SANTOS EN GUATEMALA
Los santos siguen siendo noticia y, contrariamente a lo que cabría esperar de nuestra sociedad secularizada, movilizan cada año, de distintas maneras, a millones de personas. Está claro que la declaración de santidad no es una simple cuestión interna de la Iglesia Católica. Lo acabamos de ver en Guatemala con nuestros propios ojos, con ocasión de la Canonización del Santo Hermano Pedro: una movilización popular, multitudinaria, que afectó positivamente al país en toda su amplitud. Y confiamos que su mensaje seguirá fructificando entre nosotros, como señaló el Papa: "El nuevo Santo es también hoy un apremiante llamado a practicar la misericordia en la sociedad actual, sobre todo cuando son tantos los que esperan una mano tendida que los socorra".
Quería ahora referirme a un próximo santo, que también estuvo en Guatemala, aunque por breve tiempo, en febrero de 1975. Es el Beato Josemaría. Todos los santos son de por si ejemplo, pero además, cada uno tiene su mensaje peculiar. ¿Cuál fue su menaje peculiar?
En palabras del Prelado del Opus Dei, su mensaje es recordar a los cristianos que viven en medio del mundo, que Dios los llama en y a través de las ocupaciones de la vida diaria. «Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir», escribió. Y gastó todas sus energías al servicio de este ideal a la vez grandioso y normalísimo. Por eso tantos cristianos han podido aprender de él a descubrir a Dios en la existencia ordinaria.
Otra faceta fundamental la ponía de relieve Giorgio Rumi, profesor de Historia Moderna de la Universidad de Milán. Según el historiador, el beato Josemaría ha restituido al trabajo su dignidad original, integrándolo en el proyecto general de santificación del tiempo. Así, concluye, el trabajo no puede ser visto ni como alienación , ni como algo negativo de lo que el hombre deba liberarse. Para Escrivá, el trabajo es una "bendición" y "contribuye a empapar las realidades temporales de sentido cristiano" y, por tanto, se enlaza con la obra creadora y redentora de Dios.
Pero, sin duda, la exposición más cualificada es precisamente de Juan Pablo II, en un reciente discurso (12 enero 02): Desde los comienzos de su ministerio sacerdotal, el Beato Josemaría Escrivá puso en el centro de su predicación la verdad de que todos los bautizados están llamados a la plenitud de la caridad, y que el modo más inmediato para alcanzar esta meta común se encuentra en la normalidad diaria. El Señor quiere entrar en comunión de amor con cada uno de sus hijos, en la trama de las ocupaciones de cada día, en el contexto ordinario en el que se desarrolla la existencia. A la luz de estas consideraciones, las actividades diarias se presentan como un valioso medio de unión con Cristo, pudiendo transformarse en ámbito y materia de santificación, en terreno de ejercicio de las virtudes y en diálogo de amor que se realiza en las obras. El espíritu de oración transfigura el trabajo y así es posible permanecer en la contemplación de Dios, incluso mientras se realizan diversas ocupaciones. Para todo bautizado que quiere seguir fielmente a Cristo, la fábrica, la oficina, la biblioteca, el laboratorio, el taller y el hogar pueden transformarse en lugares de encuentro con el Señor; que eligió vivir durante treinta años una vida oculta. ¿Se podría poner en duda que el período que Jesús pasó en Nazaret ya formaba parte de su misión salvífica? Por tanto, también para nosotros la vida diaria, en apariencia gris, con su monotonía hecha de gestos que parecen repetirse siempre iguales, puede transfigurarse y adquirir el relieve de una dimensión sobrenatural.
Y hace ver cómo su mensaje es para todos y de plena actualidad para la gente corriente, la gente de la calle, como le gustaba decir al Beato Josemaría: El fiel laico, al santificar su trabajo respetando las normas morales objetivas, contribuye eficazmente a construir una sociedad más digna del hombre y a liberar la creación que gime y sufre a la espera de la revelación de los hijos de Dios. Así coopera para modelar el rostro de una humanidad atenta a las exigencias de la persona y del bien común.
Un mensaje de gran valor -como los de todos los santos-, pero quizá de especial incidencia social en nuestro tiempo. Este mensaje es el que, de algún modo se canonizará en Roma, el próximo 6 de octubre.