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La guerra contra el indio fue la contrapartida de las guerras civiles en que estuvo empeñada la Argentina del siglo XIX, con frecuentes alternativas de beligerancia y tregua. Lo distintivo era que los indios tomaban parte de la lucha a favor de uno u otro bando pero terminaban siempre haciendo su propio juego, arrasando en su retirada con el ganado, las caballadas y cuanto de valioso encontraran a su paso.
Rosas había logrado mantener una situación de relativa paz y amistad -gracias a su campaña al desierto- con las tribus más belicosas de la pampa. Especialmente con Calfucurá, el cacique más aguerrido. Ese status quo se mantuvo gracias al pago de grandes tributos en ganado y otros artículos valiosos para los indios -yerba mate, tabaco y aguardiente-, llegando algunas veces incluso a comprar el fruto de sus rapiñas menores.
El equilibrio inestable mantenido terminó abruptamente después de Caseros. Calfucurá consideró rotos todos los tratados y comenzó una serie de correrías que pusieron en serio peligro las poblaciones fronterizas. Esencialmente era una amenaza para Buenos Aires, pues Urquiza logró atraerlo con suprema habilidad igual que a los ranqueles. Por esa razón, el Estado de Buenos Aires los enfrentará como aliados a los ejércitos de línea de la Confederación. En esos años, las tribus que representaron mayores peligros para las fuerzas porteñas fueron la confederación pampa liderada por Calfucurá, con tolderías en Salinas Grandes; las tribus ranqueles lideradas por Painé, Calvain, Coliqueo y otros, asentadas en Leuvucó; las tribus lideradas por Llanquetruz (o Yanquetruz, el joven) asentadas al sur de Patagones.
La relación entre Yanquetruz y Calfucurá en esos años, fue de permanente hostilidad y enfrentamiento. Si bien Yanquetruz había desposado una de las hijas de Calfucurá pronto comenzó a sufrir sus celos, debiendo huir al sur del río Limay a causa de los intentos de su suegro por eliminarlo. La enemistad entre ambos fue bien aprovechada. En 1852, el coronel Fourmartin escribía al gobierno porteño que Yanquetruz se distinguía por su amistad con el blanco, ocupándose de sembrar trigo con su tribu y trabajando en tiempos de cosecha para el vecindario. Sin embargo, tal situación no podía durar demasiado.
A partir de 1855, la ofensiva generalizada de los malones hizo retroceder la frontera casi hasta la línea de 1828, sobre el río Salado. En esos momentos era cuando se percibían las grandes falencias del ejército porteño, que implicarían largos años de humillación e impotencia para contener el avance impetuoso de las huestes indígenas. Especialmente los formidables golpes asestados por Calfucurá (apodado el Napoleón de las pampas), quien mantuvo un largo reinado imponiendo sus primitivas leyes con habilidad e inteligencia. Codicioso como ninguno siempre jugaba sus cartas con una gran independencia -incluso de Urquiza-, aunque se consideraba por extraña ambivalencia un soldado de la Confederación. En febrero de 1855 Calfucurá lideró un trágico malón sobre el Azul, asesinando 300 pobladores y saqueando casas y comercios, para retirarse con 60.000 vacunos y 150 familias cautivas.
Los ranqueles concretaron numerosas incursiones sobre poblaciones indefensas del oeste bonaerense, asaltando en mayo el pueblo de Rojas para arrebatar la entera caballada de la guarnición allí asentada. El gobierno porteño decidió entonces el envío del coronel Bartolomé Mitre, ministro de Guerra y Marina, al frente de las mejores tropas del Estado. Su plan era sorprender las tolderías de Catriel y Cachul, antes indios amigos, en esos días componentes de la confederación de Calfucurá. El coronel Laureano Díaz operaría contra Cachul procurando sorprender por la retaguardia sus tolderías ubicadas entre las lagunas Blanca Grande y Chica, mientras Mitre buscaría lo mismo de las de Cachul, ubicadas en la Sierra Chica de Tapalqué. El resultado no fue exitoso. Las fuerzas porteñas no sorprendieron a Catriel y Cachul, sino que los encontraron dispuestos a la batalla. Los indios huyeron inmediatamente a comenzado el combate -según su acostumbrada táctica de lucha-, para volver y derrotarlos cuando los soldados se habían entregado al saqueo de los toldos. Mitre se retiró a Sierra Chica en actitud defensiva. Allí, las huestes del mismo Calfucurá se interpusieron entre sus fuerzas y las de Laureano Díaz, sitiándolas por hambre. Lograron finalmente huir por la noche, dejando caballadas y fogones encendidos.
