CIVILIZACION DEL AMOR: UN DIOS QUE SOLO SABE CONTAR HASTA UNO
André Frossard, pensador francés, ha influido mucho en la juventud actual. Judío -después fue católico-, también había sido marxista. En un libro dice la frase del título de este artículo: "El Dios cristiano sabe contar sólo hasta uno": es decir, se preocupa de cada persona. Por ello, en la sociedad debe ser así: considerar a cada hombre como irrepetible. Así debe ser tratado.
Estamos hablando de cómo es el hombre y su sociedad. Recordamos a Juan Pablo II exponiendo su programa en Naciones Unidas (oct. 95) de cómo debe ser cualquier cosa que sea sociedad: desde una sociedad comercial hasta un país.
Esta Civilización del Amor señala que debe basarse en valores universales (la paz, la solidaridad, la justicia), y en ella debe cultivarse expresamente la libertad: de los individuos y, por tanto, de las naciones. Y este libertad es esencial, pues quien hace esta cultura ha de ser persona: no el Estado; basándose precisamente en la ley moral universal, que es lo que hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos. En esta civilización un valor claro es saber darse: estar consciente de que promover el bien de los demás constituye un bien para cada uno, pues cada hombre es irrepetible. Y el alma de esta civilización del amor es la familia: escuela necesaria para aprender las virtudes de la convivencia.
La frase de Frossard citada nos lleva al tema de que en la sociedad -informada por la civilización del amor- el protagonista debe ser la persona. Hacer esta civilización del amor es responsabilidad que compete en primer lugar a los miembros de la sociedad; no exclusivamente al Estado con sus leyes y normas.
La idea anterior sale al paso de considerar que esta civilización del amor se deba hacer por los responsables de la cosa pública. Este error, frecuente en el pasado, es lo que ahora mantiene socialmente subdesarrolladas a sociedades de países considerados como "industrializados". Por el contrario, lo verdaderamente indispensable es lo que cada uno -sólo o con otros- haga junto con sus iguales dentro de la sociedad civil.
Cada hombre es irrepetible. Una sociedad basada en estos principios reconocerá asimismo que cada hombre y cada mujer -cada ser humano, también el que aún no ha llegado a nacer, así como el que se encuentra en la fase terminal de su vida terrena- es fruto de un acto singular de Dios, que ha querido a cada uno por sí mismo. Ningún individuo humano resulta sustituible por otro.
Cada persona es irrepetible. Sólo así la sociedad se basará en la verdadera grandeza del hombre. Una sociedad que no lo tenga en cuenta, será -o fácilmente puede llegar a serlo- una cultura de muerte, que llevará al desastre. Basta pensar en los millones de muertos antes de nacer por leyes favoreciendo el aborto: eso, a la larga, si que deshace un país.
Organizada según la civilización del amor, la sociedad debe apreciar el inmenso valor humano de saber darse. Sólo así podrá construirse. Debemos despertar en todos, la convicción de que gastarse en promover el bien de los demás constituye un bien para cada uno en lo personal. Así la persona encuentra su plenitud.
Ahora que estrenamos acuerdos de paz -nueva sociedad, se supone-, recordemos estas líneas que deben informar cualquier sociedad.