Grupo Cultural Litterae

 

 

 

 

Los de Autlán

Cuento y Poesía

 

 

 

 

José Francisco Cobián

Joaquín Cuéllar Chagolla

Arnulfo Alvarez García

 

compiladores

 

 

H. Ayuntamiento Constitucional de Autlán de Navarro, Jalisco.

 

 

                                                                              

           LOS DE AUTLAN

 

 

 

GRUPO CULTURAL LITTERAE

 

 

José Francisco Cobián

Compilador

 

 

 

Cuento y Poesía

 

 

 

 

 

H. Ayuntamiento de Autlán de Navarro, Jalisco.

 

                                                                 

 

 

Título: Los de Autlán (compilación de cuento y poesía)

 

Compilación, Edición, formato, corrección:

Ing. Arnulfo Alvarez García, M.C.P. José Francisco Cobián Figueroa y M.V.Z. Joaquín Cuéllar Chagolla.

 

Auspiciado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Autlán de Navarro, Jal.

 

Autlán de Navarro, Jalisco.

Abril de 1999.

 

 

Prohibida su reproducción parcial o total (con fines de lucro) por cualquier medio, sin autorización escrita de los autores o el editor.

 

 

 

 

Prólogo a la edición electrónica

La presente compilación no  reúne - como  hubiéramos deseado- el trabajo  de  todos los autlenses - que se expresan mediante el arte de la literatura, siendo conocido por nosotros que no son pocos.

   Mas, para no caer en omisiones  injustas, advertimos a los lectores que este libro ha sido elaborado principalmente con la obra de los asistentes a nuestro taller literario y con la de algunos amigos igualmente interesados en este quehacer.

   Con lo anterior queda claro que no se trata de una antología que, por otra parte, hubiera requerido de una metodología rigurosa, sino de los textos tenidos más a la mano. Lo cual no quiere decir que no hayan pasado por un esfuerzo previo de selección.

   Contemplamos la posibilidad de publicar un segundo libro que sea una verdadera muestra literaria de autores nativos y/o residentes de Autlán. Tarea en la que esperamos contar con la participación de la ciudadanía, en la recuperación del patrimonio literario de esta ciudad.

 

José Francisco Cobián Figueroa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marta Guadalupe Alducin R. Nació en Autlán de Navarro, Jalisco, en 1960. Ex alumna de la Escuela Preparatoria Regional de Autlán, realizó la carrera de Contador Privado en el Instituto Autlense. Ganó un concurso de cuento realizado por la Junta Municipal de Mejoramiento Cívico y Material. En los 70's publicó poesía en el desaparecido semanario Noticias Regionales. Actualmente se dedica a la atención de su familia.

 

 

 

 

 

 

 

De Negro

 

 

Un vestido negro

expresa mi dolor.

Un amor ajeno

un día llegó;

jugué con fuego

y el corazón me quemó.

 

No sólo yo perdí,

también ellos sufrieron.

Tomé mi vida

y agarrando rumbo

me quité de en medio.

 

Fue duro partir,

pero era peor quedarme

si no te tenía completo

para llenarme.

 

Llevo un vestido negro

y no se ha muerto nadie;

quiero que me recuerden,

pues me quedé muy sola

por volver a equivocarme.

 

 

 

 

Una tumba

 

 

Sólo es una tumba gris y fría

que encierra un cuerpo blanco

y una cabellera rubia.

Cierras tus verdes ojos

que miraban con ternura;

cruzan tu pecho brazos

que no se abrirán jamás.

 

Falta la tibieza

de tu voz y tus caricias;

faltan tus regaños,

ver cómo te divertías,

lo que hacías,

pero más faltas tú.

Recuerdo que sufrías

por el frío del invierno,

temías la oscuridad,

invocabas la luz.

 

Ahora que estás dentro

siento que te falta el aire,

el calor del sol,

espacio para respirar.

 

Te gustaba el campo,

eras feliz en el mar;

qué haces encerrada

si te gustaba bailar.

 

 

Qué hago con las canciones

que escuchabas,

si las aprendí ya todas

y no las puedo cantar.

 

Se me cierra la garganta,

se me nubla la mirada

y no puedo creer...

que ya no te volveré a ver.

 

 

 

 

 

Zaida Angélica Aguilar R.

Nació en Autlán de Navarro, Jalisco, en agosto de 1986. Actualmente cursa la educación secundaria en la Escuela Secundaria "Maestro Manuel López Cotilla ". Participa en el Taller Literario Litterae.

Escribe cuento.

 

 

 

El espíritu de don Pedro

 

Acabábamos de llegar del velorio de un tal don Pedro, amigo de mi papá, aunque yo ni sabía de su existencia y, por lo tanto, ni siquiera le recé un Padre Nuestro..

Mi familia y algunos parientes llegamos a la casa de mi abuelita y con eso que soy la única niña, me mandaron a dormir sola en un cuarto tan tenebroso, que ni mi mamá me quiso acompañar; pero ¿qué me podría pasar?

Me puse mi bata, cerré las ventanas, apagué la luz y me acosté. Todo estaba bien hasta que empezó una tormenta. Se abrieron las ventanas que yo misma había cerrado, y me dio miedo. Se oyeron ruidos muy extraños, y pareció que se había caído algo. Yo no aguanté más, y grité. Grité tan fuerte, que todos llegaron a la recámara. ¡Hasta mi abuelito! Eso sí, con. una escopeta y gritando:

-¿Dónde está, para darle un tiro!

Mi mamá lo tranquilizó, mientras todos me preguntaban qué había pasado. Yo les conté, y ellos se echaron a reír, pues los dichosos ruidos habían sido provocados por Tomás, el gato de mi abuelita, que estaba persiguiendo a un ratoncillo que le quería ganar su cena. Vaya que se rieron. Y eso que no les dije que pensé que el espíritu de don Pedro venía del más allá a darme un buen susto por no haberle rezado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ARNULFO ALVAREZ GARCÍA

Nació en El Palmar de San Antonio, Municipio de El Limón, Jalisco; en 1962. Es Ingeniero Agrónomo por la Universidad de Guadalajara. Ejerce su profesión y se desempeña como docente en la Escuela Secundaria Dr. J. Jesús Velázquez, de Autlán, Jal. Escribe cuento y poesía Ha ganado el tercer lugar en cuento 1995, el primer lugar en cuento y el segundo en poesía, 1997; en los concursos anuales de cuento y poesía del Centro Universitario de la Costa Sur. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y participa en su taller literario. Publicó su libro de cuentos La Chiguana.

 

 

 

 

 

Un viejo sin crédito

 

 

Entró a la tienda vacía de clientela; con su cara arrugada, grasienta y un olor a sudor añejado que provocaba repugnancia.

   Como cualquier hijo de tendero, traté con des- confianza al anciano que pretendía sacar mercan- cía a crédito.

   -¡Es que no fiamos, el negocio anda mal!

   Como una llamarada se encendió el orgullo del anciano al escuchar mi justificación.

   -¡Un viejo también es hombre, y yo no vengo a pedir limosna!

   Su indignación fue mucha, pero más grande era el hambre que escarbaba visceralmente su existencia, por lo que se abrió crédito a la fuerza, y  - cargó con una coca y dos picones ante mi desazón.

   Lo vi alejarse, con su cuerpo encorvado vestido de harapos, sostenido por un par de piernas temblorosas y un bastón improvisado. Ese día comprendí que yo no tenía madera de comerciante.

   La mañana siguiente transcurrió monótona; cerca del mediodía se presentó el viejo y sin decir palabra, remendó su orgullo arrojando cinco pesos sobre el mostrador; luego, tomó las provisiones del día y se marchó contándole sus penas a la banqueta.

   Durante un mes, el viejo repitió la escena y el

 

 

último día que fue pagó cada centavo que debía, sin hablar jamás, sin perdonar mi ofensa.

   Un domingo por la tarde que me dirigía a un campo deportivo, al pasar por el frente de una casa elegante, vi al viejo sentado sobre el pasto del jardín y a una señora que le exigía salir de su pro- piedad, porque según sus palabras el pasto no ocupaba más cuidados; yo me alejé con prisa para no sentir lástima por el anciano que se empeñaba en desarrollar su trabajo.

   Dos años después, cuando me guarecía de la lluvia en los portales en una tarde de verano, allí me encontré al viejo; pedía limosna, con su mano derecha ahuecada, mientras con la otra se cubría la vergüenza de un rostro ajeno a esa condición de vida.

   Un escalofrío recorrió mi cuerpo al verme des- cubierto por la mirada de sus ojos severos; por un momento pensé en fugarme o en ignorarlo; pero finalmente opté por acercarme para decirle:

   - No lo tome a mal, por favor acepte estos diez pesos.

   El escuálido anciano apretó con fuerza el billete con su mano temblorosa, como si amenazara con arrojarlo a mis pies; luego aflojó su actitud, para dar paso a una lágrima que bajaba por los surcos de su mejilla. Mi desconcierto fue tanto que sólo pude pronunciar:

   -¡No es menos hombre el que llora!

   Luego, me alejé, y escondí mi culpa entre la gente, pero sus ojos se grabaron en mi mente y me siguen, me siguen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El quiropráctico

 

 

Durante dos meses me sometí a tratamientos médicos con el fin de rehacer la movilidad de una rodilla que me estropeó un fulano. A cada instan- te recordaba el gesto de satisfacción del jugador - que en su terapéutica forma de vivir el fútbol dominical me dejó casi inválido.

   Ante los magros resultados de mi recuperación aumentaron las recomendaciones caseras:

   -¡Ponte cataplasmas de barro!

   -¡Mira bato, el Mamisán cura las vacas, ya no se diga a los bueyes!

   -¡Anda con la Karateca y verás cómo te truena cada hueso!

   -¡Nombre, la árnica con alcohol cura todo, y más si le pones peyote y mariguana!

   -¡Si quieres volver a patear, ve con el sobador que vive frente a la tienda Las Quince Letras, ahí van todos los que juegan pelota, dicen que el que no sale andando sale corriendo, él se llama Jorge!

   -¡Por terco te vas a quedar con esa pata de hilacha!

   Desahuciado por las opiniones y con la desesperación de no dar paso sin dolor, me dije: <<un perdido va a todas>>. Por eso dejé a un lado mi juicio sobre ese tipo de charlatanes y de la lista de opciones escogí al sobador que más me recomen- daron.

 

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   Con pantalón corto y precario equilibrio, llegué a la casa del sobador. La puerta abierta dejaba ver después del pasillo de ingreso, una sala donde un hombre gordo disfrutaba su siesta de mediodía; sólo un barandal de madera se interponía al acceso. Toqué de manera discreta para no parecer descortés; al instante apareció un perro gigantesco cuya vertiginosa carrera terminó al azotar contra el barandal para darme el susto de mi vida. Luego, petrificado escuché una voz:

   -¡Tate quieto Gitano! - dijo el hombre mientras se incorporaba entre bostezos y rasquidos de axila-. ¡No le tenga miedo al perro, él nomás ataca cuando yo se lo ordeno!

   - Disculpe que lo moleste, pero me dijeron que aquí vive don Jorge el sobador.

   -¡Pos casi le informaron bien, nomás que yo soy quiropráctico, no sobador! -replicó el hombre mientras quitaba el barandal-. ¡Pásele mi amigo, orita le quito su dolencia, siéntese en el sillón, voy por mis cosas!

   Sin reponerme aun del susto y del asco que me causaba el cuchitril donde me había metido, vi aparecer de un cuartucho al hombre que cargaba un frasco y unas vendas.

   -¡De seguro que le voltiaron el nervio de su rodilla, y ha de haber sido de una patada!

   La observación hecha por el individuo me hizo abrigar esperanzas, porque sin decirle palabra sobre mi padecimiento, él había atinado a su manera.

   -¡Son cincuenta pesos! Disculpe que le cobre

 

 

por adelantado, pero pagan justos por pecadores, porque más de cinco se me han ido corriendo en cuanto los curo - se justificó el quiropráctico en tanto guardaba mi billete-. Y no se preocupe, que si yo no lo hago correr, le devuelvo sus centavos.

   Mi confianza en el hombre había crecido y muy animado dispuse mi rodilla para que aplicara su sabiduría.

   -Primero hay que calentar el nervio con esta infundia que no le voy a decir de qué está hecha; luego hay que dar masajes así y así. Mire joven esa pistola. Con ella maté con los ojos cerrados a un tecolote que vi por el espejo de mi carcancha.

   El tal Jorge distrajo mi atención en lo que brutalmente sacudía mi rodilla con inaudito dolor que me sacó lágrimas.

   -¡No sea estúpido! - le dije totalmente fuera de mis casillas.

   -¡Aguántese como los machos; nomás falta un estirón pa' que le truene, y voltiese!

   Yo hice caso a medias y dejé un ojo pendiente de sus movimientos: entonces vi el engaño del gordinflón, que con el puño de una mano cerrado, y la otra puesta sobre mi rodilla, apretó con fuerza para tronar sus metacarpianos.

   -¡Ya oyó mi amigo, cómo tronó!

   -¡Desgraciado estafador! -le dije con el dolor removido- ¡devuélvame mi dinero!

   -No tan de prisa mi amigo; primero vamos a ver si puede correr o no. ¡Ataca, Gitano!; ¡ataca!

   El endemoniado can se abalanzó sobre mi humanidad, y en un acto de sobrevivencia pura,

 

 

corrí para la calle mientras escuchaba decir al desgraciado sobador:

   -¡No que no lo curaba mi amigo, no que no!

 

Infiel en carne y hueso

 

 

- Qué flaca y desmejorada estás Rosario, y pensar que en un tiempo abandoné a mi familia por ti, aunque a decir verdad eras de carnitas rellenas, firmes, buenas; no como Sara mi vieja que era gorda, prieta, de lo más fea, con su voz de guacamaya que a cada rato me decía:

   -¿Qué tiene la loca de Chayo que no tenga yo!

   -¡Huy si vieras - le contestaba- si hasta parecen de especies diferentes!

   Pero mi vieja tenía razón, y ya viéndote hueso a hueso deveras que tienen lo mismo, si acaso las distingo será por los dientes podridos de ella.

   Pero de todos modos me acuerdo de lo mucho que nos alborotábamos en el cine y de lo bonito que se sentía tu cuerpo acomodadito con el mío en la cama del hotel; y a pesar de todo esto vengo a reclamarte que por tu culpa me mandaron al demonio, porque aquel veinte de noviembre habíamos dicho que sería la última de nuestras citas y que íbamos a acabarnos la pasión de un trago para no enfadar más a mi vieja que no te podía ver ni en pintura; no era porque me estuviera volviendo fiel, sino porque ya tenía otra que sin agraviar a la presente era como cambiar de bicicleta a carro y es lo que me duele que me quedé con las ganas; pero ahí vas tú hasta mi casa y te me pepenas delante de Sara sin importarte la

 

 

pistola que ella traía en la mano y luego qué romántica me saliste.

   -¡Si hemos de morir, que sea juntos!

   ¡Maldita ocurrencia! Y mi vieja que lo toma muy en serio y de un cabronazo nos mata a los dos y luego para acabar su gracia que se pega un tiro también, que para que me enterraran con ella y no contigo y ahí me tienes aguantando su pestilencia hasta que quedó el puro hueso. De no ser por las arrieras que hicieron este caminito no estaría aquí, viendo tu esqueleto por este agujerito.

 

 

 

 

 

 

 

 

Francisco Javier Benavides G. Nació en Autlán de Navarro, Jalisco, en l962. Es ingeniero Agrónomo por la Universidad de Guadalajara. Se desempeña como docente en el Subsistema Estatal de Telesecundarias. Escribe cuento, poesía, leyenda y teatro. Es ganador de los concursos de poesía y cuento 1997, del Subsistema de Telesecundarias a nivel estatal. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su taller literario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Reflexión forzada

 

 

Por más que le diera vueltas en mi cabeza, sabía perfectamente la razón de mis desvelos, de ese insoportable insomnio que desplazaba brutalmente mis horas de descanso. Cuando parecía que mi cuerpo cansado encontraba la bendición del sueño, con toda claridad surgía en mi mente aquella mirada sin reproche ni esperanza; aquellos ojos tristes, melancólicos, sin brillo, que habían logrado romper la aparente fortaleza de mi espíritu.

   Una vez perdida toda posibilidad de descanso, recordé el motivo de mi inquietud, con la leve esperanza de que su análisis me devolviera la anhelada tranquilidad.

   Durante mi doble jornada de trabajo, un compañero me enteró de que Juan Manuel, amigo de ambos, se encontraba hospitalizado en la clínica del Seguro Social, debido a un agudo dolor abdominal causado, según parecía, por ese oculto sobrante del intestino bien llamado apéndice. (Desde los dorados tiempos de la primaria o secundaria, cuando en las primeras clases de anatomía supe de la existencia de este órgano, tuve la insensata idea de que la diferencia entre hombres y animales era la localización del apéndice dentro o fuera del organismo).

   Al terminar las clases del día, me dirigí presuroso a visitar a mi amigo enfermo. Siempre he

 

 

sentido una opresión en el pecho al entrar a los hospitales, estos edificios que han conocido como ninguno el dolor humano, el llanto del recién nacido, del moribundo y sus dolientes, los quejidos anhelantes de las parturientas, los hondos gemidos del fracturado, los cansados sollozos del desahuciado, el sudoroso esfuerzo de los médicos y los pasos presurosos de las enfermeras. A pesar de esta incómoda sensación que en similares situaciones me había hecho desistir de mis buenas intenciones, busqué rápidamente el cuarto donde se encontraba mi amigo enfermo. Contrario a lo esperado, Juan Manuel, ocupaba una cama en una gran sala que acentuaba las sombrías características del hospital: sucias paredes, pintura vieja, ventanas de metal oxidadas, y varias camas que de tan antiguas y usadas gemían más que los pacientes. En la sala sólo habían dos enfermos: un anciano -en el que de momento no reparé-, y Juan Manuel, rodeado de varios familiares y conocidos que escuchaban atentos los muchos sufrimientos y dolores relatados hasta en sus mínimos detalles por mi amigo.

   Después de saludar y hacer las preguntas de rigor, me di cuenta de la mejoría de Juan Manuel, ante lo cual la preocupación por su salud disminuyó. Escuchando sus amargas quejas, justifica- das por cierto, sobre la deficiente atención del hospital, su poca limpieza y los malos modales de la mayoría del personal, ni de casualidad imaginé lo que sería capaz de hacer mi locuaz compañero. Según me lo relató más tarde, harto de soportar

 

 

su incómodo encierro y una vez que familiares y amigos lo abandonaron, huyó del hospital vistiendo la descolorida bata del sanatorio. ¡Qué espectáculo ofreció al cruzar por los jardines que rodean el edificio! Si lo confundieron con un travesti de escasos recursos o prostituta trasnochada, no lo sé, pero de imaginar su poco varonil aspecto, todo lo contrario al machismo que intenta representar, simplemente la risa me domina.

   Pero regresando a la causa de mis desvelos, mientras mi amigo enumeraba sus padecimientos y los malos tratos recibidos, reparé en el callado anciano con el que compartía la sala. Permanecía indiferente ante el tumulto de la cama vecina, observaba y escuchaba el alboroto sin demostrar in- terés en lo que oía o veía. A primera vista era notoria la pobreza del anciano, sus manos mostraban unas uñas sucias y descuidadas, de su cabeza caían algunos jirones de pelo maltratado por el polvo y en lugar de la bata llevaba unas prendas rotas y de color indefinido.

