José Francisco
Cobián
Joaquín Cuéllar
Chagolla
Arnulfo Alvarez
García
compiladores
H. Ayuntamiento
Constitucional de Autlán de Navarro, Jalisco.
GRUPO CULTURAL
LITTERAE
José Francisco
Cobián
Compilador
Cuento y Poesía
H. Ayuntamiento
de Autlán de Navarro, Jalisco.
Título: Los de Autlán (compilación de cuento y
poesía)
Compilación,
Edición, formato, corrección:
Ing. Arnulfo
Alvarez García, M.C.P. José Francisco Cobián Figueroa y M.V.Z. Joaquín Cuéllar
Chagolla.
Auspiciado por el
H. Ayuntamiento Constitucional de Autlán de Navarro, Jal.
Autlán de
Navarro, Jalisco.
Abril de 1999.
Prohibida su
reproducción parcial o total (con fines de lucro) por cualquier medio, sin
autorización escrita de los autores o el editor.
La presente
compilación no reúne - como hubiéramos deseado- el trabajo de
todos los autlenses - que se expresan mediante el arte de la literatura,
siendo conocido por nosotros que no son pocos.
Mas, para no caer en omisiones injustas, advertimos a los lectores que este
libro ha sido elaborado principalmente con la obra de los asistentes a nuestro
taller literario y con la de algunos amigos igualmente interesados en este
quehacer.
Con lo anterior queda claro que no se trata
de una antología que, por otra parte, hubiera requerido de una metodología
rigurosa, sino de los textos tenidos más a la mano. Lo cual no quiere decir que
no hayan pasado por un esfuerzo previo de selección.
Contemplamos la posibilidad de publicar un
segundo libro que sea una verdadera muestra literaria de autores nativos y/o
residentes de Autlán. Tarea en la que esperamos contar con la participación de
la ciudadanía, en la recuperación del patrimonio literario de esta ciudad.
José Francisco
Cobián Figueroa
Marta Guadalupe Alducin R. Nació en Autlán de Navarro,
Jalisco, en 1960. Ex alumna de la Escuela Preparatoria Regional de Autlán,
realizó la carrera de Contador Privado en el Instituto Autlense. Ganó un
concurso de cuento realizado por la Junta Municipal de Mejoramiento Cívico y
Material. En los 70's publicó poesía en el desaparecido semanario Noticias
Regionales. Actualmente se dedica a la atención de su familia.
De Negro
Un vestido negro
expresa mi dolor.
Un amor ajeno
un día llegó;
jugué con fuego
y el corazón me
quemó.
No sólo yo perdí,
también ellos
sufrieron.
Tomé mi vida
y agarrando rumbo
me quité de en
medio.
Fue duro partir,
pero era peor
quedarme
si no te tenía
completo
para llenarme.
Llevo un vestido
negro
y no se ha muerto
nadie;
quiero que me
recuerden,
pues me quedé muy
sola
por volver a
equivocarme.
Sólo es una tumba
gris y fría
que encierra un
cuerpo blanco
y una cabellera
rubia.
Cierras tus
verdes ojos
que miraban con
ternura;
cruzan tu pecho
brazos
que no se abrirán
jamás.
Falta la tibieza
de tu voz y tus
caricias;
faltan tus
regaños,
ver cómo te
divertías,
lo que hacías,
pero más faltas
tú.
Recuerdo que
sufrías
por el frío del
invierno,
temías la
oscuridad,
invocabas la luz.
Ahora que estás
dentro
siento que te
falta el aire,
el calor del sol,
espacio para
respirar.
Te gustaba el
campo,
eras feliz en el
mar;
qué haces
encerrada
si te gustaba
bailar.
Qué hago con las
canciones
que escuchabas,
si las aprendí ya
todas
y no las puedo
cantar.
Se me cierra la
garganta,
se me nubla la
mirada
y no puedo
creer...
que ya no te
volveré a ver.
Zaida Angélica Aguilar R.
Nació en Autlán
de Navarro, Jalisco, en agosto de 1986. Actualmente cursa la educación
secundaria en la Escuela Secundaria "Maestro Manuel López Cotilla ".
Participa en el Taller Literario Litterae.
Escribe cuento.
Acabábamos de
llegar del velorio de un tal don Pedro, amigo de mi papá, aunque yo ni sabía de
su existencia y, por lo tanto, ni siquiera le recé un Padre Nuestro..
Mi familia y
algunos parientes llegamos a la casa de mi abuelita y con eso que soy la única
niña, me mandaron a dormir sola en un cuarto tan tenebroso, que ni mi mamá me
quiso acompañar; pero ¿qué me podría pasar?
Me puse mi bata,
cerré las ventanas, apagué la luz y me acosté. Todo estaba bien hasta que
empezó una tormenta. Se abrieron las ventanas que yo misma había cerrado, y me
dio miedo. Se oyeron ruidos muy extraños, y pareció que se había caído algo. Yo
no aguanté más, y grité. Grité tan fuerte, que todos llegaron a la recámara.
¡Hasta mi abuelito! Eso sí, con. una escopeta y gritando:
-¿Dónde está,
para darle un tiro!
Mi mamá lo
tranquilizó, mientras todos me preguntaban qué había pasado. Yo les conté, y
ellos se echaron a reír, pues los dichosos ruidos habían sido provocados por
Tomás, el gato de mi abuelita, que estaba persiguiendo a un ratoncillo que le
quería ganar su cena. Vaya que se rieron. Y eso que no les dije que pensé que
el espíritu de don Pedro venía del más allá a darme un buen susto por no haberle
rezado.
Nació en El
Palmar de San Antonio, Municipio de El Limón, Jalisco; en 1962. Es Ingeniero
Agrónomo por la Universidad de Guadalajara. Ejerce su profesión y se desempeña
como docente en la Escuela Secundaria Dr. J. Jesús Velázquez, de Autlán, Jal.
Escribe cuento y poesía Ha ganado el tercer lugar en cuento 1995, el primer
lugar en cuento y el segundo en poesía, 1997; en los concursos anuales de
cuento y poesía del Centro Universitario de la Costa Sur. Es miembro del Grupo
Cultural Litterae y participa en su taller literario. Publicó su libro de
cuentos La Chiguana.
Entró a la tienda
vacía de clientela; con su cara arrugada, grasienta y un olor a sudor añejado
que provocaba repugnancia.
Como
cualquier hijo de tendero, traté con des- confianza al anciano que pretendía
sacar mercan- cía a crédito.
-¡Es que no fiamos, el negocio anda mal!
Como una llamarada se encendió el orgullo
del anciano al escuchar mi justificación.
-¡Un viejo también es hombre, y yo no vengo
a pedir limosna!
Su indignación fue mucha, pero más grande
era el hambre que escarbaba visceralmente su existencia, por lo que se abrió
crédito a la fuerza, y - cargó con una
coca y dos picones ante mi desazón.
Lo vi alejarse, con su cuerpo encorvado
vestido de harapos, sostenido por un par de piernas temblorosas y un bastón
improvisado. Ese día comprendí que yo no tenía madera de comerciante.
La mañana siguiente transcurrió monótona;
cerca del mediodía se presentó el viejo y sin decir palabra, remendó su orgullo
arrojando cinco pesos sobre el mostrador; luego, tomó las provisiones del día y
se marchó contándole sus penas a la banqueta.
Durante un mes, el viejo repitió la escena
y el
último día que
fue pagó cada centavo que debía, sin hablar jamás, sin perdonar mi ofensa.
Un domingo por la tarde que me dirigía a un
campo deportivo, al pasar por el frente de una casa elegante, vi al viejo
sentado sobre el pasto del jardín y a una señora que le exigía salir de su pro-
piedad, porque según sus palabras el pasto no ocupaba más cuidados; yo me alejé
con prisa para no sentir lástima por el anciano que se empeñaba en desarrollar
su trabajo.
Dos años después, cuando me guarecía de la
lluvia en los portales en una tarde de verano, allí me encontré al viejo; pedía
limosna, con su mano derecha ahuecada, mientras con la otra se cubría la
vergüenza de un rostro ajeno a esa condición de vida.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al verme
des- cubierto por la mirada de sus ojos severos; por un momento pensé en
fugarme o en ignorarlo; pero finalmente opté por acercarme para decirle:
- No lo tome a mal, por favor acepte estos
diez pesos.
El escuálido anciano apretó con fuerza el
billete con su mano temblorosa, como si amenazara con arrojarlo a mis pies;
luego aflojó su actitud, para dar paso a una lágrima que bajaba por los surcos
de su mejilla. Mi desconcierto fue tanto que sólo pude pronunciar:
-¡No es menos hombre el que llora!
Luego, me alejé, y escondí mi culpa entre
la gente, pero sus ojos se grabaron en mi mente y me siguen, me siguen.
Durante dos meses
me sometí a tratamientos médicos con el fin de rehacer la movilidad de una
rodilla que me estropeó un fulano. A cada instan- te recordaba el gesto de
satisfacción del jugador - que en su terapéutica forma de vivir el fútbol
dominical me dejó casi inválido.
Ante los magros resultados de mi
recuperación aumentaron las recomendaciones caseras:
-¡Ponte cataplasmas de barro!
-¡Mira bato, el Mamisán cura las vacas, ya
no se diga a los bueyes!
-¡Anda con la Karateca y verás cómo te
truena cada hueso!
-¡Nombre, la árnica con alcohol cura todo,
y más si le pones peyote y mariguana!
-¡Si quieres volver a patear, ve con el
sobador que vive frente a la tienda Las Quince Letras, ahí van todos los que
juegan pelota, dicen que el que no sale andando sale corriendo, él se llama
Jorge!
-¡Por terco te vas a quedar con esa pata de
hilacha!
Desahuciado por las opiniones y con la
desesperación de no dar paso sin dolor, me dije: <<un perdido va a
todas>>. Por eso dejé a un lado mi juicio sobre ese tipo de charlatanes y
de la lista de opciones escogí al sobador que más me recomen- daron.
1
Con pantalón corto y precario equilibrio,
llegué a la casa del sobador. La puerta abierta dejaba ver después del pasillo
de ingreso, una sala donde un hombre gordo disfrutaba su siesta de mediodía;
sólo un barandal de madera se interponía al acceso. Toqué de manera discreta
para no parecer descortés; al instante apareció un perro gigantesco cuya
vertiginosa carrera terminó al azotar contra el barandal para darme el susto de
mi vida. Luego, petrificado escuché una voz:
-¡Tate quieto Gitano! - dijo el hombre
mientras se incorporaba entre bostezos y rasquidos de axila-. ¡No le tenga
miedo al perro, él nomás ataca cuando yo se lo ordeno!
- Disculpe que lo moleste, pero me dijeron
que aquí vive don Jorge el sobador.
-¡Pos casi le informaron bien, nomás que yo
soy quiropráctico, no sobador! -replicó el hombre mientras quitaba el
barandal-. ¡Pásele mi amigo, orita le quito su dolencia, siéntese en el sillón,
voy por mis cosas!
Sin reponerme aun del susto y del asco que
me causaba el cuchitril donde me había metido, vi aparecer de un cuartucho al
hombre que cargaba un frasco y unas vendas.
-¡De seguro que le voltiaron el nervio de
su rodilla, y ha de haber sido de una patada!
La observación hecha por el individuo me
hizo abrigar esperanzas, porque sin decirle palabra sobre mi padecimiento, él
había atinado a su manera.
-¡Son cincuenta pesos! Disculpe que le
cobre
por adelantado,
pero pagan justos por pecadores, porque más de cinco se me han ido corriendo en
cuanto los curo - se justificó el quiropráctico en tanto guardaba mi billete-.
Y no se preocupe, que si yo no lo hago correr, le devuelvo sus centavos.
Mi confianza en el hombre había crecido y
muy animado dispuse mi rodilla para que aplicara su sabiduría.
-Primero hay que calentar el nervio con
esta infundia que no le voy a decir de qué está hecha; luego hay que dar
masajes así y así. Mire joven esa pistola. Con ella maté con los ojos cerrados
a un tecolote que vi por el espejo de mi carcancha.
El tal Jorge distrajo mi atención en lo que
brutalmente sacudía mi rodilla con inaudito dolor que me sacó lágrimas.
-¡No sea estúpido! - le dije totalmente
fuera de mis casillas.
-¡Aguántese como los machos; nomás falta un
estirón pa' que le truene, y voltiese!
Yo hice caso a medias y dejé un ojo
pendiente de sus movimientos: entonces vi el engaño del gordinflón, que con el
puño de una mano cerrado, y la otra puesta sobre mi rodilla, apretó con fuerza
para tronar sus metacarpianos.
-¡Ya oyó mi amigo, cómo tronó!
-¡Desgraciado estafador! -le dije con el
dolor removido- ¡devuélvame mi dinero!
-No tan de prisa mi amigo; primero vamos a
ver si puede correr o no. ¡Ataca, Gitano!; ¡ataca!
El endemoniado can se abalanzó sobre mi
humanidad, y en un acto de sobrevivencia pura,
corrí para la
calle mientras escuchaba decir al desgraciado sobador:
-¡No que no lo curaba mi amigo, no que no!
- Qué flaca y
desmejorada estás Rosario, y pensar que en un tiempo abandoné a mi familia por
ti, aunque a decir verdad eras de carnitas rellenas, firmes, buenas; no como
Sara mi vieja que era gorda, prieta, de lo más fea, con su voz de guacamaya que
a cada rato me decía:
-¿Qué tiene la loca de Chayo que no tenga
yo!
-¡Huy si vieras - le contestaba- si hasta
parecen de especies diferentes!
Pero mi vieja tenía razón, y ya viéndote
hueso a hueso deveras que tienen lo mismo, si acaso las distingo será por los
dientes podridos de ella.
Pero de todos modos me acuerdo de lo mucho
que nos alborotábamos en el cine y de lo bonito que se sentía tu cuerpo
acomodadito con el mío en la cama del hotel; y a pesar de todo esto vengo a
reclamarte que por tu culpa me mandaron al demonio, porque aquel veinte de
noviembre habíamos dicho que sería la última de nuestras citas y que íbamos a
acabarnos la pasión de un trago para no enfadar más a mi vieja que no te podía
ver ni en pintura; no era porque me estuviera volviendo fiel, sino porque ya
tenía otra que sin agraviar a la presente era como cambiar de bicicleta a carro
y es lo que me duele que me quedé con las ganas; pero ahí vas tú hasta mi casa
y te me pepenas delante de Sara sin importarte la
pistola que ella
traía en la mano y luego qué romántica me saliste.
-¡Si hemos de morir, que sea juntos!
¡Maldita ocurrencia! Y mi vieja que lo toma
muy en serio y de un cabronazo nos mata a los dos y luego para acabar su gracia
que se pega un tiro también, que para que me enterraran con ella y no contigo y
ahí me tienes aguantando su pestilencia hasta que quedó el puro hueso. De no
ser por las arrieras que hicieron este caminito no estaría aquí, viendo tu
esqueleto por este agujerito.
Francisco Javier Benavides G. Nació en Autlán de Navarro,
Jalisco, en l962. Es ingeniero Agrónomo por la Universidad de Guadalajara. Se
desempeña como docente en el Subsistema Estatal de Telesecundarias. Escribe
cuento, poesía, leyenda y teatro. Es ganador de los concursos de poesía y
cuento 1997, del Subsistema de Telesecundarias a nivel estatal. Es miembro del
Grupo Cultural Litterae y de su taller literario.
Por más que le
diera vueltas en mi cabeza, sabía perfectamente la razón de mis desvelos, de
ese insoportable insomnio que desplazaba brutalmente mis horas de descanso.
Cuando parecía que mi cuerpo cansado encontraba la bendición del sueño, con
toda claridad surgía en mi mente aquella mirada sin reproche ni esperanza;
aquellos ojos tristes, melancólicos, sin brillo, que habían logrado romper la
aparente fortaleza de mi espíritu.
Una vez perdida toda posibilidad de
descanso, recordé el motivo de mi inquietud, con la leve esperanza de que su
análisis me devolviera la anhelada tranquilidad.
Durante mi doble jornada de trabajo, un
compañero me enteró de que Juan Manuel, amigo de ambos, se encontraba
hospitalizado en la clínica del Seguro Social, debido a un agudo dolor
abdominal causado, según parecía, por ese oculto sobrante del intestino bien
llamado apéndice. (Desde los dorados tiempos de la primaria o secundaria,
cuando en las primeras clases de anatomía supe de la existencia de este órgano,
tuve la insensata idea de que la diferencia entre hombres y animales era la
localización del apéndice dentro o fuera del organismo).
Al terminar las clases del día, me dirigí
presuroso a visitar a mi amigo enfermo. Siempre he
sentido una
opresión en el pecho al entrar a los hospitales, estos edificios que han
conocido como ninguno el dolor humano, el llanto del recién nacido, del
moribundo y sus dolientes, los quejidos anhelantes de las parturientas, los
hondos gemidos del fracturado, los cansados sollozos del desahuciado, el
sudoroso esfuerzo de los médicos y los pasos presurosos de las enfermeras. A
pesar de esta incómoda sensación que en similares situaciones me había hecho
desistir de mis buenas intenciones, busqué rápidamente el cuarto donde se
encontraba mi amigo enfermo. Contrario a lo esperado, Juan Manuel, ocupaba una
cama en una gran sala que acentuaba las sombrías características del hospital:
sucias paredes, pintura vieja, ventanas de metal oxidadas, y varias camas que
de tan antiguas y usadas gemían más que los pacientes. En la sala sólo habían
dos enfermos: un anciano -en el que de momento no reparé-, y Juan Manuel,
rodeado de varios familiares y conocidos que escuchaban atentos los muchos
sufrimientos y dolores relatados hasta en sus mínimos detalles por mi amigo.
Después de saludar y hacer las preguntas de
rigor, me di cuenta de la mejoría de Juan Manuel, ante lo cual la preocupación
por su salud disminuyó. Escuchando sus amargas quejas, justifica- das por
cierto, sobre la deficiente atención del hospital, su poca limpieza y los malos
modales de la mayoría del personal, ni de casualidad imaginé lo que sería capaz
de hacer mi locuaz compañero. Según me lo relató más tarde, harto de soportar
su incómodo
encierro y una vez que familiares y amigos lo abandonaron, huyó del hospital
vistiendo la descolorida bata del sanatorio. ¡Qué espectáculo ofreció al cruzar
por los jardines que rodean el edificio! Si lo confundieron con un travesti de
escasos recursos o prostituta trasnochada, no lo sé, pero de imaginar su poco
varonil aspecto, todo lo contrario al machismo que intenta representar,
simplemente la risa me domina.
Pero regresando a la causa de mis desvelos,
mientras mi amigo enumeraba sus padecimientos y los malos tratos recibidos, reparé
en el callado anciano con el que compartía la sala. Permanecía indiferente ante
el tumulto de la cama vecina, observaba y escuchaba el alboroto sin demostrar
in- terés en lo que oía o veía. A primera vista era notoria la pobreza del
anciano, sus manos mostraban unas uñas sucias y descuidadas, de su cabeza caían
algunos jirones de pelo maltratado por el polvo y en lugar de la bata llevaba
unas prendas rotas y de color indefinido.
Empecé a sentirme incómodo ante el
contraste tan marcado entre las dos camas de hospital; por un lado el paciente
que dejaba atrás su convalecencia, cuidado y hasta mimado por sus parientes, y
por el otro, un anciano débil y desnutrido, sin ninguna esperanza de alivio.
