El profeta Mahoma y el Islam

 

La pen�nsula ar�biga fue la cuna del Islam: las tribus beduinas que habitaban esta regi�n eran polite�stas y adoraban una piedra llamada la Kaa-ba, en torno a la cual creci� la ciudad santa de La Meca. En el siglo VII d.C., cuando el profeta Mahoma comenz� a predicar el Islam, La Meca estaba bajo el dominio de una tribu que en un principio rechaz� el monote�smo predicado por el profeta y Mahoma se vio forzado a buscar protecci�n con los jefes tribales de un sitio cercano a La Meca llamado Medina, convirti�ndose en jefe teocr�tico de la confederaci�n tribal de la misma.

Mahoma respet� el significado sagrado de La Meca, declarando al principio  como enclave sagrado del Islam s�lo a Medina, hasta que en el a�o 630 d.C. gan� poder sobre La Meca y ambos sitios se consolidaron como los m�s sagrados de la nueva religi�n que predicaba.

En nombre de Al�, el �nico Dios reconocido por el Islam, los �rabes emprendieron una conquista para expandir la religi�n musulmana. La Meca y Medina se convirtieron en centros de alta cultura �rabe, de educaci�n y estudio del Cor�n y de la Ley Isl�mica.

Sin embargo, en el siglo VIII d.C. la capital del imperio creciente se traslad� a Damasco y posteriormente a Bagdad. Mientras que en estas ciudades se concentr� el poder socioecon�mico, las ciudades santas s�lo mantuvieron su poder religioso. A pesar de que las caravanas surt�an de bienes a La Meca y Medina, la densidad de poblaci�n en la pen�nsula ar�biga era muy baja, compuesta esencialmente de tribus n�madas con econ�m�a basada en el pastoreo y el comercio entablado a trav�s del Mar Rojo.

Los descendientes de Mahoma, de la rama hachem�, se mantuvieron a trav�s del tiempo como custodios de las ciudades santas y los imperios isl�micos que dominaron la zona siempre respetaron cierta autonom�a a los jefes hachem�es.

La figura de Mahoma no resulta menos f�cil de captar y valorar que la de otros grandes iniciadores de movimientos religiosos, como Buda y Jes�s. Tanto para uno como para los otros, la deformaci�n de la leyenda se interpone entre la realidad y nuestro juicio.

En Oriente, en el seno de la propia comunidad �rabe, el fundador del Islam sufri� inmediatamente una transformaci�n idealizada que cambi� por completo la figura hist�rica. La misma alteraci�n sufri� en Occidente, aunque de signo contrario, apareciendo ante los ojos de la apolog�tica y la pol�mica medieval cristianas con rasgos no menos tendenciosos y fant�sticos.

La humanidad del profeta, que �l mismo proclam� con su f�sico y moral condicionamiento a la alt�sima misi�n recibida, no puede decirse que haya desaparecido del todo en la imagen que el Islam ortodoxo se forj� de su fundador. Pero, naturalmente, la veneraci�n por el profeta desarroll� hasta el m�ximo cada elemento que recordase su figura humana, con actos, calidad y capacidad sobrenaturales, tom�ndolo a veces del propio Cor�n, y m�s a menudo de la piadosa leyenda. Est�n los prodigios de que la piedad musulmana rodea la concepci�n, el nacimiento y la infancia del profeta; la creencia en el milagroso viaje nocturno desde La Meca a Jerusal�n y de all� al cielo, sobre el cual deb�a fundarse gran parte de la escatolog�a musulmana, que tiene su base en algunos vers�culos cor�nicos. Pero son otros los hechos prodigiosos con que la tradici�n isl�mica ha adornado la biograf�a del profeta: suspiros de �rboles, intuiciones milagrosas, milagros realizados por �l mismo, apariciones de �ngeles, voces humanas de animales, etc.