   Empecé a sentirme incómodo ante el contraste tan marcado entre las dos camas de hospital; por un lado el paciente que dejaba atrás su convalecencia, cuidado y hasta mimado por sus parientes, y por el otro, un anciano débil y desnutrido, sin ninguna esperanza de alivio. Pero, lo peor para este viejo, la desgracia mayor que arrastraba y que afectó tanto mi estado de ánimo, era la infinita soledad de su semblante. El vacío que denotaba su mirada, esa ausencia de todo, ese estar y no estar que transpiraba su figura, me hizo recordar vívidamente escenas de niños muertos de hambre en Africa, el hacinamiento promiscuo de la gente en la India, los huérfanos y mutilados de la estúpida guerra de los Balcanes, el racismo y terrorismo, asesinos enmascarados de inocentes. Sin poder soportar la angustia que se apoderó de mí, sin despedirme, huí del hospital, tratando de alejarme de esa figura descarnada que con su sola presencia había trastornado mi tranquilidad.

   Al otro día, muy temprano, compré unas frutas y encaminé mis desvelados pasos al hospital donde el anciano ya no estaba. Ahora ya sé porqué no puedo dormir.

 

 

 

 

 

Río Chacala

(leyenda)

 

 

El nuestro es un país montañoso. La región costa del Estado de Jalisco no es la excepción. Son tres las grandes cadenas que concurren en esta parte de la nación: las Sierras Madres Occidental, del Sur y Volcánica Transversal; todas ellas se acercan tanto al mar que prácticamente no existen llanuras costeras. Por la misma causa los ríos de la vertiente del Pacífico son cortos y de poco caudal en invierno y primavera pero torrentosos en verano y otoño.

   Uno de esos tantos ríos es el Chacala, que serpentea entre la Sierra de Perote y que después de unirse a otras corrientes sirve de límite entre los estados de Jalisco y Colima y finalmente desemboca cerca de la ciudad de Cihuatlán.

   En una de las riberas se localiza la ranchería de Chacala. Desconozco si el río se llama así por el rancho, o si éste recibe su nombre del río. Completamente atrapada entre la sierra y el río, Chacala es una pequeña comunidad que depende por completo de la corriente fluvial. Por el lado de la sierra, un camino rural, léase vereda, une trabajosamente el caserío con Cuautitlán, la cabe- cera municipal. Cruzando el río se puede continuar hacia algunos poblados colimenses que se comunican hacia el Puerto de Manzanillo.

 

   En el tiempo de aguas, como se le dice al vera- no, Chacala queda prácticamente incomunicada; por un lado el río aumenta varias veces su caudal, profundidad y anchura, y por el lado de la sierra el camino es destrozado por las frecuentes y copiosas lluvias.

   Es a este lugar, donde llegué recién graduado de la Normal para prestar mis servicios como maestro de primaria. A lo largo de tres años in- tenté que los alumnos digirieran sus primeras letras y números junto con el frijol y el maíz. En los ratos que la práctica docente permitía, conviví con la gente trabajadora y sencilla de la comunidad. Amante también de la soledad y la meditación a menudo encaminaba mis pasos hacia un remanso del río, un lugar de belleza tan espléndida y natural que bien podría servir como postal del paraíso. Por un lado las aguas tormentosas de muchos veranos han tallado una gran pared rocosa y por el otro tal parece que el agua continúa in- definidamente hacia el campo. En las secas el volumen del río disminuye, y el agua cristalina y pura languidece lentamente dejando ver el fondo de su cauce. A este lugar tan hermoso los lugareños le llaman La Capilla, pues en la alta pared rocosa se encuentra labrada entre las piedras una pequeña capilla de muy difícil acceso.

   Me extrañaba que siendo un lugar agradable fuera tan poco visitado por la gente de la comunidad, por lo que interrogué al respecto a uno de los ancianos que con su respuesta aumentó mi curiosidad. <<Mire profe, usted es fuereño y tarde que temprano se irá de aquí, más vale que siga disfrutando del lugar sin que lo asusten los cuentos>>. Ante esta negativa mi curiosidad creció y en otra ocasión insistí sobre el tema con mejores resultados. De lo que escuché en esa y en otras ocasiones de los demás vecinos trataré de relatar enseguida:

   Todo parece indicar que desde tiempos prehispánicos y coloniales se habita la ranchería de Chacala y siempre las enormes crecidas del río han incomunicado y amenazado con destruir el rancho. De todos es conocida la gran influencia que las religiones indígenas ejercen en el hombre mestizo. Estos factores propiciaron que existiera la creencia de que sacrificando al bebé varón más pequeño del poblado arrojándolo desde lo alto de las rocas las crecidas catastróficas del río disminuirían. Esta antiquísima idea, y falsa a todas luces, estuvo a punto de causar una verdadera tragedia en la población.

   Según el relato, a principios de siglo, en una de las mejores épocas de Chacala, Epifanio Rodríguez, uno de los rancheros más acomodados, esperaba con ansia la llegada de su primogénito. Eran los primeros días de septiembre y un iracundo ciclón tocó tierra cerca de Manzanillo, alcanzando con inusitada fuerza toda la cuenca del río Chacala. La inundación no se hizo esperar y quizá provocó el nacimiento prematuro del bebé de los Rodríguez. Epifanio, persona realista y trabajadora que no era dado a creer en historias antiguas, pero que conocía lo supersticiosos que eran sus coterráneos, les mantuvo oculto el parto a pesar de la gravedad de su joven mujer.

   El devastador ciclón no cedía y la situación empezó a tornarse muy peligrosa para los habitantes de Chacala. A duras penas los viejos se reunieron en uno de los jacales y en sus mentes supersticiosas y desesperadas fue creciendo la idea del sacrificio del niño como único medio de calmar al río. Todos recordaron a Epifanio y alguien creyó haber escuchado cerca de su casa, entre el ruido del viento y del agua, el llanto de un recién nacido. Decidieron mandar una comisión para preguntar por la salud de la embarazada o del bebé, pero la rápida y ruda negativa de Epifanio y el hecho de que no les permitiera ver a su esposa, aumentó su certeza de que ése era el niño más pequeño del rancho. Dispuestos a todo, en un descanso del temporal marcharon hacia la casa donde Epifanio los esperaba rifle y machete en mano. Temerosos, pues ellos no tenían armas de fuego, retrocedieron a los jacales vecinos hasta que anocheció. Al amanecer unos tímidos rayos del sol anunciaron el final del huracán y sorprendieron a un desvelado y macilento Epifanio resguardando la puerta de golpe de su hogar.

   Antes de un año, Epifanio Rodríguez emigró hacia tierras más civilizadas con su familia, pero antes mandó labrar la capilla lacustre donde supuestamente se sacrificaban los pequeños al río.

   Esta es una leyenda de la capilla del río Chacala.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIEJOS CAMARADAS

¡Qué buen cuate resultó ser el Narciso! ¡Rápido que me atendió la falla de la camioneta! Me cobró poco, y eso que revisó carburador, bobina y filtro de gasolina. No sabía que tenía un tallercito limpio, céntrico, con mecánico y ayudantes. Cuando entré, al que menos esperaba encontrar era al Chicho. Cuando fuimos compañeros en la escuela nunca fue organizado ni emprendedor, y aunque trabajaba de ayudante de mecánico, jamás pensé que llegara a tener su propio taller. ¡Ah, qué tiempos aquellos! Me acuerdo la cara de aturdido que ponía cuando lo vacilábamos hasta el cansancio por las manchas de grasa en las manos y la ropa.

   ¡Caramba! ¡Que mala suerte! Alcanzar empezando la subida a estos tres camiones tan lentos; van tan pegados uno al otro que es muy peligroso rebasarlos. Tanta prisa que tengo por llegar, tan largo y peligroso el cerro y estos ca...miones que no me dejan pasar. En fin, como dice el dicho, despacito que voy de prisa.

   ¡Vaya, vaya! Por fin dejé atrás los camioncitos estos; menos mal que no encontré autos en el parejo antes de la cumbre. ¿En qué venía pensando? ¡Ah, sí, en mi compañero de la prepa, el ahora flamante mecánico Chicho! Recuerdo que era el portero del equipo de fútbol, y que siempre nos eliminaban en los torneos de la escuela. Le cargábamos las derrotas, sin importarnos las raspaduras y golpazos que invariablemente sacaba en su afán de detener los balones. Y los malos éramos los defensas. Si ganamos algunos partidos fue por Mario y Aurelio, delanteros de tan buena calidad que llegaron a jugar: uno, en segunda; y otro, en tercera división. Cuando ganábamos, eran ellos los héroes, y con razón; pero, injustamente Chicho era el chivo expiatorio en las derrotas. En las clases era tan atento a los maestros, que una ocasión le hice una broma muy pesada, y hasta pena me da recordarla. ¡Luego no se me ocurrió pegarle una gran cola de papel, y ya metido en la travesura, le prendí fuego con un encendedor que me pasaron! El usado pantalón de terlenka se quemó y Chicho tuvo que irse a su casa envuelto en una chamarra.

   ¡Epa! ¡Qué imprudente! Apenas es un muchacho. Lleva gente jugando atrás de su camioneta y conduce como un demonio. Por eso ocurren tantos accidentes. Estas carreteras con curvas tan pronunciadas y esos verdaderos cafres del volante.

   Recuerdo que lo peor que le hice me costó muy caro. Bueno, eso es un decir. A chicho nunca lo veíamos con muchachas, quizá por su carácter tímido y reservado, o a que en la ropa se le notaba a veces su trabajo. Ya casi al terminar el tercer grado, de repente, Chicho resultó ser el novio de una chamaca de primer ingreso; bonita, discreta y hasta elegante. Entre Mario, Aurelio y yo hicimos una apuesta para ver quién le quitaba la novia a Chicho. No sé cómo le hice, o si gané o perdí, pero varios años y muchas peleas después, la ex novia de Chicho se convirtió en mi esposa. A él no le volvimos a conocer novia y me parece que hasta la fecha continúa soltero. Allá él, tan agradable que es tener una mujer que caliente la cama cuando hace frío, que cuide a la raza, que se desvele cuando se enfermen, que le aguante a uno las parrandas; total, no entiendo a gente como Chicho, que nunca se casó. Para ayudar a que funcione su taller, en adelante, cuando se descomponga la tartana, se la llevaré a Chicho, al fin que parece buen mecánico.

   ¡Carajos! ¿Qué pasa? ¡Me estoy quedando sin frenos! ¡No puede ser! ¡A ver, tranquilízate, bombea varias veces el pedal para que agarren! ¡Uf! Parece que funcionan. No le dije a Chicho que los revisara, qué tontería. ¡Oh, no! ¡Ya no tengo nada de frenos! ¡Vamos, calma, trata de repegarte al cerro! ¡No! ¡Esa curva! ¡Noooo...!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El que viene

 

 

El que viene es un hombre nuevo,

hombre altivo, hombre sincero;

negro, amarillo, blanco;

cosmopolita y viajero.

Tiene a sus espaldas historia

de guerras, miserias y hambre;

de genocidios, traiciones y desastres;

de hipocresía, orgullo y envidias.

Le han atado a un planeta

que apenas tiene ya bosques

con ciudades monstruosas

que devoran llanuras y valles.

El que viene volará muy alto

pues cumplirá de los antiguos

el sueño de una sola patria,

un solo pueblo en el mundo.

El que viene logrará en poco tiempo

lo que no ha sucedido en milenios:

romper las cadenas que atan

a unos hombres al servicio  de otros.

Que el que viene logrará todo esto

es indudable, pues de sus ancestros

heredará la experiencia y el conocimiento,

pero, después de todo, ¿vendrá?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Max Remedios Castro Pinkus. Nació en México, D. F. en septiembre de 1946. Escribe poesía. Hasta ahora su obra se había mantenido inédita. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller Literario.

 

 

 

 

 

 

Aquella vez

 

 

El blanco murmullo

doblaba las palomas del viento.

Bajamos,

aquella vez,

hacia donde gorjeaba una lucecilla húmeda,

durmiendo la meditación de los dioses.

 

Cruzamos álgidos,

balbuceando con los ojos un recuerdo podrido.

 

Adentro estabas

convertido en gigantesco abanico de agua,

engarzado en la bruma de tu soledad de colores.

 

Atisbando el desértico ventanal,

pronunciamos tu nombre

atravesados de un ligero temblor.

 

Esa noche

confundimos nuestros cuerpos de sueño;

le dije ser el mismo amante

dorado por nuestras rojas ansias.

 

Allí te conté

la rabia de petrificarme pieza de ajedrez.

Lloré.

 

 

 

Todo a la borda,

a la inmunda basura de los días.

 

Te lo conté.

Luego brilló una calma floral,

contada en voz baja entre la almohada.

Vi cómo vivía Londres a las nueve;

vagué aquel instante por tu risa,

lanzando fueras

con la suave espada que consuela los astros.

 

Descansa

- me dijo una verde voz de pájaro -.

En ti duerme la profundidad de la Tierra,

y la vastedad anhelante de los mares...

 

 

 

 

 

 

 

Despedida

 

 

Me despido con hondo pesar.

Dejo la arrogancia

que me hizo desearte,

bajo un cielo de azules fragancias.

 

En tantas estancias,

cómo captar lo que encierra

tu historia

y tu tierra

abierta a las ansias.

 

Soy ave viajera,

sencilla,

alimento la gracia

y la línea,

y me escondo

buscando semilla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

José Francisco Cobián Figueroa. Nació en Autlán de Navarro, Jalisco; en abril de 1962. Es Médico, Cirujano y Partero por la Universidad de Guadalajara. Escribe poesía, cuento, novela, teatro, guión cinematográfico, y guión para televisión. Ha publicado en el Boletín Informativo de la Facultad de Medicina, la revista Gato-garabato de la Facultad de Filosofía y Letras, la Gaceta Universitaria, los diarios El Occidental y El Informador, de Guadalajara, Noticias Regionales, de Autlán, entre otros. Fundó y dirigió el grupo de Teatro Alejandro Casona. Creó las revistas literarias: tiempo de espresARTE y los escribidores. Ejerce su profesión y la docencia en la Escuela Preparatoria Regional de Autlán, U. de G. Hace espacio para la creación literaria, la edición de libros y revistas y el impulso a la obra de jóvenes creadores. Con este último propósito es cofundador y director del Grupo Cultural Litterae y su Taller Literario. Ha sido premiado en varias ocasiones. Los premios más recientes son: Primer lugar en poesía 1995 y 1996, y Tercer lugar en cuento 1996, en las correspondientes Semanas Culturales del Centro Universitario de la Costa Sur. Sus libros publicados son: El Candidato y otros cuentos de sabor agrio, ¡Viva don Liborio Gómez ¡ (teatro), Al andar se hace camino (compilación de cuento, poesía y teatro de alumnos del Módulo El Grullo, EPRA) y Recuentos (poesía).

 

 

 

ºInsomnio*

 

 

Vimos correr la sangre y mancharlo todo. Le brotaba del cuello a borbotones como una fuente roja de caudal infinito. Tú estabas ahí, muy silencioso, sin mostrar emociones: ni sorpresa, ni susto, ni nada. Y ella, tu madre, se moría rápidamente entre estertores y convulsiones. Tenía abiertísimos los ojos; te miraba con incredulidad y rencor. Tal vez ya no te acuerdas. Eras muy pequeño; aunque, a los cuatro años ya es posible que las cosas importantes de la vida se queden para siempre en el recuerdo.

   Yo, desde luego, no lo podía concebir. Desperté por el grito de dolor con que ella había llenado el cuarto; a tientas prendí la luz y allí estaban los dos: ella muriendo y tú observando su muerte como se ve un juguete en un aparador. Y tu rostro mudo mostraba una fascinación apenas insinuada.

   Supe lo que pasaba. El filoso cuchillo todavía se agitaba en su garganta. Lo aparté sin temor. Impregné mis manos con sangre y agarré el tocador, el televisor, la sábana, el lavabo; quise dejar constancia de haber sido yo el asesino.

   Te pregunté: ¿qué hiciste? Y tu respuesta fue: <<Jorgito me dijo que la matara>>.

   Sabíamos que en ti había algo que no estaba bien, pero no imaginábamos qué. Ni siquiera sospechamos que pudieras llegar a tanto.

 

 

   Tres meses antes, mi amigo Angel estaba de vi- sita en nuestra casa. Pasó allí varias semanas y fue él quien advirtió tus cambios de conducta. Nos lo dijo pero, la verdad, no le hicimos caso.

   Le parecía muy extraña la palidez tan acentuada de tu piel, el escaso apetito que mostrabas, lo profundo que dormías durante el día y la exagerada energía de tus juegos nocturnos.

   Tu madre lo atribuyó a que tenías los ciclos cambiados: sueño de día y vigilia durante la noche.

   Yo te llevé al doctor. Nos dijo que la palidez podría deberse a un estado de debilidad y anemia. Recomendó que te diéramos unas pastillas y un jarabe, e indicó que se evitara dejarte dormir durante el día, para obligarte a hacerlo de noche.

   Efectivamente, no dormías ya de día, pero tampoco en la noche, y tu delgadez y el color encerado de la piel se te hicieron más graves. Te aparecieron ojeras profundas, oscuras, llenas de no sé qué misterio. Mirabas fijo, como pasando por nosotros, y tu mirada helaba de repente.

   Abandonamos el tratamiento. Volviste al letargo diurno y a los juegos nocturnos. Todo seguía en ese aparente orden, hasta una noche de agosto en que caía lluvia caudalosa. Llovía con granizo, viento, frío... Despertaste de pronto, sacaste de bajo la cama una pelota de plástico y saliste al patio a jugar en la tormenta.

   Había más allá del patio un tejabán lleno de cosas inútiles, cubiertas de polvo y hollín. Nadie las quería mover aunque fuera para tirarlas porque pertenecieron al dueño anterior de la casa y porque acercarse a ellas provocaba una instantánea erección del vello.

   Tú nunca mostraste miedo. Nosotros jamás te asustamos con nada para evitar que crecieras prejuicioso, y admitíamos que visitaras el tejabán... Pero esa noche, más negra que ninguna otra, nuestro huésped tampoco podía dormir. Oyó tus juegos, el golpeteo de la pelota, tu risa, la pelota y tu risa, el viento, la lluvia, tu voz, la pelota y la risa...

   Salió de su cuarto, fue al patio a buscarte y se sintió poco menos que aterrado de lo que veía.

   - Ahí te va - decías, mientras pateabas la pelota -.

Pásamela, no te quedes con ella.

   Y aquella esfera roja, encendida como brasa, se movía sola con velocidad inaudita, impulsada por una fuerza enorme, y regresaba a ti.

   - Va otra vez - gritabas, y una risa estruendosa saltaba de tu boca y rebotaba hiriente en las paredes.

   El juguete se suspendía un momento, a veces en el aire, y con un nuevo impulso te encontraba veloz.

   No te importaba la lluvia ni el viento helado.

   Angel fue a nuestro cuarto y con voz de angustia espantosa despertó a tu madre y a mí. Habló de lo que había presenciado y se retiró a su habitación.