Pero, lo peor para este viejo, la desgracia mayor que arrastraba y que afectó
tanto mi estado de ánimo, era la infinita soledad de su semblante. El vacío que
denotaba su mirada, esa ausencia de todo, ese estar y no estar que transpiraba
su figura, me hizo recordar vívidamente escenas de niños muertos de hambre en
Africa, el hacinamiento promiscuo de la gente en la India, los huérfanos y
mutilados de la estúpida guerra de los Balcanes, el racismo y terrorismo,
asesinos enmascarados de inocentes. Sin poder soportar la angustia que se
apoderó de mí, sin despedirme, huí del hospital, tratando de alejarme de esa
figura descarnada que con su sola presencia había trastornado mi tranquilidad.
Al otro día, muy temprano, compré unas
frutas y encaminé mis desvelados pasos al hospital donde el anciano ya no
estaba. Ahora ya sé porqué no puedo dormir.
(leyenda)
El nuestro es un
país montañoso. La región costa del Estado de Jalisco no es la excepción. Son
tres las grandes cadenas que concurren en esta parte de la nación: las Sierras
Madres Occidental, del Sur y Volcánica Transversal; todas ellas se acercan
tanto al mar que prácticamente no existen llanuras costeras. Por la misma causa
los ríos de la vertiente del Pacífico son cortos y de poco caudal en invierno y
primavera pero torrentosos en verano y otoño.
Uno de esos tantos ríos es el Chacala, que
serpentea entre la Sierra de Perote y que después de unirse a otras corrientes
sirve de límite entre los estados de Jalisco y Colima y finalmente desemboca
cerca de la ciudad de Cihuatlán.
En una de las riberas se localiza la
ranchería de Chacala. Desconozco si el río se llama así por el rancho, o si
éste recibe su nombre del río. Completamente atrapada entre la sierra y el río,
Chacala es una pequeña comunidad que depende por completo de la corriente fluvial.
Por el lado de la sierra, un camino rural, léase vereda, une trabajosamente el
caserío con Cuautitlán, la cabe- cera municipal. Cruzando el río se puede
continuar hacia algunos poblados colimenses que se comunican hacia el Puerto de
Manzanillo.
En el tiempo de aguas, como se le dice al
vera- no, Chacala queda prácticamente incomunicada; por un lado el río aumenta
varias veces su caudal, profundidad y anchura, y por el lado de la sierra el
camino es destrozado por las frecuentes y copiosas lluvias.
Es a este lugar, donde llegué recién
graduado de la Normal para prestar mis servicios como maestro de primaria. A lo
largo de tres años in- tenté que los alumnos digirieran sus primeras letras y
números junto con el frijol y el maíz. En los ratos que la práctica docente
permitía, conviví con la gente trabajadora y sencilla de la comunidad. Amante
también de la soledad y la meditación a menudo encaminaba mis pasos hacia un
remanso del río, un lugar de belleza tan espléndida y natural que bien podría
servir como postal del paraíso. Por un lado las aguas tormentosas de muchos
veranos han tallado una gran pared rocosa y por el otro tal parece que el agua
continúa in- definidamente hacia el campo. En las secas el volumen del río
disminuye, y el agua cristalina y pura languidece lentamente dejando ver el
fondo de su cauce. A este lugar tan hermoso los lugareños le llaman La Capilla,
pues en la alta pared rocosa se encuentra labrada entre las piedras una pequeña
capilla de muy difícil acceso.
Me extrañaba que siendo un lugar agradable
fuera tan poco visitado por la gente de la comunidad, por lo que interrogué al
respecto a uno de los ancianos que con su respuesta aumentó mi curiosidad.
<<Mire profe, usted es fuereño y tarde que temprano se irá de aquí, más
vale que siga disfrutando del lugar sin que lo asusten los cuentos>>.
Ante esta negativa mi curiosidad creció y en otra ocasión insistí sobre el tema
con mejores resultados. De lo que escuché en esa y en otras ocasiones de los
demás vecinos trataré de relatar enseguida:
Todo parece indicar que desde tiempos
prehispánicos y coloniales se habita la ranchería de Chacala y siempre las
enormes crecidas del río han incomunicado y amenazado con destruir el rancho.
De todos es conocida la gran influencia que las religiones indígenas ejercen en
el hombre mestizo. Estos factores propiciaron que existiera la creencia de que
sacrificando al bebé varón más pequeño del poblado arrojándolo desde lo alto de
las rocas las crecidas catastróficas del río disminuirían. Esta antiquísima
idea, y falsa a todas luces, estuvo a punto de causar una verdadera tragedia en
la población.
Según el relato, a principios de siglo, en
una de las mejores épocas de Chacala, Epifanio Rodríguez, uno de los rancheros
más acomodados, esperaba con ansia la llegada de su primogénito. Eran los
primeros días de septiembre y un iracundo ciclón tocó tierra cerca de
Manzanillo, alcanzando con inusitada fuerza toda la cuenca del río Chacala. La
inundación no se hizo esperar y quizá provocó el nacimiento prematuro del bebé
de los Rodríguez. Epifanio, persona realista y trabajadora que no era dado a
creer en historias antiguas, pero que conocía lo supersticiosos que eran sus
coterráneos, les mantuvo oculto el parto a pesar de la gravedad de su joven
mujer.
El
devastador ciclón no cedía y la situación empezó a tornarse muy peligrosa para
los habitantes de Chacala. A duras penas los viejos se reunieron en uno de los
jacales y en sus mentes supersticiosas y desesperadas fue creciendo la idea del
sacrificio del niño como único medio de calmar al río. Todos recordaron a
Epifanio y alguien creyó haber escuchado cerca de su casa, entre el ruido del
viento y del agua, el llanto de un recién nacido. Decidieron mandar una
comisión para preguntar por la salud de la embarazada o del bebé, pero la
rápida y ruda negativa de Epifanio y el hecho de que no les permitiera ver a su
esposa, aumentó su certeza de que ése era el niño más pequeño del rancho.
Dispuestos a todo, en un descanso del temporal marcharon hacia la casa donde
Epifanio los esperaba rifle y machete en mano. Temerosos, pues ellos no tenían
armas de fuego, retrocedieron a los jacales vecinos hasta que anocheció. Al
amanecer unos tímidos rayos del sol anunciaron el final del huracán y
sorprendieron a un desvelado y macilento Epifanio resguardando la puerta de
golpe de su hogar.
Antes de un año, Epifanio Rodríguez emigró
hacia tierras más civilizadas con su familia, pero antes mandó labrar la
capilla lacustre donde supuestamente se sacrificaban los pequeños al río.
Esta es una leyenda de la capilla del río
Chacala.
¡Qué buen cuate
resultó ser el Narciso! ¡Rápido que me atendió la falla de la camioneta! Me
cobró poco, y eso que revisó carburador, bobina y filtro de gasolina. No sabía
que tenía un tallercito limpio, céntrico, con mecánico y ayudantes. Cuando
entré, al que menos esperaba encontrar era al Chicho. Cuando fuimos compañeros
en la escuela nunca fue organizado ni emprendedor, y aunque trabajaba de
ayudante de mecánico, jamás pensé que llegara a tener su propio taller. ¡Ah,
qué tiempos aquellos! Me acuerdo la cara de aturdido que ponía cuando lo
vacilábamos hasta el cansancio por las manchas de grasa en las manos y la ropa.
¡Caramba! ¡Que mala suerte! Alcanzar
empezando la subida a estos tres camiones tan lentos; van tan pegados uno al
otro que es muy peligroso rebasarlos. Tanta prisa que tengo por llegar, tan
largo y peligroso el cerro y estos ca...miones que no me dejan pasar. En fin,
como dice el dicho, despacito que voy de prisa.
¡Vaya, vaya! Por fin dejé atrás los
camioncitos estos; menos mal que no encontré autos en el parejo antes de la
cumbre. ¿En qué venía pensando? ¡Ah, sí, en mi compañero de la prepa, el ahora
flamante mecánico Chicho! Recuerdo que era el portero del equipo de fútbol, y
que siempre nos eliminaban en los torneos de la escuela. Le cargábamos las
derrotas, sin importarnos las raspaduras y golpazos que invariablemente sacaba
en su afán de detener los balones. Y los malos éramos los defensas. Si ganamos
algunos partidos fue por Mario y Aurelio, delanteros de tan buena calidad que
llegaron a jugar: uno, en segunda; y otro, en tercera división. Cuando
ganábamos, eran ellos los héroes, y con razón; pero, injustamente Chicho era el
chivo expiatorio en las derrotas. En las clases era tan atento a los maestros,
que una ocasión le hice una broma muy pesada, y hasta pena me da recordarla.
¡Luego no se me ocurrió pegarle una gran cola de papel, y ya metido en la
travesura, le prendí fuego con un encendedor que me pasaron! El usado pantalón
de terlenka se quemó y Chicho tuvo que irse a su casa envuelto en una chamarra.
¡Epa! ¡Qué imprudente! Apenas es un
muchacho. Lleva gente jugando atrás de su camioneta y conduce como un demonio.
Por eso ocurren tantos accidentes. Estas carreteras con curvas tan pronunciadas
y esos verdaderos cafres del volante.
Recuerdo que lo peor que le hice me costó
muy caro. Bueno, eso es un decir. A chicho nunca lo veíamos con muchachas,
quizá por su carácter tímido y reservado, o a que en la ropa se le notaba a
veces su trabajo. Ya casi al terminar el tercer grado, de repente, Chicho
resultó ser el novio de una chamaca de primer ingreso; bonita, discreta y hasta
elegante. Entre Mario, Aurelio y yo hicimos una apuesta para ver quién le quitaba
la novia a Chicho. No sé cómo le hice, o si gané o perdí, pero varios años y
muchas peleas después, la ex novia de Chicho se convirtió en mi esposa. A él no
le volvimos a conocer novia y me parece que hasta la fecha continúa soltero.
Allá él, tan agradable que es tener una mujer que caliente la cama cuando hace
frío, que cuide a la raza, que se desvele cuando se enfermen, que le aguante a
uno las parrandas; total, no entiendo a gente como Chicho, que nunca se casó.
Para ayudar a que funcione su taller, en adelante, cuando se descomponga la
tartana, se la llevaré a Chicho, al fin que parece buen mecánico.
¡Carajos! ¿Qué pasa? ¡Me estoy quedando sin
frenos! ¡No puede ser! ¡A ver, tranquilízate, bombea varias veces el pedal para
que agarren! ¡Uf! Parece que funcionan. No le dije a Chicho que los revisara,
qué tontería. ¡Oh, no! ¡Ya no tengo nada de frenos! ¡Vamos, calma, trata de
repegarte al cerro! ¡No! ¡Esa curva! ¡Noooo...!
El que viene es
un hombre nuevo,
hombre altivo,
hombre sincero;
negro, amarillo,
blanco;
cosmopolita y
viajero.
Tiene a sus
espaldas historia
de guerras,
miserias y hambre;
de genocidios,
traiciones y desastres;
de hipocresía,
orgullo y envidias.
Le han atado a un
planeta
que apenas tiene
ya bosques
con ciudades
monstruosas
que devoran
llanuras y valles.
El que viene
volará muy alto
pues cumplirá de
los antiguos
el sueño de una
sola patria,
un solo pueblo en
el mundo.
El que viene
logrará en poco tiempo
lo que no ha
sucedido en milenios:
romper las cadenas
que atan
a unos hombres al
servicio de otros.
Que el que viene
logrará todo esto
es indudable,
pues de sus ancestros
heredará la
experiencia y el conocimiento,
pero, después de
todo, ¿vendrá?
Max Remedios Castro Pinkus. Nació en México, D. F. en
septiembre de 1946. Escribe poesía. Hasta ahora su obra se había mantenido
inédita. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller Literario.
El blanco
murmullo
doblaba las
palomas del viento.
Bajamos,
aquella vez,
hacia donde
gorjeaba una lucecilla húmeda,
durmiendo la
meditación de los dioses.
Cruzamos álgidos,
balbuceando con
los ojos un recuerdo podrido.
Adentro estabas
convertido en
gigantesco abanico de agua,
engarzado en la
bruma de tu soledad de colores.
Atisbando el
desértico ventanal,
pronunciamos tu
nombre
atravesados de un
ligero temblor.
Esa noche
confundimos
nuestros cuerpos de sueño;
le dije ser el
mismo amante
dorado por
nuestras rojas ansias.
Allí te conté
la rabia de
petrificarme pieza de ajedrez.
Lloré.
Todo a la borda,
a la inmunda
basura de los días.
Te lo conté.
Luego brilló una
calma floral,
contada en voz
baja entre la almohada.
Vi cómo vivía
Londres a las nueve;
vagué aquel
instante por tu risa,
lanzando fueras
con la suave
espada que consuela los astros.
Descansa
- me dijo una
verde voz de pájaro -.
En ti duerme la
profundidad de la Tierra,
y la vastedad
anhelante de los mares...
Despedida
Me despido con
hondo pesar.
Dejo la
arrogancia
que me hizo
desearte,
bajo un cielo de
azules fragancias.
En tantas
estancias,
cómo captar lo
que encierra
tu historia
y tu tierra
abierta a las
ansias.
Soy ave viajera,
sencilla,
alimento la
gracia
y la línea,
y me escondo
buscando semilla.
José Francisco Cobián Figueroa. Nació en Autlán de Navarro,
Jalisco; en abril de 1962. Es Médico, Cirujano y Partero por la Universidad de
Guadalajara. Escribe poesía, cuento, novela, teatro, guión cinematográfico, y
guión para televisión. Ha publicado en el Boletín Informativo de la Facultad de
Medicina, la revista Gato-garabato de la Facultad de Filosofía y Letras, la
Gaceta Universitaria, los diarios El Occidental y El Informador, de
Guadalajara, Noticias Regionales, de Autlán, entre otros. Fundó y dirigió el
grupo de Teatro Alejandro Casona. Creó las revistas literarias: tiempo de
espresARTE y los escribidores. Ejerce su profesión y la docencia en la Escuela
Preparatoria Regional de Autlán, U. de G. Hace espacio para la creación
literaria, la edición de libros y revistas y el impulso a la obra de jóvenes
creadores. Con este último propósito es cofundador y director del Grupo
Cultural Litterae y su Taller Literario. Ha sido premiado en varias ocasiones.
Los premios más recientes son: Primer lugar en poesía 1995 y 1996, y Tercer
lugar en cuento 1996, en las correspondientes Semanas Culturales del Centro
Universitario de la Costa Sur. Sus libros publicados son: El Candidato y otros
cuentos de sabor agrio, ¡Viva don Liborio Gómez ¡ (teatro), Al andar se hace
camino (compilación de cuento, poesía y teatro de alumnos del Módulo El Grullo,
EPRA) y Recuentos (poesía).
ºInsomnio*
Vimos correr la
sangre y mancharlo todo. Le brotaba del cuello a borbotones como una fuente
roja de caudal infinito. Tú estabas ahí, muy silencioso, sin mostrar emociones:
ni sorpresa, ni susto, ni nada. Y ella, tu madre, se moría rápidamente entre
estertores y convulsiones. Tenía abiertísimos los ojos; te miraba con
incredulidad y rencor. Tal vez ya no te acuerdas. Eras muy pequeño; aunque, a
los cuatro años ya es posible que las cosas importantes de la vida se queden
para siempre en el recuerdo.
Yo, desde luego, no lo podía concebir.
Desperté por el grito de dolor con que ella había llenado el cuarto; a tientas
prendí la luz y allí estaban los dos: ella muriendo y tú observando su muerte
como se ve un juguete en un aparador. Y tu rostro mudo mostraba una fascinación
apenas insinuada.
Supe lo que pasaba. El filoso cuchillo
todavía se agitaba en su garganta. Lo aparté sin temor. Impregné mis manos con sangre
y agarré el tocador, el televisor, la sábana, el lavabo; quise dejar constancia
de haber sido yo el asesino.
Te pregunté: ¿qué hiciste? Y tu respuesta
fue: <<Jorgito me dijo que la matara>>.
Sabíamos que en ti había algo que no estaba
bien, pero no imaginábamos qué. Ni siquiera sospechamos que pudieras llegar a
tanto.
Tres meses antes, mi amigo Angel estaba de
vi- sita en nuestra casa. Pasó allí varias semanas y fue él quien advirtió tus
cambios de conducta. Nos lo dijo pero, la verdad, no le hicimos caso.
Le parecía muy extraña la palidez tan
acentuada de tu piel, el escaso apetito que mostrabas, lo profundo que dormías
durante el día y la exagerada energía de tus juegos nocturnos.
Tu madre lo atribuyó a que tenías los
ciclos cambiados: sueño de día y vigilia durante la noche.
Yo te llevé al doctor. Nos dijo que la
palidez podría deberse a un estado de debilidad y anemia. Recomendó que te
diéramos unas pastillas y un jarabe, e indicó que se evitara dejarte dormir
durante el día, para obligarte a hacerlo de noche.
Efectivamente, no dormías ya de día, pero
tampoco en la noche, y tu delgadez y el color encerado de la piel se te
hicieron más graves. Te aparecieron ojeras profundas, oscuras, llenas de no sé
qué misterio. Mirabas fijo, como pasando por nosotros, y tu mirada helaba de
repente.
Abandonamos el tratamiento. Volviste al
letargo diurno y a los juegos nocturnos. Todo seguía en ese aparente orden,
hasta una noche de agosto en que caía lluvia caudalosa. Llovía con granizo, viento,
frío... Despertaste de pronto, sacaste de bajo la cama una pelota de plástico y
saliste al patio a jugar en la tormenta.
Había más allá del patio un tejabán lleno
de cosas inútiles, cubiertas de polvo y hollín. Nadie las quería mover aunque
fuera para tirarlas porque pertenecieron al dueño anterior de la casa y porque
acercarse a ellas provocaba una instantánea erección del vello.
Tú nunca mostraste miedo. Nosotros jamás te
asustamos con nada para evitar que crecieras prejuicioso, y admitíamos que
visitaras el tejabán... Pero esa noche, más negra que ninguna otra, nuestro
huésped tampoco podía dormir. Oyó tus juegos, el golpeteo de la pelota, tu
risa, la pelota y tu risa, el viento, la lluvia, tu voz, la pelota y la risa...
Salió de su cuarto, fue al patio a buscarte
y se sintió poco menos que aterrado de lo que veía.
- Ahí te va - decías, mientras pateabas la
pelota -.
Pásamela, no te
quedes con ella.
Y aquella esfera roja, encendida como
brasa, se movía sola con velocidad inaudita, impulsada por una fuerza enorme, y
regresaba a ti.
- Va otra vez - gritabas, y una risa
estruendosa saltaba de tu boca y rebotaba hiriente en las paredes.
El juguete se suspendía un momento, a veces
en el aire, y con un nuevo impulso te encontraba veloz.
No te importaba la lluvia ni el viento
helado.
Angel fue a nuestro cuarto y con voz de
angustia espantosa despertó a tu madre y a mí. Habló de lo que había
presenciado y se retiró a su habitación.
Tu madre, a medio despertar salió al patio,
te pidió que entraras en la casa inmediatamente, pero no obedeciste. Pretendías
no oírla. Seguiste hablando solo y lanzando la pelota. Esta, suspendida en el
aire, giró violentamente y fue disparada hacia el tejabán, perdiéndose entre
aquellos trebejos intocables.
