ENRIQUE VIII, CARLOS V Y CLINTON

Cuentan de un jefe de policia, me parece que de Napoleón, que para investigar un crimen aconsejaba: cherchez la femme, busquen a la mujer. Mujer que, según él, había siempre junto a cualquier criminal, como inspiradora o cómplice. A veces esto es verdad, como lo atestiguan las dos historias que motivan estas consideraciones. Dos historias y un hecho de la vida real, que aún no sabemos si pasará a la historia y cómo.

Conocer la historia nos importa mucho. Dicen que los que no quieren saber historia, se ven condenados a repetir sus errores. Enrique VIII es el caso más conocido. Casado con Catalina de Aragón, decidió divorciarse para casarse con Ana Bolena. Pidió la nulidad del matrimonio, cosa imposible de concederle. Rompió con el Papa. Después con su nueva esposa y sucesivamente con otras cuatro más. Tuvo seis en total, cuatro de ellas las mandó ajusticiar. Es un caso simple: por un amor, mejor dicho, por seis, hizo cambiar de religión a su reino. Por no querer reconocer sus errores, prefirió cambiar las leyes, los principios, los valores por los que siempre se habían mantenido. Si en algún momento se arrepintió, ya no tuvo principios a los que regresar.

Caso diverso es Carlos V. En sus relaciones amorosas, no se si fue mejor o peor que Enrique VIII. Uno de sus hijos fuera de matrimonio, fue D. Juan de Austria, famoso por haber dirigido la Batalla de Lepanto, decisiva contra los turcos. La diferencia abismal del caso de Carlos V, en relación con el de Enrique VIII, es que aquel era un hombre que creía que los principios no se cambian, aunque a veces veces se actúe contra ellos. De acuerdo a esto, jamás se le ocurrió cambiar los principios religiosos, los valores por los que se movía él y su sociedad: si hacía algo mal, se confesaba, debemos suponer que sinceramente. Así mantuvo a su reino en los principios en que creían. No los sacrificó ni por un amor ni por seis. Acertó, porque cuando se traicionan los principios ya no tiene uno principios morales que le reclamen, pero se queda uno sin nada a lo que regresar ni puede ya enmendar su conducta. Gracias entre otros a él, tenemos valores cristianos en nuestros países, aunque su conducta dejara a veces que desear.

Sobre el caso Clinton quizá sea conveniente, en mi opinión. partir de dos presupuestos. El primero es que nadie tiene derecho a hurgar en la vida privada de nadie, sea o no persona pública. Otra cosa, lógicamente, son las responsabilidades penales. En este caso se han sacado puras actuaciones privadas, cosa que no debía haberse hecho. Y realmente con la jugada torpe -torpe porque se presentaba como moralizadora, sin serlo- de que o confesaba cosas vergonzosas o mentía. Eso es miserable. La fama de una persona es sagrada. El segundo presupuesto, es que no es cierto que no haya repercusión de lo privado en lo público, como parecen afirmar unos intelectuales europeos. Entre otras cosas, porque una persona que traiciona habitualmente a su esposa -vida privada- se puede temer que haga lo mismo en otras instancias, incluidas actuaciones de la vida pública y al mismo país.

Volviendo a las dos historias anteriores, Clinton se nos presenta como producto de su sociedad. No va a influir desastrosamente, como fue el caso de Enrique VIII; tampoco va a defender unos valores -como Carlos V- en los que no parece creer. Se mueve al sol que más calienta. Es signo de una sociedad sin valores, caduca, propia de muchos países desarrollados.

 

 

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