EL DESCONCERTANTE JUAN PABLO II
Los medios de comunicación social -algunos...- anunciaban hace algunos meses, que el Papa no sería bien acogido por los católicos alemanes. Los hechos los desmintieron. La falsa razón de la poca oposición del papado al régimen nazi, no pudo sostenerse: los alemanes se volcaron con el Papa, que abría para todos un horizonte con los colores del tercer milenio.
Después el viaje a Francia. Con presagios de enfermedad. Con augurios de que iba a ser mal recibido: porque iba a celebrar... 1500 años de la conversión del Clodoveo, primer rey bárbaro cristiano. Igualmente, la realidad se encargó de imponerse. Francia -la primogénita de la Iglesia, como ha gustado siempre llamarse-, se volcó. A pesar de que son, podríamos decir, algo "pirujos", tienen un profundo sentido cristiano de la sociedad. Chirac, al despedirlo, fue claro: Declaró que la "Francia republicana y laica" se consideraba "orgullosa de sus raíces" y que la "fe cristiana ha dejado huella en sus comportamientos y en sus estructuras".
Es notoria la existencia de una pequeña "oposición" al Papa, que intenta empañar su popularidad. Pero es evidente: tiene un índice de aceptación que cualquier gobernante envidiaría. Atrae multitudes, despierta entusiasmos. Los "profetas de desgracias" a que antes me refería intentan desvirtuarla con la idea de que, a pesar de todo, no le hace caso. Pero ese mismo empeño en descalificarlo, indica ya que está planteando una doctrina que atrae y que inquieta a todos. Una voz que proclama pacíficamente una doctrina extraña, puede provocar indiferencia, pero no irritación. Nadie se molesta al replicar a los vegetarianos o a los partidarios del esperanto.
Juan Pablo II de alguna manera es desconcertante: pero en el mejor de los sentidos. El no hace sus viajes en busca del consenso o de una fácil popularidad entre las gentes. Sus palabras inquietan nuestras conciencias, tantas veces divididas entre lo que hacemos y lo que comprendemos que deberíamos hacer. Tal vez este sea el secreto de su éxito, aun entre personas que no viven de acuerdo con sus enseñanzas. Son éstos los que precisamente desean escuchar a alguien que les invite a superarse, que les anime a poner el listón por encima del nivel de la mediocridad.
Hace aproximadamente un año, Juan Pablo II fue a New York. Se presentó a lo podría ser un moderno Areópago: la Asamblea General de Naciones Unidas. La mayoría, si no eran paganos no debían ser cristianos y con toda seguridad no eran católicos. El Papa les habló de una nueva cultura, de una nueva civilización, que urgía hacer cara al tercer milenio. Aquellos hombres lo escucharon atentamente. Al final, hubo una standing ovation: una despedida, emocionada, todos en pie.
El tema que planteó es fácil de enunciar: la civilización del amor. Y dijo que la tenemos que hacer entre todos... católicos, no cristianos, paganos... Fue un mensaje muy claro, que perfilaba ideas que se han venido madurando en los últimos años. Una civilización, que es responsabilidad de cada uno de los miembros de la sociedad, fundada en la paz, la solidaridad,la justicia, la libertad y que su alma es la cultura de la libertad y el ser conscientes del valor insustituible de cada persona humana.
Un Papa que desconcierta. Quizá por esto aún seguimos dando vueltas, intentando sacar toda la riqueza de su mensaje de New York, sobre la civilización del amor, el 5 de octubre de 1995. Fecha que será histórica, cara al tercer milenio, si sabemos tomar el relevo... cada uno de nosotros... ahora... despertando a los indecisos.