-¡No quiero entrar! – gritabas -. Estoy
jugando. Jorgito se enojará; no quiere que me vaya. Míralo, mira qué cara tan
dura tiene. ¿Qué dices, Jorgito? Sí, yo creo que eso haremos. Está bien, está
bien, pero mañana vendré a seguir el juego.
Seguiste a tu mamá, sin convencimiento.
Dejaste que te secara, que te pusiera ropa limpia, que te acostara en la cama
hasta que el sueño triunfó sobre ti.
Al día siguiente, Angel se despidió de
nosotros. Dijo que volvería a su casa y que escribiría pronto para estar en
contacto. Yo tuve la impresión de que no era el mismo. Algo se había desgranado
en su interior. Prácticamente ocultó los ojos para no mirarnos. Pretextó tu
sueño para no despedirse de ti. Supe que no deseaba volver a verte. Y no lo ha
hecho. En todos estos años, nadie ha sabido de él. Quizá se encuentre muerto.
Aquella nueva noche, dócil como hacía
muchos meses no te habíamos visto, te acostaste temprano. Tu madre y yo nos
quedamos despiertos hasta que terminó una película que transmitían por
televisión y también nos retiramos a descansar.
Tuve un sueño: oía que el viento entraba
por toda la casa, que se agitaban las cortinas, se azotaban las ventanas, los
vidrios del cristalero golpeaban como locos, platos y vasos chocaban contra el
suelo, a lo lejos aullaban y ladraban los perros, un llanto de bebé llenaba los
rincones, se metía por la piel y se arrastraba lento en cada hueso...
Alguien me había contado cosas
extraordinarias: <<en esa casa asustan>>; <<en donde está
fincada, antes fue cementerio. ¿No te ha salido el soldado sin cabeza?>>.
En diversos momentos estuve a punto de
despertar. Sólo lo logré cuando el grito desgarrado y horrendo de tu madre me
arrancó súbitamente de la pesadilla que me tenía cautivo.
Su sangre manaba a borbotones, le mojaba el
cabello y escurría por la cama. Todo lo vi, perplejo.
Sin meditarlo, como en un trance hipnótico
aparté el cuchillo de su cuello y la miré morir. Dejé que me inculparan para
salvarte. Tú fuiste a casa de mi hermana Sara. Te cuidaron, te trataron bien,
te inscribieron en la escuela... Obtuviste siempre los mejores promedios. Nunca
preguntaste por nosotros, según ahora sé. ¿Por qué? Tal vez una parte del
cerebro se negaba a aceptar nuestra existencia.
Hace apenas un mes me alegró la noticia de
tu graduación. "Ah, me dije, tendremos un gran abogado en la
familia". Y hace una semana, tu tía Sara me trajo a conocer las
invitaciones de tu boda. Ni idea tienes de todo lo que eso representaba para
mí. Pude creer que el sacrificio había valido la pena. Que yo estoy en la
cárcel y que tu salud era inmejorable, que pude salvarte. Te hiciste una
profesión y estabas a punto de hacerte una familia. ¿No era maravilloso?
Sí, lo era. Pero, hete aquí, conmigo, en
esta cárcel pútrida, insoportable, húmeda, llena de bichos, de porquería, de
miseria...
Hete aquí, condenado por matar a tu esposa
en la noche de bodas. Ahora dime, ¿por qué?
- Jorgito me lo dijo...
Teníamos órdenes
de no prender cigarros ni cerillos, mucho menos alguna fogata que sirviera para
calentarnos el cuero o espantarnos los zancudos. Nos habían dicho que si era
necesario pasáramos la noche encuerados, porque la ropa de manta es como espejo
bajo la luna. Nada de comprometer el pellejo. Era tiempo de guerra y había que
cuidarse bien. Esa orden llevábamos retumbando en la cabeza.
Y era bueno que la tuviéramos en cuenta,
porque los cristeros aparecían y saltaban donde menos los esperaba uno. Yo no
curaba todavía las heridas que me había hecho uno de ellos a cuchillo; tantas y
tan hondas que me había dado por muerto. Yo mismo creí que hasta allí habían de
llegar a Purificación de madrugada. Hubiera sido fácil si no pesaran sobre
nosotros más de tres días de camino recorrido a pie, sin agua, sin provisiones
y sin armas.
Eramos veinte, un grupo pequeño si se trata
de enfrentar a un ejército; pero muy bragados, eso sí. Estábamos desarmados
porque no era conveniente pasar por los pueblos cargando carabinas y esas
cosas. No se trataba de llamar la atención. Y es que como estaban de por medio
los sentimientos y la fe, se podía esperar la traición hasta de las esposas y
de los hijos; hijos que no fueran.
Así que los rifles y las municiones las
mandamos por delante, en una recua de arrieros que comerciaban por la costa.
Eran tan conocidos desde siempre, que podían quedar fuera de sospecha.
Allá nos reuniríamos con nuestros
superiores, nos repartirían en cinco cuadrillas y nos dispersaríamos para
cubrir la mayor parte de terreno posible. Era necesario dar un golpe certero
que debilitara grandemente a nuestros enemigos.
Muchos de los nuestros no sabían por qué
era aquel pleito, ni quién lo había empezado, ni cómo iba a acabar; tampoco les
llenaba la cabeza el pensamiento de matar a más de un cura revoltoso, y como
que se les hacía imposible, y como que no entendían qué hacían aquellos santos
hombres, tan enfaldados como mujeres, disparando contra la gente del gobierno.
Y muchos de aquel lado estaban igual.
Ignoraban lo que hacían persiguiendo gente, pero a ciegas casi, se aventaban a
matar en el nombre de Dios.
Nosotros acatamos la orden. Marchábamos a
nuestro punto de reunión según la estrategia convenida y, según lo dicho,
cuando nos alcanzó la noche nos encueramos para no ser vistos desde ninguna
distancia. Pero no fue suficiente. Alguien debió avisarles de nuestros planes a
los cristeros, porque a eso de las dos de la madrugada, a poco tiempo de
habernos tendido a descansar en la hojarasca, bajo los árboles, entre los
ruidos y susurros de miles de animales nocturnos, nos cayeron encima.
No supimos de dónde nos salieron.
Silenciosos como lechuzas que van por un ratón. Nomás sentimos su ataque. Eran
pocos también. Tal vez menos que nosotros, pero tenían la ventaja de hallarnos
sorprendidos y cansados.
Los que pudieron de los nuestros, corrieron
cuesta abajo con sus trapos bajo el brazos y las talegas al aire. Otros,
olvidaron los trapos y también huyeron por rumbos diferentes. Los cristeros, en
la plena consigna de arrasarnos, fueron a perseguirlos.
Yo no me hallaba en grupo cuando ocurrió el
ataque. Desde temprano me habían agarrado unos pujos y torzones tremendos, que
obligaron entonces a apartarme unos pasos para poder quitarme aquello que
estorbaba y martirizaba de forma ho-rrenda mi intestino. Estaba en eso, detrás
de una gran piedra, cuando oí el alboroto: los gritos, las carreras, las
imprecaciones. Supe al momento de qué se trataba y conocí el riesgo al que me
expondría de haber salido. Además, aunque lo quisiera, me lo impediría aquel
dolor que me atravesaba la panza y que parecía como si con un gancho alguien
intentara desprenderme los hígados. Me quedé pues, en aquella posición,
esperando que se fueran o que me hallaran tan comprometido.
Se fueron todos. Los nuestros y los otros.
Al menos así me pareció hasta el momento que pude abandonar aquel refugio.
Quise curiosear por la parte en que
habíamos puesto el echadero. Hubiera estado solo por completo, de no ser porque
en silencio, como en trance amoroso, se encontraban tirados dos hombres. Cuerpo
a cuerpo.
El desnudo era de acá. El otro, un cristero
aguerrido que peleaba con una fuerza y destreza nunca imaginadas por mí.
Parecía que el cristero ya tenía resuelto
el problema, cuando el otro, hallando con la diestra una daga enorme, atada a
su cintura con un cordel de tela, en movimiento rapidísimo hundió entre las
costillas del rival un brillo y un frío de muerte.
El herido aflojó el cuerpo. Su respiración
agitada se convirtió en estertor, y la de mi compañero aleteó un poco más.
Todo se llenó de un silencio muy hondo. El
heridor sacó lentamente la hoja del arma, ensangrentada; mientras casi en
secreto y al oído del otro, le dijo: <<di que viva el Supremo
Gobierno>>; <<Viva Cristo Rey>>, contestó el otro con
palabras ahogadas con una sangre metálica. <<Que viva el Supremo
Gobierno>>, insistió el primero. Y el otro, balbuceante, desgranando las
sílabas, le dijo: <<Viva Cristo Rey>>; <<que viva el Supremo
Gobierno>>, y cada vez que pedía aquella frase traspasaba lentamente al
otro, que se mantenía de rodillas sosteniendo su cuerpo con los hilos del alma
y que gorjeando las palabras, más lentas y apagadas, parte saliva, parte bilis,
parte sangre, parte lágrimas, continuaba diciendo: <<Viva Cristo
Rey>>. Y el otro, pasando ya sin ninguna resistencia la navaja, entró
otras cinco veces.
Allí fue donde intervine. Desde donde
estaba viendo todo, le grité: ¡Ya déjalo, Anselmo! El hombre era un valiente y
no se lo merece. ¡Ya está muerto!
Y Anselmo, como volviendo de frenético
trance, llenó el aire de la noche con un horrendo alarido.
-¡Pues que me ampare el Señor, y que viva
el Supremo Gobierno!
*Cobián, José
Francisco. Cuentos de horror. Libro inédito.
Desde temprano
estoy sentado ante esta ventana. Al parecer fui el primero en llegar hoy a la
escuela, ya que a la única persona que vi aquí es a la intendente, que estaba
barriendo el patio mayor.
Aquí, sentado, he visto pasar a todo el
mundo por la calle. Los obreros, los albañiles, los campesinos, los muchachos
de la secundaria, las mujeres que van a misa, las ambulancias del hospital de
allá enfrente, los médicos y las enfermeras. También he visto un cortejo
fúnebre. Pasó temprano, a primera hora, casi en el momento que yo me instalaba en este puesto de
vigilancia improvisado. Creo que fue lo primero que vi. Aquí, en este lugar, es
raro que sepulten a los muertos tan temprano, sin embargo, allí iban, serios,
afligidos, con rumbo al cementerio.
Recordé un poema de Manuel Acuña que alude a
la muerte con una filosofía profunda de la no destrucción, de la conservación
de la materia; también uno de Bécquer que habla de lo solos que se quedan los
muertos, y sentí frío y un poquito de lástima. Aquello me hizo pensar en el día
que sepultamos a mi padre y fue la chispa que me inspiró estos dos sonetos que
tengo en el cuaderno todos llenos de borrones. En cuanto llegue el maestro de
literatura se los enseñaré. El es quien me ha despertado el gusto por las
letras, él es
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quien me ha
llevado por la filosofía, por la poesía, me ha hecho conocer el pensamiento de
los grandes hombres desde su particular punto de vista, con un mínimo de
apasionamiento y con un gran acercamiento a la creación, al genio.
Tan animado me he visto este semestre que
hasta he llegado a creer que en mi interior existe algo de poeta. Y el maestro
opina que puedo, si me lo propongo, desarrollar mucho de mi talento. Su
confianza me estimula tanto que éste y otros intentos que he llevado al papel
se han publicado en los diversos números del boletín informativo de la escuela.
Mis compañeros se mofan de mí sin ganas de ofender, sólo porque les parece raro
que yo me esté dedicando a las cosas del espíritu.
Manuel se llama mi maestro. Es un hombre
maduro, casi anciano, que ha impartido clases de ética, filosofía, historia y
literatura desde que se fundó la escuela. Es delgado de carnes, escaso de
cabello y de vista cansada por los años y por la mucha lectura. Tiene un
sentido compulsivo de la responsabilidad. Yo lo conozco apenas de este curso,
pero los que saben dicen en los treinta años de magisterio en la preparatoria
nunca ha faltado a una clase, ni siquiera ha llegado un minuto, ni medio minuto
tarde.
Hoy amaneció nublado. Cuando hay trazas de
lluvia muchos de los compañeros no asisten a la escuela y algunos de los
maestros tampoco. Espero que la excepción en que haya de incurrir algún día el
maestro Manuel no sea hoy, porque deseo con gran aliento que me revise este
trabajo.
Esta primera hora, por ejemplo, ya no vino
el maestro de economía. Gracias a eso pude terminar los sonetos, por lo menos
la idea principal. Tengo todavía que hacerles algunas correcciones. Quiero que
al ser leídos se sientan más universales, menos como una cosa muy personal, que
sólo a mí me atañe, no; quiero que todos se identifiquen con mis versos.
No sé por qué este tema de la muerte me
estimula tanto. Parece que me facilita las cosas, que me pone un aura de
animación para que yo escriba. A veces cuando me deprimo siento que las
palabras brotan de mi mente y escurren por mi brazo y penetran en la pluma y se
vierten, se chorrean en el papel para dar lugar a estos poemas. Creo tener
cierta tendencia a la nigromancia, como si la fatalidad estuviera siempre allí,
esperando a ser invocada. El maestro me lo ha dicho: <<sufres al
escribir, se nota en tu poesía martirizada y martirizante>>. Y yo también
lo he notado, pero no quiero aceptarlo, no quiero reflejarme en mis escritos de
ese modo, no quiero proyectarme, ni sublimarme como dicen los sicólogos, sólo
deseo escribir, contar algo poético, crear historias declamables y trascender.
Ir a los ojos y a los oídos de la gente y entrar en sus corazones, en sus
mentes, en sus almas y ser algún día recordado.
Descubrí esta facilidad de escribir y esta
fatalidad al leer un poema de Nandino hace mucho tiempo. Aquello de:
<<Quiero morir de mi muerte, de la que vivo pensando, de la que estoy
esperando y en
dolor se me convierte...>> y desde entonces no me he podido arrancar esta
pasión enfermiza, es más, creo que se ha convertido en mi estado natural.
Aquí por ejemplo: "Mejor hubiera sido
me dijeras/ que ya era sin retorno tu partida/ y no hubiera pasado yo la vida/
esperando incansable que volvieras". Sé que hay un reclamo tormentoso o
atormentado, una desesperación oculta que vibra y que se mece en cada una de
las oraciones. Fluye como una plegaria en vez de estrofa.
El maestro me ha corregido muchas cosas. El
nunca escribe pero tiene gran experiencia crítica. Yo creo en él casi
ciegamente, porque él me ha puesto en esto; soy como un hijo suyo, como su
creación, un cristal en bruto que espera a ser pulido. No creo que este poema
esté del todo terminado. Al someterlo a su consideración algo tendrá que
cambiar, siempre sucede, aunque no en esencia, casi siempre la corrección es
inherente a la forma y no al fondo, aunque en este sentido a veces no quisiera
ser tan pesimista.
"Se apoyaban en ti tantas quimeras/
como este mar de lágrimas vertidas,/ mas pronto las hallé desvanecidas/
esperando incansable que volvieras". Aquí se repite el cuarto verso. Me
parece que así está bien, siento que este volver a lo mismo no limita el poema
ni lo hace reiterativo, más bien lo refuerza, le da vigor a la idea de algo que
no se puede tener y que hace falta, mucha falta, puesto que se ha esperado
tanto.
Algo se desgaja, se desmorona, se esfuma:
"Se
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acabaron los
juegos a tu lado,/ se acabaron la dicha y el encanto./ Ya mis sueños están
asesinados". Y queda eso que lastima, que lacera y que marca para siempre:
"Sólo queda la huella de mi llanto,/ que en tu ausencia brotó desesperado/
para no reventar de puro espanto".
Es pura retórica - dirá el maestro -, pero
sigue, enséñate a dibujar y luego podrás desdibujar con soltura con esos trazos
de lenguaje, con esas pinceladas de palabras dolorosas que llevas en el alma.
Aquí, sentado junto a la ventana, no me
daba cuenta que mis compañeros están desde ya rato sentados en sus butacas. De
ociosos, porque no llegó el maestro de economía a impartir su clase.
He leído el soneto y me gusta. Habrá que
someterlo a otras opiniones menos parciales que la mía. Sigo con el otro.
"Han mellado mi cuerpo ya los años,/ pues contigo murieron los afanes/ en
lucha interminable de titanes:/ el tiempo y el trabajo, causan daño".
La rima está muy forzada, dirá el maestro.
No metas palabras donde no van. "Y también he sufrido desengaños,/ que
cual fieros, malditos alacranes,/ han echado a perder todos los planes/
formados en mi infancia, siempre huraños".
Las figuras también están cargadas. Aquí
casi no hay poema, sólo un relato que bien pudieras acomodar en prosa y te
quedaría mejor.
- Pero no se me facilita la prosa - ya le
he dicho.
- Inténtala - contestará.
"Mas también de mi mente formé un
huerto/
que sus flores
dedica a tu morada/ hoy que yace el recuerdo de ti yerto./ Y empiezo a ver por
fin una alborada./ La vida me ha dejado al padre muerto,/ y tu muerte, la
infancia envenenada".
Al leer el último verso me doy cuenta que
esta fijación es el mismo veneno de todos los trabajos que he llevado al papel,
dichos de muchas formas, pero siempre lo mismo. Siempre esa muerte y ese dolor
tan compañeros.
Estoy inquieto porque el maestro Manuel no
llega. Hace un par de minutos que la clase debió haber empezado, pero el maestro
no aparece. A lo mejor a sus años esta humedad del ambiente le rasguña los
huesos y lo obliga a permanecer en cama. Pero no, esa sería una excusa muy
pobre para él. Lo más lógico es que mi reloj vaya un poco adelantado. El
maestro tiene que llegar puntual, siempre lo ha hecho, minuto a minuto, durante
treinta años.
Ya son cinco minutos, también mis
compañeros están alterados; algunos ya empezaron a imponer el desorden como un
signo patente de su desesperación. Del ocio de la hora sin clase y de estos
minutos que pasan sin que llegue el titular de la materia de literatura.
Yo sigo en la ventana viendo las primeras
gotas de lluvia caer sobre el empedrado. Desde aquí me doy cuenta de lo
indiferentes que somos y del poco dolor que nos causa el aire que respiramos,
así, contaminado por el humo de los carros, por los desechos gaseosos del
ingenio azucarero que se divisa a lo lejos, aventando hacia el cielo ese vómito
oscuro que mancha el aire, que lo enrarece, que lo vuelve espeso al grado que
en algún tiempo tendremos que masticarlo en lugar de inhalarlo.
Veo el poema y el reloj. Siete minutos. El
maestro asoma en la puerta y penetra en el aula. Su figura, de ordinario
disminuida por su delgadez, por su cortedad de vista y por lo pobre de su
atuendo, se ve más lánguida todavía. El rostro está pálido, desencajado y su
actitud de hombre respetable se quiebra, se desmorona, se pliega sobre sí
misma. Hay en todo él una profunda tristeza y un algo que no es él.
- Buenos días, muchachos – dice -. Siento el
haberlos hecho esperar y ruego que me disculpen... Vengo de sepultar a mi hijo.
* Cobián, José
Francisco; El Candidato y otros cuentos de sabor agrio. Autlán, Jal. CF editor,
l996.
Manuel Corona. Nació en Autlán de Navarro, Jalisco,
en marzo de 1980. Ex alumno de la Escuela Preparatoria Regional de Autlán.