   Tu madre, a medio despertar salió al patio, te pidió que entraras en la casa inmediatamente, pero no obedeciste. Pretendías no oírla. Seguiste hablando solo y lanzando la pelota. Esta, suspendida en el aire, giró violentamente y fue disparada hacia el tejabán, perdiéndose entre aquellos trebejos intocables.

   -¡No quiero entrar! – gritabas -. Estoy jugando. Jorgito se enojará; no quiere que me vaya. Míralo, mira qué cara tan dura tiene. ¿Qué dices, Jorgito? Sí, yo creo que eso haremos. Está bien, está bien, pero mañana vendré a seguir el juego.

   Seguiste a tu mamá, sin convencimiento. Dejaste que te secara, que te pusiera ropa limpia, que te acostara en la cama hasta que el sueño triunfó sobre ti.

   Al día siguiente, Angel se despidió de nosotros. Dijo que volvería a su casa y que escribiría pronto para estar en contacto. Yo tuve la impresión de que no era el mismo. Algo se había desgranado en su interior. Prácticamente ocultó los ojos para no mirarnos. Pretextó tu sueño para no despedirse de ti. Supe que no deseaba volver a verte. Y no lo ha hecho. En todos estos años, nadie ha sabido de él. Quizá se encuentre muerto.

   Aquella nueva noche, dócil como hacía muchos meses no te habíamos visto, te acostaste temprano. Tu madre y yo nos quedamos despiertos hasta que terminó una película que transmitían por televisión y también nos retiramos a descansar.

   Tuve un sueño: oía que el viento entraba por toda la casa, que se agitaban las cortinas, se azotaban las ventanas, los vidrios del cristalero golpeaban como locos, platos y vasos chocaban contra el suelo, a lo lejos aullaban y ladraban los perros, un llanto de bebé llenaba los rincones, se metía por la piel y se arrastraba lento en cada hueso...

   Alguien me había contado cosas extraordinarias: <<en esa casa asustan>>; <<en donde está fincada, antes fue cementerio. ¿No te ha salido el soldado sin cabeza?>>.

   En diversos momentos estuve a punto de despertar. Sólo lo logré cuando el grito desgarrado y horrendo de tu madre me arrancó súbitamente de la pesadilla que me tenía cautivo.

   Su sangre manaba a borbotones, le mojaba el cabello y escurría por la cama. Todo lo vi, perplejo.

   Sin meditarlo, como en un trance hipnótico aparté el cuchillo de su cuello y la miré morir. Dejé que me inculparan para salvarte. Tú fuiste a casa de mi hermana Sara. Te cuidaron, te trataron bien, te inscribieron en la escuela... Obtuviste siempre los mejores promedios. Nunca preguntaste por nosotros, según ahora sé. ¿Por qué? Tal vez una parte del cerebro se negaba a aceptar nuestra existencia.

   Hace apenas un mes me alegró la noticia de tu graduación. "Ah, me dije, tendremos un gran abogado en la familia". Y hace una semana, tu tía Sara me trajo a conocer las invitaciones de tu boda. Ni idea tienes de todo lo que eso representaba para mí. Pude creer que el sacrificio había valido la pena. Que yo estoy en la cárcel y que tu salud era inmejorable, que pude salvarte. Te hiciste una profesión y estabas a punto de hacerte una familia. ¿No era maravilloso?

   Sí, lo era. Pero, hete aquí, conmigo, en esta cárcel pútrida, insoportable, húmeda, llena de bichos, de porquería, de miseria...

   Hete aquí, condenado por matar a tu esposa en la noche de bodas. Ahora dime, ¿por qué?

   - Jorgito me lo dijo...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anselmo*

 

 

Teníamos órdenes de no prender cigarros ni cerillos, mucho menos alguna fogata que sirviera para calentarnos el cuero o espantarnos los zancudos. Nos habían dicho que si era necesario pasáramos la noche encuerados, porque la ropa de manta es como espejo bajo la luna. Nada de comprometer el pellejo. Era tiempo de guerra y había que cuidarse bien. Esa orden llevábamos retumbando en la cabeza.

   Y era bueno que la tuviéramos en cuenta, porque los cristeros aparecían y saltaban donde menos los esperaba uno. Yo no curaba todavía las heridas que me había hecho uno de ellos a cuchillo; tantas y tan hondas que me había dado por muerto. Yo mismo creí que hasta allí habían de llegar a Purificación de madrugada. Hubiera sido fácil si no pesaran sobre nosotros más de tres días de camino recorrido a pie, sin agua, sin provisiones y sin armas.

   Eramos veinte, un grupo pequeño si se trata de enfrentar a un ejército; pero muy bragados, eso sí. Estábamos desarmados porque no era conveniente pasar por los pueblos cargando carabinas y esas cosas. No se trataba de llamar la atención. Y es que como estaban de por medio los sentimientos y la fe, se podía esperar la traición hasta de las esposas y de los hijos; hijos que no fueran.

   Así que los rifles y las municiones las mandamos por delante, en una recua de arrieros que comerciaban por la costa. Eran tan conocidos desde siempre, que podían quedar fuera de sospecha.

   Allá nos reuniríamos con nuestros superiores, nos repartirían en cinco cuadrillas y nos dispersaríamos para cubrir la mayor parte de terreno posible. Era necesario dar un golpe certero que debilitara grandemente a nuestros enemigos.

   Muchos de los nuestros no sabían por qué era aquel pleito, ni quién lo había empezado, ni cómo iba a acabar; tampoco les llenaba la cabeza el pensamiento de matar a más de un cura revoltoso, y como que se les hacía imposible, y como que no entendían qué hacían aquellos santos hombres, tan enfaldados como mujeres, disparando contra la gente del gobierno.

   Y muchos de aquel lado estaban igual. Ignoraban lo que hacían persiguiendo gente, pero a ciegas casi, se aventaban a matar en el nombre de Dios.

   Nosotros acatamos la orden. Marchábamos a nuestro punto de reunión según la estrategia convenida y, según lo dicho, cuando nos alcanzó la noche nos encueramos para no ser vistos desde ninguna distancia. Pero no fue suficiente. Alguien debió avisarles de nuestros planes a los cristeros, porque a eso de las dos de la madrugada, a poco tiempo de habernos tendido a descansar en la hojarasca, bajo los árboles, entre los ruidos y susurros de miles de animales nocturnos, nos cayeron encima.

   No supimos de dónde nos salieron. Silenciosos como lechuzas que van por un ratón. Nomás sentimos su ataque. Eran pocos también. Tal vez menos que nosotros, pero tenían la ventaja de hallarnos sorprendidos y cansados.

   Los que pudieron de los nuestros, corrieron cuesta abajo con sus trapos bajo el brazos y las talegas al aire. Otros, olvidaron los trapos y también huyeron por rumbos diferentes. Los cristeros, en la plena consigna de arrasarnos, fueron a perseguirlos.

   Yo no me hallaba en grupo cuando ocurrió el ataque. Desde temprano me habían agarrado unos pujos y torzones tremendos, que obligaron entonces a apartarme unos pasos para poder quitarme aquello que estorbaba y martirizaba de forma ho-rrenda mi intestino. Estaba en eso, detrás de una gran piedra, cuando oí el alboroto: los gritos, las carreras, las imprecaciones. Supe al momento de qué se trataba y conocí el riesgo al que me expondría de haber salido. Además, aunque lo quisiera, me lo impediría aquel dolor que me atravesaba la panza y que parecía como si con un gancho alguien intentara desprenderme los hígados. Me quedé pues, en aquella posición, esperando que se fueran o que me hallaran tan comprometido.

   Se fueron todos. Los nuestros y los otros. Al menos así me pareció hasta el momento que pude abandonar aquel refugio.

   Quise curiosear por la parte en que habíamos puesto el echadero. Hubiera estado solo por completo, de no ser porque en silencio, como en trance amoroso, se encontraban tirados dos hombres. Cuerpo a cuerpo.

   El desnudo era de acá. El otro, un cristero aguerrido que peleaba con una fuerza y destreza nunca imaginadas por mí.

   Parecía que el cristero ya tenía resuelto el problema, cuando el otro, hallando con la diestra una daga enorme, atada a su cintura con un cordel de tela, en movimiento rapidísimo hundió entre las costillas del rival un brillo y un frío de muerte.

   El herido aflojó el cuerpo. Su respiración agitada se convirtió en estertor, y la de mi compañero aleteó un poco más.

   Todo se llenó de un silencio muy hondo. El heridor sacó lentamente la hoja del arma, ensangrentada; mientras casi en secreto y al oído del otro, le dijo: <<di que viva el Supremo Gobierno>>; <<Viva Cristo Rey>>, contestó el otro con palabras ahogadas con una sangre metálica. <<Que viva el Supremo Gobierno>>, insistió el primero. Y el otro, balbuceante, desgranando las sílabas, le dijo: <<Viva Cristo Rey>>; <<que viva el Supremo Gobierno>>, y cada vez que pedía aquella frase traspasaba lentamente al otro, que se mantenía de rodillas sosteniendo su cuerpo con los hilos del alma y que gorjeando las palabras, más lentas y apagadas, parte saliva, parte bilis, parte sangre, parte lágrimas, continuaba diciendo: <<Viva Cristo Rey>>. Y el otro, pasando ya sin ninguna resistencia la navaja, entró otras cinco veces.

   Allí fue donde intervine. Desde donde estaba viendo todo, le grité: ¡Ya déjalo, Anselmo! El hombre era un valiente y no se lo merece. ¡Ya está muerto!

   Y Anselmo, como volviendo de frenético trance, llenó el aire de la noche con un horrendo alarido.

   -¡Pues que me ampare el Señor, y que viva el Supremo Gobierno!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*Cobián, José Francisco. Cuentos de horror. Libro inédito.

 

 

 

 

 

La espera

 

 

Desde temprano estoy sentado ante esta ventana. Al parecer fui el primero en llegar hoy a la escuela, ya que a la única persona que vi aquí es a la intendente, que estaba barriendo el patio mayor.

   Aquí, sentado, he visto pasar a todo el mundo por la calle. Los obreros, los albañiles, los campesinos, los muchachos de la secundaria, las mujeres que van a misa, las ambulancias del hospital de allá enfrente, los médicos y las enfermeras. También he visto un cortejo fúnebre. Pasó temprano, a primera hora, casi en el momento  que yo me instalaba en este puesto de vigilancia improvisado. Creo que fue lo primero que vi. Aquí, en este lugar, es raro que sepulten a los muertos tan temprano, sin embargo, allí iban, serios, afligidos, con rumbo al cementerio.

   Recordé un poema de Manuel Acuña que alude a la muerte con una filosofía profunda de la no destrucción, de la conservación de la materia; también uno de Bécquer que habla de lo solos que se quedan los muertos, y sentí frío y un poquito de lástima. Aquello me hizo pensar en el día que sepultamos a mi padre y fue la chispa que me inspiró estos dos sonetos que tengo en el cuaderno todos llenos de borrones. En cuanto llegue el maestro de literatura se los enseñaré. El es quien me ha despertado el gusto por las letras, él es

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quien me ha llevado por la filosofía, por la poesía, me ha hecho conocer el pensamiento de los grandes hombres desde su particular punto de vista, con un mínimo de apasionamiento y con un gran acercamiento a la creación, al genio.

   Tan animado me he visto este semestre que hasta he llegado a creer que en mi interior existe algo de poeta. Y el maestro opina que puedo, si me lo propongo, desarrollar mucho de mi talento. Su confianza me estimula tanto que éste y otros intentos que he llevado al papel se han publicado en los diversos números del boletín informativo de la escuela. Mis compañeros se mofan de mí sin ganas de ofender, sólo porque les parece raro que yo me esté dedicando a las cosas del espíritu.

   Manuel se llama mi maestro. Es un hombre maduro, casi anciano, que ha impartido clases de ética, filosofía, historia y literatura desde que se fundó la escuela. Es delgado de carnes, escaso de cabello y de vista cansada por los años y por la mucha lectura. Tiene un sentido compulsivo de la responsabilidad. Yo lo conozco apenas de este curso, pero los que saben dicen en los treinta años de magisterio en la preparatoria nunca ha faltado a una clase, ni siquiera ha llegado un minuto, ni medio minuto tarde.

   Hoy amaneció nublado. Cuando hay trazas de lluvia muchos de los compañeros no asisten a la escuela y algunos de los maestros tampoco. Espero que la excepción en que haya de incurrir algún día el maestro Manuel no sea hoy, porque deseo con gran aliento que me revise este trabajo.

 

   Esta primera hora, por ejemplo, ya no vino el maestro de economía. Gracias a eso pude terminar los sonetos, por lo menos la idea principal. Tengo todavía que hacerles algunas correcciones. Quiero que al ser leídos se sientan más universales, menos como una cosa muy personal, que sólo a mí me atañe, no; quiero que todos se identifiquen con mis versos.

   No sé por qué este tema de la muerte me estimula tanto. Parece que me facilita las cosas, que me pone un aura de animación para que yo escriba. A veces cuando me deprimo siento que las palabras brotan de mi mente y escurren por mi brazo y penetran en la pluma y se vierten, se chorrean en el papel para dar lugar a estos poemas. Creo tener cierta tendencia a la nigromancia, como si la fatalidad estuviera siempre allí, esperando a ser invocada. El maestro me lo ha dicho: <<sufres al escribir, se nota en tu poesía martirizada y martirizante>>. Y yo también lo he notado, pero no quiero aceptarlo, no quiero reflejarme en mis escritos de ese modo, no quiero proyectarme, ni sublimarme como dicen los sicólogos, sólo deseo escribir, contar algo poético, crear historias declamables y trascender. Ir a los ojos y a los oídos de la gente y entrar en sus corazones, en sus mentes, en sus almas y ser algún día recordado.

   Descubrí esta facilidad de escribir y esta fatalidad al leer un poema de Nandino hace mucho tiempo. Aquello de: <<Quiero morir de mi muerte, de la que vivo pensando, de la que estoy

 

 

esperando y en dolor se me convierte...>> y desde entonces no me he podido arrancar esta pasión enfermiza, es más, creo que se ha convertido en mi estado natural.

   Aquí por ejemplo: "Mejor hubiera sido me dijeras/ que ya era sin retorno tu partida/ y no hubiera pasado yo la vida/ esperando incansable que volvieras". Sé que hay un reclamo tormentoso o atormentado, una desesperación oculta que vibra y que se mece en cada una de las oraciones. Fluye como una plegaria en vez de estrofa.

   El maestro me ha corregido muchas cosas. El nunca escribe pero tiene gran experiencia crítica. Yo creo en él casi ciegamente, porque él me ha puesto en esto; soy como un hijo suyo, como su creación, un cristal en bruto que espera a ser pulido. No creo que este poema esté del todo terminado. Al someterlo a su consideración algo tendrá que cambiar, siempre sucede, aunque no en esencia, casi siempre la corrección es inherente a la forma y no al fondo, aunque en este sentido a veces no quisiera ser tan pesimista.

   "Se apoyaban en ti tantas quimeras/ como este mar de lágrimas vertidas,/ mas pronto las hallé desvanecidas/ esperando incansable que volvieras". Aquí se repite el cuarto verso. Me parece que así está bien, siento que este volver a lo mismo no limita el poema ni lo hace reiterativo, más bien lo refuerza, le da vigor a la idea de algo que no se puede tener y que hace falta, mucha falta, puesto que se ha esperado tanto.

   Algo se desgaja, se desmorona, se esfuma: "Se

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acabaron los juegos a tu lado,/ se acabaron la dicha y el encanto./ Ya mis sueños están asesinados". Y queda eso que lastima, que lacera y que marca para siempre: "Sólo queda la huella de mi llanto,/ que en tu ausencia brotó desesperado/ para no reventar de puro espanto".

   Es pura retórica - dirá el maestro -, pero sigue, enséñate a dibujar y luego podrás desdibujar con soltura con esos trazos de lenguaje, con esas pinceladas de palabras dolorosas que llevas en el alma.

   Aquí, sentado junto a la ventana, no me daba cuenta que mis compañeros están desde ya rato sentados en sus butacas. De ociosos, porque no llegó el maestro de economía a impartir su clase.

   He leído el soneto y me gusta. Habrá que someterlo a otras opiniones menos parciales que la mía. Sigo con el otro. "Han mellado mi cuerpo ya los años,/ pues contigo murieron los afanes/ en lucha interminable de titanes:/ el tiempo y el trabajo, causan daño".

   La rima está muy forzada, dirá el maestro. No metas palabras donde no van. "Y también he sufrido desengaños,/ que cual fieros, malditos alacranes,/ han echado a perder todos los planes/ formados en mi infancia, siempre huraños".

   Las figuras también están cargadas. Aquí casi no hay poema, sólo un relato que bien pudieras acomodar en prosa y te quedaría mejor.

   - Pero no se me facilita la prosa - ya le he dicho.

   - Inténtala - contestará.

   "Mas también de mi mente formé un huerto/

 

 

que sus flores dedica a tu morada/ hoy que yace el recuerdo de ti yerto./ Y empiezo a ver por fin una alborada./ La vida me ha dejado al padre muerto,/ y tu muerte, la infancia envenenada".

   Al leer el último verso me doy cuenta que esta fijación es el mismo veneno de todos los trabajos que he llevado al papel, dichos de muchas formas, pero siempre lo mismo. Siempre esa muerte y ese dolor tan compañeros.

   Estoy inquieto porque el maestro Manuel no llega. Hace un par de minutos que la clase debió haber empezado, pero el maestro no aparece. A lo mejor a sus años esta humedad del ambiente le rasguña los huesos y lo obliga a permanecer en cama. Pero no, esa sería una excusa muy pobre para él. Lo más lógico es que mi reloj vaya un poco adelantado. El maestro tiene que llegar puntual, siempre lo ha hecho, minuto a minuto, durante treinta años.

   Ya son cinco minutos, también mis compañeros están alterados; algunos ya empezaron a imponer el desorden como un signo patente de su desesperación. Del ocio de la hora sin clase y de estos minutos que pasan sin que llegue el titular de la materia de literatura.

   Yo sigo en la ventana viendo las primeras gotas de lluvia caer sobre el empedrado. Desde aquí me doy cuenta de lo indiferentes que somos y del poco dolor que nos causa el aire que respiramos, así, contaminado por el humo de los carros, por los desechos gaseosos del ingenio azucarero que se divisa a lo lejos, aventando hacia el cielo ese vómito oscuro que mancha el aire, que lo enrarece, que lo vuelve espeso al grado que en algún tiempo tendremos que masticarlo en lugar de inhalarlo.

   Veo el poema y el reloj. Siete minutos. El maestro asoma en la puerta y penetra en el aula. Su figura, de ordinario disminuida por su delgadez, por su cortedad de vista y por lo pobre de su atuendo, se ve más lánguida todavía. El rostro está pálido, desencajado y su actitud de hombre respetable se quiebra, se desmorona, se pliega sobre sí misma. Hay en todo él una profunda tristeza y un algo que no es él.

