IDíPUS
TYRANNOS: LA CONSPIRACION DE LAS MUJERES
de Sófocles
(Versión de Iánnis Zómbolas)
(Ismena cambia el cassette, prende el grabador, y se escucha muy quedo
una vez más el sólo del pastor "To mnímamu jtísete". Edipo se
toma, dolido, los pies, y advierte entonces a Yocasta, que avanza lentamente
apoyándose en su bastón)
ED
Ná, aftón dé dosinándisa poté. Nomí$o tóte posblépo toboskó puóra
tóra $itúme. (A Ismena) ¿Guiaftón edó milúses?
(“Ahí
está, a éste no me lo encontré nunca. Creo que entonces veo al pastor que
ahora buscamos. ¿De éste aquí hablabas?”)
IS
(Hablando como un anciano) Es él. Lo ven tus ojos.
ED (A
Yocasta) $ígose, guéro, kitaxéme kiapocrísu s'ó tirotó. ¿Tu láius dúlos
ísun?
(“Acércate, viejo, mírame y contéstame a lo que te pregunto. ¿Siervo
de Láios eras?”)
YO Siervo
y no adquirido. Nací en casa de Láio.
ED ¿Piés
iduliésu, tí $oí pernúses?
(“¿Cuáles eran tus trabajos, cómo te ganabas la vida?”)
YO Lo
más de mi vida se me fue en pastorear.
ED ¿Kesepiá
méri pió sijná briscósun?
(“¿Y en qué lugar más a menudo se te
encontraba?”)
YO En
el Kizerón. A veces. Otras en lugares diferentes.
ED ¿Aftón
lipón tong$éris, cápu ekí tonídes?
(“¿Y bien, a éste lo conoces, alguna vez allí lo has visto?”)
YO ¿Haciendo
qué? ¿Qué hombre dices?
ED Guiatúton
dó. ¿Ton éjis sinandísi?
(“Al que ves. ¿Te lo habías encontrado?”)
YO Podría
ser... No recuerdo muy bien.
IS
En aquel remoto tiempo en las laderas del Kizerón andábamos juntos, él
con sus dos rebaños, yo con uno. Tres veranos pasamos en esa región, seis
meses cada vez, desde la primavera hasta el día en que inicia su viaje la
estrella del Boyero. Cuando llegaba el invierno, él volvía a las tierras de Láio
y yo a Córinzo. ¿Es así o no, como digo?
YO Es
verdad, pero... ¡pasó tanto tiempo!
IS
¿Recuerdas que en cierta ocasión me diste un niño, para que lo cuidara
como mío?
YO ¿Y
qué? ¿A qué vienen estas historias?
IS
Amigo, ese niño de entonces... es éste, tu rey.
YO ¡Basta,
alimaña! ¡La boca cerrada!
ED ¡A,
guéro, min donbrí$is, stadikásu lóguia teriá$i timoría kióji ekínu!
(“¡Ah, viejo, no lo insultes, tus propias palabras merecen castigo, y
no a las de él!”)
YO ¿Qué,
en qué te he ofendido, oh gran señor?
ED Den
apandás guiatopedí puserotái.
(“No respondes por el niño por el que te pregunta”)
YO ¡Ese
habla por hablar, y sin sentido!
ED ¡Metocaló
andenbís, klégondas zamilísis!
(“¡Si no lo dices por las buenas, hablarás llorando!”)
YO ¡Por
los dioses, no van a hacer violencia a un viejo!
ED ¡Tajéria,
amésos!
(“¡Los brazos, ya!”)
(Edipo tuerce el brazo de Yocasta y ordena a Ismena hacer otro tanto)
YO ¡Aaay,
méne, méne! ¿Por qué, por qué? ¿Qué es lo que quieres saber?
ED ¿Tu
édoses topedí puléi etútos?
(“¿Le diste el niño que dice a éste?”)
YO ¡Sí,
le di el niño! ¡Mejor me hubiera muerto ese día!
ED ¡Aftó
zapázis an denpís alízia!
(“¡Eso te ocurrirá si no dices la verdad!”)
YO ¡Todo
mal! ¡Si hablo también muero!
ED Fénete
aftós $itái naxeglistrísi.
(“¡Parece que éste busca escabullirse!”)