Actualmente presta sus servicios en la Comisión Nacional de Fomento a la
Educación (CONAFE). Escribe cuento y poesía. Es miembro del Grupo Cultural
Litterae y de su Taller Literario.
Panchito
Tarde del dos de
septiembre en el cementerio de la ciudad; ha muerto el abuelo Panchito y todos
los familiares se encuentran ahí para brindarle el último adiós.
-Mira cómo lloran todos Panchito, quién
diría: ¿te fijas cómo están de apachurrados?, hasta las hijas de Leonor, esas
que dijeron que nunca iban a llorar por ti. Pensé que Ricardito el nieto, no
vendría, como vive en Estados Unidos... Pero mira, también está llorando, se ve
que le dolió.
- Creí que las personas que necesitaron de
ti, vendrían, mínimo para agradecer; y ya ves, no fue así; el único que está es
don Juan, el anciano de la talabartería, aquel que sacaste de la cárcel cuando
lo metieron por fraude. No te agüites, todos los que te queremos estamos, y eso
es lo que cuenta. ¡Qué cosas! Eres el primero al que le llora toda la familia y
gracias a ti, digo, a tu muerte, descubrí que tengo dos nietos de tu hijo Juan,
el que tenía ocho años sin venir; como diez sobrinos de Toño, Fidencio y
Márgaro, y seis hijos que dejaste regados con varias mujeres.
- Se escucha mucho barullo, pero sé que es
natural, nunca pudiste ser tranquilo como yo, siempre andabas de acá para allá,
de fiesta en fiesta, y como eras músico...
- No entiendo el porqué de tanta gente, si
con
más de medio
mundo discutías y hasta recuerdo aquella vez que te agarraste con Hilarión;
pobre, duró como dos semanas sin poder levantarse de su cama por la friega que
le arrimaste afuera de su casa; pero ahí no acabó todo. Gracias a ti estuvimos
como un mes sin comida, solamente frijol, y eso por la parcela, si no, nos
hubiéramos muerto de hambre, porque Hilarión era el dueño de la tienda donde
sacábamos fiado.
- Me siento mal por tu muerte, dime: ¿con
quién voy a discutir? ¿Casarme? Creo que ya es inútil, tengo setenta y ocho,
dos menos que tú; además, no veo porqué aguantar a otro. Es todo, me quedé sola
en el panteón. Tus hijos y parientes ya se fueron; ahora sí te puedo decir que
descanses en paz. Ah, también que nos vemos el día de muertos, y no te
preocupes, rezaré por ti.
Envejezco sin
piedad,
frente a la
desgracia
de conocer al
verdugo
que me quitará la
vida
sin compasión.
Convivo diario
con él,
conozco la verdad
del hombre
sentado en la
vida,
mientras
comprendo que nacer
es un sepulcro,
y morir un
renacer a la calma.
Me cuida
sigiloso,
observa mis
acciones,
busca encontrarme
solo,
en el momento
justo
para darme a
beber de sus pociones.
El espejo - mi
único amigo-
hace evidente el
holocausto.
Soy un
alcohólico,
me abandonó la
familia
y en este mar de
llanto
brindo por
ustedes: sillas,
con la copa
nuevamente vacía.
Joaquín Cuéllar Chagolla. Nació en Autlán, Jalisco, en
1963. Es Médico Veterinario y Zootecnista por la Universidad de Guadalajara. Se
dedica a la docencia en el Subsistema Estatal de Telesecundarias. Escribe
cuento. Ha sido ganador en múltiples ocasiones en los concursos de cuento del
Subsistema de Telesecundarias. Obtuvo el Primer lugar en cuento en el concurso
anual del Centro Universitario de la Costa Sur, en septiembre de 1996. Es
miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller Literario. Publicó su libro
Los cuentos de Cuéllar.
Dedicado a los que nos
han enseñado todo: los ancianos.
¡Vámonos
cambiando de acera, Delfinita, porque aquí los rayos del sol están muy
fuertes!... ¡Ah, qué diferencia, a esto le llamo yo frescura! Siempre que
pasamos por esta cuadra, me vienen a la cabeza una cantidad de recuerdos,
Delfinita, que creo que ya te habré contado
tres o cuatro veces.
Esa casa pintada de amarillo era de las
González, que de viejas se volvieron muy rezanderas, pero las hubieras visto en
su juventud; ¡cómo le dieron vuelo a la hilacha! Herculana, la mayor de ellas,
le echaba las flores a mi hermano Raúl, pero éste nunca le hizo el jáis, tipo
pazguato que era mi hermano, ahí hubiera salido de pobre... La casa de la
puerta grande, antes era panadería, su dueño se llamaba Dionisio Alvarez. Era
un hombre muy alegre que se la pasaba silbando todo el dichoso día; fabricaba
conchitas, tostados, ojos de Pancha, virotes, picones... Y en tiempos de
cuaresma vendía atole y capirotada. Tenía un ayudante de apellido Santos, pero
era un diablo; muy gritón y malhablado, y toda palabra que daba tenía doble
sentido, ¡quién sabe qué fin habrá tenido ese Santos!
Mira Delfinita, ahí donde está ese
tabachín, fue
de los Guízar, te
has de acordar de ellos, eran unos ca...trines que nunca se supo que trabajaran
en nada, sabrá Dios cómo harían para mantenerse los vicios, ¡y aquellos
bochinches que armaban!
Esa otra, la casa grande con arcos, era de
Pierre Lacroix, un francés que trajo el primer automóvil a este pueblo; ¡eso sí
que era novedad! Todos quedábamos boquiabiertos al ver aquel armatoste que
caminaba sin necesidad de usar caballos o bueyes, nomás al puro chofer. Era una
ladradera la que armaban los perros, ¡y hubieras visto toda la chiquillera que
le seguía lanzando gritos y aullidos!
Aunque poco le duró el gusto; en esta misma
esquina se estampó ese primer carro contra el segundo, un ford de Don Fausto
Guillén.
Desde entonces les tengo miedo a los
carros, humm...
¿Sabes, Delfinita? Qué bueno que amanecí
mejor de mi artritis y eso gracias a que me di... una uncionada en todo el
cuerpo con unas yerbitas que tengo en frasco con alcohol.
¿Qué te venía diciendo? ¡Ah, sí!, ya me
acordé, lo novedoso que éramos en aquel entonces: Me acuerdo que cuando vimos
por primera vez un avión, andábamos con lo del Vía Crucis; y todos corrimos
despavoridos, bueno, todos menos Fabián, porque ya lo habíamos amarrado de la
cruz, y el pobre muchacho se desmayó por el tamaño susto. Es feo eso que lo
dejen a uno solo en esos trances, Delfinita, muy feo...
Ve, Delfinita, ahí donde está la cantina;
era una escuela primaria, por cierto que todavía tiene el mismo nombre:
"El Progreso".
Aún se me figura estar viendo a la seño
Lupe, que alternando reglazos y jalones de oreja, tuvo la virtud de enseñarnos
las tablas y el silabario...
¡Qué diferente es todo hoy! Antes, yo era un
mocoso aprendiz de zapatero, peón de albañil, mandadero en el mercado, viviendo
mis meros moles. Ahora cuando voy pasando, la gente dice: "Allí va Don
Andrés, el ruco loco que habla solo", pero en eso tú también tienes la
culpa, Delfinita: porque si no te hubieras muerto hace tanto tiempo, no andaría
yo así, solo, platicando con mis memorias, o a lo mejor la culpa es mía, quién
me manda vivir noventa y seis años...
El tigre
Sentado a la
mesa, con mi carabina a un lado, una mochila y una bolsa de dormir doblada en
rollo -compartiendo un opíparo desayuno con mi tío Chano-, insistí:
-Ándele tío, vamos a la tirada...
-No muchacho, ya estoy viejo para esos
trotes. Mejor acábate tu desayuno, que no tardan en venir tus amigos.
Como llamados con el pensamiento, llegaron
Gonzalo y Arturo, que por la confianza que tienen con la familia, pasaron sin
llamar a la puerta.
-Buenos días, don Chano, ¿cómo amaneció?
-dijeron casi a dúo.
-Buenos días, jovenazos, ¿ya listos?
-Claro, señor. Y tú vale - me apuraron-,
deja de tragar que ya se nos hizo tarde.
Partimos de la casa de mi pariente en un
carro compacto, tomando un camino de terracería, estrecho y lodoso. No era la
mejor temporada debido a la pertinaz lluvia que nos acompañaba, pero si no aprovechábamos
esa ocasión, no volveríamos hasta las vacaciones del año próximo.
En el trayecto, Arturo dijo:
-¿Saben qué, mis valedores? Me pasaron una
onda de cazadores a todo mecate - sacó un trozo de bambú y continuó: dicen que
soplando en estos tubos se puede llamar a los tigres, porque imita el rugido de
la hembra en celo.
Gonzalo, que no
estaba muy entusiasmado, comentó mientras manejaba:
- A mí no me gusta eso de matar animales; a
veces no sé por qué les sigo la corriente, pinches batos locos...
- Espérate - le dije -, hasta aquí llega el
camino; en adelante le vamos a entrar a pie, así que a darle, carajos.
Resguardamos el vehículo bajo una ramada,
bajamos mochilas y armas y empezamos a escalar el cerro. Caminamos a paso
uniforme, sin acelerarnos. Nuestras botas se aferraban bien al tepetate,
permitiéndonos firmeza al pisar. Después de tres lomas, la vegetación cambió de
huizaches, cactus y nopaleras, a guayabos, robles y pinos. La lluvia cesó y el
avance entre los árboles era agradable. Un viento helado nos trajo oxígeno puro
a los pulmones. Hicimos un alto en un lugar donde había muestras de
deforestación.
De seguro que los taladores furtivos han
hecho aquí su agosto; en un sucio truco: primero queman el bosque y luego
consiguen sacar la madera de forma legal. Afirmó Gonzalo.
Tomamos agua de las cantimploras y
proseguimos la marcha hasta llegar a una barranca. Arturo sacó el bambú y sopló
fuerte, produciendo un sonido grave cuyo eco se escuchó entre los cerros. Yo me
quedé tranquilo, limpiando mi rifle de humedades y completé a dieciséis los
tiros expansivos del cargador.
Gonzalo nos hizo la reflexión:
- Miren qué paisaje: cielo gris, árboles
verdes y una blanca neblina por toda la barranca. Además, si se fijan, el eco
es muy raro, porque a veces se deja oír y otras no...
No había reparado
en este último detalle, y le pedí a Arturo:
- Sopla de nuevo.
Arturo emitió varias veces el ruido sin
obtener contestación. Pude ver que un movimiento se realizó entre los
matorrales en dirección nuestra. Surgió de la maleza un tigre que con imponente
rugido se aproximó a nosotros. Por la sorpresa quedé petrificado, lo mismo que
mis compañeros. El animal, sin más preámbulos se abalanzó sobre nosotros; me
pareció enorme, gigantesco. Todo en una fracción de tiempo, pero que yo aprecié
como si hubieran sido horas. Con prodigioso salto, la fiera pasó por arriba de
nuestras cabezas, perdiéndose después entre el monte. Jamás imaginé que en mi
humanidad se pudiera albergar tanto miedo; de nada me servía el fusil que
apretaba entre mis manos, porque estas no me respondían. Arturo fue el primero
en reaccionar y dijo:
- Allá va - apuntando su escopeta y
abriendo fuego. En rápido movimiento, Gonzalo desvió el arma de Arturo,
diciéndole:
-¡No lo mates!
Aún así, los perdigones impactaron en el
felino, que con furia inaudita se volvió en nuestra contra. Arrancaba a
dentelladas y zarpazos arbustos y pequeños árboles. Una mancha amarilla y negra
se nos vino. Arturo y yo le mandamos una lluvia de plomo, convirtiendo el
cuerpo de la fiera en un zarzal. Los ruidos de los disparos se confundían con
los rugidos del tigre. Una nube de pólvora inundó el ambiente. La bestia
agonizó entre la hojarasca con fortísimos estertores.
Con piernas temblorosas, me acerqué y vi
aquella piel tan llena de agujeros por los que emanaba sangre y humo. Sentí
compasión. Gonzalo se puso en cuclillas y acarició la cabeza del tigre, cuya
mirada perdida parecía preguntar <<por qué>>.
El mismo Gonzalo, con el rostro desencajado,
nos reprochó:
- Ahí está lo que querían, pendejos;
destrozar la vida salvaje. Parece mentira que ustedes tengan razonamiento...
Iba a decirnos más, pero el coraje y la
impotencia - estoy seguro- se lo impidieron, formando un nudo en su garganta. Ni
Arturo, ni yo, supimos qué contestar. Con un ademán acordamos emprender el
regreso. Lo hicimos de una manera silenciosa, cada cual enfrascado en sus
pensamientos.
Juan de Jesús
siempre tuvo excentricidades en su modo de actuar, a juzgar de los demás. Pero
cuando se voló la barda con las bases llenas, fue la vez que se le ocurrió
comprar una caja de muerto con el conque de hallarla muy barata y que, si no
aprovechaba la oferta, quizá mañana sería demasiado tarde y algún envidioso con
tal de ganarle la ganga, sería capaz de morirse para hacerle mala obra; es
decir, literalmente morirse de envidia.
Al principio la alojó en lo más recóndito
de su hogar (como dijeran los letrados autlenses). Y allí hubiera permanecido
si su mujer no se obstinara con su machetito de palo, criticando mañana, noche
y día y cada vez que se podía, diciéndole que estaba loco, que qué lefiadas
eran esas, que sólo a él se le podían ocurrir semejantes disparates...
Juan sabía que su matrimonio había llegado
a la edad del añejamiento y que el amor había salido por la puerta, la ventana,
el caño o sabrá el sereno por dónde; pero ya no existía por esos rumbos y lo
único que los mantenía unidos eran el miedo a la soledad y los constantes
conatos de bronca.
Así que por llevar la contraria (por
jorobar, dijera el Baturro), quitó la mesita central de la sala, sustituyéndola
por el féretro.
El primer día que estuvo ubicada en ese lar
causó más de una decepción a los amantes del café con piquete gratuito, al
enterarse que se trataba de una falsa alarma.
Como era de esperarse, Ana Bertha reaccionó
bravísima con el hombre y le retiró la palabra dos semanas, rompiendo su voto
de silencio tan sólo para exigir su respectiva chiva quincenal.
Después (muy después) se hizo hábito ver el
ataúd a modo de adorno. Y es que pensando de manera positiva, no era tan feo;
pues a pesar de ser de madera, estaba finamente tapizado y los olanes grises le
daban un aspecto fúnebre pero elegante a la vez. Juan, cayó en la tentación - como
suele ocurrir en estos casos- de meterse en la caja <<nomás pa' ver qué
se siente>>, y se llevó un disgusto parecido al que tiene uno cuando le
regalan unos zapatos; es decir, no era su talla; pues, aunque de lo ancho no
tenía problema, a lo largo le faltaba un pie al ataúd y le sobraban dos al
inquilino.
A pesar del molesto detalle, no fue ello
obstáculo, para que Juan de Jesús se metiera en él a realizar sus lecturas
favoritas.
Su mujer lo observaba de cuando en cuando y
sin ocultar su enojo lanzaba un gruñido y torcía la boca reprobando la acción
de su marido. También doña Petra, íntima de Ana Bertha, más de una vez se había
pasado de lista al hallar a Juan en su estrambótico reposet.
-¡Hasta que Dios nos hizo el milagrito!
La polilla no se hizo esperar y más pronto
que tarde el estuche largaba chorros de madera en bolitas; pero, en afortunada
ocasión, unos vecinos compungidos llegaron pidiendo la caja:
- Es una emergencia, luego se la
reponemos...
Y así fue, y aunque el canje resultó
ventajoso, ya que fue sustituida por una más grande y de zinc, el color
resultaba francamente repugnante: frambuesa.
Y Juan de Jesús tuvo que cubrirla con
pintura en color en color más apropiado: negro metálico.
Cierta mañana no fue molestado con los
reclamos de su consorte, y él, extrañado fue a buscarla al antiguo aposento
matrimonial (porque a estas alturas Juan - emulando al Conde Drácula- ya había
hecho de la susodicha caja, su dormitorio).
Le habló, y la mujer no contestó. La movió,
y no reaccionó. Entonces Juan de Jesús dijo:
Ahora ya sabes para quién la compré, mi
querida Ana Bertha...
José Cruz Gómez Llamas. Nació en Autlán de Navarro,
Jalisco, en abril de 1975. Cursa la carrera de Ingeniero en Recursos Naturales
en el Centro Universitario de la Costa Sur (Universidad de Guadalajara).
Fotógrafo profesional. Escribe poesía. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y
de su Taller Literario.
La noche es
oscura, cálida y húmeda, sin luna ni viento, sólo brisa y algo de niebla.
Solitarias callejas de mi pueblo.
Comienza una fina llovizna, crea pequeños
charcos que se hacen grandes y forman diminutos arroyos por las calles, y las
aguas huyen por el alcantarillado. Siento mojadas mis plantas. La luz es
escasa, casi nula, y un tagüinchi dibuja serpentinas fluorescentes en la
oscuridad.
Acepto el reto de la aventura en el negro
camino a casa. Es igual andar con los ojos cerrados que mirando. Tanteo con mis
palmas las paredes del lado derecho de la calle para poder avanzar sin
desviarme. El llanto celeste forma ríos en mi rostro; ¿cómo sabré cuándo
llegaré a casa? Tal vez ella me esté esperando. Allí, sentada y sosteniendo en
sus manos el rosario y su cabeza; dormita mientras llego. ¿Es justo? ¿Tengo
derecho a tanto? Bendiciones sobre mi persona desde que la conocí, aquel día.
Estaba fuera de un mesón, mojada hasta los pies de lluvia y llanto; de
impotencia y desesperanza; estremecida por sollozos y frío, sin más atuendo que
una delgada blusa y una falda como de gitana. Pálida, fría, sentada en una
banca, tan sola, triste. Allí tuve la fortuna de encontrarla con sus diecisiete
años, espigada, cabello cenizo, y ojos grandes y negros.
Me acerqué a ella
por lástima; al verla en aquel estado me sentí mal. Algo me roía el interior.
Le presté mi chaqueta, le pregunté dónde vivía - en la calle -, la invité a mi
casa, le di sopa caliente y ropa seca; le ofrecí mi cama para ella sola. Aun la
recuerdo a la mañana siguiente, con la falda de mi camisa a las rodillas; se
veía tan diferente. Se había bañado y agarrado el pelo en una trenza.
Ahora ella me espera cada noche, hasta que
llego; siempre con el rosario en la mano. Ya son tres años desde aquel día, y
yo he aprendido a amarla, y ella a mí. No, no somos amantes, aunque la gente
piense lo contrario; somos novios de tiempo completo. Ella duerme en mi cama, y
yo en el piso de la sala, acompañando al gato negro que heredé de mis padres.
Mi paso es lento. A pesar de ello tropiezo
y voy a dar al fango de la calle. Reanudo mi camino sacudiendo a manotazos el
lodo de mi rostro para intentar ver, pero todo está tan oscuro... Dios, si tan
sólo tuviera un cerillo. Pero con esta agüita, ni pensarlo. Tropiezo y caigo
otra vez. De bruces (metí las manos, pero resbalaron y di con mi cara en el
suelo); me levanté escupiendo arena y agua.