   - Buenos días, muchachos – dice -. Siento el haberlos hecho esperar y ruego que me disculpen... Vengo de sepultar a mi hijo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

* Cobián, José Francisco; El Candidato y otros cuentos de sabor agrio. Autlán, Jal. CF editor, l996.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Manuel Corona. Nació en Autlán de Navarro, Jalisco, en marzo de 1980. Ex alumno de la Escuela Preparatoria Regional de Autlán. Actualmente presta sus servicios en la Comisión Nacional de Fomento a la Educación (CONAFE). Escribe cuento y poesía. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller Literario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Panchito

 

 

Tarde del dos de septiembre en el cementerio de la ciudad; ha muerto el abuelo Panchito y todos los familiares se encuentran ahí para brindarle el último adiós.

   -Mira cómo lloran todos Panchito, quién diría: ¿te fijas cómo están de apachurrados?, hasta las hijas de Leonor, esas que dijeron que nunca iban a llorar por ti. Pensé que Ricardito el nieto, no vendría, como vive en Estados Unidos... Pero mira, también está llorando, se ve que le dolió.

   - Creí que las personas que necesitaron de ti, vendrían, mínimo para agradecer; y ya ves, no fue así; el único que está es don Juan, el anciano de la talabartería, aquel que sacaste de la cárcel cuando lo metieron por fraude. No te agüites, todos los que te queremos estamos, y eso es lo que cuenta. ¡Qué cosas! Eres el primero al que le llora toda la familia y gracias a ti, digo, a tu muerte, descubrí que tengo dos nietos de tu hijo Juan, el que tenía ocho años sin venir; como diez sobrinos de Toño, Fidencio y Márgaro, y seis hijos que dejaste regados con varias mujeres.

   - Se escucha mucho barullo, pero sé que es natural, nunca pudiste ser tranquilo como yo, siempre andabas de acá para allá, de fiesta en fiesta, y como eras músico...

   - No entiendo el porqué de tanta gente, si con

 

 

más de medio mundo discutías y hasta recuerdo aquella vez que te agarraste con Hilarión; pobre, duró como dos semanas sin poder levantarse de su cama por la friega que le arrimaste afuera de su casa; pero ahí no acabó todo. Gracias a ti estuvimos como un mes sin comida, solamente frijol, y eso por la parcela, si no, nos hubiéramos muerto de hambre, porque Hilarión era el dueño de la tienda donde sacábamos fiado.

   - Me siento mal por tu muerte, dime: ¿con quién voy a discutir? ¿Casarme? Creo que ya es inútil, tengo setenta y ocho, dos menos que tú; además, no veo porqué aguantar a otro. Es todo, me quedé sola en el panteón. Tus hijos y parientes ya se fueron; ahora sí te puedo decir que descanses en paz. Ah, también que nos vemos el día de muertos, y no te preocupes, rezaré por ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Brindis

 

 

Envejezco sin piedad,

frente a la desgracia

de conocer al verdugo

que me quitará la vida

sin compasión.

 

Convivo diario con él,

conozco la verdad del hombre

sentado en la vida,

mientras comprendo que nacer

es un sepulcro,

y morir un renacer a la calma.

 

Me cuida sigiloso,

observa mis acciones,

busca encontrarme solo,

en el momento justo

para darme a beber de sus pociones.

 

El espejo - mi único amigo-

hace evidente el holocausto.

 

Soy un alcohólico,

me abandonó la familia

y en este mar de llanto

brindo por ustedes: sillas,

con la copa nuevamente vacía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Joaquín Cuéllar Chagolla. Nació en Autlán, Jalisco, en 1963. Es Médico Veterinario y Zootecnista por la Universidad de Guadalajara. Se dedica a la docencia en el Subsistema Estatal de Telesecundarias. Escribe cuento. Ha sido ganador en múltiples ocasiones en los concursos de cuento del Subsistema de Telesecundarias. Obtuvo el Primer lugar en cuento en el concurso anual del Centro Universitario de la Costa Sur, en septiembre de 1996. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller Literario. Publicó su libro Los cuentos de Cuéllar.

 

 

 

 

 

 

 

Don Andrés

 

 

Dedicado a los que nos

han enseñado todo: los ancianos.

 

 

¡Vámonos cambiando de acera, Delfinita, porque aquí los rayos del sol están muy fuertes!... ¡Ah, qué diferencia, a esto le llamo yo frescura! Siempre que pasamos por esta cuadra, me vienen a la cabeza una cantidad de recuerdos, Delfinita, que creo que ya te habré contado  tres o cuatro veces.

    Esa casa pintada de amarillo era de las González, que de viejas se volvieron muy rezanderas, pero las hubieras visto en su juventud; ¡cómo le dieron vuelo a la hilacha! Herculana, la mayor de ellas, le echaba las flores a mi hermano Raúl, pero éste nunca le hizo el jáis, tipo pazguato que era mi hermano, ahí hubiera salido de pobre... La casa de la puerta grande, antes era panadería, su dueño se llamaba Dionisio Alvarez. Era un hombre muy alegre que se la pasaba silbando todo el dichoso día; fabricaba conchitas, tostados, ojos de Pancha, virotes, picones... Y en tiempos de cuaresma vendía atole y capirotada. Tenía un ayudante de apellido Santos, pero era un diablo; muy gritón y malhablado, y toda palabra que daba tenía doble sentido, ¡quién sabe qué fin habrá tenido ese Santos!

   Mira Delfinita, ahí donde está ese tabachín, fue

 

 

de los Guízar, te has de acordar de ellos, eran unos ca...trines que nunca se supo que trabajaran en nada, sabrá Dios cómo harían para mantenerse los vicios, ¡y aquellos bochinches que armaban!

   Esa otra, la casa grande con arcos, era de Pierre Lacroix, un francés que trajo el primer automóvil a este pueblo; ¡eso sí que era novedad! Todos quedábamos boquiabiertos al ver aquel armatoste que caminaba sin necesidad de usar caballos o bueyes, nomás al puro chofer. Era una ladradera la que armaban los perros, ¡y hubieras visto toda la chiquillera que le seguía lanzando gritos y aullidos!

   Aunque poco le duró el gusto; en esta misma esquina se estampó ese primer carro contra el segundo, un ford de Don Fausto Guillén.

   Desde entonces les tengo miedo a los carros, humm...

   ¿Sabes, Delfinita? Qué bueno que amanecí mejor de mi artritis y eso gracias a que me di... una uncionada en todo el cuerpo con unas yerbitas que tengo en frasco con alcohol.

   ¿Qué te venía diciendo? ¡Ah, sí!, ya me acordé, lo novedoso que éramos en aquel entonces: Me acuerdo que cuando vimos por primera vez un avión, andábamos con lo del Vía Crucis; y todos corrimos despavoridos, bueno, todos menos Fabián, porque ya lo habíamos amarrado de la cruz, y el pobre muchacho se desmayó por el tamaño susto. Es feo eso que lo dejen a uno solo en esos trances, Delfinita, muy feo...

   Ve, Delfinita, ahí donde está la cantina; era una escuela primaria, por cierto que todavía tiene el mismo nombre: "El Progreso".

   Aún se me figura estar viendo a la seño Lupe, que alternando reglazos y jalones de oreja, tuvo la virtud de enseñarnos las tablas y el silabario...

   ¡Qué diferente es todo hoy! Antes, yo era un mocoso aprendiz de zapatero, peón de albañil, mandadero en el mercado, viviendo mis meros moles. Ahora cuando voy pasando, la gente dice: "Allí va Don Andrés, el ruco loco que habla solo", pero en eso tú también tienes la culpa, Delfinita: porque si no te hubieras muerto hace tanto tiempo, no andaría yo así, solo, platicando con mis memorias, o a lo mejor la culpa es mía, quién me manda vivir noventa y seis años...

 

 

 

 

 

 

 

 

El tigre

 

 

Sentado a la mesa, con mi carabina a un lado, una mochila y una bolsa de dormir doblada en rollo -compartiendo un opíparo desayuno con mi tío Chano-, insistí:

   -Ándele tío, vamos a la tirada...

   -No muchacho, ya estoy viejo para esos trotes. Mejor acábate tu desayuno, que no tardan en venir tus amigos.

   Como llamados con el pensamiento, llegaron Gonzalo y Arturo, que por la confianza que tienen con la familia, pasaron sin llamar a la puerta.

   -Buenos días, don Chano, ¿cómo amaneció? -dijeron casi a dúo.

   -Buenos días, jovenazos, ¿ya listos?

   -Claro, señor. Y tú vale - me apuraron-, deja de tragar que ya se nos hizo tarde.

   Partimos de la casa de mi pariente en un carro compacto, tomando un camino de terracería, estrecho y lodoso. No era la mejor temporada debido a la pertinaz lluvia que nos acompañaba, pero si no aprovechábamos esa ocasión, no volveríamos hasta las vacaciones del año próximo.

   En el trayecto, Arturo dijo:

   -¿Saben qué, mis valedores? Me pasaron una onda de cazadores a todo mecate - sacó un trozo de bambú y continuó: dicen que soplando en estos tubos se puede llamar a los tigres, porque imita el rugido de la hembra en celo.

Gonzalo, que no estaba muy entusiasmado, comentó mientras manejaba:

   - A mí no me gusta eso de matar animales; a veces no sé por qué les sigo la corriente, pinches batos locos...

   - Espérate - le dije -, hasta aquí llega el camino; en adelante le vamos a entrar a pie, así que a darle, carajos.

   Resguardamos el vehículo bajo una ramada, bajamos mochilas y armas y empezamos a escalar el cerro. Caminamos a paso uniforme, sin acelerarnos. Nuestras botas se aferraban bien al tepetate, permitiéndonos firmeza al pisar. Después de tres lomas, la vegetación cambió de huizaches, cactus y nopaleras, a guayabos, robles y pinos. La lluvia cesó y el avance entre los árboles era agradable. Un viento helado nos trajo oxígeno puro a los pulmones. Hicimos un alto en un lugar donde había muestras de deforestación.

   De seguro que los taladores furtivos han hecho aquí su agosto; en un sucio truco: primero queman el bosque y luego consiguen sacar la madera de forma legal. Afirmó Gonzalo.

   Tomamos agua de las cantimploras y proseguimos la marcha hasta llegar a una barranca. Arturo sacó el bambú y sopló fuerte, produciendo un sonido grave cuyo eco se escuchó entre los cerros. Yo me quedé tranquilo, limpiando mi rifle de humedades y completé a dieciséis los tiros expansivos del cargador.

   Gonzalo nos hizo la reflexión:

 

  - Miren qué paisaje: cielo gris, árboles verdes y una blanca neblina por toda la barranca. Además, si se fijan, el eco es muy raro, porque a veces se deja oír y otras no...

No había reparado en este último detalle, y le pedí a Arturo:

- Sopla de nuevo.

 Arturo emitió varias veces el ruido sin obtener contestación. Pude ver que un movimiento se realizó entre los matorrales en dirección nuestra. Surgió de la maleza un tigre que con imponente rugido se aproximó a nosotros. Por la sorpresa quedé petrificado, lo mismo que mis compañeros. El animal, sin más preámbulos se abalanzó sobre nosotros; me pareció enorme, gigantesco. Todo en una fracción de tiempo, pero que yo aprecié como si hubieran sido horas. Con prodigioso salto, la fiera pasó por arriba de nuestras cabezas, perdiéndose después entre el monte. Jamás imaginé que en mi humanidad se pudiera albergar tanto miedo; de nada me servía el fusil que apretaba entre mis manos, porque estas no me respondían. Arturo fue el primero en reaccionar y dijo:

   - Allá va - apuntando su escopeta y abriendo fuego. En rápido movimiento, Gonzalo desvió el arma de Arturo, diciéndole:

   -¡No lo mates!

   Aún así, los perdigones impactaron en el felino, que con furia inaudita se volvió en nuestra contra. Arrancaba a dentelladas y zarpazos arbustos y pequeños árboles. Una mancha amarilla y negra se nos vino. Arturo y yo le mandamos una lluvia de plomo, convirtiendo el cuerpo de la fiera en un zarzal. Los ruidos de los disparos se confundían con los rugidos del tigre. Una nube de pólvora inundó el ambiente. La bestia agonizó entre la hojarasca con fortísimos estertores.

   Con piernas temblorosas, me acerqué y vi aquella piel tan llena de agujeros por los que emanaba sangre y humo. Sentí compasión. Gonzalo se puso en cuclillas y acarició la cabeza del tigre, cuya mirada perdida parecía preguntar <<por qué>>.

   El mismo Gonzalo, con el rostro desencajado, nos reprochó:

   - Ahí está lo que querían, pendejos; destrozar la vida salvaje. Parece mentira que ustedes tengan razonamiento...

   Iba a decirnos más, pero el coraje y la impotencia - estoy seguro- se lo impidieron, formando un nudo en su garganta. Ni Arturo, ni yo, supimos qué contestar. Con un ademán acordamos emprender el regreso. Lo hicimos de una manera silenciosa, cada cual enfrascado en sus pensamientos.

 

 

 

 

 

 

 

La Caja

 

 

Juan de Jesús siempre tuvo excentricidades en su modo de actuar, a juzgar de los demás. Pero cuando se voló la barda con las bases llenas, fue la vez que se le ocurrió comprar una caja de muerto con el conque de hallarla muy barata y que, si no aprovechaba la oferta, quizá mañana sería demasiado tarde y algún envidioso con tal de ganarle la ganga, sería capaz de morirse para hacerle mala obra; es decir, literalmente morirse de envidia.

   Al principio la alojó en lo más recóndito de su hogar (como dijeran los letrados autlenses). Y allí hubiera permanecido si su mujer no se obstinara con su machetito de palo, criticando mañana, noche y día y cada vez que se podía, diciéndole que estaba loco, que qué lefiadas eran esas, que sólo a él se le podían ocurrir semejantes disparates...

   Juan sabía que su matrimonio había llegado a la edad del añejamiento y que el amor había salido por la puerta, la ventana, el caño o sabrá el sereno por dónde; pero ya no existía por esos rumbos y lo único que los mantenía unidos eran el miedo a la soledad y los constantes conatos de bronca.

   Así que por llevar la contraria (por jorobar, dijera el Baturro), quitó la mesita central de la sala, sustituyéndola por el féretro.

 

 

   El primer día que estuvo ubicada en ese lar causó más de una decepción a los amantes del café con piquete gratuito, al enterarse que se trataba de una falsa alarma.

   Como era de esperarse, Ana Bertha reaccionó bravísima con el hombre y le retiró la palabra dos semanas, rompiendo su voto de silencio tan sólo para exigir su respectiva chiva quincenal.

   Después (muy después) se hizo hábito ver el ataúd a modo de adorno. Y es que pensando de manera positiva, no era tan feo; pues a pesar de ser de madera, estaba finamente tapizado y los olanes grises le daban un aspecto fúnebre pero elegante a la vez. Juan, cayó en la tentación - como suele ocurrir en estos casos- de meterse en la caja <<nomás pa' ver qué se siente>>, y se llevó un disgusto parecido al que tiene uno cuando le regalan unos zapatos; es decir, no era su talla; pues, aunque de lo ancho no tenía problema, a lo largo le faltaba un pie al ataúd y le sobraban dos al inquilino.

   A pesar del molesto detalle, no fue ello obstáculo, para que Juan de Jesús se metiera en él a realizar sus lecturas favoritas.

   Su mujer lo observaba de cuando en cuando y sin ocultar su enojo lanzaba un gruñido y torcía la boca reprobando la acción de su marido. También doña Petra, íntima de Ana Bertha, más de una vez se había pasado de lista al hallar a Juan en su estrambótico reposet.

   -¡Hasta que Dios nos hizo el milagrito!

 

   La polilla no se hizo esperar y más pronto que tarde el estuche largaba chorros de madera en bolitas; pero, en afortunada ocasión, unos vecinos compungidos llegaron pidiendo la caja:

   - Es una emergencia, luego se la reponemos...

   Y así fue, y aunque el canje resultó ventajoso, ya que fue sustituida por una más grande y de zinc, el color resultaba francamente repugnante: frambuesa.

   Y Juan de Jesús tuvo que cubrirla con pintura en color en color más apropiado: negro metálico.

   Cierta mañana no fue molestado con los reclamos de su consorte, y él, extrañado fue a buscarla al antiguo aposento matrimonial (porque a estas alturas Juan - emulando al Conde Drácula- ya había hecho de la susodicha caja, su dormitorio).

   Le habló, y la mujer no contestó. La movió, y no reaccionó. Entonces Juan de Jesús dijo:

   Ahora ya sabes para quién la compré, mi querida Ana Bertha...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

José Cruz Gómez Llamas. Nació en Autlán de Navarro, Jalisco, en abril de 1975. Cursa la carrera de Ingeniero en Recursos Naturales en el Centro Universitario de la Costa Sur (Universidad de Guadalajara). Fotógrafo profesional. Escribe poesía. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller Literario.

 

 

 

 

 

 

Ella

 

 

La noche es oscura, cálida y húmeda, sin luna ni viento, sólo brisa y algo de niebla. Solitarias callejas de mi pueblo.

   Comienza una fina llovizna, crea pequeños charcos que se hacen grandes y forman diminutos arroyos por las calles, y las aguas huyen por el alcantarillado. Siento mojadas mis plantas. La luz es escasa, casi nula, y un tagüinchi dibuja serpentinas fluorescentes en la oscuridad.

   Acepto el reto de la aventura en el negro camino a casa. Es igual andar con los ojos cerrados que mirando. Tanteo con mis palmas las paredes del lado derecho de la calle para poder avanzar sin desviarme. El llanto celeste forma ríos en mi rostro; ¿cómo sabré cuándo llegaré a casa? Tal vez ella me esté esperando. Allí, sentada y sosteniendo en sus manos el rosario y su cabeza; dormita mientras llego. ¿Es justo? ¿Tengo derecho a tanto? Bendiciones sobre mi persona desde que la conocí, aquel día. Estaba fuera de un mesón, mojada hasta los pies de lluvia y llanto; de impotencia y desesperanza; estremecida por sollozos y frío, sin más atuendo que una delgada blusa y una falda como de gitana. Pálida, fría, sentada en una banca, tan sola, triste. Allí tuve la fortuna de encontrarla con sus diecisiete años, espigada, cabello cenizo, y ojos grandes y negros.

 

 

Me acerqué a ella por lástima; al verla en aquel estado me sentí mal. Algo me roía el interior. Le presté mi chaqueta, le pregunté dónde vivía - en la calle -, la invité a mi casa, le di sopa caliente y ropa seca; le ofrecí mi cama para ella sola. Aun la recuerdo a la mañana siguiente, con la falda de mi camisa a las rodillas; se veía tan diferente. Se había bañado y agarrado el pelo en una trenza.

   Ahora ella me espera cada noche, hasta que llego; siempre con el rosario en la mano. Ya son tres años desde aquel día, y yo he aprendido a amarla, y ella a mí. No, no somos amantes, aunque la gente piense lo contrario; somos novios de tiempo completo. Ella duerme en mi cama, y yo en el piso de la sala, acompañando al gato negro que heredé de mis padres.

   Mi paso es lento. A pesar de ello tropiezo y voy a dar al fango de la calle. Reanudo mi camino sacudiendo a manotazos el lodo de mi rostro para intentar ver, pero todo está tan oscuro... Dios, si tan sólo tuviera un cerillo. Pero con esta agüita, ni pensarlo. Tropiezo y caigo otra vez. De bruces (metí las manos, pero resbalaron y di con mi cara en el suelo); me levanté escupiendo arena y agua.