YO ¡No,
no! ¡Ya dije: dí el niño!
ED ¿Topíres
apoxéno? ¿Itan dikósu?
(“¿Lo tomaste de un extraño? ¿Era tuyo?”)
YO ¡Basta,
rey, por los dioses, no preguntes más!
ED ¡Jázikes
ang$aná rotíso taídia!
(“¡Estás perdido si vuelvo a preguntar
lo mismo!”)
YO ¡Nació
en casa de Láio!
ED ¿Apoéna
sklávo í singuenítu?
(“¿De un esclavo o de un familiar?”)
YO ¡Me
abismo en el espanto, si pienso en decirlo!
ED Kiegó
nakúso. Omosprépi nacúso.
(“Y yo en oírlo. Pero debe oírse”)
YO ¡Se
decía que era hijo de él... tu esposa podría declararlo seguro!
ED ¿Aftí
seséna toíje dósi?
(“¿Ella a tí te lo había dado?”)
YO Sí,
me lo dió ella.
ED ¿Tí
natocánis?
(“¿Para hacerle qué?”)
YO ¡Para
que yo lo matara!
(Ismena, que cambió el cassette, aprieta un botón y otra vez se
comienza a escuchar la música del lamento de "Rembétika")

ED ¡Dístiji
mána!
(“¡Desgraciada madre!”)
YO Temerosa
de oráculos divinos.
ED ¿Piés?
(“¿Cuáles?”)
YO Decían
que él tenía que matar a su padre.
ED ¿Keguiatí
tóte toáfises esí stonaftó?
(“¿Y por qué entonces se lo dejaste a éste?”)
YO
¡Porque me sentí lleno de lástima por el niño, mi rey! Pensé que se
lo llevaría a su propio país. Pero le salvó la vida. Hizo muy mal. Si eres tú
en verdad quien eres, ¡sabe que eres el más desdichado de los hombres
(Edipo lanza un largo grito desgarrado)
ED
¡Aaaaaaaj! ¡Ine olofánera tapánda! ¡O, fos, sterní forá zasedó tóra!
¡Egó puefáni piapós meguenísan, enó denéprepe, kiéjo ma$ítus áprepa smíxi
kiéguina foniástus!
(“¡Ahhh!
¡Todo es evidente! ¡Oh, luz, última vez que te veré ahora! ¡Yo, que probé
ya cómo me dieron luz quienes no debían, y que he tenido con ellos indebida
mezcla y me convertí en su asesino!”)
(Edipo sale desordenadamente hacia el fondo)
(Coro de "Rembétika". Mientras Yocasta se saca lentamente
los apliques del Pastor, Ismena se cubre con un manto negro, y vuelve a poner
lentamente los bancos en su posición original)
YO
¡Raza de mortales, nada veo sino una nada que vive un instante! ¿Hay
algún hombre acaso que logre un grado de felicidad? ¡Todo es una apariencia:
brilla, se alza, reluce y se abisma en las sombras para siempre! (Orquesta) ¡El,
que voló tan alto, que dominó fortunas y riquezas! ¡El, que feliz se creyó!
(Coro) ¡El tiempo todo mira y todo lo descubre! ¡Lamentos, alaridos, gemidos y
llanto! ¡Nada más queda! ¡Nada más: sólo eso!
(Yocasta deja los atuendos y se sube a un banco, de espaldas)
IS
(Orquesta) Nobles magnates sin igual de esta tierra: ¡van a ver lo que
nunca, van a oir lo que jamás pensaron ver ni oír! ¡Ha muerto terriblemente
la noble Iocásti! (Coro)
(Yocasta, parada de espaldas en el banco, se debate desordenadamente)
IS
Encendida de ira, con frenético paso corrió furiosa al aposento en que
yace el lecho nupcial. Mesando sus cabellos con locura entró, cerró y comenzó
a dar alaridos. Llamaba a Láio, que hace tanto tiempo murió. Llorando en
furor, le gritaba al lecho en donde tuvo un hijo de su esposo e hijos de su
hijo. (Orquesta)
(Aparece Edipo. Parado debajo de Yocasta, se debate desordenadamente)
IS
Idípus, vagando por el palacio, gritaba a voz en cuello que le diéramos
una espada, que trajéramos arrastrando a esa mujer: mujer que ya mujer no era,
sino el campo salvaje en donde él tuvo la vida y por su propia obra la tuvieron
sus hijos. (Coro)
(Edipo se va arrodillando de espaldas en el banco de al lado de
Yocasta, quien pende del cabello, de espaldas y por ella misma sostenida)
IS
Como si un dios lo empujara, se abalanzó contra la puerta de la cámara
nupcial. Rompió el cerrojo, quebró
las tablas y se precipitó dentro del cuarto: allí estaba la reina suspendida y
pendulando en la cuerda
atada por el nudo que ella misma formó: Ahorcada por sus propias manos. El rey,
lanzando dolientes alaridos, arrebató dos broches de oro que ella tenía en el ropaje,
y, mientras seguía gritando, se los
clavó en sus propios ojos, una y otra vez.