Por su parte, desligado Yanquetruz de su palabra de amistad con los blancos, se lanzó a una serie de tropelías en Patagones y Bahía Blanca. En setiembre de 1855, un regimiento de Carabineros al mando del teniente Nicanor Otamendi fue sitiado por sus huestes en la estancia de San Antonio de Iraola. Cuando dicho comandante hizo estaquear al emisario del cacique, todos los integrantes de su partida fueron masacrados. Ocho días después, Yanquetruz irrumpía sobre Tandil en trágico malón.
Esa desesperada situación de casi total derrota de los ejércitos porteños frente a los indios producía pánico en las poblaciones fronterizas, las que casi se despoblaron frente al temor creciente de sus habitantes, de ser masacrados o convertidos en cautivos. Notorias la ineficacia, impotencia y desmoralización de las tropas, mientras el indio se erigía como en tiempos pretéritos en amo absoluto de las pampas.
Con todo, los intentos por revertir tal situación continuaron. Mitre organizó un nuevo regimiento denominado Ejército de Operaciones del Sur, confiado al mando del Gral. Manuel Hornos, quien buscando el escarmiento de Calfucurá salió del Azul en octubre de 1855. El astuto cacique supo atraer sus fuerzas hacia un pajonal, al pie de la sierra San Jacinto, Olavarría. Los porteños pronto se dieron cuenta que habían caído en un tembladeral, donde no pudieron resistir la ofensiva de las huestes indias, acostumbradas a maniobrar en ese terreno. La derrota fue total y las pérdidas cuantiosas, por los saqueos e incendios resultantes.
El peor error táctico de esa guerra fue utilizar una táctica defensiva heredada de la dominación española. Domingo F. Sarmiento fue seguramente el ideólogo más importante de la oligarquía terrateniente que predicó tempranamente la necesidad de un cambio de táctica, en su permanente lucha de la ..civilización contra la barbarie. Sus ideas implicaban una táctica defensiva en la guerra contra el indio. Lo central era un cambio rotundo en el sistema de ocupación del suelo, operando mediante colonias agrícolas militares. Postulaba que el medio más efectivo de salvarse de los indios era cerrar las estancias y uniformar los soldados, criticando acerbamente la falta de preparación de las tropas. Su indisciplina, desorganización e inoperancia. Postulaba la necesidad de poblar el desierto fundando centros de población que estuvieran dotados de vida propia, autárquicos, que servirían de punto de avanzada fronteriza en la lucha contra el indio.
El coronel Bartolomé Mitre, en ese tiempo ministro de Guerra y Marina, también había influido decisivamente en los necesarios cambios tácticos de la guerra contra el indio, expresando frente a las cámaras legislativas porteñas que la situación militar en la frontera precisaba del restablecimiento del culto del honor y de la disciplina entre las tropas. Mantenía variadas diferencias con Sarmiento, asegurando que era un error considerar la línea de fortines como una línea de defensa, siendo origen de la mayor parte de las desgracias de la frontera: Los fortines están llamados a prestar un servicio de vigilancia puramente, colocando en los principales una guarnición suficiente para contrarrestar una invasión pequeña, como son generalmente las que se dirigen al Pergamino.
Gracias a su iniciativa se decidió apoyar las fuerzas del centro de la línea de frontera acantonadas en el Azul, con un movimiento ofensivo sobre el flanco derecho de las tribus, tomando como base de operaciones a Bahía Blanca. Aquel punto estaba abandonado, siendo que flanqueaba las principales posiciones indígenas en Salinas Grandes y Leuvucó, desde una distancia relativamente corta. Los indios se verían obligados a dividir sus fuerzas, frente a una amenaza permanente asentada en ese punto. De allí surgiría la colonia agrícola militar de Nueva Roma fundada por el coronel Silvino Olivieri, forma experimental en cuanto a su estratégica ubicación en proximidades a Bahía Blanca, y en cuanto a una nueva forma de asentamiento poblacional. El experimento también fracasaría de manera trágica y lamentable por multitud de causas.
Tal situación se mantuvo inalterable por muchos años, con su secuela de guerra, derrota, tratado de paz, humillación e imperio de Calfucurá. Las fuerzas nacionales necesitaron madurar sus principales falencias tácticas. Solo entonces podrían superar la eterna debilidad del gobierno nacional signada por pactos humillantes, grados militares, honores, y pago de auténticos tributos a unos pocos caciques.
Mitre insistiría en la necesidad de cambiar de táctica, lanzando tropas al desierto para atacar por sorpresa al indígena enemigo en su propia guarida. Las fuerzas nacionales debieron aprender del acertado uso del caballo por los indios, cuestión que representaba su neta superioridad.
La sumatoria de innovaciones daría el triunfo posterior sobre las tribus nómades al general Julio Argentino Roca, en su "Campaña al Desierto" de 1879, que incorporó definitivamente a la nación Argentina una vasta extensión de tierras de la pampa y la patagonia.
Lic. José Oscar Frigerio
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