Comienza a soplar un vientecillo frío y las
gotas de lluvia se hacen más gruesas y tupidas. Ahora ya no siento ninguna
pared y, o voy por media calle o ya salí del pueblo; pero escucho el ruido del
arroyo que pasa frente a mi casa y que divide al pueblo en dos y al que acude
ella para lavar la ropa. Donde se arrodilla frente a las lajas a tallar y
tallar. Al principio yo me oponía a que lo hiciera, pero se ha vuelto costumbre
como la de cocinar la comida y llenar de limpieza mi casa.
Hoy huele a
limpio, a hogar, a mujer, a flores y sazón, a alegría. Todo el día se le oye
cantar.
Escucho un chapoteo como de alguien que
corre; se acerca más y más. Siento que algo choca contra mí y me lanza de
espaldas. Oigo una maldición y de nuevo el chapoteo de alguien que corre y se
aleja. Me pongo en pie y sigo caminando. Ya veo las luces que asoman por la
ventana de alguna de las casas; entre ellas se ve una de arcos. Llego a ella e
introduzco la llave. Se abre la puerta con un chasquido. Cruzo el umbral y veo
la mesa con una vela a medio consumir y allí está ella, recostado el torso
sobre la mesa y el rosario en la diestra. Duerme. Yo la levanto lentamente.
Ella gime y se abraza a mi cuello sin querer despertar. Yo estoy frío y húmedo,
ella cálida y seca. La llevo a la recámara, la acuesto y cobijo, y me siento
junto a ella. Luego de un rato, escucho respirar suave y profundo. Canta un
gallo, otro le responde a lo lejos. Miro el reloj. Son las cuatro de la
madrugada. Tiendo un petate mientras el gato negro ronronea a mis pies. Ladra
un perro afuera. Me quito la ropa húmeda y la tiendo en una silla. Tomo mi
manta y me acuesto a dormir, y el gato se hace ovillo en mis piernas.
Niña, no cierres
la puerta,
no cortes la
gracia de tu caminar;
no pares de golpe
el desenfado de tu alma,
no inhibas la
flora que hay en tu mirar.
Da paso al que
viene,
déjale entrar,
déjale dejarte la alegría del viajante
y encumbrar el
espacio de tu despertar.
Llénate de
estrellas
de colores varios
que invadan tu
campo, tu cielo, tu mar;
no llores, no
sufras, no pienses
que todo es obra
del mal,
ve que hay cosas
buenas para disfrutar.
Niña, ten fe,
debes de confiar.
Somos seres
humanos y sabemos fallar.
Danos una
oportunidad más.
vive con la
fuerza de la libertad;
crece, aprende y
ruega que puedas amar,
que puedas lograr
la felicidad.
Volaré sin
retorno
hacia el mundo
sin vida,
partiré en un
instante
de esperanza
cohibida
y acontecer
delirante.
Volaré vistiendo
cien trajes
de penas y
errores,
de adornos
repletos,
engarzados de
temores;
lívida mi furia
sin egos ni
suspicacias;
literato sin
ensayos,
ni historias, ni
cuentos;
leviatán de
estupideces
libres de
sufrimientos,
con notorio
relajo
de ideas y
conflictos,
lentamente me
embriago
de añejados
suspiros
y solvencias me
sobran
en el cruento
acertijo
de memorias de
sombras
y estrechez sin
cobijo
con la extraña
visita
de amores de otro
siglo
en la ingenua
fragancia
de regatas sin
juicio.
Libertad,
libertino,
consecuente e
inconspicuo,
degradado a bufón
sin anecdotario
ni oficio,
de rimbombante
presunción
sin carencia de
tarúpido.
Volaré sin
espacio,
tiempo ni
materia;
sin la pálida y
tierna
sonrisa de
Helena.
Volaré sin
hermanas,
hermanos ni
parientes,
arrastrando
oraciones
de algunos
dolientes.
Volaré con las
alas
que vuela la
muerte.
Carlos Guerrero y Herrera. Nació en Tototlán, Jalisco; en
julio de 1940. Vino a vivir a Autlán desde 1959, fecha desde la cual prodiga
amor a esta tierra. Su formación es com-pletamente autodidacta. Escribe poesía
épica y lírica. Ganó el Primer Lugar en poesía en 1998, en concurso convocado
por el Entro Universitario de la Costa Sur, de la U. de G.
El rubio Alvarado
y la bella Xóchitl
cruzaron sus
destinos
entre el rumor,
hedor, fragor y humo
de la gran
Tenochtitlan.
Repudiada su
unión por ambos bandos,
a juicio fueron
remitidos.
Un monje bien
intencionado
los llenó de
endechas y reconvenciones
más que nada, por
entregarse a sus amores
sin bendición
sacerdotal.
Mas presentados
ante el Tlatoani del Cus Mayor
los recibió en lo
alto del recinto,
en una habitación
pequeña y oscura.
Hombre delgado y
apergaminado
con unos ojillos
hundidos y brillantes
en un rostro
enmarcado en piedra,
hombre sabio y versado
en los sentidos
ocultos del destino
que armado de
braserillo de barro
y sahumador de
plumas de Quetzal
y Guacamaya,
poniendo en el
brasero las esencias sagradas
sahumó a la
pareja parándose frente a ellos
puso sus ojos en
blanco
y empezó a decir:
"he aquí la
causa"
por amar en
tiempos de odio,
por querer vida
en tiempos de
muerte,
por querer
felicidad
en tiempos de
agonía
por querer paz
en tiempos de
guerra
los hados del
destino los condenan.
"He aquí la
sentencia".
Al decir esto,
sus ojos en blanco
empezaron a
llorar;
se amarán y
necesitarán
más que a la
vida, más que al aire
pero jamás
entenderán
serán almas
gemelas
se amarán con
ternura y rabia
pero serán
espíritus
que hablen
diferente idioma,
sintiendo la
agonía
de estar juntos
sin entenderse
y el tormento de
no vivir
el uno sin el
otro.
Pronunciadas
estas palabras
extendió hacia
ellos
sus huesudos y
torcidos dedos de ambas manos
En una actitud
angustiante,
hierática y
sufrida.
Estas serán sus
reencarnaciones,
diez vidas serán
su agonía
siempre el mismo
amor
siempre la misma
angustia
y al final
de su décima
reencarnación
abrirán los ojos,
al fin se
entenderán y gozarán su amor entero.
pero esto no
podrá ser
hasta que el
círculo se cierre.
cuando el rumor,
hedor, fragor y humo vuelvan
a la gran
Tenochtitlan.
Caminaba un
hombre viejo
absorto, seducido
y fijo
con paso
persistente, doliente y cojo
en pos de mortaja
y tumba
que seductoras le
ofrecían
frescura,
descanso, alivio.
Su andar
constante, apremiante y ávido;
cuando una voz
cantarina
cual arroyo de
montaña
lo sacó de su
trance hipnótico
y lo hizo volver
la cabeza,
y poniendo su
mirada en el niño
escuchó con
atención su voz:
¡Abuelito,
abuelito! Espérame, platícame,
háblame de la
fiesta de la tía,
del sonido que
hacía la seda de sus vestidos,
de los señores
tan importantes cuando tú eras chico
de tu maestra y
las lagartijas en su escritorio.
El viejo dudó un
instante
-mi nieto me
llama-
pero la tumba y
mortaja esperan y me ofrecen
frescura,
descanso, alivio.
Me ofrece frescura...
Y mi alma arde de
incomprensión, ingratitud y olvido.
Me ofrece
descanso...
Y mi cuerpo está
cansado y mi carne tiembla
por el paso de
los años,
y me ofrece
alivio... y mi hueso duele
de tanto cargar
angustias.
Pero mi nieto me
llama
pero la tumba espera,
¡pues que espere!
Pero el alma arde
de incomprensión,
ingratitud y olvido
¡pues que arda!
Pero la carne
tiembla
¡pues que
tiemble!
Pero me ofrece
alivio
y mi hueso duele
pues que arda,
que tiemble y que duela
¡mi nieto me
necesita!
Dos abuelos tiene
mi raza
uno atacó con
bestias, hierro y fuego
el otro se
defendió con pedernal, madera y pluma.
Al final, con los
pedazos de sus armas, labraron
la tierra
ensangrentada e intercambiaron semillas.
Dos abuelas tiene
mi raza
una vestía terciopelos,
sedas y bellos tejidos
de lana, la otra
vestía huipil de algodón, tejidos
por sus manos y
teñido con los colores
de las aves de nuestro hermoso cielo.
Y juntas,
confeccionaron los bellos trajes
que nuestras
hermosas bailarinas han lucido
en los escenarios de todo el mundo.
Dos abuelos tiene
mi raza
uno pulsó
guitarra y a ella encomendó
sus amores,
alegrías y nostalgias
el otro tocó
tambor y flauta de caña y a ella
confió sus
dolores, ternuras y esperanzas.
Y juntos,
tejiendo sonidos y sentimientos
forjaron los
maravillosos sones que en
contrapunto
mágico de vihuela y guitarrón
nuestros
mariachis orgullosos, han interpretado
sembrando nuestro
hermoso folclore en todo el mundo.
Dos abuelos tiene
mi raza
uno gritó
¡Tonatiuh!
El otro contestó
¡Cristo!
Al final
comprendieron que era una misma
bondad y fuerza
creadora y juntos, hombro
con hombro,
levantaron hermosos templos
con airosas
torres simbolizando agradecidos
brazos por una
tierra tan llena de amor,
de luz y
colorido.
Estas y mil
maravillas más, forman
el portento que
es mi Pueblo,
que es mi raza
que es mi
¡México!
Mi América
morena, qué gran porvenir
te aguarda cuando
termines
con tus rezagos y
tus vicios
¡Viva mi Patria!
¡Viva mi raza! ¡Viva América!
María Irma Huerta Reyes. Nació en Autlán de Navarro,
Jalisco; en noviembre de 1973. Es Enfermera General. Actualmente estu-dia en la
Escuela Preparatoria Regional de Autlán. Obtuvo el Primer lugar en el concurso
de poesía celebrado en el marco de la Semana Cultural E.P.R.A. 1998. Escribe
poesía y cuento. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller
Literario.
Para alejarme del
amor
secretamente
me escondí
en el romance
de una aventura
ocasional
donde forjé
estructuras,
armaduras
tejidas con
viento;
me escondí
detrás de tus
ojos,
ahí en tu mirada
en el reflejo
incierto
de un espejo,
sin dejar huellas
me deslicé
en tu corazón
ahí crucé por
áreas
restringidas
para navegar
en tus recuerdos
en tus mensajes
borrados
para robar
secretos
iniciar
y terminar
entre amores,
romances y
aventuras
ocasionales.
Blanco, oscuro
vacío y repleto
ruidosamente
callado
sencillo y
complejo
húmedo y seco
fue mi adiós
y bienvenida
al odio y amor
de mi muerte
en vida.
La ansiedad
consume
cada día
mi enfebrecida
existencia,
a pesar mío
y de todos los
intentos
que hago para
detenerla
es imposible e
inútil,
puedo sentir cómo
entra
hasta mis
entrañas
un fuego
avasallador
que poco a poco
consume mi vida
como cirio
extinto
y me sumerge en
pasión
que busca
sin encontrar
una salida
y corre
y se pierde
en los laberintos
de mi corazón.
Todo
lo que se ve en
el cosmos
tiene una razón
de ser,
aún lo inanimado
es de utilidad,
es un pretexto
para
cuestionarnos
y buscar
respuesta
al porqué
de la vida...
Lo maravilloso
es que no tenemos
que buscar
afuera:
sólo basta
mirar nuestro
interior.
Maricela Huitrón Pelayo. Nació en Autlán, Jalisco; en mayo
de l946. Sus estudios han sido: Secretaria Ejecutiva, Licenciada en Es-pañol,
por la Escuela Normal Superior "Nueva Galicia, A. C. "; Maestría en
Pedagogía, en la Normal Superior de Nayarit. Diplomados: Creatividad e
investigación educativa, en Educación Jalisco y Universidad de Guadalajara.
Profesio-nalización del docente, en la Universidad del Tepeyac. Actualmente
labora en la Escuela Secundaria Federal Maestro Manuel López Cotilla, y en el
Instituto Autlense. Escribe cuento.
Hace tiempo vivió
en un pueblo del suroeste de Jalisco, una pastorcilla que no tenía rebaño. Su
anhelo más grande era tener un rebaño propio que pastorear, porque ella había
nacido con esa vocación; pero solamente había ejercido como tal, cuando los
pastores del lugar salían de vacaciones o se ponían enfermos, o simplemente se
ausentaban por una corta temporada para ganar algunos dólares al otro lado.
Pero al regresar éstos a su cotidiana labor, nuevamente la pastora se
encontraba sin trabajo y, naturalmente, sin rebaño.
Todos los días, cuando ella se miraba al
espejo, se decía: <<Yo soy una pastora, nací pastora; tengo que conseguir
mi rebaño>>. Su deseo era tan grande como su pobreza; sin embargo, ese
deseo vehemente que impulsa a los grandes espíritus, hizo que se pusiera en
contacto con una anciana que poseía un fabuloso secreto. Esta sabía de un lugar
lejano donde se encontraba un codiciado tesoro custodiado por una bruja malvada
y un enorme dragón. Muchos fueron tras su conquista, pero nunca regresaron. La
anciana fue quien estuvo más cerca de él, y logró regresar, desafortunadamente
sin conseguirlo. Ella, con su experiencia, señaló a la pastora los trabajos que
habría de pasar, las señales que encontraría para
guiarse, y de los
aperos que debería proveerse para culminar tan arriesgada empresa con éxito.
- Has de llevar mucha comida - le dijo la
viejecita -, porque hay fieras hambrientas que querrán devorarte y, si les
arrojas alimento, mientras se entretienen, podrás librarte de ellas. Pero lo
más importante es tener astucia y valentía, las armas con las que podrás vencer
a la bruja malvada que custodia el tesoro. Las vislumbro en tu mirada serena;
tú tienes lo que me hizo falta a mí. ¡Ve con Dios; pero no te olvides, cuando
regreses, de entregarme la mitad del tesoro!
- Venerable anciana: muchas gracias por los
sabios consejos y demás cosas que conmigo has compartido; principalmente, tu
confianza en mí. ¡Prometo no defraudarte! - contestó efusivamente la
pastorcita, y dándole un abrazo y un sonoro beso en la frente, se despidió de
ella con la promesa de volver pronto.
Rauda y veloz, se dirigió a su humilde
casa. Allí pasó el resto del día y parte de la noche preparando el bastimento
para el viaje; mas, como le pareció parco, cargó con las pocas gallinas que
tenía en su corral. Acomodó todo cuidadosamente en una pequeña y cómoda carreta
que ella misma había construido, y que sería tirada por Feliz: un gallardo y
veloz caballo blanco, a quien quería entrañablemente y del cual estaba
sumamente orgullosa.
Cuando todo estuvo en su lugar, subió a la
carreta, con muchos trabajos, un viejo tonel con agua. También a su mascota
Alina, una vieja tortuga de río con quien platicaba todas las tardes sus sueños
y proyectos. Colgó en diferentes partes de la carreta todos los espejos que
poseía, y emprendió el viaje consciente de que sería largo y penoso; pero ella
estaba dispuesta a vencer o morir.
A las doce de la noche salió del pueblo por
el camino que le indicara la anciana. Iba veloz, lanzando a veces su voz
potente, que el viento mecía y ahogaba entre el acompasado trote de Feliz.
-¡Arre, Feliz; arre, mi amado caballito!
Pasaron tres días largos y tediosos, sin
novedad. La peregrina tomaba pequeñas treguas para descansar un poco, comer y
dar de comer a sus amados animales y darse ánimos contando a Alina y a Feliz
todos sus proyectos para el futuro.
El cuarto día los sorprendió llegando a un
tupido bosque. Era la primera señal que le diera la anciana: <<Camina
siempre al oeste guiada por esta brújula, no desmayes, que de pronto, sin
esperártelo entrarás en un tupido bosque donde oirás terribles ruidos,
aullidos, rugidos y aleteos; pero no tengas miedo, pues si logras controlarte,
éstos desaparecerán como vinieron, por arte de magia, porque son provocados por
la bruja Mara para intimidarte>>.
Así, la pastorcita hizo un alto, tomó una
de sus blancas y suaves almohadas, pinchó una punta de ésta con su cuchillo de
pelar naranjas, y sacando pedazos de algodón del relleno, tapó sus oídos y las
orejas de Feliz; buscó las de Alina, mas ellas se hallaban bien protegidas
dentro de su caparazón. Cubrió sus aves de corral con la cobija, y aceleró el
trote del caballo tratando de prolongar lo menos posible su primera prueba.
La luna fue testigo de esta hazaña. Los
algodones atenuaron los ruidos extraños y siniestros, mas cuando el miedo hacía
temblar la mano de la pastora, su potente voz se dejaba escuchar dándole valor:
"¡Soy pastora, debo conseguir mi propio rebaño! ¡Arre, Feliz! ¡Vamos a la
conquista del tesoro! ¡Soy pastora...!"
Al poco rato se encontró en una selva
obscura e impenetrable. Tuvo que bajar de la carreta varias veces para abrirse
paso a fuerza de machetazos y, una vez más, las palabras de su protectora
resonaron en su memoria: <<Toma esta lámpara incandescente. Cuando estés
en el bosque obscuro, enfócala en todas direcciones para disipar la ne-grura;
es otra treta de esa mala mujer; hasta donde alcance a penetrar la luz, estarás
a salvo. Arroja comida a las fieras para que las entretengas y se mantengan
alejadas de ti>>.
La pastora tomó entre sus manos la lámpara
y alumbró uno de los espejos, el cual multiplicó la luz y a su vez la lanzó a
otro espejo, y a otro, sucesivamente hasta completar los ocho espejos que ella
había colocado en la carreta, y en pocos segundos ésta resplandecía
maravillosamente, como estrella fugaz en la noche obscura. Ninguna fiera se
atrevió a cruzar en su camino, y la pastora se ahorró el enorme sacrificio de
entregar sus pobres gallinas como ofrenda para saciar el hambre de las fieras.
Se escuchó un escalofriante alarido, y luego, un hondo silencio. Todo volvió a
la normalidad, y la pastorcilla se encontró de pronto ante un amplio camino
bordeado de frondosos árboles... Era señal de que muy pronto llegaría a un
cerro en forma de vejiga de puerco, donde se encontraba la Cueva Encantada.
<<Ten mucho cuidado cuando estés en
ese camino ancho y lleno de árboles -le había dicho la viejecita -; aunque
parezca tranquilo y seguro, es uno de los lugares más peligrosos. Ahí fui
derrotada; milagrosamente estoy con vida. Toma esta botella. Si tienes oportunidad,
golpea fuertemente la cabeza de la bruja Mara con ella; es su única parte
vulnerable. No dejes que te toque con su cayado, pues si lo hace, estarás
irremediablemente perdida. Te convertirás en paloma blanca y hasta que ella
muera estarás condenada a vivir para siempre bajo esa forma>>.
De pronto se acordó de sus gallinas y las
destapó. Quitó el algodón que pusiera en sus oídos y en las orejas de Feliz, y
cuando subió de nuevo a la carreta, procuró tener a la mano la botella mágica.
Poco más adelante, al virar en una curva, Feliz se detuvo súbitamente. La
pastora estuvo a punto de caer, no comprendía el proceder de su caballo;
intempestivamente sus ojos se fijaron en un cuerpo humano que yacía en el
suelo; era una mujer joven, con aspecto de pastora, parecía desmayada. Su
primer impulso fue socorrerla, mas la advertencia de la buena anciana la
contuvo. <<Puede ser una trampa>>, pensó. Y estaba por reanudar la
marcha, cuando la joven mujer abrió sus ojos negros y dejó escapar un quejido.
