CIVILIZACIÓN DEL AMOR: PROTAGONISTA, LA FAMILIA
Acompañaba a un miembro de una ONG internacional para que conociera mejor "a qué" estaba ayudando. Después de ver el paisaje y el paisanaje me comentó sobre sus propósitos de ayuda a Guatemala, y concluyó: "pero no vayan a perder lo que tienen..." Ante mi asombro aclaró; "no dejen que por la ayuda que reciban pierdan algo que nosotros hemos perdido: la realidad de la familia, que aquí se ve. Sólo basta ver..."
Y tenía razón. A base de contar tanto el chiste del infierno chapín, acabamos convencidos de que aquí nada funciona. Y no es verdad. Tampoco es mérito: lo heredamos. Basta que no lo dejemos perder. No podemos, hay que dejarlo a los que vienen después.
La familia, es uno de los valores que el Papa reseña como básicos en su discurso programático a la Asamblea de Naciones Unidas, aquel histórico del 5 de octubre de 1995. Allí mostraba como para hacer la Civilización del Amor, debe fundarse en valores universales: la paz, la solidaridad, la justicia y la libertad; y ella misma debe ser una cultura de libertad: de los individuos y, por tanto, de las naciones. El protagonista es la persona, que es poseedora de una ley moral universal, lo que hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos. Es una sociedad -la que debemos edificar cara al tercer milenio- convencida del inmenso valor humano de saber darse, porque es consciente de que promover el bien de los demás constituye un bien para cada uno, pues cada hombre es irrepetible. Sólo así la sociedad se basará en la verdadera grandeza del hombre.
No estamos hablando teorías. El mismo amigo que comentaba al principio me hacía la siguiente observación: "el problema de ustedes se arregla con una cuantos miles de millones; el nuestro, ni con todo el oro del mundo". Es que su país tiene un triste récord de familias deshechas, de niños sin nacer. Y se mueren de viejos... Una sociedad debe construirse sobre auténticos valores. Con dólares y con trabajo, de acuerdo; pero sobre valores.
La familia: es la escuela necesaria para vivir en sociedad, decíamos. Condición fundamental para poder conseguir la civilización del amor es la recuperación del sentido originario de la familia, como comunión de personas fundada sobre el matrimonio uno e indisoluble.
La razón es clara: el carácter único e irrepetible de cada ser humano, el que la persona sea la base de esta civilización del amor, no hace de la persona un ser aislado. Hemos sido creados solidarios unos de otros. Y precisamente para esto está la familia.
Allí el hombre, desde que nace, se siente querido y aprende a querer. Todas las virtudes humanas y cívicas -el respeto mutuo, la capacidad de dialogar, la obediencia a la autoridad, la sobriedad y la laboriosidad, etc.-, se generan a partir de la convivencia familiar. La familia es, no sólo la célula básica de la sociedad, sino el alma de esta civilización del amor.
Es interesante darse cuenta de que el planteamiento lo hace el Papa no en la Basílica de San Pedro: lo hace en New York, en una Asamblea General de la Naciones Unidas, para resaltar el hecho que está dirigido a toda la humanidad.
Es bueno tener todo esto bien presente, ahora que estamos construyendo una cultura de paz. Tenemos en nosotros -cristianos o no- la capacidad de sabiduría y de virtud. Por esto podemos construir en el siglo que está por llegar y para el próximo milenio una civilización digna de la persona humana, una verdadera cultura de la libertad. La ley moral universal, escrita en el corazón del hombre -entre cuyos valores está la familia, la de siempre, la única-, es una especie de <<gramática>> que sirve al mundo para afrontar esta discusión sobre su mismo futuro.