La idealizaci�n de la figura de Mahoma, no se agota con la taumaturgia. Poco a poco, la conciencia de su falibilidad humana, reconocida por �l mismo, se fue oscureciendo ante el concepto de inmunidad por la protecci�n divina ante el error y la culpa, privilegio de todos los mensajeros de Dios y en particular de Mahoma. Su car�cter aparece en la tradici�n y en la piedad como el compendio de todas las virtudes, de la dulzura y la paciencia a la humildad, de la clemencia a la generosidad, del valor a la solicitud hacia los humildes, los ni�os y los que sufren. Este modelo de virtud marcado con el carisma de la dignidad prof�tica, ten�a que poseer especiales prerrogativas en la otra vida, tales como la facultad de interceder ante Dios.

                             

El n�cleo de la pr�dica de Mahoma es el monote�smo, un monote�smo radical, absoluto, m�s r�gido que el de los monote�smos precedentes. Seg�n su concepci�n, la religi�n debe invadir toda la esfera del hombre, por lo tanto, la sencilla teolog�a del monote�smo absoluto, no prev� sacramentos, ritos o dogmas, sino una ley que sirva para mantener unido al "pueblo de Dios" a fin de que cumpla sobre la tierra el plan divino, y si ha obedecido fielmente aquella, ser� recompensado por ello en el cielo.

Ese ser�a en s�ntesis el contenido del "Libro de Mahoma", o de Dios (Al�), seg�n los musulmanes, vale decir, el Cor�n (Alcor�n). Est� dividido en 114 suras o cap�tulos, de diverso n�mero de vers�culos, que comprenden las bases fundamentales de la teolog�a, la jurisprudencia, la liturgia y la moral musulmanas.

La teolog�a alcor�nica es tal vez, una de las formulaciones m�s radicales de de�smo personalista en toda la historia de las religiones. El Dios alcor�nico es un ser absolutamente libre y sus acciones son totalmente arbitrarias: nada se le puede exigir ni est� obligado a dar raz�n de nada a los hombres. Est� continuamente en actividad, su creaci�n no est� completada, �l "agrega a su creaci�n lo que quiere" (XXXV, 1). La idea griega de un universo fijo, regulado por leyes naturales, es profundamente extra�a al Cor�n: todo es obra directa de Dios, sin causas segundas.

Por lo tanto, es inexacto hablar del fatalismo de Mahoma o del Cor�n. Acaso corresponde hablar de libertad absoluta de Dios y de dependencia total del hombre respecto del �nico motor y actor verdadero del universo.

Un aspecto importante de la teolog�a alcor�nica, que es garant�a de tolerancia para con las otras religiones reveladas, es el concepto de "sucesi�n de los profetas": Abraham, Mois�s, Cristo e innumerables otros profetas enviados a las naciones son portadores de mensajes divinos, tan sagrados como el de Mahoma; pero �l es el �ltimo de los profetas y su "sello". La tradici�n isl�mica ha interpretado esta expresi�n como indicadora del car�cter absolutamente definitivo del mensaje de Mahoma, a quien no podr�n seguir ya otros mensajeros divinos.

La jurisprudencia alcor�nica tambi�n es teoc�ntrica. La comunidad no se entiende originada en un contrato social ni en v�nculos naturales, culturales o raciales, sino en un conjunto de hombres objeto de un plan divino y unidos a Dios por un pacto. Por ello, la idea de una separaci�n entre pol�tica y religi�n, entre lo sagrado y lo profano, es extra�a al pensamiento de Mahoma y al Cor�n: Dios es el jefe del Estado. Por lo tanto todos los miembros de la comunidad de Dios, los musulmanes son hermanos e iguales. El tesoro p�blico o del Estado, es el tesoro de Dios; la ley no es la norma de derecho sancionada por el pueblo, sino la palabra de Dios.

De todo esto resulta claro que la liturgia alcor�nica asuma formas muy simples, sin sacerdotes, regidas por normas que se confunden con las jur�dicas. Los manuales de jurisprudencia isl�mica, comienzan con prescripciones sobre la oraci�n obligatoria a todo musulm�n, y sus modalidades.

Basada en:

BAUSANI, Alessandro, "Mahoma", Los hombres de la historia, N 89, Centro Editor de Am�rica Latina, Buenos Aires, 1977.

GABRIELI, Francesco, "Mahoma y las conquistas del Islam", Ed. Guadarrama, Madrid, 1967.

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