El beato Josemaría y la Universidad
José Joaquín Camacho
Publicado en Siglo XXI, 22 dic 2001
El próximo 9 de enero se cumple el centenario del nacimiento del beato Josemaría Escrivá. Deseo en esta ocasión presentar una reflexión personal sobre algunas de sus enseñanzas, que me parecen de plena actualidad para los momentos en que vivimos. Me refiero específicamente a sus enseñanzas para quienes se dedican a la universidad, o simplemente somos universitarios.
El beato Josemaría hizo los estudios habituales para un sacerdote en aquella época: bachillerato y las enseñanzas seminarísticas. En 1923, cuando aún no había terminado este aprendizaje, consideró que era el momento de seguir un consejo que le había dado su padre cuando le habló de hacerse sacerdote: estudiar, además de las ciencias eclesiásticas, la carrera civil de Derecho. Este interés por los estudios universitarios -nada usual en un sacerdote de entonces- le llevó, posteriormente, a irse a Madrid en 1927, para proseguir su carrera jurídica hasta obtener el título de doctor, título que en España, por entonces, estaba reservado a la universidad madrileña.
Esta faceta de su historia incide probablemente en su interés y su amor por la universidad. De hecho, aunque desde su inicio se dirigió a todo tipo de personas, muchos de los que inicialmente se acercaron a su apostolado fueron universitarios. Por ello, quizá en su predicación se encuentran abundantes escritos sobre el trabajo intelectual y el universitario. Decía de sí mismo: "Me considero universitario, y todo lo que se refiere a la universidad me apasiona". A sus comentarios me remito.
Sobre la repercusión nacional que debe tener la universidad, en una ocasión -es cita tomada de una reciente entrevista de monseñor Echevarría-, afirmaba que la universidad no debe ser ajena a ningún problema humano. "La universidad, decía, es el lugar idóneo para adquirir la preparación que permita luego contribuir a dar solución a los grandes problemas sociales y defender los derechos fundamentales de la persona. Sin olvidar que no hay una única manera de afrontar las cuestiones sociales: existen diversas propuestas legítimas sobre las soluciones concretas que se pueden aplicar en cada caso".
Sobre la preocupación social de los estudiantes universitarios, comentaba: "El ideal es, sobre todo, la realidad del trabajo bien hecho, la preparación científica adecuada durante los años universitarios... La universidad no debe formar hombres que luego consuman egoístamente los beneficios alcanzados con sus estudios; debe prepararles para una tarea de generosa ayuda al prójimo, de fraternidad cristiana". (Conversaciones, 75).
En 1967, adelantándose a lo que después sería una meta, aún no conseguida a principios de este tercer milenio, daba las líneas básicas de la institución universitaria: "Es necesario que la universidad forme a los estudiantes en una mentalidad de servicio: servicio a la sociedad, promoviendo el bien común con su trabajo profesional y con su actuación cívica. Los universitarios necesitan ser responsables, tener una sana inquietud por los problemas de los demás, y un espíritu generoso que les lleve a enfrentarse con estos problemas, y a procurar encontrar la mejor solución. Dar al estudiante todo eso es tarea de la universidad.
Cuantos reúnan condiciones de capacidad deben tener acceso a los estudios superiores, sea cualquiera su origen social, sus medios económicos, su raza o su religión. Mientras existan barreras en este sentido, la democratización de la enseñanza será sólo una frase vacía".
El mismo comentaba que sus ideas sobre la universidad eran personales, propias de una persona que desde los 16 años no había perdido el contacto con ella. Por otra parte, no hay duda de que eran una consecuencia del espíritu de unidad de vida que él siempre procuró difundir. Precisamente en una homilía, en el Campus de la Universidad de Navarra, fundada por él, afirmaba: "Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años 30, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas. ¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontramos en las cosas más visibles y materiales".
Sirvan estas letras como recordatorio de una faceta de quien en estas fechas cumple el centenario de su nacimiento, y que pienso ha dejado, con su doctrina, un rastro luminoso en la vida de la humanidad.