La pastorcilla se quedó quieta, callada. No sabía lo que debía hacer. La mujer
se incorporó rápidamente y se acercó zalamera a la carreta, le dirigió una
significativa sonrisa a su caballo y clavó en él una extraña mirada.
Luego volteó hacia ella y al sentir esta
nueva mirada, su cuerpo quedó paralizado; no sentía ni los latidos de su
corazón, sólo mantenía la mente lúcida. Trató de luchar contra algo desconocido
que la controlaba corporalmente. Después de titánica lucha mental, logró
gobernar sus movimientos, sus sentidos, y escuchó la voz de la mujer, que dijo:
-¡Qué caballo tan lindo, siempre he deseado
tener uno así!
Vio cómo sus enigmáticas manos acariciaban
con suavidad las sedosas crines. Se percató de que al caballo le complacían sus
caricias, pues nunca lo había visto tan contento, ni aun cuando ella le
prodigaba sus más exagerados mimos. Experimentó en su corazón una terrible
angustia. No sólo tenía que luchar contra la malvada bruja, para colmo, ahora
estaba a punto de perder a su adorado Feliz.
Trató de poner en orden sus pensamientos,
sabía que se jugaba el todo por el todo. En la tremenda desesperación, sus
manos crispadas sintieron el roce de la botella mágica, y el contacto con ella
le produjo una sensación de gran seguridad. Comenzó a sentir la cabeza
despejada y pensó en la manera de salir victoriosa de este trance. Buscó con la
mirada el bastón de la bruja. Esta no lo traía consigo, yacía tirado en el
lugar donde había fingido su desmayo. La pastora podía distinguirlo
perfectamente. En esta contemplación estaba cuando una parvada inmensa de
palomas pasó casi rozándole la cabeza. Al mirarlas, apenas pudo ahogar un grito
de espanto, pues recordó la advertencia de la viejecita: <<Puedes quedar
convertida en una paloma blanca>>. La nube de palomas se dirigió a un
pequeño cerro que se encontraba cerca, y fue entonces cuando la valiente
pastora reparó en que el cerro tenía la forma de una enorme vejiga de puerco; y
de lo que parecía su boca, salió una inmensurable lengua de fuego que espantó a
las palomas.
Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de la
pastora, y un pensamiento cruzó por su mente. "¡Tengo que salvarme!"
Sin pensarlo más, dijo a la hechicera:
-¡Te gusta mi caballo? ¡Es tuyo, te lo
regalo! ¡Anda, desengánchalo de la carreta y llévatelo! ¡Te lo obsequio!
La bruja quedó perpleja. Nunca antes le
habían regalado nada. Como chiquilla con juguete nuevo, abrazó y besó
efusivamente a Feliz. Al mismo tiempo la pastora bajó de la carreta y le asestó
a aquella tremendo golpazo en la cabeza. Se escuchó un estallido como de cien
cristales al romperse y, tras emitir un agudo aullido, la bruja desapareció.
Pero no tardó en aparecer un horrible dragón que calcinó con su vaho a todas
las palomas que venían de regreso.
Ni tarda ni perezosa, la pastora se
encaramó de un salto en la carreta, y esperó al dragón, como le había indicado
la anciana: <<Cuando veas venir al dragón, aguárdalo con suficiente agua;
es lo único que teme. Y si logras apagar su fuego, estará derrotado>>.
De un tirón arrancó la tapa del viejo
tonel, y extrayendo agua con la copa de su sombrero, se comenzó a bañar.
También a su caballo y demás animales que la acompañaban. Cuando tuvo cerca al
dragón, le arrojó abundante agua, misma que empezó a escasear luego de varios intentos
fallidos, hasta que logró lanzarla dentro del horrendo hocico de la bestia:
fuente de su ígneo poder. El monstruo se retorció de dolor y cayó al suelo
estrepitosamente, y volcó de un coletazo la carreta que al rodar, dejó su
contenido diseminado por todas partes. Al romperse la jaula, las gallinas
corrieron a esconderse en lugar seguro. La pobre tortuga y el caballo quedaron
patas para arriba, y la pastora empolvada toda. Esta se levantó rápidamente y
alcanzó a ver cómo el dragón se convertía en cenizas.
Respiró con alivio. Ayudada por Feliz pudo
enderezar la carreta, y después de perseguir un rato a las gallinas para
volverlas a su jaula, todo estuvo en orden. Se sentó sobre su carreta y comenzó
a llorar; primero, quedamente; después, a grito abierto, durante buen rato.
Habían sido muchas las emociones vividas en las últimas horas. Ya más serena,
pero aun con lágrimas en los ojos, se miró en uno de los espejos y se dijo:
"Soy pastora, pero no tengo rebaño. Si quiero lograr uno propio, he de encontrar
el tesoro".
La entrada de la cueva estaba libre del
dragón. Así la pastora, ayudándose de la lámpara y después de una larga
búsqueda, logró encontrar en un escondido rincón un cofre repleto de valiosas
monedas de oro. Se bañó con ellas, y el melódico sonido que producían al caer,
la inspiró a danzar y cantar. Gozó como nunca la fortuna de poseer un tesoro
que le había costado grandes esfuerzos.
Una vez en su terruño del suroeste de
Jalisco, buscó a la viejecita y compartió el tesoro con ella. Y con la parte
propia compró el mejor ganado de la comarca. Así realizó el sueño de tener un
rebaño de su propiedad. También alcanzó la admiración y el respeto de todos los
comarcanos.
Fausto Nava González. Nació en La Huerta, Jalisco, en
diciembre de 1941. Radica en Autlán desde 1962. Estudió en la Escuela Superior
de Música Sacra de Guadalajara; en la Normal Nueva Galicia, A. C. la
Licenciatura en Ciencias Sociales, y en la Universidad La Salle, la Maestría en
Educación. Diplomados: "Calidad y Liderazgo en Educación", en la
Universidad Estatal de San Diego, Cal. "Creatividad e Investigación
Educativa", en Educación Jalisco y la Universidad de Guadalajara.
"Profesionalización del Docente", en la Universidad del Tepeyac. Actualmente
labora en el Instituto Autlense y la Fundación Optaciano. Realiza investigación
educativa. Es miembro de la Benemérita Socie-dad Mexicana de Geografía y
Estadística.
En una noche de lluvia...
Llovía
intensamente. La tormenta se había prolongado por largas horas y no daba
esperanza de calmar.
Desde la tarde el continuo gotear,
empapándolo todo, se hacía interminable pues el frío calaba..., los relámpagos
y truenos causaban pánico y la negrura de la noche cerraba el horizonte y, con
ello, la posibilidad de extender la mirada a la lejanía.
En la copa de un frondoso árbol se reunió
una enorme variedad de aves para refugiarse y entre todas darse valor y calor.
Poco a poco el frío de la noche cobijaba
aquel singular grupo de esporádicos compañeros que cada vez se acercaban más y
más los unos a los otros, y comenzaba a respirarse un aire de amistad y
concordia, de tal suerte sincera, que la fra-ternidad iba surgiendo y provocaba
una confianza mutua a toda prueba.
Con el paso de los minutos, cada ave se
identificaba con el grupo y ponía en común sus características propias con el
fin de hacer que transcurriera aquella noche con agilidad y tersura y que su
travesía no dejara un mal recuerdo sino una grata experiencia, a la vez que una
inolvidable amistad.
Entre aquella variedad de aves, se
encontraba un viejo búho que por su edad y figura era visto con temor, pero
luego se trocó en el centro de ala improvisada reunión y coordinador de la
actividad nocturna en esa ocasión.
Después de un largo silencio, a una de las
presentes se le ocurrió pedir a las demás que contaran alguna anécdota de su
vida como una forma de conocerse mejor y, al mismo tiempo, de amenizar aquella
forzada estadía.
Todas estuvieron
de acuerdo y solicitaron al anciano búho ejercer de autoridad moderadora que
condujera el rol de participaciones.
El búho aceptó el encargo que sus nuevos
amigos le hicieran y se dispuso a organizar aquel Gran Foro integrado por las
invitadas espontáneas reunidas por el azar, y del cual se esperaba, por su
variedad, un cúmulo de agradables sorpresas. Y así, una a una, fueron ocupando
el podium de la elocuencia para ir narrando la anécdota que a cada cual le
parecía digna de tan solemne noche.
Por supuesto, el
flamante moderador, después de cada intervención sacaba una moraleja, una
experiencia, un comentario o un consejo, de tal suerte manejados, que logró ir
forjando en la conciencia de cada oyente, un rico bagaje de experiencias
positivamente sabias y que en conjunto, buscaban crear en aquellas aves una
visión orientadora de la vida, dándole a cada intervención un sentido muy bien
definido; pero dejando siempre a la libertad individual el hacerla suya o
dejarla pasar para otra ocasión.
Una vez que hubieron terminado los relatos,
el búho felicitó a las participantes por la fluidez y la sinceridad de sus
exposiciones, y les agradeció la oportunidad de aprender de ellas lo que hasta
momentos antes no sabía y, al mismo tiempo, por haberle permitido coordinar y
comentar las anécdotas que allí se habían contado.
Cuando hubo concluido, se dejó escuchar un
sonoro aleteo que en plan de aplauso se le brindaba a aquel que cada vez que
proyectaba su voz, se iba ganando la admiración de todas aquellas aves.
De pronto, un inquieto colibrí pidió un
momento de silencio, pues quería hablar.
- Amigos - les dice -: el destino nos ha
unido en esta noche aparentemente desafortunada y tenebrosa pero que, gracias a
la buena voluntad de todos, la hemos convertido en venturosa. A partir de hoy,
ya no estaremos solos en este gran bosque lleno de belleza, de luz, de aromas,
de una variedad de elementos que jamás alcanzaremos a disfrutar en su plenitud;
pero también lleno de peligros, de animales que nos acechan, de cazadores
furtivos, de inclemencias naturales; pues todos nosotros seremos una gran
familia que cuidará de cada uno; y cada uno, de los demás.
Pero, permitidme señalar, que sobre todo
hemos de sentirnos orgullosos por habernos encontrado con este nuestro
viejo..., nuestro viejo búho que logró trascender nuestras pequeñas
experiencias y elevarlas a lo alto, a lo más alto, a lo intangible, como debe
ser nuestra misión en la vida: "alcanzar la estrella inalcanzable"; a
tener un sentido que explique nuestra existencia y le dé el valor y la fuerza para
alcanzar la plenitud.
Mas como creo que todo ese saber que puso
de manifiesto, toda esa experiencia que sólo da la vida vivida con una
dirección profundamente meditada, no es un producto, como esta noche, del azar
o de la suerte sino de una fe inquebrantable, de un carácter a toda prueba, de
una disciplina sacrificante, de un dolor y una lágrima permanentes..., quiero
pedirle a nuestro maestro el búho que narre, que hable, que nos abra su corazón
y explique cuál es el origen de su forma de ser y conocer; qué le motivó a
navegar sin descanso por los mares procelosos del saber.
El aleteo de nuevo se volvió a escuchar al
mismo tiempo que el grito:
-¡Que hable! ¡Que hable! ¡Que hable el
búho!
Se hizo un silencio profundo sólo
interrumpido por el rítmico gotear de la lluvia de aquella obscura pero
brillante noche y por la esporádica luz de algún relámpago que apenas sí
iluminaba el horizonte.
El viejo búho dejó escapar una mirada
penetrante en la lejanía; se asió fuertemente de la rama que le sustentaba,
sacudió un poco sus poderosas alas y dijo:
- Para un viejo no hay algo tan emotivo
como el que la juventud le escuche. Más cuando ésta es quien lo invita a
dialogar. Algo cada vez más raro, pues considera que el conocimiento adquirido
en el aula ya no necesita de la vivencia experiencial; y que el viejo, puesto
que ya vivió, no quiere dejarle (a su vez) vivir sus propias decisiones por
egoísmo, o por cualquiera otra razón; que para dicha juventud, no tiene tanta.
El búho hizo aquí una pausa; dejó escapar
una lágrima que sacudió luego con un movimiento rápido de su cabeza, juntó al
frente sus alas por un instante, levantó la mirada y la cruzó por los ojos de
cada uno de los presentes y emprendió mental-mente el camino hacia el día aquel
en que decidió convertirse en el estudioso que diera la posibilidad de lograr
que su familia y sus amigos se sintieran orgullosos de él.
-La primavera de mi vida – continuó -,
transcurrió rodeada de cuidados orientados hacia un ideal trascendente. Todo el
ambiente hogareño estaba impregnado de paz, de amor, de búsqueda de lo bello,
de honestidad, de rectitud, de cumpli-miento del deber.
Mas todo esto estaba sustentado en una
rígida normatividad y en un aislamiento del mundanal ruido, que fue posible
mientras la edad lo permitió; pues llegado el tiempo, mis alas buscaron ir más
allá. Descubrieron la altura. Mis ojos penetraron la noche. Mis sentidos
captaron las realidades. Mi pensamiento discurrió, cuestionó. Volví sobre mí
mismo. Mi voluntad decidió...
Al enfrentarme al
mundo reconocí incapacidades y muchos defectos... de tal suerte que temeroso me
asomaba a él, y constataba que mis alas no estaban preparadas para la aventura
de la vida; que mis ojos no habían sido ejercitados para escudriñar la lejanía
concreta, y menos en la obscuridad. Que mi plumaje no alcanzaba a soslayar las
miradas de mis posibles conquistas. Que mis garras no eran fuertes ni ágiles
para aprisionar lo necesario para vivir.
Se me había dado en el espíritu la fuerza
necesaria para luchar por los más nobles ideales. Se me había dotado con las
herramientas más simples y, por tanto, más útiles para triunfar sobre todo
aquello que destruye el ser mismo, el ser auténtico y real; pues lo sencillo,
lo simple, lo no compuesto, no se descompone, es eterno.
Se me entregó el placer por la belleza, por
la armonía, por el orden, por lo noble. Es decir, se me dio lo que muchos
desearían poseer o que creen tener, pero edificado sobre falsas concepciones.
Iluminados por fuegos fatuos, por pirotécnias finitas, por sueños irreales que
al final provocan caídas estrepitosas.
Mas en un momento de trascendental
importancia: cuando llamo a la vida, cuando el transitar a diario por las
calles y las plazas, cuando el buscar al hombre, cuando el gritar implorando
auxilio, apoyo, consuelo, no encuentro respuesta... ¡no hablábamos el mismo
idioma! Entonces, tengo que detenerme. Tengo que asirme. ¿ De dónde? No sé...
pero tengo que alcanzar el complemento necesario de aquello que al principio me
fue dado. Y es cuando decido: mi ser es espíritu corpóreo y, por tanto,
requiere no sólo del alimento
espiritual, sino también del material, para que el cuerpo sea capaz de
manifestar al espíritu.
He de buscar la Técnica que me proporcione
los instrumentos para actuar aquí. He de penetrar en la Ciencia para que me
ayude a encontrar la verdad natural que me conduzca a la sobrenatural y, por
ella, a la Belleza Increada, a la Bondad Infinita, al Ser que es el Ser y al
Cual he de volver.
Y así pues, poco a poco mis alas, mis ojos,
mis garras, mi plumaje, se han ido transformando y día a día, sin descanso,
debo cumplir mi promesa: <<ser el estudioso que logre constituirse en el
orgullo de los demás>>. Pero ahora agrego: de los demás, por y para Dios.
Un silencio emotivo prolongó la
intervención de aquel viejo búho. Todas las aves poco a poco fueron inclinando
la cabeza en actitud reflexiva y se acercaron más y más al que con el corazón
en la mano les había estremecido el alma, y que ahora lo sentían tan suyo como
la noche aquella, con su lluvia y su obscuridad; con sus relámpagos y sus
truenos, y a lo cual, desde ese momento, ya no temerían...
¿Que escriba un verso?
¿Qué escriba un verso?
¡Bah..! No es
algo terso.
Observar una mañana,
requiere tiempo y
maña.
Auscultar una
flor,
necesítase
ciencia y candor.
Escuchar el trino
de un ave,
es algo
melancólico, pero suave.
Seguir el quejido
de un grillo,
es difícil por
sencillo;
el acompasado tic
tac de un reloj,
es recordar de la
muerte el estertor.
¿Que escriba un verso?
¡Bah..! No es
algo terso.
Perderse entre las nubes sonrosadas,
son cosas que
ahora parecen anticuadas.
Despedir tras la
montaña a diario la fulgente luna,
es de por sí,
señora altanera cual ninguna.
Con ansia esperar
siempre la llegada de la aurora,
es aprovechar el
tiempo como yo ahora.
Dejarse penetrar
por los primeros rayos,
es del sol
convertirse en su vasallo.
Suspirar de
contento con el día,
es confiar en
Dios con alegría.
¡Que escriba un
verso?
¡Bah..! No es
algo terso.
Es algo que
respira y que recrea,
como algo que te
toma y te pasea.
Es trueno que con
fuerza estalla,
cubriendo el
fantástico campo con metralla.
Es respirar en la
cima de un monte arbolado,
llenando los
pulmones de aire perfumado.
Es recibir la
caricia de un niño enternecido,
y recordar la
inocencia que consigo ha nacido.
Es ver en todo lo
creado, la mano poderosa del Divino,
y asirse a Ella,
si feliz quieres ser en el camino.
¿Que escriba un verso?
¡Bah..! No es
algo terso.
¡Que escriba un verso!
¡Bah! No es algo
fácil.
¿Que escriba un
verso?
¡Bah! No es,
quizá, algo útil...
¡Que escriba un
verso!
¡Bah! ¡No es tan
solo un canto!
¿Que escriba un
verso?
¡Bah! Puede ser
un llanto...
¡Que escriba un
verso!
¡Vamos! De
cualquier manera es un encanto.
Después de la lluvia
Cómo se recrea el
espíritu
cuando en el
pecho gime
el soplo del
viento.
Cómo la brisa
entibia
y serena meliflua
con grácil acento,
el alma aterida.
Cómo en los
cielos trasciende
la luz palpitante
y extraña
de un rayo
sorrente.
Cómo despierta la
lluvia
las ansias
fecundas
de amar con
locura.
Cómo quedan los
cuerpos
cubiertos de
blanca espesura:
simiente fecunda
y tenaz como un llanto.
Cómo las plantas
reviven...
Y gozan... y
cantan... y sueñan
al tenue brisar
que redime.
Cómo cobra de
nuevo belleza,
fulgor, alegría y
decoro
la cándida y fiel
naturaleza.
Cómo a los pechos
que tristes
añoran pasadas
edades,
restaña con risas
las marcas de sus cicatrices.
Cómo riman en las
frondas
los palpitantes
campos señeros
de risueñas aves canoras.
Cómo la vista se
recrea...
Cómo el oído se
despierta...
Cómo el olfato se
pasea....
Cómo las ansias
se desbordan...
Cómo las alas se
desplazan...
Cómo los sueños
se transforman...
¡Oh lluvia tenaz
y fecunda!
¡Oh cielos que
desfloran lozanías!
¡Oh arcanos que
de dicha nos circundan!
Seguid por
siempre vuestro destino;
arrancad del
Dueño los tesoros
para que siga el
hombre su camino.
Luis de Jesús Martínez V.
