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Los primeros cristianos cre�an cabalmente en un inminente fin del mundo.
Ense�aban que la inmortalidad se conquistaba sirviendo al �nico Dios, ese Dios que envi� a su hijo al mundo para anunciar el advenimiento del reino de los cielos. Su predicaci�n se�alaba el camino de la salvaci�n hacia la vida eterna, despu�s de la muerte. Como el cristianismo declaraba iguales espiritualmente a todos los hombres, los martirios y persecuciones lejos de debilitarlo, acentuaban su atractivo en un medio social inseguro al extremo y en el que s�lo una minor�a pod�a sentirse satisfecha.
Fascinaba a los esclavos pues inculcaba que pose�an un alma inmortal, morada de un cuerpo enajenado y perecedero que pod�a despu�s de la muerte gozar de eterna bienaventuranza o eterno castigo seg�n hubieran sido sus actos terrenales.
Ese sentimiento de independencia del alma que despertaba en el esclavo destru�a las relaciones de esclavitud, creando relaciones de servidumbre, en las que la personalidad del siervo se bifurcaba abstractamente en el alma alienada a Dios (siervo del Se�or) y el cuerpo encadenado a un r�gimen opresivo (siervo de la gleba).
La idea del fin del mundo, de la resurrecci�n milagrosa y la periodicidad milenaria aparece en casi todos los pueblos antiguos como elementos fundamentales de su religi�n. En la literatura apocal�ptica jud�a (Jerem�as, Ezequiel, Daniel y los Salmos), el reino mesi�nico no es limitado en su duraci�n. Seg�n el libro de Ezra y el Talmud, su duraci�n ser�a de 400 a�os.
Sin embargo, la duraci�n que se asigna m�s frecuentemente es de un milenio, vale decir, un d�a de Dios, un d�a de mil a�os. Seg�n el milenarismo cristiano, Jesucristo deb�a gobernar el mundo durante un per�odo de mil a�os, idea esencial del cristianismo primitivo siguiendo una antigua tradici�n judaica.
Tambi�n se distingu�a entre la venida del Mes�as y la aparici�n del Dios juez. Ese reinado mesi�nico durar�a hasta que acabara la corrupci�n en el mundo. Durante la Edad Media aparece ese concepto de semana inmensa, cuyos siete d�as representan las siete edades del mundo (alud�a tambi�n a los siete sellos), correspondiente la �ltima al reinado del Mes�as.
El Apocalipsis de San Juan era categ�rico, el reino mesi�nico deb�a durar mil a�os. Despu�s aparecer� Satan�s por poco tiempo y ser� destruido. Entonces saldr�n los muertos de sus tumbas para ser juzgados, y como en el mazde�smo (zoroastrismo), un nuevo reino de gloria ser� creado para los elegidos.
Tambi�n denominado Libro de la Revelaci�n, el Apocalipsis, es muy rico en alegor�as animales y num�ricas, y est� sujeto a numerosas interpretaciones. Se caracteriza por una interpretaci�n simb�lica y una predicci�n de acontecimientos presentados en forma muy elaborada. Fue escrito para preparar a los cristianos ante la �ltima intervenci�n de Dios en los asuntos humanos. Cuando se produjera el apocalipsis, comenzar�a una nueva era en el mundo en la que Cristo y la Iglesia resultar�an triunfantes, aunque antes se agravar�an los males y terrores del orden mundial existente.
Parece haber sido redactado en la isla de Patmos, una de las del Dodecaneso en el Mar Egeo, durante el reinado de Vespasiano (69-79 d.C.), o m�s probablemente bajo Domiciano. Para algunos podr�a haber sido redactado luego de la destrucci�n del templo de Jerusalem, por obra de Tito. Si bien la tradici�n eclesi�stica lo atribuye a San Juan Evangelista, variadas diferencias ling��sticas hacen que algunos estudiosos lo atribuyan a alg�n otro destacado cristiano, como el ap�stol Juan Marcos o Juan el Viejo.
El autor podr�a haber interpretado el empeoramiento de las condiciones de los cristianos como una se�al del comienzo de ese per�odo catastr�fico. Su prop�sito ser�a alentarlos a resistir esa aterradora crisis final, ante la esperanza del advenimiento de una inminente era de justicia para la eternidad.