   Comienza a soplar un vientecillo frío y las gotas de lluvia se hacen más gruesas y tupidas. Ahora ya no siento ninguna pared y, o voy por media calle o ya salí del pueblo; pero escucho el ruido del arroyo que pasa frente a mi casa y que divide al pueblo en dos y al que acude ella para lavar la ropa. Donde se arrodilla frente a las lajas a tallar y tallar. Al principio yo me oponía a que lo hiciera, pero se ha vuelto costumbre como la de cocinar la comida y llenar de limpieza mi casa.

Hoy huele a limpio, a hogar, a mujer, a flores y sazón, a alegría. Todo el día se le oye cantar.

   Escucho un chapoteo como de alguien que corre; se acerca más y más. Siento que algo choca contra mí y me lanza de espaldas. Oigo una maldición y de nuevo el chapoteo de alguien que corre y se aleja. Me pongo en pie y sigo caminando. Ya veo las luces que asoman por la ventana de alguna de las casas; entre ellas se ve una de arcos. Llego a ella e introduzco la llave. Se abre la puerta con un chasquido. Cruzo el umbral y veo la mesa con una vela a medio consumir y allí está ella, recostado el torso sobre la mesa y el rosario en la diestra. Duerme. Yo la levanto lentamente. Ella gime y se abraza a mi cuello sin querer despertar. Yo estoy frío y húmedo, ella cálida y seca. La llevo a la recámara, la acuesto y cobijo, y me siento junto a ella. Luego de un rato, escucho respirar suave y profundo. Canta un gallo, otro le responde a lo lejos. Miro el reloj. Son las cuatro de la madrugada. Tiendo un petate mientras el gato negro ronronea a mis pies. Ladra un perro afuera. Me quito la ropa húmeda y la tiendo en una silla. Tomo mi manta y me acuesto a dormir, y el gato se hace ovillo en mis piernas.

 

 

 

 

 

 

 

Niña

 

 

Niña, no cierres la puerta,

no cortes la gracia de tu caminar;

no pares de golpe el desenfado de tu alma,

no inhibas la flora que hay en tu mirar.

 

Da paso al que viene,

déjale entrar, déjale dejarte la alegría del viajante

y encumbrar el espacio de tu despertar.

 

Llénate de estrellas

de colores varios

que invadan tu campo, tu cielo, tu mar;

no llores, no sufras, no pienses

que todo es obra del mal,

ve que hay cosas buenas para disfrutar.

 

Niña, ten fe, debes de confiar.

Somos seres humanos y sabemos fallar.

Danos una oportunidad más.

vive con la fuerza de la libertad;

crece, aprende y ruega que puedas amar,

que puedas lograr la felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

Ultimo paso

 

 

Volaré sin retorno

hacia el mundo sin vida,

partiré en un instante

de esperanza cohibida

y acontecer delirante.

 

Volaré vistiendo cien trajes

de penas y errores,

de adornos repletos,

engarzados de temores;

lívida mi furia

sin egos ni suspicacias;

literato sin ensayos,

ni historias, ni cuentos;

leviatán de estupideces

libres de sufrimientos,

con notorio relajo

de ideas y conflictos,

lentamente me embriago

de añejados suspiros

y solvencias me sobran

en el cruento acertijo

de memorias de sombras

y estrechez sin cobijo

con la extraña visita

de amores de otro siglo

en la ingenua fragancia

de regatas sin juicio.

 

Libertad, libertino,

consecuente e inconspicuo,

degradado a bufón

sin anecdotario ni oficio,

de rimbombante presunción

sin carencia de tarúpido.

 

Volaré sin espacio,

tiempo ni materia;

sin la pálida y tierna

sonrisa de Helena.

 

Volaré sin hermanas,

hermanos ni parientes,

arrastrando oraciones

de algunos dolientes.

 

Volaré con las alas

que vuela la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Guerrero y Herrera. Nació en Tototlán, Jalisco; en julio de 1940. Vino a vivir a Autlán desde 1959, fecha desde la cual prodiga amor a esta tierra. Su formación es com-pletamente autodidacta. Escribe poesía épica y lírica. Ganó el Primer Lugar en poesía en 1998, en concurso convocado por el Entro Universitario de la Costa Sur, de la U. de G.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ensayo eterno

 

 

El rubio Alvarado y la bella Xóchitl

cruzaron sus destinos

entre el rumor, hedor, fragor y humo

de la gran Tenochtitlan.

Repudiada su unión por ambos bandos,

a juicio fueron remitidos.

Un monje bien intencionado

los llenó de endechas y reconvenciones

más que nada, por entregarse a sus amores

sin bendición sacerdotal.

Mas presentados ante el Tlatoani del Cus Mayor

los recibió en lo alto del recinto,

en una habitación pequeña y oscura.

Hombre delgado y apergaminado

con unos ojillos hundidos y brillantes

en un rostro enmarcado en piedra,

hombre sabio y versado

en los sentidos ocultos del destino

que armado de braserillo de barro

y sahumador de plumas de Quetzal

y Guacamaya,

poniendo en el brasero las esencias sagradas

sahumó a la pareja parándose frente a ellos

puso sus ojos en blanco

y empezó a decir:

"he aquí la causa"

por amar en tiempos de odio,

 

 

por querer vida

en tiempos de muerte,

por querer felicidad

en tiempos de agonía

por querer paz

en tiempos de guerra

los hados del destino los condenan.

"He aquí la sentencia".

Al decir esto,

sus ojos en blanco

empezaron a llorar;

se amarán y necesitarán

más que a la vida, más que al aire

pero jamás entenderán

serán almas gemelas

se amarán con ternura y rabia

pero serán espíritus

que hablen diferente idioma,

sintiendo la agonía

de estar juntos sin entenderse

y el tormento de no vivir

el uno sin el otro.

Pronunciadas estas palabras

extendió hacia ellos

sus huesudos y torcidos dedos de ambas manos

En una actitud angustiante,

hierática y sufrida.

Estas serán sus reencarnaciones,

diez vidas serán su agonía

siempre el mismo amor

siempre la misma angustia

y al final

 

 

de su décima reencarnación

abrirán los ojos,

al fin se entenderán y gozarán su amor entero.

pero esto no podrá ser

hasta que el círculo se cierre.

cuando el rumor, hedor, fragor y humo vuelvan

a la gran Tenochtitlan.

 

 

El hombre viejo

 

 

Caminaba un hombre viejo

absorto, seducido y fijo

con paso persistente, doliente y cojo

en pos de mortaja y tumba

que seductoras le ofrecían

frescura, descanso, alivio.

Su andar constante, apremiante y ávido;

cuando una voz cantarina

cual arroyo de montaña

lo sacó de su trance hipnótico

y lo hizo volver la cabeza,

y poniendo su mirada en el niño

escuchó con atención su voz:

¡Abuelito, abuelito! Espérame, platícame,

háblame de la fiesta de la tía,

del sonido que hacía la seda de sus vestidos,

de los señores tan importantes cuando tú eras chico

de tu maestra y las lagartijas en su escritorio.

El viejo dudó un instante

-mi nieto me llama-

pero la tumba y mortaja esperan y me ofrecen

frescura, descanso, alivio.

Me ofrece frescura...

Y mi alma arde de incomprensión, ingratitud y olvido.

Me ofrece descanso...

 

 

Y mi cuerpo está cansado y mi carne tiembla

por el paso de los años,

y me ofrece alivio... y mi hueso duele

de tanto cargar angustias.

Pero mi nieto me llama

pero la tumba espera,

¡pues que espere!

Pero el alma arde

de incomprensión, ingratitud y olvido

¡pues que arda!

Pero la carne tiembla

¡pues que tiemble!

Pero me ofrece alivio

y mi hueso duele

pues que arda, que tiemble y que duela

¡mi nieto me necesita!

 

Poema épico

 

 

Dos abuelos tiene mi raza

uno atacó con bestias, hierro y fuego

el otro se defendió con pedernal, madera y pluma.

Al final, con los pedazos de sus armas, labraron

la tierra ensangrentada e intercambiaron semillas.

 

Dos abuelas tiene mi raza

una vestía terciopelos, sedas y bellos tejidos

de lana, la otra vestía huipil de algodón, tejidos

por sus manos y teñido con los colores

 de las aves de nuestro hermoso cielo.

Y juntas, confeccionaron los bellos trajes

que nuestras hermosas bailarinas han lucido

 en los escenarios de todo el mundo.

 

Dos abuelos tiene mi raza

uno pulsó guitarra y a ella encomendó

sus amores, alegrías y nostalgias

el otro tocó tambor y flauta de caña y a ella

confió sus dolores, ternuras y esperanzas.

Y juntos, tejiendo sonidos y sentimientos

forjaron los maravillosos sones que en

contrapunto mágico de vihuela y guitarrón

nuestros mariachis orgullosos, han interpretado

sembrando nuestro hermoso folclore en todo el mundo.

 

Dos abuelos tiene mi raza

uno gritó ¡Tonatiuh!

El otro contestó ¡Cristo!

Al final comprendieron que era una misma

bondad y fuerza creadora y juntos, hombro

con hombro, levantaron hermosos templos

con airosas torres simbolizando agradecidos

brazos por una tierra tan llena de amor,

de luz y colorido.

 

Estas y mil maravillas más, forman

el portento que es mi Pueblo,

que es mi raza

que es mi ¡México!

Mi América morena, qué gran porvenir

te aguarda cuando termines

con tus rezagos y tus vicios

¡Viva mi Patria! ¡Viva mi raza! ¡Viva América!

María Irma Huerta Reyes. Nació en Autlán de Navarro, Jalisco; en noviembre de 1973. Es Enfermera General. Actualmente estu-dia en la Escuela Preparatoria Regional de Autlán. Obtuvo el Primer lugar en el concurso de poesía celebrado en el marco de la Semana Cultural E.P.R.A. 1998. Escribe poesía y cuento. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller Literario.

 

 

 

 

 

Aventuras

 

Para alejarme del amor

secretamente

                    me escondí

en el romance

de una aventura ocasional

donde forjé

                    estructuras,

                    armaduras

tejidas con viento;

                    me escondí

detrás de tus ojos,

ahí en tu mirada

en el reflejo

                    incierto

de un espejo,

sin dejar huellas

me deslicé

                    en tu corazón

ahí crucé por áreas

                     restringidas

para navegar

                     en tus recuerdos

                     en tus mensajes

borrados

para robar secretos

                     iniciar

                     y terminar

entre amores,

                     romances y

aventuras ocasionales.

 

 

 

 

 

Contradicción

 

 

Blanco, oscuro

vacío y repleto

ruidosamente callado

sencillo y complejo

húmedo y seco

fue mi adiós

y bienvenida

al odio y amor

de mi muerte

                     en vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ansiedad

 

 

La ansiedad consume

cada día

mi enfebrecida existencia,

a pesar mío

y de todos los intentos

que hago para detenerla

es imposible e inútil,

puedo sentir cómo entra

hasta mis entrañas

un fuego avasallador

que poco a poco

consume mi vida

como cirio extinto

y me sumerge en pasión

que busca

sin encontrar

una salida

y corre

y se pierde

en los laberintos

de mi corazón.

 

 

 

 

 

 

 

Todo

 

 

Todo

lo que se ve en el cosmos

tiene una razón de ser,

aún lo inanimado

es de utilidad,

es un pretexto

para cuestionarnos

y buscar respuesta

al porqué

de la vida...

Lo maravilloso

es que no tenemos

que buscar afuera:

sólo basta

mirar nuestro interior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Maricela Huitrón Pelayo. Nació en Autlán, Jalisco; en mayo de l946. Sus estudios han sido: Secretaria Ejecutiva, Licenciada en Es-pañol, por la Escuela Normal Superior "Nueva Galicia, A. C. "; Maestría en Pedagogía, en la Normal Superior de Nayarit. Diplomados: Creatividad e investigación educativa, en Educación Jalisco y Universidad de Guadalajara. Profesio-nalización del docente, en la Universidad del Tepeyac. Actualmente labora en la Escuela Secundaria Federal Maestro Manuel López Cotilla, y en el Instituto Autlense. Escribe cuento.

 

 

 

 

 

 

 

 

La pastora

 

 

Hace tiempo vivió en un pueblo del suroeste de Jalisco, una pastorcilla que no tenía rebaño. Su anhelo más grande era tener un rebaño propio que pastorear, porque ella había nacido con esa vocación; pero solamente había ejercido como tal, cuando los pastores del lugar salían de vacaciones o se ponían enfermos, o simplemente se ausentaban por una corta temporada para ganar algunos dólares al otro lado. Pero al regresar éstos a su cotidiana labor, nuevamente la pastora se encontraba sin trabajo y, naturalmente, sin rebaño.

   Todos los días, cuando ella se miraba al espejo, se decía: <<Yo soy una pastora, nací pastora; tengo que conseguir mi rebaño>>. Su deseo era tan grande como su pobreza; sin embargo, ese deseo vehemente que impulsa a los grandes espíritus, hizo que se pusiera en contacto con una anciana que poseía un fabuloso secreto. Esta sabía de un lugar lejano donde se encontraba un codiciado tesoro custodiado por una bruja malvada y un enorme dragón. Muchos fueron tras su conquista, pero nunca regresaron. La anciana fue quien estuvo más cerca de él, y logró regresar, desafortunadamente sin conseguirlo. Ella, con su experiencia, señaló a la pastora los trabajos que habría de pasar, las señales que encontraría para

 

 

guiarse, y de los aperos que debería proveerse para culminar tan arriesgada empresa con éxito.

   - Has de llevar mucha comida - le dijo la viejecita -, porque hay fieras hambrientas que querrán devorarte y, si les arrojas alimento, mientras se entretienen, podrás librarte de ellas. Pero lo más importante es tener astucia y valentía, las armas con las que podrás vencer a la bruja malvada que custodia el tesoro. Las vislumbro en tu mirada serena; tú tienes lo que me hizo falta a mí. ¡Ve con Dios; pero no te olvides, cuando regreses, de entregarme la mitad del tesoro!

   - Venerable anciana: muchas gracias por los sabios consejos y demás cosas que conmigo has compartido; principalmente, tu confianza en mí. ¡Prometo no defraudarte! - contestó efusivamente la pastorcita, y dándole un abrazo y un sonoro beso en la frente, se despidió de ella con la promesa de volver pronto.

   Rauda y veloz, se dirigió a su humilde casa. Allí pasó el resto del día y parte de la noche preparando el bastimento para el viaje; mas, como le pareció parco, cargó con las pocas gallinas que tenía en su corral. Acomodó todo cuidadosamente en una pequeña y cómoda carreta que ella misma había construido, y que sería tirada por Feliz: un gallardo y veloz caballo blanco, a quien quería entrañablemente y del cual estaba sumamente orgullosa.

   Cuando todo estuvo en su lugar, subió a la carreta, con muchos trabajos, un viejo tonel con agua. También a su mascota Alina, una vieja tortuga de río con quien platicaba todas las tardes sus sueños y proyectos. Colgó en diferentes partes de la carreta todos los espejos que poseía, y emprendió el viaje consciente de que sería largo y penoso; pero ella estaba dispuesta a vencer o morir.

   A las doce de la noche salió del pueblo por el camino que le indicara la anciana. Iba veloz, lanzando a veces su voz potente, que el viento mecía y ahogaba entre el acompasado trote de Feliz.

   -¡Arre, Feliz; arre, mi amado caballito!

   Pasaron tres días largos y tediosos, sin novedad. La peregrina tomaba pequeñas treguas para descansar un poco, comer y dar de comer a sus amados animales y darse ánimos contando a Alina y a Feliz todos sus proyectos para el futuro.

   El cuarto día los sorprendió llegando a un tupido bosque. Era la primera señal que le diera la anciana: <<Camina siempre al oeste guiada por esta brújula, no desmayes, que de pronto, sin esperártelo entrarás en un tupido bosque donde oirás terribles ruidos, aullidos, rugidos y aleteos; pero no tengas miedo, pues si logras controlarte, éstos desaparecerán como vinieron, por arte de magia, porque son provocados por la bruja Mara para intimidarte>>.

   Así, la pastorcita hizo un alto, tomó una de sus blancas y suaves almohadas, pinchó una punta de ésta con su cuchillo de pelar naranjas, y sacando pedazos de algodón del relleno, tapó sus oídos y las orejas de Feliz; buscó las de Alina, mas ellas se hallaban bien protegidas dentro de su caparazón. Cubrió sus aves de corral con la cobija, y aceleró el trote del caballo tratando de prolongar lo menos posible su primera prueba.

   La luna fue testigo de esta hazaña. Los algodones atenuaron los ruidos extraños y siniestros, mas cuando el miedo hacía temblar la mano de la pastora, su potente voz se dejaba escuchar dándole valor: "¡Soy pastora, debo conseguir mi propio rebaño! ¡Arre, Feliz! ¡Vamos a la conquista del tesoro! ¡Soy pastora...!"

   Al poco rato se encontró en una selva obscura e impenetrable. Tuvo que bajar de la carreta varias veces para abrirse paso a fuerza de machetazos y, una vez más, las palabras de su protectora resonaron en su memoria: <<Toma esta lámpara incandescente. Cuando estés en el bosque obscuro, enfócala en todas direcciones para disipar la ne-grura; es otra treta de esa mala mujer; hasta donde alcance a penetrar la luz, estarás a salvo. Arroja comida a las fieras para que las entretengas y se mantengan alejadas de ti>>.

   La pastora tomó entre sus manos la lámpara y alumbró uno de los espejos, el cual multiplicó la luz y a su vez la lanzó a otro espejo, y a otro, sucesivamente hasta completar los ocho espejos que ella había colocado en la carreta, y en pocos segundos ésta resplandecía maravillosamente, como estrella fugaz en la noche obscura. Ninguna fiera se atrevió a cruzar en su camino, y la pastora se ahorró el enorme sacrificio de entregar sus pobres gallinas como ofrenda para saciar el hambre de las fieras. Se escuchó un escalofriante alarido, y luego, un hondo silencio. Todo volvió a la normalidad, y la pastorcilla se encontró de pronto ante un amplio camino bordeado de frondosos árboles... Era señal de que muy pronto llegaría a un cerro en forma de vejiga de puerco, donde se encontraba la Cueva Encantada.

   <<Ten mucho cuidado cuando estés en ese camino ancho y lleno de árboles -le había dicho la viejecita -; aunque parezca tranquilo y seguro, es uno de los lugares más peligrosos. Ahí fui derrotada; milagrosamente estoy con vida. Toma esta botella. Si tienes oportunidad, golpea fuertemente la cabeza de la bruja Mara con ella; es su única parte vulnerable. No dejes que te toque con su cayado, pues si lo hace, estarás irremediablemente perdida. Te convertirás en paloma blanca y hasta que ella muera estarás condenada a vivir para siempre bajo esa forma>>.

