CIVILIZACION DEL AMOR: ALGO EN QUE TODOS SOMOS NECESARIOS

Hay diversos dichos sobre la conveniencia de saber historia. A mí me gusta el que dice: "aquellos que rechazan el recordar los errores de la historia se verán obligados a repetirla...". Naturalmente que para reconocer errores se precisa estar bien seguro de donde se está pisando en este momento.

Es el caso de Juan Pablo II, cuando reconoce el error antiguo de algunos -y no sólo católicos, por cierto-, al considerar de buena fe que lo que se oponía a la unidad cultural y religiosa constituía una amenaza para la convivencia pacífica, y que, por tanto, debía ser reprimido como un mal, incluso con la violencia.

El modelo de sociedad que planteó recientemente Juan Pablo II en Naciones Unidas es lo más alejado de una "teocracia" intolerante. Es lo que llama civilización del amor. Puede adoptarse por toda la humanidad porque debe estar fundada en los valores universales como la paz, la solidaridad, la justicia. La libertad, de individuos, de naciones es el sello que la caracteriza. Pero para ello debemos convencernos de que quien debe hacerla es la persona: no el Estado. Por otra parte, al fundamentarse en la ley moral universal, es posible que haya diálogo entre los hombres. En ella el darse se considera como el más inmenso valor humano, y cada hombre es valorado como irrepetible. Como una condición previa imprescindible, deberá protegerse a la familia, escuela necesaria de la sociedad.

Por ello, característica de la civilización del amor -su alma-, es la cultura de la libertad: libertad de los individuos y de las naciones, en solidaridad y entrega responsable y sacrificada. Tan básico es este punto que puede afirmarse que esta libertad personal es presupuesto indispensable para el verdadero desarrollo de los individuos y, por tanto, de las naciones.

Es preciso insistir en que la libertad humana pierde su sentido y su eficacia si se ejerce desvinculada de la más profunda verdad sobre el hombre. La sociedad debe partir del verdadero concepto de persona. La libertad sólo puede ejercitarse verdaderamente cuando la persona que la ejerce sabe -es consciente- de toda su dignidad: creada por Dios, inteligente y libre para poder hacer el bien libremente. Invaluable en sí misma.

Por contraste, hemos visto las nefastas consecuencias a que lleva una sociedad concebida en un falso concepto del hombre. Fue el caso, por ejemplo, del error del hombre-estado de la sociedad nazi, del hombre-economía de la sociedad marxista. Y también, partir del hombre-para-el-placer, como sucede en algunas concepciones modernas de la sociedad.

Una característica más es el pluralismo. Y es una premisa necesaria para que la sociedad sea posible. Hacer esta civilización corresponde a todos los hombres, sean o no cristianos. Este movimiento mundial es posible porque existen realmente unos derechos humanos universales, enraizados en la naturaleza de la persona, en los cuales se reflejan las exigencias objetivas e imprescindibles de una ley moral universal. Estos valores son los que nos recuerdan también que no vivimos en un mundo irracional o sin sentido, sino que por el contrario, hay una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos.

Si queremos que un siglo de imposiciones -como ha sido el que estamos por dejar- deje paso un siglo de persuasión, debemos encontrar el camino para discutir, con un lenguaje comprensible y común, acerca del futuro del hombre. ¡Podemos y debemos hacerlo!

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