A PROPOSITO DE LA CANONIZACION DEL HERMANO PEDRO

En Guatemala todos estamos felices: el Papa viene de nuevo y a canonizar al Hermano Pedro. Me contaba un maestro que preguntaba en clase a un muchacho sobre qué pensaba de esta canonización y le respondió que definitivamente mostraba que también en Guatemala se podía ser santo. Aunque añadió, no sabe cuanto en broma, que eso era hace tres siglos, pero que ahora...

Quizá es bueno recordar cosas sobre el tema. Hasta ahora, el hermano Pedro es Beato. ¿Qué hace el Papa al beatificar a una persona? Declara que ha vivido las virtudes propias de un cristiano y nos las pone como ejemplo. Y ya se le puede llamar Beato. ¿Qué hace cuando canoniza? Declara que esa persona está en el cielo. El Hermano Pedro hasta ahora Beato, a partir del 31 de julio, después de ser canonizado, será Santo.

Las canonizaciones se consideran ordinariamente una cuestión interna de la Iglesia; y no se entiende que, junto a la alegría de los fieles, se dé en ocasiones por parte de algunos no creyentes el desagrado o la clara oposición. Fue, por ejemplo, la beatificación de unos mártires chinos, en octubre de 2000, duramente criticada por Pekín, sin razón, y metiéndose en lo que nadie les llamaba ni entendían. Así algunos elevados a los altares siguen siendo personas incómodas para determinados modos de pensar. Son santos que hoy podríamos calificar de "políticamente incorrectos", como los mártires chinos antes citados.

Además, Juan Pablo II ha canonizado a muchas más personas que cualquiera de sus predecesores. ¿Hay ahora más santos que antes? ¿Se han rebajado los niveles de exigencia? En un artículo publicado en Alfa y Omega (Madrid, 31 enero 2002), Alberto de la Hera reflexiona sobre este fenómeno. Hay varios motivos del aumento de canonizaciones.

Una primera razón es el número de católicos en todo el mundo. La población mundial se ha multiplicado, y a la par se multiplica lógicamente el número de miembros de la Iglesia. Hay más católicos que nunca; hay pues, también, más santos que nunca.

Por otra parte, junto a este crecimiento del número de fieles se ha producido una mayor participación de los laicos en la vida eclesial. La llamada de los laicos a la santidad es hoy un signo de nuestro tiempo, y también de ahí van saliendo, en constante progresión, los santos. Si la Humanidad crece, si crece la Iglesia, si crecen los movimientos apostólicos hasta niveles no soñados hace solo cincuenta años, y si se agranda el espectro de la vocación a la santidad mediante la presencia activa del laicado en el campo eclesial, no puede sorprendernos que crezca el número de santos. Lo contrario sería preocupante.

También se han agilizado los procedimientos y esto ha originado lo que podría parecer records de velocidad. En 1983 el Papa modificó las normas de los procesos de santidad. Se pasó del modelo del "proceso judicial" (con abogado defensor y fiscal, el proverbial "abogado del diablo") al modelo de la "investigación histórica", más atento a la elaboración de una biografía crítica del candidato. Per, aunque si se acortaron los tiempos y se aligeraron aspectos burocráticos, no se suprimieron los filtros. Esto, sin contar con la velocidad que significa utilizar computadoras frente a una máquina de escribir, no digamos, tinta y pluma.

Tampoco podemos olvidar que los santos han sido gente de nuestra galaxia. En otros momentos de la Historia se seleccionaba a unos pocos para declarar oficialmente su

santidad y proponerlos como modelo. Ello se hacía para una cristiandad agrupada en torno

a formas muy poco cambiantes de vida cristiana. Hoy el mundo se ha diversificado inmensamente; se necesitan santos que sirvan a todas esas nuevas formas de vida, que muestren como se vive la santidad en cualquier ambiente actual, que sean testimonio de la diversificación de vida. Y es preciso que la Humanidad sepa que santificarse no es exclusivo de pocos especialistas, y Juan Pablo II parece dispuesto a demostrarlo. La salvación, y el modo de vida que conduce a ella, está al alcance de todos, y son muchísimos los que la consiguen. También en Guatemala, y en este siglo...

 

 

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