Nació en San Luis Potosí, S. L. P.. Es Cirujano Dentista por la
Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Ejerció como profesor de Literatura
Mexicana e Iberoamericana en la Escuela Preparatoria de Cd. Lázaro Cárdenas
(Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo). Ha publicado en la Gaceta
del Diablo, en Cd. Lázaro Cárdenas, Mich. En Ecos de la Costa, La voz de la
Costa y El Costeño, en Autlán de Navarro, Jal. Ha sido comentarista taurino en
diferentes medios de difusión periodística. Obtuvo el tercer lugar en cuento en
concurso convocado por el Centro Universitario de la Costa Sur, U. de G.. Ha
ganado varios premios de fotografía a nivel nacional. Publica fotografía en El
Occidental, de Guadalajara. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su
Taller Literario.
(Murió en Autlán
en febrero de 2000)
A ver si...
Siempre me gustó
juntarme con El Chabalán. Y éste nomás andaba con puros cábulas ya grandes,
labregones, a mí era al único enanuco que acep-taba en su ranfla.
-¿A dónde van?
-A echar desmorongue, tú vente.
Y áhi me iba. Claro que al llegar a su
humilde casa, o séase la cueva de los liones, conocida también como la hueva de
los piones -es que mis carnales son macuarros, pero casi no chambean-, decía
que al regresar de andar andando en la an-dulencia, Doña Lupe, sea mi jefatura,
me tiraba luego la bronca:
-¿On tabas, cabresto? Ya liablé a la cruz,
fui a la barandilla, tiéndado buscando por mundo y medio, por mar y tierra, y
tú tan frescote... Yo con el Jesús en la boca...
-No se lo vaya a pasar, doña... o sea el
jesús.
-Cállate, desbocado...
-No, jefa, es que yo, ire:
-Sí, si ya sé que te fuiste con ese bigotón
del Cabalán, peludo, labregón, vaguinfeliz, que es más grande que tú y que te
está echando a perder. Además ya te dije que no te vuelvas a juntar con él.
-Pero, ire, jefa, yo a usté la respeto,
pero El
Chabalán no es
tan gacho como dicen sus comadres...
- A mis amigas no me las toques; ellas
saben muy bien lo que dicen y hasta conocen a la mamá de ese infeliz,
desgraciado que ni madre ha de tener.
- T'ons ¿cómo la conocen?
- No me interrumpas, animal; estoy hablando
y... ¿en qué estábamos? Ah, sí, que ¿cuánto te pagaron?
- No, psesque ora no fui a chambiar, jefa,
por- que pos este, es que o sea, ¿no? Ire: le voy a decir la neta cuataneta,
como que haga de cuenta que, no, es que o sea que sí, pero no es que no haiga
querido yo, sino que sí fui, pero ya no me almitieron, o sea el jefe, que le
dicen de personal, o algo. Dizque quesque ya son las diez o casi, o algo así,
¿no? Y me cái que eran pasaditas las nueve nomás.
- Pero si tú entras a las siete.
- Ai tá que sí fui al camello, nomás que
semizo tarde, ya ve, jefa, cómo usté misma me da la ra-zón.
-Pero no venistes a dormir anoche, infe...
-Vinistes, jefa, vinistes. Parlemos con
correctitud y buena educación, o si no para qué tanta es-cuela y tanto estudio.
Y hasta uniformes y la ma...
-Burro, animal, ¿cuál escuela? Si fuistes a
dizque estudiar nueve años en la primaria y nunca llegaste ni siquiera a
cuarto.
-Ni que fuera hotel, seño... No, nada; stá
bien
correcto el
ejercicio. Ora voyecharme una jeta. Ahi con su cómper.
-No te me vayas, Vaquetas, qué pasó con lo
que te dije de destapar el caño; y lo de los cables, y lo de cobrarle a Don
Facundo los billetes del otro día, y lo de...
-Pérese, mi señora la jefa. Don infecundo
ya se tornó viajero y no nos va pagar. De los cables ni miables, esos dan
toques, y yo, pos como que no soy diái. Y lo del tubo ese que dice, pos yo no
lo tapé, áhi que lo arregle, ora sí que como expresa el filósofo: "A quien
corresponda". Además éste ya está muy cansado. Me voy a echar y no me
paran de ahí hasta que me dé la gana... o hambre.
Siempre usaba un
cucurucho como alcatraz a manera de sombrero y era medio raro -él, no el gorro-,
como alrevesado, como malacomodado, como malpuesto de situación. Sepa en qué
con-sistiría, yo creo que ni él se daba cuenta de lo que pasaba en la maraña de
su seudopensamiento. Si usted le preguntaba que de qué color, él respon-día que
grande como el ciprés; si se le inquiría acerca del clima, decía que verde como
una fresa sin motor; y si acaso a alguien se le ocurría querer saber acerca de
su salud, siempre muy amablemente constestaba que qué le importa, y cuando
estaba de regulares decía que para ser del país estaba pasadero, áhi a lo
corriente. Pero a veces decía que primavera o inodoro, según estuviera de humor
o si el tiempo lo permitía. Nunca nadie la pudo entender.
Una vez que yo lo vi andaba como
tristeando, como queriendo decir: "y yo qué culpa tengo". Y es que se
había sacado la lotería y no sabía qué hacer con la pachocha. Le pregunté que
cuál era su problema, que si le estorbaban los miles, que los donara a alguna
persona necesitada, como yo. Y me contestó que no tenía problema, que tenía
problemísima porque el dinero no le alcanzaba para lo que quería, pero le
sobraba para todo lo demás. No le entendí.Otra vez lo vimos caminando por en
medio de la carretera, sin desviarse de la rayita, y al preguntarle que por qué
hacía tal imprudencia, etcétera... Respondió que ni su vida peligraba ni nada
de todo y que además si lo atropellaban su venganza sería que al otro lo iban a
refundir en el bote... Pero, Cate, ¿a ti de qué te va a servir eso, si te
pueden matar?
-Pos yo desde allá lo veo y así mero me
desquito.
Pero no era vengativo.
Frecuentemente cambiaba de gorro. Su
sombrero cucurucho (alcatraz al revés) lo adquirió cuando su madrina - él la
llamaba mugrina, quién sabe por qué-. Decía que cuando su désta una vez lo
mandó a comprar nueces, y una vez hecha la compra y ya de regreso, se fue
comiendo el nuecerío y al llegar a la casa anda vete del encargo, y para
despistar se puso de sombrero el envoltorio y dijo que le habían robado todo lo
que compró.
-¿Y ese gorro?
- Es que me salió en el camino. Así nomás,
me fue saliendo... Y creyó que le habían creído. Desde entonces nadie le cree,
pero él sigue con su alcatraz para que no lo agarren en mentira. Será porque es
medio alrevesado o porque los demás están locos. Menos yo.
Ai viene cái que
no cái. Y siempre anda así, me cái. Pobre, pero él se siente feliz; no le duele
nada, por nada sufre. Absolutamente nada le afecta. Todo le vale. Quesque no le
teme a ninguna cosa, ni déste ni del otro mundo, nomás a que llegara a escasear
el chinchol. Entonces sí tendría por qué preocuparse, pero de ái en fuera todo
es bueno, todo tranquilo, todo feliz. No pasa nada. Nada.
Dicen que una vez, hace sepa cuántos años,
se enamoró de una su maestra, la que ni lo tomaba en cuenta más que para
reprobarlo y ya. Y éste ya, o sea que quería que ya: hacerse notar, pero ya del
verbo órale, o séase que la profa lo viera, que lo prefiriera. Nunca pudo. Tal
vez porque nunca lo intentó. Lo difícil fue cuando se dio cuenta de que ya era
como una enfermedad, como una andancia. Y no solamente no se le quitaba, sino
que se le iba acomodando cada vez más y más.
La mencionada preceptora de la educación
infantil, se casó, lo cual fue la total frustración para quien ya sabemos. Al
principio como que no lo creía, como que no lo aceptaba; luego como que se le
hacía difícil digerirlo (así dicen), tomarlo en consideración, agarrarlo como
cierto, como cosa de realidad, como algo que ya no tiene remedio. Y le dio por
andar en la dedicancia. Perdió el trabajo, la salud, la dignidad. Todo por una
maestra cuarenta años mayor que él. Y dicen que es feliz.
Ernesto Medina Lima. Nació en Autlán de la Grana (hoy
de Navarro), Jalisco; en septiembre de 1917. Se le conoce como pionero de
múltiples aportaciones y progresos en su ciudad natal y fuera de ella, en los
terrenos de la educación el deporte, la comunicación, la cultura, el gobierno,
la salud, la participación social, la investigación (social e histórica) y, en
este sentido, como fundador de empresas e instituciones de gran trascendencia
para la vida y desa-rrollo de la comunidad: entre otras, las imprentas Soltero
y Autlán, la radiodifusora XELD, el Club Deportivo "Titanes", el
Consejo de Vigilancia de la Caja Popular "Cristóbal Colón", la
Delegación Autlán del Ex departamento de Bellas Artes, el Grupo Cultural
Autlense, A. C.. Compone música y canciones, escribe ensayo, cuento, poesía,
historia. Ha recibido gran cantidad de reconocimientos de diversas
instituciones públicas y privadas a lo largo de su vida. El más reciente,
"Homenaje a Ernesto Medina Lima", otorgado por el H. Ayuntamiento
Constitucional de Autlán de Navarro, Jal., y el Centro Universitario de la
Costa Sur en septiembre de 1998. Actualmente es Socio de número de la Benemérita
Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en Jalisco, capítulo Autlán.
Cronista de la ciudad desde 1989. Y encargado del Archivo Municipal.
El Gobernador
acababa de llegar al pueblo y una multitud de políticos, empleados de gobierno,
periodistas, pistoleros, secretarios, ayudantes, gendarmes y otras clases de
zánganos se arremolinaban a su alrededor.
Don Chencho, Vicepresidente del H.
Ayuntamiento, en funciones de Presidente porque éste se encontraba gozando de
licencia, acompañaba al señor Gobernador, y comedidamente, con profundas
inclinaciones y reverencias, contestaba sus preguntas, aprobaba sus
insinuaciones y aceptaba sus órdenes.
El Gobernador, cansado, y sediento más de
tranquilidad que de agua, expresó displicente:
- Don Chencho, deseo descansar. Retire toda
esa gente
-¡Inmediatamente, señor Gobernador! -
Contesta Don Chencho-. ¡A ver, Comandante! ¡Retire toda esa gente!
El comandante moviliza sus gendarmes, pero
todos los tipos se identifican mostrando credenciales de diversa índole: Del
periódico "El Imparcial", que sostiene el Gobierno; de la revista
"Ya Pues"; del Partido Invicto de la Revolución; de la Agrupación de
Veteranos; de la Sociedad de Precursores; de la Policía Montada; de la Policía
Privada; de la Policía Ganadera; de la Policía Preventiva; del Sindicato Equis
y Zeta; del Bloque Defensor del Proletariado; de la Alianza de Campesinos,
etc., etc., razón por la que el Comandante y sus gendarmes, para cumplir con su
deber, alejan sólo a unos cuantos mirones y llevan al calabozo a un individuo
que por equivocación les muestra credencial del Partido Comunista, en lugar del
Partido Invicto de la Revolución que guardaba en otro bolsillo.
Entre tanto, el Gobernador y sus
secretarios se dirigían a pie al "Gran Hotel" del lugar, seguidos por
Don Chencho y su secretario.
Cruzaron el jardín principal y al
disponerse a cruzar la calle para llegar al hotel, una viejecita interrumpió a
Don Chencho para presentarle cierta querella, lapso en el cual el Gobernador y
sus secretarios llegaron al "Gran Hotel".
Comedidamente, el propietario en persona se
apresura a ofrecerles la mejor mesa e, igualmente, ofrecer sus servicios.
- Señor Gobernador: nos sentimos muy
honrados por su visita. ¿En qué puedo servirle...? ¿Qué gusta tomar?
- Por de pronto tomaré asiento - contesta
el Gobernador, haciéndolo así, y haciendo lo mismo sus secretarios.
Don Chencho, abreviando la interrupción de
la viejecita, se apresura a unirse al grupo llegando momentos después en
compañía de su secretario, siendo recibido también por el propietario del hotel
en forma inmediata.
- Pase usted, Don Chencho. ¿En qué puedo
servirle..? ¿Qué gusta tomar..?
-Lo mismo que el señor Gobernador -
contesta prontamente - Pero a mí me lo trae al tiempo, porque estoy un poco
afectado de la garganta.
Cuando yo muera,
si muero en mi
juventud
que me sepulten
en la mañana.
Cuando la aurora
nace,
las estrellas se
alejen,
las brisas
jueguen,
las rosas se
abran,
los pajarillos
desplieguen sus alas,
el labrador eche
la semilla en el surco
y las fuentes
murmullen,
y los árboles
canten.
Que mi tumba sea
de color azul,
con el azul de
las ilusiones
y de las
esperanzas.
Y la corona, una
cruz de hierro,
de fuerte como lo
es mi fe en Dios.
Si muero viejo,
que me lleven al
cementerio,
cuando atardezca,
cuando muera el sol,
las rosas dejan
caer sus pétalos
cansados y
marchitos,
las águilas
vuelven a sus nidos,
los vientos se
pueblan de murmullos,
y los cielos se
llenan de obscuridad
y de estrellas,
los amores elevan
a los vientos
sus suspiros,
los besos sus
rumores,
las ondas sus
lamentos,
y las almas sus
oraciones a Dios.
Lucía Esther Rizo Martínez. Nació en Autlán de Navarro,
Jalisco; en diciembre de 1978. Ex alumna de la Escuela Preparatoria Regional de
Autlán. Actualmente presta servicio en CONAFE. Obtuvo tercer lugar en cuento,
en concurso organizado por el H. Ayuntamiento de Autlán de Navarro, Jal.
Escribe cuento y poesía. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller
Literario.
El silencio no
sólo se escucha,
el silencio
también se mira.
A través del ambiente que rodea
inmensa variedad
de situaciones
en que decide el
ser abandonarse
y esquivar
incontables emociones,
evita tal vez
decepcionarse
de un no sé qué
que la verdad supone;
el silencio puede
ser un gran amigo
del que busca la
verdad internamente,
escuchando
aquella voz que trae consigo,
la paz intensa
que jamás se pierde.
Se admira entonces hasta el milagro de
respirar,
luego la vista
contempla el silencio;
parece que el
viento calla, que el cielo suspira
y las estrellas
mantienen un ordenado palpitar.
Se huele un ambiente agradable,
saboreando el
instante indescifrable
cuando el alma
toca el fugitivo momento
complacido
maravillosamente en conjugar
los sentidos de
ese Alguien consciente.
La mente cede. Innovadora conclusión
de pocos
conocida:
El silencio no
sólo se escucha,
el silencio
también se siente.
Infinito, bache,
confusas
explicaciones
reducibles a nada,
la razón
exasperada
interpreta
conclusiones:
obsesión humana.
Observé
sin precisión
alguna
el universo:
incomparable fortuna.
Laberinto: vida,
el destino en
gran medida
se forjará en el
instante
en el que se
consolida
la visión de una
salida.
Luz:
sensación segura,
alma encadenada
por el amor
en todas
dimensiones.
Sutil firmeza temida,
transferencia
sugerida
del corazón a sí
mismo,
ignorando la
razón.
Convicción, contemplación
del paquete
poseído,
en quien por fin
se ha creído.
Imaginar
descansando
duda y decepción,
temblando.
Margarito Salcedo Ruelas. Nació en Armería, Colima; en abril
de 1951. Estudió la Normal básica en el Centro Normal Regional, de Ciudad
Guzmán, Jal. Licenciado en Psicología Educativa, por la Escuela Normal Superior
de Nayarit; con Maestría en Pedagogía, por la Escuela Normal Superior de
Nayarit. Trabaja como Jefe de enseñanza y enlace técnico pedagógico regional,
en la Unidad Regional de Servicios Educativos, sede Autlán de Navarro, Jal.
Ganador del segundo lugar en cuento, 1995, en concurso convocado por el Centro
Universitario de la Costa Sur. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su
Taller Literario.
¿Cómo la ves?
Fíjate que la tía
Goya le regaló su casa a mi mamá, dice que ya no aguanta el zancudero que hay
para su barrio; yo creo que esta mujer heredó la enfermedad de la tía Laya.
Ayer en cuanto le mató un camión el único perrito que le quedaba a su perra la
chata, se puso a llora y llora y de repente le dice a mi madre:
- Chuy, te regalo mi casa, toma la llave,
mañana vengo a sacar mis tiliches y a llevarme los perros, me voy con Chepa a
la cofradía, aquí no se puede vivir en paz, ya me harté.
Y salió a toda prisa y no la hemos vuelto a
ver.
A veces se me hace muy rara. El otro día
vino a decir que se sentía muy mal, que ya tenía como tres días con un dolor en
la boca del estómago y que casi no le daba hambre. Entonces la invitamos a
comer y aceptó pero no lo hizo aquí; se llevó la comida para su casa. Al poco
rato, mi mamá le mandó unas tortillas calientitas con Lupe, quien regresó toda
enojada.
-¡Ay mi tía! Yo creo que desde que la dejó
mi tío se trastornó; estaba sentadota junto a la puerta de su casa, y los
perros entrados con la comida que se acaba de llevar.
A mí me parece más bien, que mi tío la dejó
porque ya estaba mal desde antes, fue precisamente porque atendía mejor a los
perros que a él, la causa por la que se separaron; y además, dice ella misma
que desde que estaba de muchacha, se quitaba el taco de la boca para dárselo a
sus perros. ¡Qué mi tía! Yo creo que por eso está tan flaquita.
Bueno, pero si nosotros estamos bien, ¿por
qué tenemos que estar preocupándonos por la tía? Mejor vámonos a comer antes de
que nos dejen sin comida. Ya sabes, yo te digo a qué horas te arrimas por un
taco. En cuanto oigas: ¡ven! Arrímate muy calladito y procura que no te vean
los demás; luego se me arriman todos meneando la cola, con los ojos bien peladotes y el hocicote
abierto aunque ya hayan comido, y se me quedan viendo muy tristes; yo también
siento muy feo no poder darles a todos, pero es que... A ti te doy porque
contigo platico muy agusto; además, a mí no me gustaría ser como mi tía Goya.
Ya se te notan
los años
¡Cómo has
desmerecido!
Ya tu fronda no
da sombra
ni tu tronco es
tan nutrido,
y en tus
artríticas ramas
sólo campanean
los nidos.
¿adónde se ha ido
tu tiempo
que te olvidó en
el camino?
Aquellos
columpios de verano...
Aquellas piñatas
de invierno...
Aquellos domingos
de campo...
Aquellos días de
paseo...
¿por qué te han
abandonado?
...árbol viejo.
Esta rojiza tarde
de escotado
horizonte
tiene un algo que
se agrega
a un recuerdo
viejo...
mar,
silueta,
poesía.
tibia atmósfera
y humedad
en tu expresión
entristecida.
Luego,
ese adiós
para no volver
jamás.
La noche llueve
y no hay razón
para quedarse
fuera,
si por hoy mi
verdad
no te conmueve,
no voy a
intransigir.
Esperaré
a que deje de
llover
y vuelva a ver la
mañana
en tus ojeras.
Luego,
cuando hayas
aceptado
mis razones,
me marcharé.
Después,
qué importa que
vuelva a llover
en el camino.