(Edipo, siempre de espaldas, sosteniendo dos pañuelos rojos de seda,
se lleva repetidamente las manos a los ojos. Se escucha "Mána, den éjo spíti":
“mamá, no tengo casa”, de "Rembétika")
ED
¡A, mátia! ¡Namidún ósa éjo pázo kiósa épraxa diná! ¡Ma
stoskotádi tóra apodó kepéra zandikrí$un ekínus pudenéprepe kiekínus
pupozúsan nadún dezagnorísun!
(“¡Ah,
ojos! ¡No vean lo que he sufrido ni lo que cometí terriblemente! ¡Pero en las
sombras ahora y de aquí en adelante se defenderán de a aquello que no debían
ver y de aquello que deseaban ver y conocer!”)
IS
Mil veces repetía tales lamentos, y entretanto, se abrían
ensangrentados sus párpados y la sangre se escurría entre sus mejillas y
alzaba las manos en convulsión tremenda. Brevemente la sangre, de roja se tornó
en negra, que como capa de ignominia se apelmazó en su rostro. Así al mismo
tiempo a dos azotó la desgracia: el varón y la mujer en el mismo abismo
rodaron juntamente. Ayer, la dicha para los dos unidos, dicha que parecía
verdadera en grado sumo. Hoy, la desventura, el gemido, la muerte, la ignominia,
la desdicha sin nombre y sin medida... Todo infortunio se unió sobre ellos, sin
que falte uno sólo.

(Edipo se da vuelta lentamente: lleva anteojos negros, como los de
Tiresias. Se escucha la frase: "Den ejo spíti": “no
tengo casa”. Edipo se lamenta con aullidos y demás sonidos diversos inhumanos)
ED
“¡Eé, eé! Dístanos egó, ¿pí gas férome tlámon? ¿Pá mifzongá
diapotáte forádin? Ió démon, ín exílu. Ió skótu, néfos emón apótropon,
epiplómenon áfaton, adámatónde kedisúristón. Imi, ími maláfzis. Ion isédi
máma kéndronde tondístrima kemními kakón. ¡Fev fev! ¡Apólon tádin, apólon
tádin okaká kaká telón emá tád emá pázea!”
(“¡Ah,
infeliz soy! ¿A qué rumbo de la tierra habré de huir en mi desdicha? ¿A dónde
dirigir mi voz, que no quede perdida en la sombra del silencio? ¡Ah, númen
maligno, a qué punto llegaste! ¡Oh, tinieblas, oh de engañosos giros negras
nube, sobre mí te agravas, no puedo resistirte, y todo me trituras y haces
polvo! ¡Ay de mí: otra vez qué punzante aguijón de tortura has penetrado en
mí agudo, recuerdo de mis males! ¡Dios fue, Dios, amigos, quien funestos, sí,
funestos infortunios hizo míos, muy míos!”)
