CHAPINCITOS POR EL DESAGÜE
Mi amigo Ricardo tiene un niño de 5 años que es un encanto, muy activo. Sobre todo le gusta apretar un botón rojo de la computadora de su papá, que resetea la máquina y borra todo lo que había trabajado. Un encanto de niño, y es disculpable que no sepa que no todo es juego. Que hay "reglas del juego". Si se traspasan suelen haber pequeñas -o grandes- tragedias.
Lo mismo sucede con la sociedad. No todo es para jugar. Si se va en contra de las leyes de la naturaleza, hay desastres a la corta o a la larga. Eso dicen algunos del Sida.
Ahora ha despertado gran emoción el tema de la clonación y, con ella, todo lo que es la inseminación artificial. En el caso más simple, se trata de una técnica muy sofisticada que permite lograr la fecundación de un óvulo por un espermatozoide en un medio artificial, una probeta, digamos. Se produce ahí, si hablamos de humanos, un hombre: muy pequeñito, muy indiferenciado, pero un niño al fin y al cabo. Se implanta en la matriz de la mujer y se desarrolla y nace, ya naturalmente. Pero tratándose de personas humanas, a veces hay consecuencias desagradables. Porque actualmente, para lograr un embarazo por inseminación artificial, previamente se fecundan in vitro (en una probeta) varios embriones. En el caso de Inglaterra, por ley, los que no se implantan se guardan congelados en las clínicas. Como resultado, conservaban congelados 52,000 embriones que aún era posible que vieran la luz.
Hablamos de seres humanos congelados. De ellos, parece que 3,000 estaban ya pasados de fecha, como las medicinas. Y los destruyeron, de acuerdo con una legislación correctamente (británicamente) hecha: la Ley Británica de Embriología y Fertilización Humana, de 1992. Esta señala que los embriones congelados sólo pueden ser almacenados un máximo de cinco años.
Es interesante conocer este proceso. Con los espermatozoides y óvulos de la pareja que desea tener así los hijos, se fecundan, digamos diez óvulos. De ellos, al cabo de una semana se descartan los 4 óvulos fecundados menos "sanos" y se implantan cuatro de los seis restantes. De ellos sobrevive uno, que es el niño que nace. Los óvulos fecundados no utilizados a veces los conservan, como es el caso de Inglaterra, pero ordinariamente los óvulos así fecundados -los hermanitos, que eso son-, se tiran por el desagüe.
No pensemos que esto son historias lejanas. Aquí en Guatemala, en zonas "vivas" de la capital, me contaban de dos clínicas, al menos, que ofrecen esta técnica. Es un buen negocio: según el grado de dificultad, puede cobrar desde 2,000 a 8,000$ (dólares). Por supuesto, sin garantizar el éxito.
Hay historias que rondan sobre el tema. Uno de estos médicos tiene ya contratados dos donadores de espermatozoides, a los que cuida que estén en buena salud. Uno más tirando a canche que el otro. Cuando viene una pareja en problemas, sigue la técnica en uso; sólo que no utiliza el esperma del marido
-sin él saberlo, por supuesto- sino el de "sus donantes", del más o menos oscuro según sea el presunto papá. Lo hace así porque -según aclara científicamente- ya conoce y sabe que sus empleados son personas bastante fértiles: le dan buenas probabilidades de éxito en esta operación, cosa no tan segura con el que pretende ser padre.
Estamos ante algo que debe conocerse y debe rechazarse firmemente por la sociedad -no hay legislación específica sobre esto en Guatemala-, aunque no fuera más que porque viola el mandato constitucional de proteger la vida desde la concepción. Pero, sobre todo, porque va contra la naturaleza de las cosas, manipulando la procreación. El primer derecho de un niño es de ser no ser concebido en una probeta... Estas manipulaciones, aunque fueran con ocasión de solucionar un problema personal, no pueden sino conducir a la larga -a la corta- a problemas muy serios para toda la sociedad.