Capitulo 1
EL RENACIMIENTO DEL SEÑOR DE LA GUERRA
ATENAS, GRECIA;
21 DE MARZO DE 2006.
Adolf Munch entró en el restaurante del hotel en que se hospedaban él y sus padres.
Adolf era un adolescente noruego de dieciséis años.
Él y sus padres habían venido a Grecia en un viaje de negocios de su padre.
El padre de Adolf era director de una empresa que fabricaba armas. Tenía un contrato con el ejército de Grecia y había viajado a Atenas para participar en una exposición sobre tecnología organizada por el Ministerio de Defensa de Grecia.
Adolf se acercó a la mesa a la cual se habían sentado sus padres y se sentó junto a ellos.
-Adolf- dijo su madre-. ¿Qué tal has dormido, hijo?
-Muy bien, mamá- contestó Adolf.
El camarero se acercó a ellos.
-¿Qué van a tomar para desayunar?
-Adolf- dijo el señor Munch.
-Un café capuchino con dos tostadas con mantequilla y mermelada de naranja.
Los señores Munch pidieron lo mismo.
Cuando terminaron salieron a la calle.
A la puerta del hotel estaba ya esperándoles una limusina para llevarles al lugar donde se celebraría la convención.
Montaron en la limusina.
-Señor- saludó el chofer al señor Munch, abriéndole la portezuela del pasajero.
El señor y la señora Munch se sentaron en la segunda fila de asientos traseros y Adolf en la primera, que estaba orientada de forma que Adolf iba sentado mirando de frente a sus padres.
La limusina se detuvo ante la puerta del centro de convenciones.
La familia Munch abandonó la limusina y entró en el edificio.
-¿Dónde está el stand de nuestra compañía, papá?- preguntó Adolf.
-No lo sé, Adolf- contestó el padre de Adolf-. Ahora lo veremos. Primero vamos a ver si vemos a Tom. Él nos hará de guía por la exposición.
Un hombre se acercó al señor Munch.
-Alfred, estoy aquí- dijo el hombre.
-¡Hola, Tom!- le saludó el señor Munch-. Estábamos buscándote.
-Ven- le indicó Tom-. Nuestro stand está por aquí.
-Y bien- dijo Tom, cuando terminó de mostrarle el stand al señor Munch y explicarle que todo estaba como él quería-. ¿Qué te parece?
-Muy bien. Buen trabajo, Tom.
-Bien- dijo Tom-. ¿Queréis ver el resto de la exposición?
-Sí- contestó el señor Munch-. Vamos.
Los cuatro echaron a andar.
Tom los guió por la exposición, presentándoles brevemente cada stand.
Les llevó una hora verlo todo.
Tom miró su reloj.
-Dentro de cinco minutos empezará nuestra conferencia- anunció.
-Bien- replicó el señor Munch-. Vamos preparándonos entonces.
El señor Munch se volvió hacia su hijo y su esposa.
-¿Vosotros vais a asistir a la conferencia?- les preguntó.
-Por supuesto- contestó la señora Munch.
-Yo no- dijo Adolf-. No me llama la atención.
-¿Y qué vas a hacer tú solo?- preguntó el señor Munch.
-Iré a ver ese templo que hay aquí, enfrente de este edificio.
-Vale. Toma dinero para la entrada.
El señor Munch le dio un billete de cinco euros a Adolf.
Adolf entró en el templo de Ares.
Vio tras el altar una estatua del dios Ares y se acercó a ella.
Estaba observando la estatua detenidamente, cuando sintió que alguien se acercaba a él por detrás.
Adolf se volvió y vio que se trataba de una chica joven, una adolescente. Tendría la misma edad que él.
-Hola- la saludó Adolf.
-Hola- contestó ella.
Se quedaron callados unos segundos.
-Es preciosa, ¿verdad?- dijo la chica finalmente.
-Sí- contestó Adolf-. La verdad es que sí.
-¿Te gusta la mitología griega?- preguntó ella.
-Sí. Pero lo cierto es que no he entrado aquí por eso.
-¿Entonces por qué has entrado?
-¿Ves ese edificio de ahí enfrente?- replicó Adolf señalando al exterior del templo.
-Sí.
-Mi padre está allí por asuntos de trabajo. Me estaba aburriendo y salí afuera. Entonces vi este templo y… algo de él me llamó la atención y entré.
-Entiendo.
-Por cierto, me llamo Adolf, soy de Noruega.
-Yo soy Eris. Soy de aquí, de Atenas.
-Encantado. Así que te llamas como la diosa de la Discordia.
-Sí. Y si he de serte sincera, por eso estoy aquí.
-¿Qué? ¿Qué quieres decir?
-No me llamo Eris porque sí o porque mis padres sean unos forofos de la mitología griega. Yo soy la reencarnación de la Diosa de la Discordia.
-Sí, claro.
-Es cierto. Yo soy Eris, Diosa de la Discordia y estoy aquí porque tú eres la reencarnación de Ares, el Dios de la Guerra.
-¡Estas loca!- exclamó Adolf con enfado y echó a andar hacia la salida.
-Yo sé que no has entrado aquí solamente porque te llamara la atención. No es exactamente que te llame la atención. Es más bien que te resulta familiar, ¿verdad?
Adolf se paró en seco y se volvió para mirar a Eris.
-¿Cómo has dicho?
-Este templo te resulta familiar, como si ya hubieras estado aquí, ¿cierto?
-¿Cómo sabes tú eso?- preguntó Adolf con suspicacia.
-Ya te lo he dicho. Yo soy Eris. Y tú la reencarnación de Ares.
Adolf no dijo nada.
Eris se acercó a él.
-¿Quieres saber por qué te resulta tan familiar este templo?
-Sí.
-Te resulta tan familiar porque estuviste en este mismo templo hace ya 513 años.
-¿Hace 513 años? ¿Dices que ya estuve en este templo en 1493?
-Exacto.
-¿Cómo? ¿Por qué?
-Estuviste aquí durante la guerra entre Ares y Atenea que se libró en 1493. Y tú eras Ares.
En ese momento, el espíritu de Ares se despertó en Adolf. Adolf comenzó a emitir un poderoso cosmos divino.
-Sí. Ahora lo recuerdo. Es cierto, soy Ares, el Dios de la Guerra. Y he despertado en esta era para acabar de una vez por todas con Atenea.
Adolf miró la estatua de Ares.
-Ha llegado el momento. Después de 513 años mi arma sagrada, la Lanza de Ares, despertará de su letargo, reuniré a mis fieles berserkers y destruiré a Atenea.
Ares proyectó su cosmos contra la estatua, la cual se derrumbó en pedazos. A continuación el pedestal reventó revelando lo que Atenea había ocultado en él, protegido por un sello sagrado: la Lanza de Ares.
CONTINUARÁ.