En realidad, los textos apocal�pticos jud�os no inventaron esa tendencia visionaria, que conservaba rastros de sus or�genes zoro�stricos. A pesar de que los fariseos quiz� no supieron cuan influ�dos estaban por el zoroastrismo, incorporaron a sus creencias elementos fundamentales desconocidos para la Biblia hebrea: la resurrecci�n de los muertos en un juicio final, con una estancia en el cielo o el infierno, transmiti�ndolos al cristianismo. M�s tarde, el juda�smo apocal�ptico asimilar�a el dualismo zoro�strico, con su temible figura de un poder maligno opuesto a Dios, seg�n puede verse por los manuscritos del Mar Muerto, los grupos gn�sticos jud�os y en los primeros cristianos.
La segunda venida de Cristo a la tierra, o parus�a, era esperada por la primitiva iglesia cristiana en una fecha relativamente cercana a la resurrecci�n y ascensi�n. Aunque, a medida que pasaban los a�os, muchos l�deres comenzaron a sentir que el verdadero significado de las promesas de Cristo deb�an encontrarse en la vida espiritual m�s que en la terrenal. Desde mediados del siglo II d.C. comienza la larga controversia entre la interpretaci�n literaria y m�stica.
El milenarismo que estaba en boga en los primeros siglos despu�s de Cristo, comienza a decaer abruptamente. El viejo milenio jud�o cay� en descr�dito despu�s del montanismo, que hab�a planteado que Jes�s regresar�a en plazo breve para establecer una Nueva Jerusal�n en la ciudad de Pepuza, Asia Menor. La iglesia griega desconfiaba cada vez m�s de lo que considerar�a un sue�o de visionarios, excluyendo al Apocalipsis de los libros can�nicos; en cambio, las viejas comunidades orientales impregnadas de juda�smo lo conservaron, pues no dudaban sobre la autenticidad y el car�cter apost�lico de Juan, sobre la futura venida de Cristo, ni sobre el retorno de Ner�n como Anticristo.
A partir del siglo V casi todos los padres, doctores y escritores cat�licos lo ignoran o rechazan. Los sermones, catequesis, tratados espirituales nada dicen de �l, y si dicen algo es para combatirlo. El gran da�o a esta doctrina vino del prestigio de San Agust�n y San Jer�nimo, que no la adoptaron. San Ignacio de Antioqu�a, figura importante en la iglesia cristiana primitiva no habla del milenarismo. Tambi�n lo rechazaron Santo Tom�s de Aquino y San Roberto Belarmino.
Es la interpretaci�n de San Agust�n del milenio la que parece cortar ese estado de trance del alma cristiana, o lo calma por largos siglos. La Ciudad de Dios (426 d.C.) se inspir� en el rechazo que la iglesia cat�lica manifest� hacia los milenaristas en el Concilio de Efeso del a�o 431d.C. Para Agust�n, la iglesia era el milenio ya encarnado, el verdadero Reino de Dios en la tierra.
Si despu�s el milenarismo se aplaca, conservar�, sin embargo, una extra�a vitalidad en ciertas regiones del pensamiento religioso cristiano. Una sociedad muy conflictiva y desdichada es propensa a una interpretaci�n apocal�ptica de la historia, al culto del dios terrible y a la espera del juicio final.
El juda�smo apocal�ptico que ta�e la alarma, completa el humanismo evang�lico cristiano que proclama la paz, como dos polos opuestos y contradictorios cuyo eterno conflicto nunca se resuelve.
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Basado en:
LE GOFF, Jacques, "La Baja Edad Media", vol. 11, Historia Universal Siglo XXI, SigloXXI Ed., Madrid, 1974.
SILY, J., S.J., "El milenarismo", Buenos Aires, 1941.
BLOOM, Harold, "Presagios del milenio", Buenos Aires, 1996.
COHN, Norman, "En pos del milenio. Revolucionarios, milenaristas y anarquistas m�sticos de la Edad Media", Barral Ed., Barcelona, 1972.
http://www.encarta.it/find/Concise.asp?z=1&pg=2&ti=981532139
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