   De pronto se acordó de sus gallinas y las destapó. Quitó el algodón que pusiera en sus oídos y en las orejas de Feliz, y cuando subió de nuevo a la carreta, procuró tener a la mano la botella mágica. Poco más adelante, al virar en una curva, Feliz se detuvo súbitamente. La pastora estuvo a punto de caer, no comprendía el proceder de su caballo; intempestivamente sus ojos se fijaron en un cuerpo humano que yacía en el suelo; era una mujer joven, con aspecto de pastora, parecía desmayada. Su primer impulso fue socorrerla, mas la advertencia de la buena anciana la contuvo. <<Puede ser una trampa>>, pensó. Y estaba por reanudar la marcha, cuando la joven mujer abrió sus ojos negros y dejó escapar un quejido. La pastorcilla se quedó quieta, callada. No sabía lo que debía hacer. La mujer se incorporó rápidamente y se acercó zalamera a la carreta, le dirigió una significativa sonrisa a su caballo y clavó en él una extraña mirada.

   Luego volteó hacia ella y al sentir esta nueva mirada, su cuerpo quedó paralizado; no sentía ni los latidos de su corazón, sólo mantenía la mente lúcida. Trató de luchar contra algo desconocido que la controlaba corporalmente. Después de titánica lucha mental, logró gobernar sus movimientos, sus sentidos, y escuchó la voz de la mujer, que dijo:

   -¡Qué caballo tan lindo, siempre he deseado tener uno así!

   Vio cómo sus enigmáticas manos acariciaban con suavidad las sedosas crines. Se percató de que al caballo le complacían sus caricias, pues nunca lo había visto tan contento, ni aun cuando ella le prodigaba sus más exagerados mimos. Experimentó en su corazón una terrible angustia. No sólo tenía que luchar contra la malvada bruja, para colmo, ahora estaba a punto de perder a su adorado Feliz.

   Trató de poner en orden sus pensamientos, sabía que se jugaba el todo por el todo. En la tremenda desesperación, sus manos crispadas sintieron el roce de la botella mágica, y el contacto con ella le produjo una sensación de gran seguridad. Comenzó a sentir la cabeza despejada y pensó en la manera de salir victoriosa de este trance. Buscó con la mirada el bastón de la bruja. Esta no lo traía consigo, yacía tirado en el lugar donde había fingido su desmayo. La pastora podía distinguirlo perfectamente. En esta contemplación estaba cuando una parvada inmensa de palomas pasó casi rozándole la cabeza. Al mirarlas, apenas pudo ahogar un grito de espanto, pues recordó la advertencia de la viejecita: <<Puedes quedar convertida en una paloma blanca>>. La nube de palomas se dirigió a un pequeño cerro que se encontraba cerca, y fue entonces cuando la valiente pastora reparó en que el cerro tenía la forma de una enorme vejiga de puerco; y de lo que parecía su boca, salió una inmensurable lengua de fuego que espantó a las palomas.

   Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de la pastora, y un pensamiento cruzó por su mente. "¡Tengo que salvarme!" Sin pensarlo más, dijo a la hechicera:

   -¡Te gusta mi caballo? ¡Es tuyo, te lo regalo! ¡Anda, desengánchalo de la carreta y llévatelo! ¡Te lo obsequio!

   La bruja quedó perpleja. Nunca antes le habían regalado nada. Como chiquilla con juguete nuevo, abrazó y besó efusivamente a Feliz. Al mismo tiempo la pastora bajó de la carreta y le asestó a aquella tremendo golpazo en la cabeza. Se escuchó un estallido como de cien cristales al romperse y, tras emitir un agudo aullido, la bruja desapareció. Pero no tardó en aparecer un horrible dragón que calcinó con su vaho a todas las palomas que venían de regreso.

   Ni tarda ni perezosa, la pastora se encaramó de un salto en la carreta, y esperó al dragón, como le había indicado la anciana: <<Cuando veas venir al dragón, aguárdalo con suficiente agua; es lo único que teme. Y si logras apagar su fuego, estará derrotado>>.

   De un tirón arrancó la tapa del viejo tonel, y extrayendo agua con la copa de su sombrero, se comenzó a bañar. También a su caballo y demás animales que la acompañaban. Cuando tuvo cerca al dragón, le arrojó abundante agua, misma que empezó a escasear luego de varios intentos fallidos, hasta que logró lanzarla dentro del horrendo hocico de la bestia: fuente de su ígneo poder. El monstruo se retorció de dolor y cayó al suelo estrepitosamente, y volcó de un coletazo la carreta que al rodar, dejó su contenido diseminado por todas partes. Al romperse la jaula, las gallinas corrieron a esconderse en lugar seguro. La pobre tortuga y el caballo quedaron patas para arriba, y la pastora empolvada toda. Esta se levantó rápidamente y alcanzó a ver cómo el dragón se convertía en cenizas.

   Respiró con alivio. Ayudada por Feliz pudo enderezar la carreta, y después de perseguir un rato a las gallinas para volverlas a su jaula, todo estuvo en orden. Se sentó sobre su carreta y comenzó a llorar; primero, quedamente; después, a grito abierto, durante buen rato. Habían sido muchas las emociones vividas en las últimas horas. Ya más serena, pero aun con lágrimas en los ojos, se miró en uno de los espejos y se dijo: "Soy pastora, pero no tengo rebaño. Si quiero lograr uno propio, he de encontrar el tesoro".

   La entrada de la cueva estaba libre del dragón. Así la pastora, ayudándose de la lámpara y después de una larga búsqueda, logró encontrar en un escondido rincón un cofre repleto de valiosas monedas de oro. Se bañó con ellas, y el melódico sonido que producían al caer, la inspiró a danzar y cantar. Gozó como nunca la fortuna de poseer un tesoro que le había costado grandes esfuerzos.

   Una vez en su terruño del suroeste de Jalisco, buscó a la viejecita y compartió el tesoro con ella. Y con la parte propia compró el mejor ganado de la comarca. Así realizó el sueño de tener un rebaño de su propiedad. También alcanzó la admiración y el respeto de todos los comarcanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fausto Nava González. Nació en La Huerta, Jalisco, en diciembre de 1941. Radica en Autlán desde 1962. Estudió en la Escuela Superior de Música Sacra de Guadalajara; en la Normal Nueva Galicia, A. C. la Licenciatura en Ciencias Sociales, y en la Universidad La Salle, la Maestría en Educación. Diplomados: "Calidad y Liderazgo en Educación", en la Universidad Estatal de San Diego, Cal. "Creatividad e Investigación Educativa", en Educación Jalisco y la Universidad de Guadalajara. "Profesionalización del Docente", en la Universidad del Tepeyac. Actualmente labora en el Instituto Autlense y la Fundación Optaciano. Realiza investigación educativa. Es miembro de la Benemérita Socie-dad Mexicana de Geografía y Estadística.

 

 

 

En una noche de lluvia...

 

 

Llovía intensamente. La tormenta se había prolongado por largas horas y no daba esperanza de calmar.

   Desde la tarde el continuo gotear, empapándolo todo, se hacía interminable pues el frío calaba..., los relámpagos y truenos causaban pánico y la negrura de la noche cerraba el horizonte y, con ello, la posibilidad de extender la mirada a la lejanía.

   En la copa de un frondoso árbol se reunió una enorme variedad de aves para refugiarse y entre todas darse valor y calor.

   Poco a poco el frío de la noche cobijaba aquel singular grupo de esporádicos compañeros que cada vez se acercaban más y más los unos a los otros, y comenzaba a respirarse un aire de amistad y concordia, de tal suerte sincera, que la fra-ternidad iba surgiendo y provocaba una confianza mutua a toda prueba.

   Con el paso de los minutos, cada ave se identificaba con el grupo y ponía en común sus características propias con el fin de hacer que transcurriera aquella noche con agilidad y tersura y que su travesía no dejara un mal recuerdo sino una grata experiencia, a la vez que una inolvidable amistad.

 

 

 

   Entre aquella variedad de aves, se encontraba un viejo búho que por su edad y figura era visto con temor, pero luego se trocó en el centro de ala improvisada reunión y coordinador de la actividad nocturna en esa ocasión.

   Después de un largo silencio, a una de las presentes se le ocurrió pedir a las demás que contaran alguna anécdota de su vida como una forma de conocerse mejor y, al mismo tiempo, de amenizar aquella forzada estadía.

Todas estuvieron de acuerdo y solicitaron al anciano búho ejercer de autoridad moderadora que condujera el rol de participaciones.

   El búho aceptó el encargo que sus nuevos amigos le hicieran y se dispuso a organizar aquel Gran Foro integrado por las invitadas espontáneas reunidas por el azar, y del cual se esperaba, por su variedad, un cúmulo de agradables sorpresas. Y así, una a una, fueron ocupando el podium de la elocuencia para ir narrando la anécdota que a cada cual le parecía digna de tan solemne noche.

Por supuesto, el flamante moderador, después de cada intervención sacaba una moraleja, una experiencia, un comentario o un consejo, de tal suerte manejados, que logró ir forjando en la conciencia de cada oyente, un rico bagaje de experiencias positivamente sabias y que en conjunto, buscaban crear en aquellas aves una visión orientadora de la vida, dándole a cada intervención un sentido muy bien definido; pero dejando siempre a la libertad individual el hacerla suya o dejarla pasar para otra ocasión.

   Una vez que hubieron terminado los relatos, el búho felicitó a las participantes por la fluidez y la sinceridad de sus exposiciones, y les agradeció la oportunidad de aprender de ellas lo que hasta momentos antes no sabía y, al mismo tiempo, por haberle permitido coordinar y comentar las anécdotas que allí se habían contado.

   Cuando hubo concluido, se dejó escuchar un sonoro aleteo que en plan de aplauso se le brindaba a aquel que cada vez que proyectaba su voz, se iba ganando la admiración de todas aquellas aves.

   De pronto, un inquieto colibrí pidió un momento de silencio, pues quería hablar.

   - Amigos - les dice -: el destino nos ha unido en esta noche aparentemente desafortunada y tenebrosa pero que, gracias a la buena voluntad de todos, la hemos convertido en venturosa. A partir de hoy, ya no estaremos solos en este gran bosque lleno de belleza, de luz, de aromas, de una variedad de elementos que jamás alcanzaremos a disfrutar en su plenitud; pero también lleno de peligros, de animales que nos acechan, de cazadores furtivos, de inclemencias naturales; pues todos nosotros seremos una gran familia que cuidará de cada uno; y cada uno, de los demás.

   Pero, permitidme señalar, que sobre todo hemos de sentirnos orgullosos por habernos encontrado con este nuestro viejo..., nuestro viejo búho que logró trascender nuestras pequeñas experiencias y elevarlas a lo alto, a lo más alto, a lo intangible, como debe ser nuestra misión en la vida: "alcanzar la estrella inalcanzable"; a tener un sentido que explique nuestra existencia y le dé el valor y la fuerza para alcanzar la plenitud.

   Mas como creo que todo ese saber que puso de manifiesto, toda esa experiencia que sólo da la vida vivida con una dirección profundamente meditada, no es un producto, como esta noche, del azar o de la suerte sino de una fe inquebrantable, de un carácter a toda prueba, de una disciplina sacrificante, de un dolor y una lágrima permanentes..., quiero pedirle a nuestro maestro el búho que narre, que hable, que nos abra su corazón y explique cuál es el origen de su forma de ser y conocer; qué le motivó a navegar sin descanso por los mares procelosos del saber.

   El aleteo de nuevo se volvió a escuchar al mismo tiempo que el grito:

   -¡Que hable! ¡Que hable! ¡Que hable el búho!

   Se hizo un silencio profundo sólo interrumpido por el rítmico gotear de la lluvia de aquella obscura pero brillante noche y por la esporádica luz de algún relámpago que apenas sí iluminaba el horizonte.

   El viejo búho dejó escapar una mirada penetrante en la lejanía; se asió fuertemente de la rama que le sustentaba, sacudió un poco sus poderosas alas y dijo:

   - Para un viejo no hay algo tan emotivo como el que la juventud le escuche. Más cuando ésta es quien lo invita a dialogar. Algo cada vez más raro, pues considera que el conocimiento adquirido en el aula ya no necesita de la vivencia experiencial; y que el viejo, puesto que ya vivió, no quiere dejarle (a su vez) vivir sus propias decisiones por egoísmo, o por cualquiera otra razón; que para dicha juventud, no tiene tanta.

   El búho hizo aquí una pausa; dejó escapar una lágrima que sacudió luego con un movimiento rápido de su cabeza, juntó al frente sus alas por un instante, levantó la mirada y la cruzó por los ojos de cada uno de los presentes y emprendió mental-mente el camino hacia el día aquel en que decidió convertirse en el estudioso que diera la posibilidad de lograr que su familia y sus amigos se sintieran orgullosos de él.

   -La primavera de mi vida – continuó -, transcurrió rodeada de cuidados orientados hacia un ideal trascendente. Todo el ambiente hogareño estaba impregnado de paz, de amor, de búsqueda de lo bello, de honestidad, de rectitud, de cumpli-miento del deber.

   Mas todo esto estaba sustentado en una rígida normatividad y en un aislamiento del mundanal ruido, que fue posible mientras la edad lo permitió; pues llegado el tiempo, mis alas buscaron ir más allá. Descubrieron la altura. Mis ojos penetraron la noche. Mis sentidos captaron las realidades. Mi pensamiento discurrió, cuestionó. Volví sobre mí mismo. Mi voluntad decidió...

Al enfrentarme al mundo reconocí incapacidades y muchos defectos... de tal suerte que temeroso me asomaba a él, y constataba que mis alas no estaban preparadas para la aventura de la vida; que mis ojos no habían sido ejercitados para escudriñar la lejanía concreta, y menos en la obscuridad. Que mi plumaje no alcanzaba a soslayar las miradas de mis posibles conquistas. Que mis garras no eran fuertes ni ágiles para aprisionar lo necesario para vivir.

   Se me había dado en el espíritu la fuerza necesaria para luchar por los más nobles ideales. Se me había dotado con las herramientas más simples y, por tanto, más útiles para triunfar sobre todo aquello que destruye el ser mismo, el ser auténtico y real; pues lo sencillo, lo simple, lo no compuesto, no se descompone, es eterno.

   Se me entregó el placer por la belleza, por la armonía, por el orden, por lo noble. Es decir, se me dio lo que muchos desearían poseer o que creen tener, pero edificado sobre falsas concepciones. Iluminados por fuegos fatuos, por pirotécnias finitas, por sueños irreales que al final provocan caídas estrepitosas.

   Mas en un momento de trascendental importancia: cuando llamo a la vida, cuando el transitar a diario por las calles y las plazas, cuando el buscar al hombre, cuando el gritar implorando auxilio, apoyo, consuelo, no encuentro respuesta... ¡no hablábamos el mismo idioma! Entonces, tengo que detenerme. Tengo que asirme. ¿ De dónde? No sé... pero tengo que alcanzar el complemento necesario de aquello que al principio me fue dado. Y es cuando decido: mi ser es espíritu corpóreo y, por tanto, requiere no sólo del  alimento espiritual, sino también del material, para que el cuerpo sea capaz de manifestar al espíritu.

   He de buscar la Técnica que me proporcione los instrumentos para actuar aquí. He de penetrar en la Ciencia para que me ayude a encontrar la verdad natural que me conduzca a la sobrenatural y, por ella, a la Belleza Increada, a la Bondad Infinita, al Ser que es el Ser y al Cual he de volver.

   Y así pues, poco a poco mis alas, mis ojos, mis garras, mi plumaje, se han ido transformando y día a día, sin descanso, debo cumplir mi promesa: <<ser el estudioso que logre constituirse en el orgullo de los demás>>. Pero ahora agrego: de los demás, por y para Dios.

   Un silencio emotivo prolongó la intervención de aquel viejo búho. Todas las aves poco a poco fueron inclinando la cabeza en actitud reflexiva y se acercaron más y más al que con el corazón en la mano les había estremecido el alma, y que ahora lo sentían tan suyo como la noche aquella, con su lluvia y su obscuridad; con sus relámpagos y sus truenos, y a lo cual, desde ese momento, ya no temerían...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Que escriba un verso?

 

 

   ¿Qué escriba un verso?

¡Bah..! No es algo terso.

 

   Observar una mañana,

requiere tiempo y maña.

Auscultar una flor,

necesítase ciencia y candor.

Escuchar el trino de un ave,

es algo melancólico, pero suave.

Seguir el quejido de un grillo,

es difícil por sencillo;

el acompasado tic tac de un reloj,

es recordar de la muerte el estertor.

 

   ¿Que escriba un verso?

¡Bah..! No es algo terso.

 

   Perderse entre las nubes sonrosadas,

son cosas que ahora parecen anticuadas.

Despedir tras la montaña a diario la fulgente luna,

es de por sí, señora altanera cual ninguna.

Con ansia esperar siempre la llegada de la aurora,

es aprovechar el tiempo como yo ahora.

Dejarse penetrar por los primeros rayos,

es del sol convertirse en su vasallo.

Suspirar de contento con el día,

es confiar en Dios con alegría.

   

¡Que escriba un verso?

¡Bah..! No es algo terso.

 

Es algo que respira y que recrea,

como algo que te toma y te pasea.

Es trueno que con fuerza estalla,

cubriendo el fantástico campo con metralla.

Es respirar en la cima de un monte arbolado,

llenando los pulmones de aire perfumado.

Es recibir la caricia de un niño enternecido,

y recordar la inocencia que consigo ha nacido.

Es ver en todo lo creado, la mano poderosa del Divino,

y asirse a Ella, si feliz quieres ser en el camino.

 

   ¿Que escriba un verso?

¡Bah..! No es algo terso.

 

   ¡Que escriba un verso!

¡Bah! No es algo fácil.

¿Que escriba un verso?

¡Bah! No es, quizá, algo útil...

¡Que escriba un verso!

¡Bah! ¡No es tan solo un canto!

¿Que escriba un verso?

¡Bah! Puede ser un llanto...

¡Que escriba un verso!

¡Vamos! De cualquier manera es un encanto.

 

 

 

 

 

Después de la lluvia

 

 

Cómo se recrea el espíritu

cuando en el pecho gime

el soplo del viento.

 

Cómo la brisa entibia

y serena meliflua con grácil acento,

el alma aterida.

 

Cómo en los cielos trasciende

la luz palpitante y extraña

de un rayo sorrente.

 

Cómo despierta la lluvia

las ansias fecundas

de amar con locura.

 

Cómo quedan los cuerpos

cubiertos de blanca espesura:

simiente fecunda y tenaz como un llanto.

 

Cómo las plantas reviven...

Y gozan... y cantan... y sueñan

al tenue brisar que redime.

 

Cómo cobra de nuevo belleza,

fulgor, alegría y decoro

la cándida y fiel naturaleza.

 

 

Cómo a los pechos que tristes

añoran pasadas edades,

restaña con risas las marcas de sus cicatrices.

 

Cómo riman en las frondas

los palpitantes campos señeros

de risueñas aves canoras.

 

Cómo la vista se recrea...

Cómo el oído se despierta...

Cómo el olfato se pasea....

Cómo las ansias se desbordan...

Cómo las alas se desplazan...

Cómo los sueños se transforman...

 

¡Oh lluvia tenaz y fecunda!

¡Oh cielos que desfloran lozanías!

¡Oh arcanos que de dicha nos circundan!

Seguid por siempre vuestro destino;

arrancad del Dueño los tesoros

para que siga el hombre su camino.