(Se escucha la frase entera: "Ta pséftika ta lóguia ta megála":
“las
grandes palabras mentirosas”, y luego orquesta a pleno. “Mamá, no tengo casa a la cual volver, ni cama
para dormir. No tengo calle ni barrio para pasear un primero de mayo. Las
grandes palabras mentirosas me las dijistes con la primera leche... Pero ahora
las víboras despertaron, vos vestís tus antiguas galas, y nunca me adorás,
Mamá Grecia, y revendés tus hijos. Las grandes palabras mentirosas me las
dijistes con la primera leche, pero entonces le hablabas a mi destino. Te habías
vestido con tus viejas galas, y en los bazares llevaste una mona gitana, Grecia
mía, siempre triste. Las grandes palabras mentirosas me las pronunciaste con la
primera leche, pero ahora que aflora el fuego, nuevamente mirás tus antiguas
luchas, y por las arenas del mundo, Mamá Grecia, la misma mentira siempre llevás”)

(Ismena se levanta y lleva a Yocasta un manto morado con bordes
dorados, se lo pone lentamente, remitiendo a la imagen de I Panaguía, la Virgen
María ortodoxa, Patrona de Grecia, la cual toma a Edipo en su regazo, mientras
Ismena, cubierta por su manto negro, adora el ícono vivo, sobre los lamentos
finales de "Ah, mana, den éjo spíti". Antes de terminar la música,
toma la marioneta de Creón, y la sienta en su regazo, imitando la posición de
Yocasta y Edipo, y como contándole historias antes de dormir. Silencio)
IS
(Moviendo la marioneta como un ventrílocuo) Lo que se busca, se
encuentra.
(De aquí en más, Edipo habla en un castellano porteño sin ningún
acento griego, y de hecho, cada vez más grotescamente tanguero)
ED
¡Ay, mísero de mí! ¡Creón! ¿Qué puedo decirte? ¿Podrías confiar
en mí, cuando me mostré tan injusto con vos?
IS
No vine para burlarme de tu desgracia, ni menos para reclamarte por tus
dichos de antes.
ED
¡Ay, amigo, el único que me queda, y todavía seguís a mi lado! ¡Hasta
llegás a ser tolerante con un pobre ciego!
IS
Ni siquiera puedo mirarte a la cara. Estoy tan ansioso de decirte tanto y
de preguntarte tantas cosas... ¡Lo que hiciste es terrible! ¿Cómo pudiste
destruir tus pupilas? ¿Qué fuerza maléfica te pudo?
ED ¿Qué
había para ver para mí que fuera amable?
IS
No sé cómo juzgar tu acción. Quizás hubiera sido mejor que te
hubieras muerto y no que vivas ciego.
ED
¡No me digas que estuvo mal hecho lo que hice y no me vengas con filosofías!
(Yocasta se saca el manto, se baja del banco y lo cubre)
ED
¿Para qué eran mis ojos, si al morir me encuentro con mi padre y mi
pobre viejita? ¿Podría sostenerles acaso la mirada? ¿Yo, con crímenes que
son peores que los que se pagan con la muerte? ¡No, éstos ojos ya no van a ver
nada de eso, nunca más! Hermano, por los dioses, te pido que me oigas...
IS
¿Qué querés?
ED
¡Echáme de este país lo antes que puedas... mandáme a tierras en
donde no pueda hablarme ningún mortal!
(Ismena se para, se saca su manto, va hasta el banco y cubre parte del
mismo. Sienta encima a la marioneta de Creón. Mientras, Yocasta se abrió el
cierre del escote, fue al bolso a buscar un cigarrillo y el plato, que usará de
cenicero. Lo prende, se pone a fumar tranquilamente cual Melina Mercouri y
escucha la escena)
IS
Lo haría, si antes no fuera necesario consultar al oráculo qué tengo
que hacer.
ED ¡Los
dioses ya dijeron lo que hay que hacer!
IS
Cierto. Pero en la tremenda situación en la que estamos, nuestro deber
es preguntar cuál debería ser la norma de conducta. ¡Ahora pará de llorar y
de quejarte!
ED Obedezco.
Aunque no me gusta. Algo más: dejáme estar con mis hijas.
(Apoyando a la marioneta de Creón en el banco central, que con las
telas ahora parece un trono)
IS
¡No, basta! ¡Las dejás! ¡No quiero hacer cada cosa que digas! ¡Cuando
tuviste poder tu vida fue una serie de fracasos!
(Mientras Edipo y Yocasta, sentándose, comienzan el siguiente
intercambio coloquial hacia el público -ella en griego antiguo, él, repitiendo
en griego moderno-, Ismena los mirará, recorriendo el escenario, cada vez más
asombrada e indignada por lo que está oyendo)

YO “Ió
gueneé brotón, os ímas ísa ketomidén $ósas enarizmó.”