Rafael Saray Enríquez. Nació en El Grullo, Jalisco; en
noviembre de 1930. Es Maestro de Educación Primaria por el Instituto Federal de
Capacitación del Magisterio (I. F. C. M.). Posteriormente cursó la especialidad
de Geografía en la Escuela Normal Superior "Nueva Galicia". Fue
Director de la Escuela Primaria Federal "Paulino Navarro", e
Inspector de Educación Primaria en la Zona 48, con cabecera en Ayotlán, Jal.
También Supervisor General del Sector 14, con cabecera en La Huerta, Jal. Ex
Presidente Municipal de Autlán, Jal. Escribe cuento corto, biografías, ensayos
para el "Leo-nismo", y versos satíricos.
Mi niñez fue
extremadamente llena de pobreza. Fui huérfano de madre a los tres años de edad,
luego me fui a vivir a casa de mis abuelos paternos en donde su única entrada
de dinero la lograban con el resultado de los trabajos de carpintería que mi
abuelo Victoriano hacía, de los pesos que ganaba mi abuela Cornelia elaborando
pan de maíz y gorditas de horno, las cuales vendía en los tendajones cercanos y
de las costuras que bordaban mis tías Rosa, Lupe, Mago y Nena. Así que la
llegada de una boca más, con seguro desequilibró su economía familiar.
Pero aún así, trataban de llenar mi
barriguita con frijoles y café, comprar mis útiles escolares, calzarme con
huaraches de horcapollo que el mismo abuelo me confeccionaba, vestirme con un
cotón de manta y unos calzones rabones de cordones para que me cubriera mi
cuerpo.
He de confesar qué envidia me daba cuando
por las tardes nos juntábamos los chamacos del barrio a jugar a "los
encantados" o "la roña" y los veía a todos vestir con
pantalones, camisa y zapatos buenos o huaraches cuando menos.
Yo me preguntaba: ¿cómo le harán sus padres
para comprarles pantalones, camisas buenas y zapatos? ¿Cuándo mis abuelos me
van a vestir
como mis amigos?
¿Por qué no me compran huaraches dobles y con garbancillos?
En mi corta edad, me daba mucha vergüenza
que las muchachas del barrio me vieran mis humildes huaraches. Escondía los
pies uno entre otro para disimular la única correa que cruzaba mi pie.
Los calzones cortos que me ponían era otra
vergüenza, por lo que di en llegar primero que nadie a la escuela, entraba a mi
salón y me sentaba, para cuando llegaban mis compañeros no advirtieran mi
humilde vestimenta, por eso yo no participaba en los juegos de recreo, menos en
los deportes.
Una vez que salía de la escuela, corría
calle abajo hasta llegar a mi casa que quedaba a dos - cuadras, me encerraba y hasta que obscurecía salía a jugar a la
calle, según yo para que no me vieran mis humildes ropas.
Así fueron los dos primeros años de escuela
primaria, llenos de amargura y sufrimiento, pues cursaba primero y segundo
grados.
Una tarde de esas, cuando estudiaba el
segundo grado, llegó hasta mi salón la Maestra Laura Cosío, para anunciarme que
al señor Director de la escuela Profesor Fernando Ramírez se le había ocurrido que
yo declamara en el festival de fin de cursos, que por acuerdo de todos los
maestros y por encima de todos los alumnos era el indicado porque en los
concursos yo lo hacía muy bien y que para ello me prepararía durante los meses
faltantes y que bien aprendida la recitación iba a ser el mejor de la escuela y
que hasta les echaría tierra a los de sexto año.
¿Qué hacer Dios mío? ¡Me van a ver mis
calzones rabones! Y luego se van a reír de mis huaraches y mi cotoncillo de
manta, ni modo de esconderlos o quitármelos cuando suba al estrado a declamar.
Sabía que no tenía escapatoria, menos
remedio ante la designación del director y mi maestra estaba empeñada en que yo
debería recitar, porque según ella, ningún compañero se aprendería la poesía en
el corto tiempo que faltaba para la fiesta de clausura de nuestra escuela y
además me engallaba diciéndome que ese Don de saber declamar era un Don de Dios
que me había otorgado y que pecaría si no lo utilizaba.
Yo me volaba y mi soberbia me hacía sentir
indispensable, pues era cierto que en los certámenes de declamación siempre
ocupaba el primer lugar, pero como eran internos no me preocupaba por mi
vestimenta.
Sudores iban y venían y en mi mente
infantil sólo cruzaba una interrogante. ¿Cómo decirle a mis abuelos que
necesitaba ropa porque iba a declamar, si yo mismo veía su extrema pobreza?
Varias noches sin dormir, mis sueños eran
pesadillas por los calzones y los huaraches. Las muchachas riéndose y
apuntándome con el dedo y mis compañeros varones haciendo burla y escarnio de
mi figura.
Una noche de esas, me animé, pues el Angel
de mi Guarda me iluminó para que pronto tuviera dinero. ¡Voy a robarle a mi
abuela un huevo de gallina diariamente -me dije! Lo vendo y guardo debajo de
una piedra los centavos y cuando tenga unos veinticinco centavos me compro un
pantalón, pero será largo.
Saqué cuentas en la cama todavía, si el
huevo vale un centavo y medio, necesito diecisiete huevos. Y si faltan treinta
días para la festividad, alcanzo ampliamente a juntar el valor del pantalón. Y
¿los zapatos? - me decía -. ¡Ah! Ya sé, se los voy a pedir a mi tía Cuca, que
vive en Monterrey y de seguro ella me los mandará. De eso se va a encargar mi
abuela Luisa, la madre de mi mamá difunta.
Al otro día, manos a la obra. Yo sabía que
entre las doce y la una de la tarde las gallinas de mi casa ponían. Me dije: en
cuanto oiga su cacareo, corro y recojo el huevo antes de que mi abuela lo haga,
lo escondo y cuando me vaya a la escuela por la tarde, lo saco y lo vendo en la
tienda de don "Rafailito", luego escondo el dinero.
Pero, ¿cómo lo voy a sacar, si cuando me
voy por la tarde a mi escuela, ya mi abuela está sentada en la puerta de la
calle en su labor de costura? Si espero para la noche, entonces es mi abuelo
quien está sentado viendo pasar a las gentes y saludando a sus amigos, después
de la faena de su carpintería.
¡Ya sé!... Debajo de mi cachucha de
beisbolista que a diario llevo puesta sobre mi cabeza, y que me es inseparable,
ahí esconderé el huevo y sin correr los voy a estar sacando.
¡Al hecho!... Inicié mi trampa con
magníficos resultados, todo tieso, sin respirar siquiera, derechita mi cabeza,
salía invariablemente a las 2:30 de la tarde rumbo a mi escuela con mi huevo
escondido debajo de mi gorra. En el camino lo ven-día y luego escondía mis
centavos debajo de una piedra.
Pero como dicen los chiquillos: ¡La chapuza
sola acusa! No llevaba dos semanas de estar robándome los huevos, cuando una
tarde sin saber de dónde salió, menos el motivo que obligó a mi abuela, me
alcanzó antes de salir de la casa y cogido de una oreja me regresó y me
reprendió porque no había tirado una basura y como yo le repliqué enojado, para
mi mala suerte me tiró tremendo coscorrón y le atinó al huevo escondido.
Deben saber ustedes, que la clara y la yema
comenzaron a brotar entre las cejas y las orejas, escurriendo por todo lo largo
de mi cara y de mi cuello.
Mi abuela descubrió la trampa. Me dio una
zurra buena y yo no alcancé a comprar mi pantalón.
Enojada como estaba, mi confesión fue veraz
y la entrega del dinero que yo tenía escondido debajo de la piedra,
justificaron mi arrepentimiento y fueron ablandando el corazón de aquella santa
abuela.
Cuando regresé por la tarde y a la hora de
cenar, mis tías me suplicaron que les dijera el motivo por el que había robado
los huevos.
Tuve que confesar la verdad. De mi
declamación, del festival de fin de cursos, de los exámenes y que yo quería un
pantalón, porque me daba vergüenza llevar calzones y de cordones, menos, y para
componer el mal cuadro, con esos huaraches tan pobres y sencillos.
Mi tía Rosa - seguro me quería mucho- me
prometió que si ya no volvía a robar, ella me compraría un pantalón de
mezclilla azul y que además sería largo para que ese día lo llevara a la fiesta
de clausura; y como sabía coser a máquina, ella misma me lo confeccionaría.
Desde esa noche el gusto invadió a mi
persona. Los sueños iban y venían pero siempre relacionados con mi pantalón
largo.
Mis conversaciones con los compañeros, con
mi maestra Laura, y con las amigas, sólo eran sobre el próximo estreno de mi
pantalón. A todas horas les expresaba de mi gratitud para con mi tía Rosita; y
además, como era amante de echar mentiras, les decía que mi tía Cuca la de
Monterrey ya me había mandado unos zapatos que estrenaría junto con mi
pantalón.
Larga espera, muchos días faltaban. Era
eterno el esperar para estrenar pantalón y zapatos, sueños mil y de distinta
forma vagaban por mi mente infantil y a todas horas.
Días de angustia que a mi corazón cada vez
lo aceleraban más a medida que el fin de cursos se aproximaba.
¡Por fin, mañana! - me decía eternamente -.
Mañana -repetía una y otra vez -. Ya mañana lunes estreno mi pantalón.
El día se había llegado y mi tía tenía
listo el pantalón de mezclilla azul, planchadito y acicalado. Sí... también
zapatos voy a estrenar porque mi abuela Luisa se endrogó en La Compañía y me
regaló unos para que estrenara ese día, en el festival de fin de cursos.
Mañana, voy a ser el primero en llegar a la
escuela y de seguro el más guapo - me decía en voz baja.
El día llegó. Ese día, contra mi costumbre,
me levanté antes de las siete de la mañana, calenté agua en una olla de barro y
me di un baño.
Mi tía Rosa me vistió y a las ocho en punto
mi pantalón estaba puesto, junto con una camisa blanca de popelina o tussor.
Mis zapatos aunque me apretaban por la
falta de costumbre, no los sentía. No quería quejarme porque sabía que
cualquier lamento sería suficiente para no estrenar.
Ya estaba listo, y llegándose la hora, como
de rayo crucé el dintel de la puerta que da a la calle y corriendo traté de
cruzar hacia la otra banqueta, en el preciso momento que sale un perro bravo de
la casa del vecino y se me abalanzó con tanta furia, que en su mordisco me cogió
de la bolsa trasera del pantalón y de un jalón se llevó la tira y me dejó en
puros cueros...
¡Qué angustia! ¡Qué desilusión! ¡Qué
sorpresa! ¡Qué frustración! El sueño de mi vida me lo había arrebatado el
perro.
Junto conmigo, lloraron mis tías, lloró mi
abuela, maldecía al perro mi abuelo. Todos vivimos esa tragedia y como la hora
ya se había llegado, yo debería cumplirle a mi maestra, el programa estaba
elaborado y tenía que subir al foro de madera para declamar.
Me pusieron mis calzones, sólo me dejaron
los zapatos nuevos. Cabizbajo llegué a la escuela en el preciso momento que
anunciaban mi nombre y el de la declamación que yo iba a interpretar...
¡MEXICO, CREO EN
TI!
de Ricardo López
Méndez.
Subí al foro y sin acordarme de mi humilde
ropa comencé a declamar, que con el sentimiento que yo traía y el llanto que me
brotaba a raudales a cada momento que me acordaba de mi pantalón, impacté al
auditorio; lloraron muchas madres de familia, se emocionó el público y mi
maestra pasaba saliva a cada momento. Pero nadie sabía de mi tragedia anterior,
sólo yo y el perro bravo que todavía se estaba burlando de mí, con el trozo del
pantalón en el hocico.
Celia Serrano Uribe. Nació en Autlán, Jalisco; en 1929.
En Guadalajara obtuvo el título de Maestra en Educación Primaria, cuya
profesión ejerció por treinta y dos años. Al jubilarse, ingresó a la
Universidad Autónoma de Guadalajara, donde obtuvo el título de Médico General
Cirujano, profesión que actualmente ejerce. Pinta al óleo paisaje y figura
humana principalmente. Escribe poesía y ensayo. Es autora de tres libros
inéditos.
En la quietud
serena de la noche,
mi pensamiento
vuela posándose,
en el perfil
ajeno sin reproche,
de los que unidos
viven amándose.
Una ambición sana
me hiere y entristece,
varios llamaron a
mi corazón,
añorarlo me
conmueve y estremece,
entre ellos uno
fue mi adoración.
Con sagaz astucia
me lo robaron,
le admiraba y le
amaba tanto, tanto,
con mis nobles
sentimientos jugaron,
su recuerdo se
tornó en triste llanto.
Por mucho amarle
tuve gran tormento,
sentí el deseo
reprimido de aunar
mi respiración
con su suave aliento,
y deseaba mi gran
amor gritar.
Poco a poco mi
hondo dolor cesó,
lentamente se fue
perdiendo en mi alma,
y así mi
tranquila vida empezó,
con un ideal
sublimado en calma.
Hoy siento
infinito no haber luchado,
pude defender lo
que creí mío,
hacer del amor el
hogar deseado,
y así evitar mi
doloroso hastío.
Mi corazón solo
quedó dormido,
no estuvo amado
como fue mi anhelo,
muy triste en un
rincón quedó escondido,
pidiéndole a Dios
inmortal, consuelo.
Infancia, juventud y senilidad
Fresca y sonora
como campana,
es la despierta y
tierna mañana,
resuena con sus
gritos y risas,
cual las olas que
estallan en brisas.
Alegre pequeña y
juguetona,
es también
burlona y retozona,
presta y corta
pasa suavemente,
llevando
recuerdos en su mente.
De pronto aparece
transformada,
en mediodía con
luz tramada,
cálido, decisivo
y formal,
actúa con temple
magistral.
Pasa marchando no
tan veloz,
desafiando al mal
tiempo feroz,
juicioso plantea
sus acciones,
y algunas veces
cae en pasiones.
Al fin de su
notable carrera,
no puede subir la
alta escalera,
que juega la
fuerte juventud,
porque termina su
plenitud.
Sigue con obscuro
atardecer,
tristemente se ve
aparecer,
es más luengo de
como parece,
Y con el
anochecer fenece.
La vida es
interesante sueño,
en donde cada
quien es su dueño,
de ella se nace
eterna realidad,
con la esperada
inmortalidad.
Desde el puente
observo tu corriente,
bañas lo que
encuentras al pasar,
tus limpias aguas
forman creciente,
caminan siempre
sin regresar.
Tu fuerza
inquieta presiona todo,
lo que a tu paso
vas a encontrar,
las piedras pules
en cierto modo,
y arenas haces al
desgastar.
Yo te observo
desde el mismo puente,
tu caudal cambia
en cada mirar,
tu murmullo
descansa la mente,
invita impetuoso
a meditar.
Ante la inquietud
de tu correr,
la serenidad de
tus montañas,
conduce a olvidar
el largo hacer,
parece que
nuestra mente bañas.
Tu fatigoso
correr constante,
encontrará
quietud y descanso,
en dormido lago o
en mar sonante,
o en planicie que
forma un remanso.
También el hombre
en su vivir corre,
con el tiempo a
la senilidad,
y pide al cielo
sus yerros borre,
para gozar en la
eternidad.
Su eterno
descanso está en la muerte,
en la escisión de
nuestra materia,
y el alma que
deja el cuerpo inerte,
vuela al cielo en
donde no hay miseria.
Extirpa el
raquitismo espiritual,
levanta tu cabeza
y sobreponte,
sacude el
pesimismo como tal,
contempla la
entereza de otra gente.
Lo humano
necesita relaciones,
cincela sin temor
tu propia vida,
conduce y precisa
tus acciones,
construye con
amor y sin medida.
Escala tus
montañas sin torpeza,
admira a quien es
fuerte en razonar,
realiza tus
ideales sin tibieza.
Brinda a tu
semejante tu nobleza,
que presto
aceptará sin condiciones,
y templa tu
carácter sin tristeza.
Erika Lizbeth Vidrio T. Nació en Autlán de Navarro,
Jalisco; en marzo de 1981. Estudia en la Escuela Preparatoria Regional de
Autlán. Es integrante del grupo de teatro "Teodomai" de la Casa de la
Cultura. Cursa la Carrera de Actuación en el Centro de Especialización
Artística de Occidente (CECAO), en Guadalajara. Además toma clases particulares
de canto y composición. Es miembro del Grupo Cultural Litterae y de su Taller
Literario.
Tiritando está de
frío el añejo encino,
blanco como un
sudario
junto a los
viejos tejados;
sencilla y
parsimoniosa cae la nieve
de mágico
influjo,
es noche de
invierno,
con un pórtico de
estilo romántico.
Reina apacible
silencio,
en nefasto
espectáculo
las hojas caen
con sarcásticas pullas,
el viento
refunfuña con visible enojo;
sólo en mi poesía
de ensueño
puedo escuchar su
barullo
mientras enhebro
conversación
con el riachuelo
congelado.
Es noche de
invierno,
de reposo y
olvido,
de sueños
imaginados a medias,
ausentes rayos de
luz;
resecos como la
comisura de mis labios
y como el humor
de la soterrada primavera
que ha envejecido.
Es noche de
invierno,
de blancas ideas,
de respiración
jadeante,
miradas furtivas;
casas cubiertas
con esa blancura
que es como el
amargo
dulzor de la
vida.
Tengo celos del
aire,
porque acaricia
con su tibia mano
tu nariz afilada;
de la noche,
porque curiosa ve
desnudo
tu cuerpo en
descanso.
De mi sombra,
que de no amarte
te ha amado tanto;
de la luz de
mediodía,
que se filtra
entre tus labios.
De la luna,
porque te arrulla
con su albo resplandor;
del tiempo,
porque controla
tu vida como un reloj.
Tengo celos de
tus cuatro paredes
porque son
testigos
de tus desvaríos
y encantos;
celos de todo
aquello
que pretenda
robarme tu amor.
Celos del sueño
abrumado,
porque de vagos
pensamientos
tu cabeza
cubrirá;
de la melancolía,
porque se
aprovecha de tu dolor
para acariciar.
Tengo celos de
todo
lo que pretenda
robar tu amor.
Te amo tanto,
y tanto te ama mi
corazón,
que de tanto
amarte
celos le tengo
ya.
Indice
alfabético de Autores
Presentación
Marta Guadalupe
Alducin R.
Zaida Angélica
Aguilar R.
Arnulfo Alvarez
García.......................Fundador
Francisco Javier
Benavides G.
Max Remedios
Castro Pinkus
José Francisco
Cobián Figueroa...............Fundador
Manuel
Corona
Joaquín Cuéllar
Chagolla.....................Fundador
José Cruz Gómez
Llamas
Carlos Guerrero y
Herrera
María Irma Huerta
Reyes
Maricela Huitrón
Pelayo
Fausto Nava
González
Luis de Jesús
Martínez V.
Ernesto Medina
Lima
Lucía Esther Rizo
Martínez
Margarito Salcedo
Ruelas
Rafael Saray
Enríquez
Celia Serrano
Uribe
Erika Lizbeth
Vidrio T.
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Todos los
derechos reservados
Grupo Cultural
Litterae
Los de Autlán es
una compilación
de cuento y
poesía realizada por el
Grupo Cultural
Litterae, con el apoyo
Económico del H.
Ayuntamiento
Constitucional de
Autlán de Navarro, Jal.
Se imprimieron
1000 ejemplares
En marzo de 1999.