50 AñOS DE DERECHOS HUMANOS: LOGROS Y UNA GRAN LAGUNA

El 10 de diciembre de 1948, en el parisino Pallais de Chaillot, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

No soñaban que cincuenta años después el respeto a los derechos humanos llegaría incluso a ser un índice decisivo para la legitimidad de un gobierno. El paso que se dio en 1948 significó pasar de ser súbdito a ser persona, sujeto personal de derechos, independientemente de que su gobierno lo defendiera. Incluso, no podían pensar que, en el próximo noviembre, por los nuevos convenios europeos, una persona individual podrá acudir directamente al Tribunal Europeo de Derechos Humanos cuando sean violados sus derechos por un Estado miembro del Consejo de Europa.

Todo ello es positivísimo. Lamentablemente, hay retrocesos. No se habla de inevitables "errores humanos", o que "aún no se llega". Estamos en un problema de fondo, y que nos amenaza a todos. Hay que proclamarlo claro: en la actual cultura de occidente con respecto al derecho a la vida -tanto la del aún no nacido como la vida terminal- ha habido un retroceso alarmante en el más básico de los derechos humanos. No hablamos de un tema religioso en el sentido corriente de la palabra: estamos hablando de una postura de la sociedad en la que la libertad de los fuertes se impone al derecho a la vida de los débiles. En el caso del aborto plantean la falsa contraposición entre la libertad de la madre contra el de la vida del no nacido. Falsa contraposición, porque cuando se entiende el derecho como salvaguardia de un actuar realmente humano, no hay problema de ajustar el ejercicio de la propia libertad con la de los demás. El problema se da cuando se entiende el derecho como simple defensor de una libertad individualista, insolidaria.

El poder pertenecer o seguir perteneciendo a la sociedad humana es un derecho que no puede ser negado por una simple votación. Porque con ello se suprimiría la idea misma de derechos humanos. Todo hombre, por el hecho de ser hombre, desde la concepción hasta la muerte, tiene unos derechos. Son derechos, de alguna forma, de la especie humana: nadie los puede quitar ni siquiera puede renunciarse a ellos. De ahí que la ley, cuando prohibe el aborto o la eutanasia, no impede una acción porque sea moralmente mala, sino para proteger a la misma persona y a la misma sociedad. No es asunto privado conculcar un derecho humano. Las leyes que favorecen el aborto y la eutanasia se oponen radicalmente al bien del individuo y al bien común de la sociedad.

Por eso, para promover la legislación sobre la vida en defensa del niño no nacido o de la vida terminal, bastan argumentos jurídico-políticos basados en una recta concepción de la persona y de la sociedad. Todo esto puede parecer a algunos una utopía. Pero así pensaron muchos con respecto a la Declaración de los Derechos Humanos 1948. Y renunciar a estas utopías es renunciar a las sensibilidad, a la imaginación... al progreso humano

Mucho se ha avanzado desde 1948. Ahora se abre paso una ética que cada vez con más fuerza se opone al utilitarismo individualista. Una ética que confía en el ser humano, que considera esencial el derecho humano del respeto a toda vida, sin posibles categorías ni de las personas ni de la llamada "calidad de vida". Se entiende entonces aquella sabia sentencia: "el hombre no comienza a ser humano cuando se ve aceptado por sus iguales, sino que deja de serlo cuando se niega a aceptar como igual a uno solo de ellos".

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