ED Alímono,
gueniés tonanzrópon, ti$oísas loguiá$o parómia metotípota.
YO “¿Tís
gar, tís anír pléon dasevdemonías féri itosúton óson dokín kedóxand
apoklíne?"
ED
¿Piós znitós, tája piós persóteri niózi eftijía parósi nomí$un
poséji, pukiaftí sbíni amésos?
YO
“Tonsón tiparádigméjon, tonsón démona, tonsón, oh tlámon idipóda,
brotón udén macarí$o.”
ED Tidikísu
parádigma pérno, dístijeidípu, timíra kedé macarí$o canénan.
YO “¡Ex
ú kebasilévs kalí emós ketaméguis tetimázis tesmegálesin enzíbes anáson!”
ED
Ki ó, kiapotótes eguínikes, basiliámu, kemíries timéssu járisan
kazós timegáli kibernúses tizíba.
YO
“¿Tanín dakúin tisazlióteros?”
ED ¿Ketóra,
pión léne pió distijisméno?
YO
“¿Tisátes agríes, tis enbónis xínikos alagá bíu?”
ED ¿Piós
$í, párex esí, sepónus keságries simforés mésa stinalaguí tistíjis?
YO “¡Ió
klinón idípu cára!”
ED ¡A,
idípu doxasméne!
YO “Efivré
sákonz opanzorón jrónos.”
ED Opandepóptis
jrónos síbre azélitásu.
YO
“¡Mípotidóman! ¡Dírome gar os períaliajéon ekstomáton!”
ED ¡Xespái
tóra ozrínos pikrós apotostómamu!
(Ismena va a buscar el libro y se sienta en su almohadón a leer en
castellano lo que acaban de decir en griego Edipo y Yocasta)
IS
¡Raza de mortales: nada veo sino una nada que vive un instante! ¿Hay
algún hombre que logre acaso un grado de felicidad? ¡Todo es una apariencia:
brilla, se alza, reluce y se abisma en las sombras para siempre! ¡El, que voló
tan alto! ¡El, que dominó fortunas y riquezas! ¡El, que feliz se creyó! ¡Idípu,
yo te proclamo, yo te alabo y bendigo, tú has sido nuestro rey, y en esta
ciudad augusta tienes la mayor fama! Y ahora, ¿quién más mísero, quién con
mayor abrumadora carga de infortunios? ¡Idípu amado y grande! El tiempo todo
mira y todo lo descubre. ¡Lamentos, alaridos, gemidos y llanto! Nada más me
queda. Nada más, sino eso.
(Silencio. Ismena cierra el libro, ofuscada, y deniega con la cabeza.
Mira la máscara del Coro, la toma, vuelve a denegar, y la tira. Mira a Yocasta,
y le hace un gesto imperativo. Yocasta apaga su cigarrillo en el plato, y acto
seguido se para, se le acerca a Edipo, y le rompe el plato sobre la cabeza.
Momento de estupor. Edipo mira a Yocasta, Ismena prende el grabador y se
empiezan a escuchar los luminosos acordes de "To Peproméno". Yocasta
le saca los anteojos a Edipo y los deja a un lado. Comienzan a reír y se
abrazan. Ismena toma otra vez el cartel desplegable, y se lo da a Yocasta.
Mientras Edipo e Ismena se abrazan, Yocasta va desplegando al público el
cartel, que tiene la leyenda: "Y AL FINAL, TODOS FUERON A LA PLAYA". Yocasta le da la
cartulina a Edipo, y se abraza con Ismena. Edipo apoya el cartel sobre la
marioneta de Creón, e invita a las mujeres a bailar un bonito jasápico. Cantan
y bailan, gritando jolgoriosos sus nombres y algunas frases del texto)

ED ¡Iásu
Eléni!
YO ¡Iásu
T$éri!
IS
¡T$éri!
ED ¡Cárola!
YO Oti
guirévis, to brískis.
IS
¿Guiatí xanaguírísume páli ke páli?
ED
Keakóma miáli forá.
YO Lo
que se busca, se encuentra.
IS
¿Por qué volvemos una y otra vez?
ED Y
una vez más.
(Sobre
el último acorde, con una flexión saludan al público, y así termina la obra.
Luego, con los saludos, se escucha completo el "Tríki Tríki")
TELOS
(FIN)