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Pedro el Grande y los Viejos Creyentes
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En �pocas del zar Alexis, padre de Pedro el Grande, el patriarca Nikon consider� oportuno ordenar a los fieles que se afeitasen y se persignaran con tres dedos, motivando gran esc�ndalo entre ellos (en Rusia desde antiguo, los creyentes consideraban que afeitarse era un acto indigno del hombre, y se persignaban con dos dedos desde la herej�a monofisita, para subrayar la doble naturaleza de Jesucristo).
Un grupo de fieles tradicionalistas, designados como raskolniki (viejos creyentes), se rebelaron contra Nikon, considerando que era un sacrilegio cambiar el menor detalle de la antigua liturgia rusa. Muchos notables viejos creyentes prefirieron padecer martirio o prisi�n antes de someterse a signar la cruz con tres dedos, u otros horrores "papistas".
De all� que no ser�a extra�o que los raskolniki, contrarios a la Iglesia y no menos a su Estado, hicieran causa com�n con los enemigos del zar. En la rebeli�n de Stenka Razin, desenvuelta no tanto contra el zar como contra los boyardos (fuerzas armadas del zar) que lo circundaban, participaron en lucha directa contra �stos cuando aquel asedi� por siete a�os el monasterio de Solovki, al que finalmente conquist� traicioneramente en 1676.
No es de maravillarse, entonces, que ellos designaran al zar y su imperio, como el anticristo y su dominio. Se sustrajeron cada vez m�s de la vida del Estado, separ�ndose f�sica y espiritualmente cuanto fue posible de su influencia y la de sus funcionarios. A menudo, para huir de la captura, se arrojaban voluntariamente a las llamas. Consideraban que tal exceso era una evasi�n hacia un mundo mejor.
En 1675, las dos nobles se�oras Morosova y Urusova, por su irrenunciable ligaz�n a la vieja fe, prefirieron morir de hambre, entre la inmundicia y la miseria, en una c�rcel subterr�nea. En 1682 fueron quemados vivos en Pustozersk, donde hab�an estado mucho tiempo custodiados en prisiones subterr�neas, los cabecillas de la secta de la vieja fe. En la hoguera, los Raskolniki gritaban a sus verdugos: "nosotros nos estamos quemando con el fuego terrenal, pero vosotros os abrasareis en el fuego eterno".
Las esperanzas de terminar con ellos fueron vanas. Los viejos creyentes tomaron la direcci�n de todos los descontentos. Tal cosa sucedi� al principio de la regencia de Sof�a, hermanastra de Pedro, cuando junto a los Streltsi (guardia pretoriana desde el zar Alexis), el pueblo bajo se impuso con saqueos y homicidios en Mosc�, y penetr� en el Kremlin. La c�lera popular iba especialmente contra los Nariskin y sus amigos, por lo tanto contra los familiares de Pedro. Los viejos creyentes estimaban no s�lo poder elevar al trono a Ivan V y Sof�a, sino tambi�n restablecer la vieja fe.
Por segunda vez, entonces, ahora con la cruz y las im�genes de santos, entraron al Kremlin encabezados por Nikita Pustosvjat. Su alegr�a dur� poco. Pocos d�as despu�s Pustosvjat era ajusticiado en la plaza delante del Kremlin. Tambi�n el cabecilla de los Strelzi, pr�ncipe Chovanskij, pag� con la muerte. Desde entonces el camino de los Strelzi se separ� del de los Viejos Creyentes. No es de maravillarse entonces, que juzgaran inminente el fin del mundo, y fueron propensos mas que antes a ver un "Anticristo" en cualquiera de sus adversarios.
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Pedro el Grande comenz� a gobernar a los 17 a�os. Hasta 1694, a�o de la muerte de su madre, Pedro vivi� en paz con el patriarca ortodoxo, y bajo su influencia. Las cosas cambiaron cuando en 1696, muerto su hermanastro y colega en el trono, Ivan V, pudo proceder por propio arbitrio. El patriarca Adriano, busc� en vano convencer al zar de no concretar un viaje a Europa, finalmente emprendido por Pedro entre 1697/98. Todos los buenos rusos, entre ellos los viejos creyentes, aborrec�an tal viaje, juzg�ndolo un error o un absurdo.
En Rusia hubo una nueva revuelta de los streltsi. Pedro volvi� precipitadamente desde Viena. Aunque ellos ya hab�an sido vencidos y juzgados, Pedro los hizo recondenar con penas mucho m�s graves a las que asisti� en persona. El patriarca en vano solicit� clemencia. Pedro lo ech� con aspereza, como hab�a hecho Ivan el Terrible con el patriarca de turno. Estaba decidido a emprender la modernizaci�n y europeizaci�n de una Rusia demasiado cerrada en sus tradiciones.
En 1705, Pedro exigi� que todos los hombres se afeitaran la barba y vistieran al uso occidental. Los viejos creyentes conservaron su barba, llam�ndolo Pedro Belzebubovic, vale decir, Pedro, hijo del diablo.
La Iglesia Ortodoxa Rusa habr�a de sufrir mucho de parte del zar. El patriarca Adriano, hombre de mentalidad cerrada, no era el hombre adecuado para defender con alg�n suceso la Iglesia Ortodoxa frente al zar. Los monjes hab�an sido responsables de la hostilidad con que el pueblo tomaba las reformas de Pedro. Adem�s, la corrupci�n del clero ruso hab�a llegado a tal punto, que con frecuencia se daba el espect�culo de sacerdotes que embriagados, en vez de c�nticos lit�rgicos entonaban en la iglesia canciones obscenas. Los monasterios serv�an de asilo a maleantes, y se organizaban org�as en ellos.
Pedro redujo el n�mero de monasterios y monjes, confisc� sus bienes y mantuvo rigurosa vigilancia de las comunidades. Convirti� la mayor parte de los monasterios en hospitales y refugio de indigentes, asilo de ancianos e inv�lidos, o escuelas. Quer�a abatir el poder�o de la Iglesia Ortodoxa Rusa, como en otros tiempos luchara el Patriarca Nikon, cuyas tempranas reformas deben ser incluidas en la europeizaci�n de Rusia. Pedro priv� a la Iglesia Ortodoxa Rusa, principal adversaria de sus reformas, de su propia independencia.
Esteban Javorski, el obispo ucraniano que nombr� en reemplazo del patriarca Adriano, ayud� al zar contra los viejos creyentes. Incluso, confrontando su idea del fin del mundo pr�ximo, escribi� un op�sculo: Signa adventus Antichristi et finis mundi.
En 1722, Pedro orden� que todos los viejos creyentes barbados deb�an pagar una tasa especial y usar un h�bito particular, pero las persecuciones sanguinarias hab�an definitivamente terminado.

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Basada en:
AMMAN, A.M., S.J., "Storia della Chiesa Russa e dei paesi limitrofi", Torino, 1948.
SABA, A., "Storia della Chiesa", Roma, 1935.
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