UN CONTINENTE QUE SE SUICIDA
Europa se está muriendo de vieja. Es la conclusión a que se llega leyendo El Festín de Cronos, de Gérard-Francois Dumont, Profesor de la Sorbona y Presidente del Instituto de Demografía Política de París. Casi todos los países de Europa está suicidándose demográficamente, sin tener siquiera conciencia de ello.
Es el caso de España. Aún no era vieja en 1970: la tasa de tercera edad era menor del 10% de sus habitantes. En 1991 este grupo había crecido hasta el 13.8%. Se calcula que para el 2030 uno de cada cuatro españoles tendrá más de 65 años.
A nivel mundial todo esto ha sido favorecido por un manipulación de las estadísticas, hasta lograr que el mito neomaltusiano de la superpoblación calase la opinión pública. Hasta extremos tan trágico-cómicos como el titular aparecido hace años en France-Soir: "Alerta. Los bebés amenazan la tierra".
Evidentemente la población había ido creciendo, debido al aumento de la longevidad. Baste considerar que en el siglo XVII sólo una de cada dos personas llegaba a la edad adulta y la esperanza de vida se cifraba en torno a los 30 años. Pero a esto se añadió el descenso de la fecundidad a niveles jamás conocidos: y ello incidió en el envejecimiento de la población.
A partir de 1960 la población ya no aumentó tanto y comenzó lo que el mismo Gérard Dumond llama "el invierno demográfico". "Los datos estadísticos disponibles jamás habían registrado unas cifras parecidas". Una baja tasa de fecundidad prolongada, sigue diciendo, provoca un principio de envejecimiento de la población, que más tarde se acentúa, hasta que aquella cultura acaba por desaparecer. Los demógrafos consideran que el número de hijos por mujer necesario para el reemplazo generacional es de 2.11. Hoy en Europa sólo Irlanda roza ese umbral. España tiene el triste récord de mundial: 1.23 según los últimos datos registrados.
Pero no estamos ante un problema de puras cifras estadísticas. Hablamos de personas y consiguientemente hay involucradas cuestiones morales. En el origen de este fenómeno se constata que nace y es acompañado de una terrible inversión de valores. Hay una desvalorización del matrimonio, aumento de divorcios y disminución de "hijos deseados", muchos de ello fuera del matrimonio, retraso de la edad para casarse y una enorme cantidad de hogares de solitarios, igual que modos aberrantes de formar familias.
Es preciso concluir que en el fondo de la situación creada subyace un espinoso problema moral. Un problema con gravísimas repercusiones sociales, como las que señalamos, pero de raíz siempre personal. En esto parecen coincidir todos los analistas: la raíz de estos problemas está en que Europa está dejando de ser una comunidad de familias, donde el sentido de lo común, era transmitido de generación en generación, para ser un continente de individuos.
Con este panorama, no es extraño que la gente se sienta impulsada -como valor máximo- a disfrutar todo lo que se pueda, sin pensar en los demás. Por supuesto, un individuo así no querrá traer hijos al mundo que le compliquen la existencia o le arruinen un nivel de bienestar. Prefiere la soltería o una unión con "una pareja" sin compromisos.
Están en una civilización del ego, del yo, que se debate en un individualismo feroz, de alto precio y de difícil solución. Y no basta, como han pretendido algunos gobiernos, premiar la natalidad, como si se tratara de ganado. Sólo con soluciones morales
-y no perdiendo, manteniendo y fortaleciendo los valores morales, como es nuestro caso-, los jóvenes crearán familias estables, fecundas y responsables. Sólo así se transmitirá la vida y, con ella, nuestra cultura de siempre.