social, es decir, para percibir de forma habitual y eficaz el bien de los demás hombres y mujeres como un bien que también es suyo: como un bien común.

Y aquí cobra particular relieve la familia. Es el lugar donde la persona se ve acogida y amada por lo que es: en su humanidad, en su condición de ser insustituibles; como es... Querida así, la persona aprende a querer a los demás miembros de la familia y se expandirá ese afecto a todas las demás personas.

Todo este progreso -advierte- hacia la civilización del amor, se encuentra frenado y desnaturalizado por una concepción errónea del matrimonio y la familia. Expone cómo sólo una comunidad familiar -varón y mujer que constituyen un consorcio para toda la vida, ordenado al bien de los conyugues y a la generación y educación de los hijos-, sólo una familia así entendida responde a la vocación de la persona a la entrega de sí mismo; se realiza plenamente. Sólo esta comunidad familiar es el presupuesto apto para construir una sociedad justa y una civilización del amor y, por tanto, merecen un reconocimiento pleno por parte de la sociedad.

Termina el mensaje con un llamado que resalta el carácter realista, no utópico, de todas estas consideraciones. Porque,

siguiendo la línea de todo el mensaje, coloca la responsabilidad de edificar este nuevo orden social en cada persona singular, en cada uno de nosotros: A vosotros os corresponde especialmente difundir, a todos los niveles, este concepto natural y cristianos del matrimonio y de la familia, el único capaz de devolver a la persona humana su dignidad originaria.

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