 

 

 

 

En memoria de nuestro dilecto amigo:

Luis de Jesús Martínez V.  Nació en San Luis Potosí, S. L. P.. Es Cirujano Dentista por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Ejerció como profesor de Literatura Mexicana e Iberoamericana en la Escuela Preparatoria de Cd. Lázaro Cárdenas (Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo). Ha publicado en la Gaceta del Diablo, en Cd. Lázaro Cárdenas, Mich. En Ecos de la Costa, La voz de la Costa y El Costeño, en Autlán de Navarro, Jal. Ha sido comentarista taurino en diferentes medios de difusión periodística. Obtuvo el tercer lugar en cuento en concurso convocado por el Centro Universitario de la Costa Sur, U. de G.. Ha ganado varios premios de fotografía a nivel nacional. Publica fotografía en El Occidental, de Guadalajara. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller Literario.

(Murió en Autlán en febrero de 2000)

 

 

 

 

A ver si...

 

 

Siempre me gustó juntarme con El Chabalán. Y éste nomás andaba con puros cábulas ya grandes, labregones, a mí era al único enanuco que acep-taba en su ranfla.

   -¿A dónde van?

   -A echar desmorongue, tú vente.

   Y áhi me iba. Claro que al llegar a su humilde casa, o séase la cueva de los liones, conocida también como la hueva de los piones -es que mis carnales son macuarros, pero casi no chambean-, decía que al regresar de andar andando en la an-dulencia, Doña Lupe, sea mi jefatura, me tiraba luego la bronca:

   -¿On tabas, cabresto? Ya liablé a la cruz, fui a la barandilla, tiéndado buscando por mundo y medio, por mar y tierra, y tú tan frescote... Yo con el Jesús en la boca...

   -No se lo vaya a pasar, doña... o sea el jesús.

   -Cállate, desbocado...

   -No, jefa, es que yo, ire:

   -Sí, si ya sé que te fuiste con ese bigotón del Cabalán, peludo, labregón, vaguinfeliz, que es más grande que tú y que te está echando a perder. Además ya te dije que no te vuelvas a juntar con él.

   -Pero, ire, jefa, yo a usté la respeto, pero El

 

 

Chabalán no es tan gacho como dicen sus comadres...

   - A mis amigas no me las toques; ellas saben muy bien lo que dicen y hasta conocen a la mamá de ese infeliz, desgraciado que ni madre ha de tener.

   - T'ons ¿cómo la conocen?

   - No me interrumpas, animal; estoy hablando y... ¿en qué estábamos? Ah, sí, que ¿cuánto te pagaron?

   - No, psesque ora no fui a chambiar, jefa, por- que pos este, es que o sea, ¿no? Ire: le voy a decir la neta cuataneta, como que haga de cuenta que, no, es que o sea que sí, pero no es que no haiga querido yo, sino que sí fui, pero ya no me almitieron, o sea el jefe, que le dicen de personal, o algo. Dizque quesque ya son las diez o casi, o algo así, ¿no? Y me cái que eran pasaditas las nueve nomás.

  - Pero si tú entras a las siete.

  - Ai tá que sí fui al camello, nomás que semizo tarde, ya ve, jefa, cómo usté misma me da la ra-zón.

  -Pero no venistes a dormir anoche, infe...

   -Vinistes, jefa, vinistes. Parlemos con correctitud y buena educación, o si no para qué tanta es-cuela y tanto estudio. Y hasta uniformes y la ma...

   -Burro, animal, ¿cuál escuela? Si fuistes a dizque estudiar nueve años en la primaria y nunca llegaste ni siquiera a cuarto.

   -Ni que fuera hotel, seño... No, nada; stá bien

 

correcto el ejercicio. Ora voyecharme una jeta. Ahi con su cómper.

   -No te me vayas, Vaquetas, qué pasó con lo que te dije de destapar el caño; y lo de los cables, y lo de cobrarle a Don Facundo los billetes del otro día, y lo de...

   -Pérese, mi señora la jefa. Don infecundo ya se tornó viajero y no nos va pagar. De los cables ni miables, esos dan toques, y yo, pos como que no soy diái. Y lo del tubo ese que dice, pos yo no lo tapé, áhi que lo arregle, ora sí que como expresa el filósofo: "A quien corresponda". Además éste ya está muy cansado. Me voy a echar y no me paran de ahí hasta que me dé la gana... o hambre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Catedral

 

 

Siempre usaba un cucurucho como alcatraz a manera de sombrero y era medio raro -él, no el gorro-, como alrevesado, como malacomodado, como malpuesto de situación. Sepa en qué con-sistiría, yo creo que ni él se daba cuenta de lo que pasaba en la maraña de su seudopensamiento. Si usted le preguntaba que de qué color, él respon-día que grande como el ciprés; si se le inquiría acerca del clima, decía que verde como una fresa sin motor; y si acaso a alguien se le ocurría querer saber acerca de su salud, siempre muy amablemente constestaba que qué le importa, y cuando estaba de regulares decía que para ser del país estaba pasadero, áhi a lo corriente. Pero a veces decía que primavera o inodoro, según estuviera de humor o si el tiempo lo permitía. Nunca nadie la pudo entender.

   Una vez que yo lo vi andaba como tristeando, como queriendo decir: "y yo qué culpa tengo". Y es que se había sacado la lotería y no sabía qué hacer con la pachocha. Le pregunté que cuál era su problema, que si le estorbaban los miles, que los donara a alguna persona necesitada, como yo. Y me contestó que no tenía problema, que tenía problemísima porque el dinero no le alcanzaba para lo que quería, pero le sobraba para todo lo demás. No le entendí.Otra vez lo vimos caminando por en medio de la carretera, sin desviarse de la rayita, y al preguntarle que por qué hacía tal imprudencia, etcétera... Respondió que ni su vida peligraba ni nada de todo y que además si lo atropellaban su venganza sería que al otro lo iban a refundir en el bote... Pero, Cate, ¿a ti de qué te va a servir eso, si te pueden matar?

   -Pos yo desde allá lo veo y así mero me desquito.

   Pero no era vengativo.

   Frecuentemente cambiaba de gorro. Su sombrero cucurucho (alcatraz al revés) lo adquirió cuando su madrina - él la llamaba mugrina, quién sabe por qué-. Decía que cuando su désta una vez lo mandó a comprar nueces, y una vez hecha la compra y ya de regreso, se fue comiendo el nuecerío y al llegar a la casa anda vete del encargo, y para despistar se puso de sombrero el envoltorio y dijo que le habían robado todo lo que compró.

   -¿Y ese gorro?

   - Es que me salió en el camino. Así nomás, me fue saliendo... Y creyó que le habían creído. Desde entonces nadie le cree, pero él sigue con su alcatraz para que no lo agarren en mentira. Será porque es medio alrevesado o porque los demás están locos. Menos yo.

 

 

 

 

 

 

El alumno

 

 

Ai viene cái que no cái. Y siempre anda así, me cái. Pobre, pero él se siente feliz; no le duele nada, por nada sufre. Absolutamente nada le afecta. Todo le vale. Quesque no le teme a ninguna cosa, ni déste ni del otro mundo, nomás a que llegara a escasear el chinchol. Entonces sí tendría por qué preocuparse, pero de ái en fuera todo es bueno, todo tranquilo, todo feliz. No pasa nada. Nada.

   Dicen que una vez, hace sepa cuántos años, se enamoró de una su maestra, la que ni lo tomaba en cuenta más que para reprobarlo y ya. Y éste ya, o sea que quería que ya: hacerse notar, pero ya del verbo órale, o séase que la profa lo viera, que lo prefiriera. Nunca pudo. Tal vez porque nunca lo intentó. Lo difícil fue cuando se dio cuenta de que ya era como una enfermedad, como una andancia. Y no solamente no se le quitaba, sino que se le iba acomodando cada vez más y más.

   La mencionada preceptora de la educación infantil, se casó, lo cual fue la total frustración para quien ya sabemos. Al principio como que no lo creía, como que no lo aceptaba; luego como que se le hacía difícil digerirlo (así dicen), tomarlo en consideración, agarrarlo como cierto, como cosa de realidad, como algo que ya no tiene remedio. Y le dio por andar en la dedicancia. Perdió el trabajo, la salud, la dignidad. Todo por una maestra cuarenta años mayor que él. Y dicen que es feliz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ernesto Medina Lima. Nació en Autlán de la Grana (hoy de Navarro), Jalisco; en septiembre de 1917. Se le conoce como pionero de múltiples aportaciones y progresos en su ciudad natal y fuera de ella, en los terrenos de la educación el deporte, la comunicación, la cultura, el gobierno, la salud, la participación social, la investigación (social e histórica) y, en este sentido, como fundador de empresas e instituciones de gran trascendencia para la vida y desa-rrollo de la comunidad: entre otras, las imprentas Soltero y Autlán, la radiodifusora XELD, el Club Deportivo "Titanes", el Consejo de Vigilancia de la Caja Popular "Cristóbal Colón", la Delegación Autlán del Ex departamento de Bellas Artes, el Grupo Cultural Autlense, A. C.. Compone música y canciones, escribe ensayo, cuento, poesía, historia. Ha recibido gran cantidad de reconocimientos de diversas instituciones públicas y privadas a lo largo de su vida. El más reciente, "Homenaje a Ernesto Medina Lima", otorgado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Autlán de Navarro, Jal., y el Centro Universitario de la Costa Sur en septiembre de 1998. Actualmente es Socio de número de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en Jalisco, capítulo Autlán. Cronista de la ciudad desde 1989. Y encargado del Archivo Municipal.

 

 

Lo mismo

 

 

El Gobernador acababa de llegar al pueblo y una multitud de políticos, empleados de gobierno, periodistas, pistoleros, secretarios, ayudantes, gendarmes y otras clases de zánganos se arremolinaban a su alrededor.

   Don Chencho, Vicepresidente del H. Ayuntamiento, en funciones de Presidente porque éste se encontraba gozando de licencia, acompañaba al señor Gobernador, y comedidamente, con profundas inclinaciones y reverencias, contestaba sus preguntas, aprobaba sus insinuaciones y aceptaba sus órdenes.

   El Gobernador, cansado, y sediento más de tranquilidad que de agua, expresó displicente:

   - Don Chencho, deseo descansar. Retire toda esa gente

   -¡Inmediatamente, señor Gobernador! - Contesta Don Chencho-. ¡A ver, Comandante! ¡Retire toda esa gente!

   El comandante moviliza sus gendarmes, pero todos los tipos se identifican mostrando credenciales de diversa índole: Del periódico "El Imparcial", que sostiene el Gobierno; de la revista "Ya Pues"; del Partido Invicto de la Revolución; de la Agrupación de Veteranos; de la Sociedad de Precursores; de la Policía Montada; de la Policía Privada; de la Policía Ganadera; de la Policía Preventiva; del Sindicato Equis y Zeta; del Bloque Defensor del Proletariado; de la Alianza de Campesinos, etc., etc., razón por la que el Comandante y sus gendarmes, para cumplir con su deber, alejan sólo a unos cuantos mirones y llevan al calabozo a un individuo que por equivocación les muestra credencial del Partido Comunista, en lugar del Partido Invicto de la Revolución que guardaba en otro bolsillo.

   Entre tanto, el Gobernador y sus secretarios se dirigían a pie al "Gran Hotel" del lugar, seguidos por Don Chencho y su secretario.

   Cruzaron el jardín principal y al disponerse a cruzar la calle para llegar al hotel, una viejecita interrumpió a Don Chencho para presentarle cierta querella, lapso en el cual el Gobernador y sus secretarios llegaron al "Gran Hotel".

   Comedidamente, el propietario en persona se apresura a ofrecerles la mejor mesa e, igualmente, ofrecer sus servicios.

   - Señor Gobernador: nos sentimos muy honrados por su visita. ¿En qué puedo servirle...? ¿Qué gusta tomar?

   - Por de pronto tomaré asiento - contesta el Gobernador, haciéndolo así, y haciendo lo mismo sus secretarios.

   Don Chencho, abreviando la interrupción de la viejecita, se apresura a unirse al grupo llegando momentos después en compañía de su secretario, siendo recibido también por el propietario del hotel en forma inmediata.

   - Pase usted, Don Chencho. ¿En qué puedo servirle..? ¿Qué gusta tomar..?

   -Lo mismo que el señor Gobernador - contesta prontamente - Pero a mí me lo trae al tiempo, porque estoy un poco afectado de la garganta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando yo muera

 

 

Cuando yo muera,

si muero en mi juventud

que me sepulten en la mañana.

Cuando la aurora nace,

las estrellas se alejen,

las brisas jueguen,

las rosas se abran,

los pajarillos desplieguen sus alas,

el labrador eche la semilla en el surco

y las fuentes murmullen,

y los árboles canten.

 

Que mi tumba sea de color azul,

con el azul de las ilusiones

y de las esperanzas.

Y la corona, una cruz de hierro,

de fuerte como lo es mi fe en Dios.

 

Si muero viejo,

que me lleven al cementerio,

cuando atardezca, cuando muera el sol,

las rosas dejan caer sus pétalos

cansados y marchitos,

las águilas vuelven a sus nidos,

los vientos se pueblan de murmullos,

y los cielos se llenan de obscuridad

y de estrellas,

los amores elevan a los vientos

sus suspiros,

los besos sus rumores,

las ondas sus lamentos,

y las almas sus oraciones a Dios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lucía Esther Rizo Martínez. Nació en Autlán de Navarro, Jalisco; en diciembre de 1978. Ex alumna de la Escuela Preparatoria Regional de Autlán. Actualmente presta servicio en CONAFE. Obtuvo tercer lugar en cuento, en concurso organizado por el H. Ayuntamiento de Autlán de Navarro, Jal. Escribe cuento y poesía. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller Literario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Silencio

 

 

El silencio no sólo se escucha,

el silencio también se mira.

   A través del ambiente que rodea

inmensa variedad de situaciones

en que decide el ser abandonarse

y esquivar incontables emociones,

evita tal vez decepcionarse

de un no sé qué que la verdad supone;

el silencio puede ser un gran amigo

del que busca la verdad internamente,

escuchando aquella voz que trae consigo,

la paz intensa que jamás se pierde.

   Se admira entonces hasta el milagro de respirar,

luego la vista contempla el silencio;

parece que el viento calla, que el cielo suspira

y las estrellas mantienen un ordenado palpitar.

   Se huele un ambiente agradable,

saboreando el instante indescifrable

cuando el alma toca el fugitivo momento

complacido maravillosamente en conjugar

los sentidos de ese Alguien consciente.

   La mente cede. Innovadora conclusión

de pocos conocida:

El silencio no sólo se escucha,

el silencio también se siente.

 

 

 

Contemplación

 

 

Infinito, bache,

confusas explicaciones

reducibles a nada,

la razón exasperada

interpreta conclusiones:

obsesión humana.

  Observé

sin precisión alguna

el universo: incomparable fortuna.

   Laberinto: vida,

el destino en gran medida

se forjará en el instante

en el que se consolida

la visión de una salida.

   Luz: sensación segura,

alma encadenada por el amor

en todas dimensiones.

   Sutil firmeza temida,

transferencia sugerida

del corazón a sí mismo,

ignorando la razón.

   Convicción, contemplación

del paquete poseído,

en quien por fin se ha creído.

Imaginar descansando

duda y decepción,

temblando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Margarito Salcedo Ruelas. Nació en Armería, Colima; en abril de 1951. Estudió la Normal básica en el Centro Normal Regional, de Ciudad Guzmán, Jal. Licenciado en Psicología Educativa, por la Escuela Normal Superior de Nayarit; con Maestría en Pedagogía, por la Escuela Normal Superior de Nayarit. Trabaja como Jefe de enseñanza y enlace técnico pedagógico regional, en la Unidad Regional de Servicios Educativos, sede Autlán de Navarro, Jal. Ganador del segundo lugar en cuento, 1995, en concurso convocado por el Centro Universitario de la Costa Sur. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller Literario.

 

 

 

 

 

 

¿Cómo la ves?

 

 

Fíjate que la tía Goya le regaló su casa a mi mamá, dice que ya no aguanta el zancudero que hay para su barrio; yo creo que esta mujer heredó la enfermedad de la tía Laya. Ayer en cuanto le mató un camión el único perrito que le quedaba a su perra la chata, se puso a llora y llora y de repente le dice a mi madre:

   - Chuy, te regalo mi casa, toma la llave, mañana vengo a sacar mis tiliches y a llevarme los perros, me voy con Chepa a la cofradía, aquí no se puede vivir en paz, ya me harté.

   Y salió a toda prisa y no la hemos vuelto a ver.

   A veces se me hace muy rara. El otro día vino a decir que se sentía muy mal, que ya tenía como tres días con un dolor en la boca del estómago y que casi no le daba hambre. Entonces la invitamos a comer y aceptó pero no lo hizo aquí; se llevó la comida para su casa. Al poco rato, mi mamá le mandó unas tortillas calientitas con Lupe, quien regresó toda enojada.

   -¡Ay mi tía! Yo creo que desde que la dejó mi tío se trastornó; estaba sentadota junto a la puerta de su casa, y los perros entrados con la comida que se acaba de llevar.

   A mí me parece más bien, que mi tío la dejó porque ya estaba mal desde antes, fue precisamente porque atendía mejor a los perros que a él, la causa por la que se separaron; y además, dice ella misma que desde que estaba de muchacha, se quitaba el taco de la boca para dárselo a sus perros. ¡Qué mi tía! Yo creo que por eso está tan flaquita.

   Bueno, pero si nosotros estamos bien, ¿por qué tenemos que estar preocupándonos por la tía? Mejor vámonos a comer antes de que nos dejen sin comida. Ya sabes, yo te digo a qué horas te arrimas por un taco. En cuanto oigas: ¡ven! Arrímate muy calladito y procura que no te vean los demás; luego se me arriman todos meneando la cola,  con los ojos bien peladotes y el hocicote abierto aunque ya hayan comido, y se me quedan viendo muy tristes; yo también siento muy feo no poder darles a todos, pero es que... A ti te doy porque contigo platico muy agusto; además, a mí no me gustaría ser como mi tía Goya.

 

 

 

 

 

 

 

 

Arbol viejo

 

 

Ya se te notan los años

¡Cómo has desmerecido!

 

Ya tu fronda no da sombra

ni tu tronco es tan nutrido,

y en tus artríticas ramas

sólo campanean los nidos.

 

¿adónde se ha ido tu tiempo

que te olvidó en el camino?

 

Aquellos columpios de verano...

Aquellas piñatas de invierno...

Aquellos domingos de campo...

Aquellos días de paseo...

 

¿por qué te han abandonado?

...árbol viejo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bahía

 

 

Esta rojiza tarde

de escotado horizonte

tiene un algo que se agrega

a un recuerdo viejo...

 

mar,

         silueta,

                  poesía.

 

tibia atmósfera

y humedad

en tu expresión entristecida.

 

Luego,

ese adiós

para no volver jamás.

 

 

 

Esperaré

 

 

La noche llueve

y no hay razón

para quedarse fuera,

si por hoy mi verdad

no te conmueve,

no voy a intransigir.

 

Esperaré

a que deje de llover

y vuelva a ver la mañana

en tus ojeras.

 

Luego,

cuando hayas aceptado

mis razones,

me marcharé.

 

Después,

qué importa que vuelva a llover

en el camino.

