UN RETO CARA AL TERCER MILENIO: HACER LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR
Dos años antes de que finalizara el siglo XVIII, Goethe escribió que "no existe modo alguno de modificar el tiempo en que se vive, pero cabe, en cambio, enfrentarse con él y preparar momentos felices".
Cada vez que se acerca un fin de siglo se acostumbra hacer un recuento. El siglo que acaba podría tener un balance negativo: dos guerras sangrientas, Hitler, Stalin, la legalización del aborto, la cruel experiencia marxista. Algunos ya llaman a este siglo el de la violencia, el del temor a la libertad.
Pero hay muchos aires positivos. Se está empezando a caer en la cuenta de la necesidad de defender los valores de siempre, que no basta utilizar como criterio único lo útil, la propia conveniencia. Son voces que no vienen sólo del campo religioso. Basta recordar como en la inauguración del reciente foro económico de Davos, Suiza, se afirmó, ante jefes de estado, economistas, empresarios que los valores son el nuevo motor de la historia. Los llaman el capital social de las naciones y analizan -aunque a veces con una cierta visión reductiva a lo económico- su estrecha relación con la creación de prosperidad.
Este tema nos interesa mucho. Estamos con aires de verdadero estreno: acabamos de terminar el llamado "enfrentamiento armado". Descanse en paz... Pero inauguramos un nuevo período. No basta que callen los cañones para que haya paz. De esto es lo que se está dando cuenta la humanidad. Hace falta construir bien la sociedad. Y hay unos valores, unas reglas del juego bien claras.
Son unas líneas -siete puntos se enumeran después del planteamiento de Juan Pablo II ante la Asamblea General de Naciones Unidas- que dejan un marco bien amplio, pero que a la vez son unas reglas que si se conculcan, la sociedad no camina, no funciona. Es bueno repasarlas.
Juan Pablo II causó admiración en New York. Se presentó la Asamblea General de Naciones Unidas. La mayoría de los presentes no debían ser cristianos y con toda seguridad no eran católicos. El Papa les habló de una nueva cultura, de una nueva civilización, que urgía hacer cara al tercer milenio. Todos lo escucharon atentamente. Al final, hubo una standing ovation: una despedida, emocionada, todos en pie.
El tema que planteó es fácil de enunciar: la civilización del amor. Y dijo que la tenemos que hacer entre todos... Católicos, no cristianos, no creyentes... Fue un mensaje muy claro, que perfilaba ideas que se han venido madurando en los últimos años.
Estudiando este mensaje, las siete líneas maestras que aseguran una sociedad en la Cultura del Amor podrían enumerarse así: 1) Fundada en valores universales: la paz, la solidaridad, la justicia y la libertad. 2) Una cultura de libertad: presupuesto indispensable para el verdadero desarrollo de los individuos y, por tanto, de las naciones. 3) El protagonista es la persona: no el Estado. 4) Hay una ley moral universal: no vivimos en un mundo irracional o sin sentido, sino que por esta ley universal, es posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos. 5) El inmenso valor humano de saber darse: es la convicción de que gastarse en promover el bien de los demás constituye un bien para cada uno en lo personal. 6) Cada hombre es irrepetible: cada hombre y cada mujer, también el que aún no ha llegado a nacer, así como el que se encuentra en la fase terminal de su vida terrena. Sólo así la sociedad se basará en la verdadera grandeza del hombre. 7) La familia: la escuela necesaria para la sociedad. Allí -sólo allí- se aprenden ordinariamente y naturalmente las virtudes cívicas: el respeto mutuo, la capacidad de dialogar, la obediencia a la autoridad, etc.-.
Juan Pablo II, el 5 octubre de 1995, terminaba ante Naciones Unidas, con petición clara a todas las naciones allí representadas: No debemos tener miedo del futuro. No podemos tener miedo del hombre. Es preciso -podemos y debemos- construir la civilización del amor.