CIVILIZACIÓN DEL AMOR: żES POSIBLE UNA CULTURA DE LIBERTAD?

Estamos a punto de estrenar siglo; y, en nuestro caso, además, estrenamos la paz. Una nueva cultura, que Juan Pablo II llama la Civilización del Amor, se abre paso. Si queremos que lo que hagamos sea digno del nombre de cultura, mejor que lo que se hizo en este siglo que se acaba, debemos examinar bien en que marco construimos esta nueva cultura.

Del conocido discurso de Juan Pablo II en Naciones Unidas (octubre 1995), se pueden esquematizar siete puntos que debe tener claramente esculpidos la sociedad. En primer lugar, debe estar fundada sobre en valores universales: la paz, la solidaridad, la justicia y la libertad. Debe ser también una cultura de libertad: de los individuos y de las naciones, porque el responsable de hacerla es la persona: no el Estado. Esta civilización es factible, pues hay una ley moral universal que hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos.

Otra característica que debe estar patente en esta civilización es la convicción que deben tener las personas de que gastarse en promover el bien de los demás constituye un bien para cada uno. En una sociedad que vive en una civilización del amor, se considera que cada hombre es irrepetible: solo así la sociedad se basará en la verdadera grandeza del hombre. Finalmente, se considera y defiende a la familia: escuela necesaria, porque en ella se aprenden ordinariamente todas las virtudes de la convivencia.

Detengámosnos en algunas de estas características. Quizá lo previo es estar íntimamente convencidos de que es posible cambiar el rumbo de este mundo nuestro, de que es posible que todas las actividades humanas se dirijan a su más noble fin. Para muchos la civilización de amor constituye todavía una pura utopía...pero no es así, la civilización del amor es posible, no es una utopía...

A raíz de este discurso, el editorial de The Wall Street Journal analizaba -con un tono de admiración, inusual en este tipo de publicaciones- el pensamiento expuesto ante Asamblea de Naciones Unidas. Destacaba el vacío moral que los gobernantes no consiguieron llenar después del fin de la guerra fría. Por ejemplo el fracaso aún no resuelto de la paz en Bosnia. Y hacía notar como cuando la sociedad -las relaciones entre naciones, en su caso- se basan en la "ley moral universal, escrita en el corazón del hombre", esta idea no es sólo teoría: es una realidad que da optimismo a las relaciones civilizadas con hombres de diversas culturas, con diversas concepciones de la vida.

Debemos vencer nuestro miedo al futuro. La "respuesta" a este miedo no debe ser la coacción, ni la represión o la imposición de un modelo social al mundo entero. La respuesta al miedo que ofusca la existencia humana al final de siglo es el esfuerzo común por construir esta civilización del amor, fundada en los valores universales de la paz, de la solidaridad, de la justicia y de la libertad.

Esta es la primera característica de esta civilización del amor, lo que facilitará una amplia colaboración de los ciudadanos entre sí para realizar los más variados proyectos comunes y promover nuevas y más adecuadas formas de solidaridad.

Una consecuencia inmediata de que esta civilización del amor debe fundarse sobre valores universales, es que no hay un único modelo social que sea "la solución"; por supuesto, no hay una solución cristiana única. Este fue uno de los parámetros errados del pasado.

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