 

Rafael Saray Enríquez. Nació en El Grullo, Jalisco; en noviembre de 1930. Es Maestro de Educación Primaria por el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio (I. F. C. M.). Posteriormente cursó la especialidad de Geografía en la Escuela Normal Superior "Nueva Galicia". Fue Director de la Escuela Primaria Federal "Paulino Navarro", e Inspector de Educación Primaria en la Zona 48, con cabecera en Ayotlán, Jal. También Supervisor General del Sector 14, con cabecera en La Huerta, Jal. Ex Presidente Municipal de Autlán, Jal. Escribe cuento corto, biografías, ensayos para el "Leo-nismo", y versos satíricos.

 

 

 

 

Mi primer pantalón

 

 

Mi niñez fue extremadamente llena de pobreza. Fui huérfano de madre a los tres años de edad, luego me fui a vivir a casa de mis abuelos paternos en donde su única entrada de dinero la lograban con el resultado de los trabajos de carpintería que mi abuelo Victoriano hacía, de los pesos que ganaba mi abuela Cornelia elaborando pan de maíz y gorditas de horno, las cuales vendía en los tendajones cercanos y de las costuras que bordaban mis tías Rosa, Lupe, Mago y Nena. Así que la llegada de una boca más, con seguro desequilibró su economía familiar.

   Pero aún así, trataban de llenar mi barriguita con frijoles y café, comprar mis útiles escolares, calzarme con huaraches de horcapollo que el mismo abuelo me confeccionaba, vestirme con un cotón de manta y unos calzones rabones de cordones para que me cubriera mi cuerpo.

   He de confesar qué envidia me daba cuando por las tardes nos juntábamos los chamacos del barrio a jugar a "los encantados" o "la roña" y los veía a todos vestir con pantalones, camisa y zapatos buenos o huaraches cuando menos.

   Yo me preguntaba: ¿cómo le harán sus padres para comprarles pantalones, camisas buenas y zapatos? ¿Cuándo mis abuelos me van a vestir

 

 

 

como mis amigos? ¿Por qué no me compran huaraches dobles y con garbancillos?

   En mi corta edad, me daba mucha vergüenza que las muchachas del barrio me vieran mis humildes huaraches. Escondía los pies uno entre otro para disimular la única correa que cruzaba mi pie.

   Los calzones cortos que me ponían era otra vergüenza, por lo que di en llegar primero que nadie a la escuela, entraba a mi salón y me sentaba, para cuando llegaban mis compañeros no advirtieran mi humilde vestimenta, por eso yo no participaba en los juegos de recreo, menos en los deportes.

   Una vez que salía de la escuela, corría calle abajo hasta llegar a mi casa que quedaba a dos  - cuadras, me encerraba y hasta que obscurecía salía a jugar a la calle, según yo para que no me vieran mis humildes ropas.

   Así fueron los dos primeros años de escuela primaria, llenos de amargura y sufrimiento, pues cursaba primero y segundo grados.

   Una tarde de esas, cuando estudiaba el segundo grado, llegó hasta mi salón la Maestra Laura Cosío, para anunciarme que al señor Director de la escuela Profesor Fernando Ramírez se le había ocurrido que yo declamara en el festival de fin de cursos, que por acuerdo de todos los maestros y por encima de todos los alumnos era el indicado porque en los concursos yo lo hacía muy bien y que para ello me prepararía durante los meses faltantes y que bien aprendida la recitación iba a ser el mejor de la escuela y que hasta les echaría tierra a los de sexto año.

   ¿Qué hacer Dios mío? ¡Me van a ver mis calzones rabones! Y luego se van a reír de mis huaraches y mi cotoncillo de manta, ni modo de esconderlos o quitármelos cuando suba al estrado a declamar.

   Sabía que no tenía escapatoria, menos remedio ante la designación del director y mi maestra estaba empeñada en que yo debería recitar, porque según ella, ningún compañero se aprendería la poesía en el corto tiempo que faltaba para la fiesta de clausura de nuestra escuela y además me engallaba diciéndome que ese Don de saber declamar era un Don de Dios que me había otorgado y que pecaría si no lo utilizaba.

   Yo me volaba y mi soberbia me hacía sentir indispensable, pues era cierto que en los certámenes de declamación siempre ocupaba el primer lugar, pero como eran internos no me preocupaba por mi vestimenta.

   Sudores iban y venían y en mi mente infantil sólo cruzaba una interrogante. ¿Cómo decirle a mis abuelos que necesitaba ropa porque iba a declamar, si yo mismo veía su extrema pobreza?

   Varias noches sin dormir, mis sueños eran pesadillas por los calzones y los huaraches. Las muchachas riéndose y apuntándome con el dedo y mis compañeros varones haciendo burla y escarnio de mi figura.

   Una noche de esas, me animé, pues el Angel de mi Guarda me iluminó para que pronto tuviera dinero. ¡Voy a robarle a mi abuela un huevo de gallina diariamente -me dije! Lo vendo y guardo debajo de una piedra los centavos y cuando tenga unos veinticinco centavos me compro un pantalón, pero será largo.

   Saqué cuentas en la cama todavía, si el huevo vale un centavo y medio, necesito diecisiete huevos. Y si faltan treinta días para la festividad, alcanzo ampliamente a juntar el valor del pantalón. Y ¿los zapatos? - me decía -. ¡Ah! Ya sé, se los voy a pedir a mi tía Cuca, que vive en Monterrey y de seguro ella me los mandará. De eso se va a encargar mi abuela Luisa, la madre de mi mamá difunta.

   Al otro día, manos a la obra. Yo sabía que entre las doce y la una de la tarde las gallinas de mi casa ponían. Me dije: en cuanto oiga su cacareo, corro y recojo el huevo antes de que mi abuela lo haga, lo escondo y cuando me vaya a la escuela por la tarde, lo saco y lo vendo en la tienda de don "Rafailito", luego escondo el dinero.

   Pero, ¿cómo lo voy a sacar, si cuando me voy por la tarde a mi escuela, ya mi abuela está sentada en la puerta de la calle en su labor de costura? Si espero para la noche, entonces es mi abuelo quien está sentado viendo pasar a las gentes y saludando a sus amigos, después de la faena de su carpintería.

   ¡Ya sé!... Debajo de mi cachucha de beisbolista que a diario llevo puesta sobre mi cabeza, y que me es inseparable, ahí esconderé el huevo y sin correr los voy a estar sacando.

 

   ¡Al hecho!... Inicié mi trampa con magníficos resultados, todo tieso, sin respirar siquiera, derechita mi cabeza, salía invariablemente a las 2:30 de la tarde rumbo a mi escuela con mi huevo escondido debajo de mi gorra. En el camino lo ven-día y luego escondía mis centavos debajo de una piedra.

   Pero como dicen los chiquillos: ¡La chapuza sola acusa! No llevaba dos semanas de estar robándome los huevos, cuando una tarde sin saber de dónde salió, menos el motivo que obligó a mi abuela, me alcanzó antes de salir de la casa y cogido de una oreja me regresó y me reprendió porque no había tirado una basura y como yo le repliqué enojado, para mi mala suerte me tiró tremendo coscorrón y le atinó al huevo escondido.

   Deben saber ustedes, que la clara y la yema comenzaron a brotar entre las cejas y las orejas, escurriendo por todo lo largo de mi cara y de mi cuello.

   Mi abuela descubrió la trampa. Me dio una zurra buena y yo no alcancé a comprar mi pantalón.

   Enojada como estaba, mi confesión fue veraz y la entrega del dinero que yo tenía escondido debajo de la piedra, justificaron mi arrepentimiento y fueron ablandando el corazón de aquella santa abuela.

   Cuando regresé por la tarde y a la hora de cenar, mis tías me suplicaron que les dijera el motivo por el que había robado los huevos.

   Tuve que confesar la verdad. De mi declamación, del festival de fin de cursos, de los exámenes y que yo quería un pantalón, porque me daba vergüenza llevar calzones y de cordones, menos, y para componer el mal cuadro, con esos huaraches tan pobres y sencillos.

   Mi tía Rosa - seguro me quería mucho- me prometió que si ya no volvía a robar, ella me compraría un pantalón de mezclilla azul y que además sería largo para que ese día lo llevara a la fiesta de clausura; y como sabía coser a máquina, ella misma me lo confeccionaría.

   Desde esa noche el gusto invadió a mi persona. Los sueños iban y venían pero siempre relacionados con mi pantalón largo.

   Mis conversaciones con los compañeros, con mi maestra Laura, y con las amigas, sólo eran sobre el próximo estreno de mi pantalón. A todas horas les expresaba de mi gratitud para con mi tía Rosita; y además, como era amante de echar mentiras, les decía que mi tía Cuca la de Monterrey ya me había mandado unos zapatos que estrenaría junto con mi pantalón.

   Larga espera, muchos días faltaban. Era eterno el esperar para estrenar pantalón y zapatos, sueños mil y de distinta forma vagaban por mi mente infantil y a todas horas.

   Días de angustia que a mi corazón cada vez lo aceleraban más a medida que el fin de cursos se aproximaba.

   ¡Por fin, mañana! - me decía eternamente -. Mañana -repetía una y otra vez -. Ya mañana lunes estreno mi pantalón.

   El día se había llegado y mi tía tenía listo el pantalón de mezclilla azul, planchadito y acicalado. Sí... también zapatos voy a estrenar porque mi abuela Luisa se endrogó en La Compañía y me regaló unos para que estrenara ese día, en el festival de fin de cursos.

   Mañana, voy a ser el primero en llegar a la escuela y de seguro el más guapo - me decía en voz baja.

   El día llegó. Ese día, contra mi costumbre, me levanté antes de las siete de la mañana, calenté agua en una olla de barro y me di un baño.

   Mi tía Rosa me vistió y a las ocho en punto mi pantalón estaba puesto, junto con una camisa blanca de popelina o tussor.

   Mis zapatos aunque me apretaban por la falta de costumbre, no los sentía. No quería quejarme porque sabía que cualquier lamento sería suficiente para no estrenar.

   Ya estaba listo, y llegándose la hora, como de rayo crucé el dintel de la puerta que da a la calle y corriendo traté de cruzar hacia la otra banqueta, en el preciso momento que sale un perro bravo de la casa del vecino y se me abalanzó con tanta furia, que en su mordisco me cogió de la bolsa trasera del pantalón y de un jalón se llevó la tira y me dejó en puros cueros...

   ¡Qué angustia! ¡Qué desilusión! ¡Qué sorpresa! ¡Qué frustración! El sueño de mi vida me lo había arrebatado el perro.

   Junto conmigo, lloraron mis tías, lloró mi abuela, maldecía al perro mi abuelo. Todos vivimos esa tragedia y como la hora ya se había llegado, yo debería cumplirle a mi maestra, el programa estaba elaborado y tenía que subir al foro de madera para declamar.

   Me pusieron mis calzones, sólo me dejaron los zapatos nuevos. Cabizbajo llegué a la escuela en el preciso momento que anunciaban mi nombre y el de la declamación que yo iba a interpretar...

¡MEXICO, CREO EN TI!

de Ricardo López Méndez.

   Subí al foro y sin acordarme de mi humilde ropa comencé a declamar, que con el sentimiento que yo traía y el llanto que me brotaba a raudales a cada momento que me acordaba de mi pantalón, impacté al auditorio; lloraron muchas madres de familia, se emocionó el público y mi maestra pasaba saliva a cada momento. Pero nadie sabía de mi tragedia anterior, sólo yo y el perro bravo que todavía se estaba burlando de mí, con el trozo del pantalón en el hocico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Celia Serrano Uribe. Nació en Autlán, Jalisco; en 1929. En Guadalajara obtuvo el título de Maestra en Educación Primaria, cuya profesión ejerció por treinta y dos años. Al jubilarse, ingresó a la Universidad Autónoma de Guadalajara, donde obtuvo el título de Médico General Cirujano, profesión que actualmente ejerce. Pinta al óleo paisaje y figura humana principalmente. Escribe poesía y ensayo. Es autora de tres libros inéditos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi corazón solo quedó dormido

 

 

 

En la quietud serena de la noche,

mi pensamiento vuela posándose,

en el perfil ajeno sin reproche,

de los que unidos viven amándose.

 

Una ambición sana me hiere y entristece,

varios llamaron a mi corazón,

añorarlo me conmueve y estremece,

entre ellos uno fue mi adoración.

 

Con sagaz astucia me lo robaron,

le admiraba y le amaba tanto, tanto,

con mis nobles sentimientos jugaron,

su recuerdo se tornó en triste llanto.

 

Por mucho amarle tuve gran tormento,

sentí el deseo reprimido de aunar

mi respiración con su suave aliento,

y deseaba mi gran amor gritar.

 

Poco a poco mi hondo dolor cesó,

lentamente se fue perdiendo en mi alma,

y así mi tranquila vida empezó,

con un ideal sublimado en calma.

 

 

 

 

Hoy siento infinito no haber luchado,

pude defender lo que creí mío,

hacer del amor el hogar deseado,

y así evitar mi doloroso hastío.

 

Mi corazón solo quedó dormido,

no estuvo amado como fue mi anhelo,

muy triste en un rincón quedó escondido,

pidiéndole a Dios inmortal, consuelo.

 

 

 

 

 

 

Infancia, juventud y senilidad

 

 

Fresca y sonora como campana,

es la despierta y tierna mañana,

resuena con sus gritos y risas,

cual las olas que estallan en brisas.

 

Alegre pequeña y juguetona,

es también burlona y retozona,

presta y corta pasa suavemente,

llevando recuerdos en su mente.

 

De pronto aparece transformada,

en mediodía con luz tramada,

cálido, decisivo y formal,

actúa con temple magistral.

 

Pasa marchando no tan veloz,

desafiando al mal tiempo feroz,

juicioso plantea sus acciones,

y algunas veces cae en pasiones.

 

Al fin de su notable carrera,

no puede subir la alta escalera,

que juega la fuerte juventud,

porque termina su plenitud.

 

 

 

 

 

Sigue con obscuro atardecer,

tristemente se ve aparecer,

es más luengo de como parece,

Y con el anochecer fenece.

La vida es interesante sueño,

en donde cada quien es su dueño,

de ella se nace eterna realidad,

con la esperada inmortalidad.

 

 

 

 

 

Inquietud o río caudaloso

 

 

Desde el puente observo tu corriente,

bañas lo que encuentras al pasar,

tus limpias aguas forman creciente,

caminan siempre sin regresar.

 

Tu fuerza inquieta presiona todo,

lo que a tu paso vas a encontrar,

las piedras pules en cierto modo,

y arenas haces al desgastar.

 

Yo te observo desde el mismo puente,

tu caudal cambia en cada mirar,

tu murmullo descansa la mente,

invita impetuoso a meditar.

 

Ante la inquietud de tu correr,

la serenidad de tus montañas,

conduce a olvidar el largo hacer,

parece que nuestra mente bañas.

 

Tu fatigoso correr constante,

encontrará quietud y descanso,

en dormido lago o en mar sonante,

o en planicie que forma un remanso.

 

 

 

 

 

También el hombre en su vivir corre,

con el tiempo a la senilidad,

y pide al cielo sus yerros borre,

para gozar en la eternidad.

 

Su eterno descanso está en la muerte,

en la escisión de nuestra materia,

y el alma que deja el cuerpo inerte,

vuela al cielo en donde no hay miseria.

 

 

 

 

 

 

Levántate

 

 

Extirpa el raquitismo espiritual,

levanta tu cabeza y sobreponte,

sacude el pesimismo como tal,

contempla la entereza de otra gente.

 

Lo humano necesita relaciones,

cincela sin temor tu propia vida,

conduce y precisa tus acciones,

construye con amor y sin medida.

 

Escala tus montañas sin torpeza,

admira a quien es fuerte en razonar,

realiza tus ideales sin tibieza.

 

Brinda a tu semejante tu nobleza,

que presto aceptará sin condiciones,

y templa tu carácter sin tristeza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Erika Lizbeth Vidrio T. Nació en Autlán de Navarro, Jalisco; en marzo de 1981. Estudia en la Escuela Preparatoria Regional de Autlán. Es integrante del grupo de teatro "Teodomai" de la Casa de la Cultura. Cursa la Carrera de Actuación en el Centro de Especialización Artística de Occidente (CECAO), en Guadalajara. Además toma clases particulares de canto y composición. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller Literario.

 

 

 

 

 

Noche de invierno

 

 

Tiritando está de frío el añejo encino,

blanco como un sudario

junto a los viejos tejados;

sencilla y parsimoniosa cae la nieve

de mágico influjo,

es noche de invierno,

con un pórtico de estilo romántico.

 

Reina apacible silencio,

en nefasto espectáculo

las hojas caen con sarcásticas pullas,

el viento refunfuña con visible enojo;

sólo en mi poesía de ensueño

puedo escuchar su barullo

mientras enhebro conversación

con el riachuelo congelado.

 

Es noche de invierno,

de reposo y olvido,

de sueños imaginados a medias,

ausentes rayos de luz;

resecos como la comisura de mis labios

y como el humor de la soterrada primavera

que ha envejecido.

 

Es noche de invierno,

de blancas ideas,

 

de respiración jadeante,

miradas furtivas;

casas cubiertas con esa blancura

que es como el amargo

dulzor de la vida.

 

 

 

 

De celos

 

 

Tengo celos del aire,

porque acaricia con su tibia mano

tu nariz afilada;

de la noche,

porque curiosa ve desnudo

tu cuerpo en descanso.

 

De mi sombra,

que de no amarte te ha amado tanto;

de la luz de mediodía,

que se filtra entre tus labios.

 

De la luna,

porque te arrulla con su albo resplandor;

del tiempo,

porque controla tu vida como un reloj.

 

Tengo celos de tus cuatro paredes

porque son testigos

de tus desvaríos y encantos;

celos de todo aquello

que pretenda robarme tu amor.

 

Celos del sueño abrumado,

porque de vagos pensamientos

tu cabeza cubrirá;

de la melancolía,

 

porque se aprovecha de tu dolor

para acariciar.

Tengo celos de todo

lo que pretenda robar tu amor.

Te amo tanto,

y tanto te ama mi corazón,

que de tanto amarte

celos le tengo ya.

Indice alfabético de Autores

 

Presentación                                          

Marta Guadalupe Alducin R.               

Zaida Angélica Aguilar R.                  

Arnulfo Alvarez García.......................Fundador

Francisco Javier Benavides G.          

Max Remedios Castro Pinkus            

José Francisco Cobián Figueroa...............Fundador        

Manuel Corona                                    

Joaquín Cuéllar Chagolla.....................Fundador

José Cruz Gómez Llamas                   

Carlos Guerrero y Herrera                

María Irma Huerta Reyes                   

Maricela Huitrón Pelayo                    

Fausto Nava González                       

Luis de Jesús Martínez V.                 

Ernesto Medina Lima                        

Lucía Esther Rizo Martínez             

Margarito Salcedo Ruelas                  

Rafael Saray Enríquez                      

Celia Serrano Uribe

Erika Lizbeth Vidrio T.                    

 

 

 

 

 

 

 

Copyright. 

Todos los derechos reservados

Grupo Cultural Litterae

 

 

 

 

Los de Autlán es una compilación

de cuento y poesía realizada por el

Grupo Cultural Litterae, con el apoyo

Económico del H. Ayuntamiento

Constitucional de Autlán de Navarro, Jal.

Se imprimieron 1000 ejemplares

En marzo de 1999.

 

 

 

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