POBLACIÓN, FUTURO Y 30 MILLONES DE ERRORES Y HORRORES

Cuando los expertos hablan de lo que no les corresponde, pueden decir gruesos errores. Es el caso de Jean-Michel Costeau. (La lección del calamar, El Nuevo Heraldo). El afirma: "Aunque la biología de la reproducción es admirable, la reproducción de los seres humanos inspira serias preocupaciones".

Ese era como preámbulo a la letanía de males que la población humana causaría al medio ambiente para el año 2000, por su terrorífico aumento.

En 1968 fue famoso el libro "The Population Bonb", del ecologista Paul R. Ehrlich. Comenzaba así: "La batalla para alimentar a la humanidad ha concluido. El mundo caerá en la inanición en los años 70: cientos de millones de personas van a morir de hambre...Los vastos excedentes agrícolas de los EUA se han agotado". Otro libro publicado seis años después insistían: "Al parecer, un desastre alimentario asolará probablemente a la humanidad en los años 70 o, a más tardar, en los ochenta".

Pero The New York Times, informaba hace pocos días, con datos reales de la División de Población de las Naciones Unidas, que "la población mundial se está estabilizando más pronto de lo que creíamos". Y añade: "En la actualidad la desaceleración del crecimiento poblacional es una tendencia global". Somos treinta millones menos de los que se esperaban, y con tendencia a bajar.

Según se deduce a puro sentido común, por si acaso desde Naciones Unidas se llevó a cabo una campaña de reducción artificial de la natalidad que parece ser ha impedido innecesariamente que nazcan unos 30 millones de personas. ¡Felicidades...!

Todo esto me vino a la cabeza por un artículo muy atinado de Guillermo Díaz B. sobre este tema. Por cierto, cita al economista Julian Simon, quien, protagonizó hace algún tiempo una singular apuesta entre él y el ecologista Paul R. Ehrlich, representante máximo del pesimismo malthusiano tradicional.

Si los catrastrofistas estaban en lo cierto, y los recursos naturales iban en descenso, lógicamente sus precios aumentaría. Esta fue la apuesta, y la concretaron científicamente, en determinados metales: cromo, cobre, níquel, estaño y tungsteno. Si bajaban para 1990, los catastrofistas pagarían a Simon 200$ por cada metal. Si no, sería al revés. Hubo incluso contrato público. El final fue muy sonado: Simon ganó los 1,000$. Los precios descendieron por las mismas causas que en los decenios anteriores: el espíritu emprendedor y las continuas mejoras tecnologías. Por ejemplo, la exploración descubrió nuevas vetas, como las minas de níquel que fueron encontradas en todo el mundo, que acabaron con casi el monopolio que detentaba una compañía canadiense. Y así con lo demás. Los recursos naturales no son limitados: muy especialmente por el ingenio humano, que podrá seguir expandiendo de modo indefinido la capacidad de sustentación del planeta.

Ehrlich no reconoció su derrota: dijo que había que esperar más aún. Simon no se sorprendió al enterarse de la reacción del ecologista. "Paul Ehrlich nunca ha sido capaz de aprender de la experiencia", comentó. "Los malthusianos o fingen que no ven la evidencia científica o hacen gala de la más flagrante deshonestidad intelectual. Tan pronto un vaticinio de desastre no se cumple, los agoreros del desastre auguran otro. ¿Acaso no ven que, en conjunto, las cosas van mejorando? Nada tiene de malo detectar y preocuparse por los nuevos problemas: estos son necesarios para que encontremos soluciones capaces de colocarnos en una posición mejor que si las dificultades no hubieran surgido".

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