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Federico II, emperador de los últimos días
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Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1215-1250) nació en Iesi, Italia en 1194, hijo de Enrique VI y nieto de Federico I Barbarroja.
Fue nombrado rey de Sicilia en 1198, a la muerte de su padre. Luego de la muerte de su madre y regente, Constanza de Sicilia, a los cuatro años de edad fue puesto bajo la custodia del Papa Inocencio III.
Con Inocencio III el poder terrenal del papado alcanzó su apogeo.
Reforzó el poder pontificio en Roma. Expulsados los alemanes de los estados pontificios, hizo de éstos un reino independiente. Fue reconocido como soberano por otros reyes. Intervino con destreza diplomática en las luchas por el trono de Alemania, consiguiendo que coronaran primero a Oton IV, y luego a su pupilo Federico II, quien fue considerado stupor mundi por sus cualidades extraordinarias, carácter excéntrico y actitudes adelantadas respecto a su tiempo.
Federico hablaba francés, italiano, latín, griego, árabe, y por supuesto alemán. Sobresalía también en equitación, caza, tiro al arco y esgrima. Conocía las obras de los árabes traducidas por los judíos y las de los griegos retraducidas del árabe al latín. Políglota, matemático, poeta, guerrero y erudito. Sin embargo, su buen humor podía convertirse en gran dureza y crueldad.
Los príncipes electores alemanes destituyeron a Otón y eligieron rey a Federico. Fue coronado rey de Germania en 1215 y en 1220 emperador en Roma. Federico realizó a la Iglesia Católica numerosas promesas, entre ellas el voto de llevar a cabo una cruzada.
En 1228 encabezó la sexta cruzada a Tierra Santa, tomó Jerusalén y firmó una tregua de diez años con el sultán de Egipto. Se casó con la hija del rey de Jerusalén, y al año siguiente, cuando éste murió asumió el título de rey de Jerusalén.
Regresó a Europa, promulgando en 1231 las constituciones que restablecieron la paz, el orden y la prosperidad en Sicilia, transformando su estado feudal en una pujante organización política, administrada por un cuerpo de funcionarios. Sus leyes reconocían los derechos de los pobres y siervos ante los ricos y el Estado. Realizó brillantes contribuciones a la erudición en Italia, reuniendo en su corte siciliana sabios y hombres de letras, por lo que Dante Alighieri la consideró lugar de nacimiento de la poesía italiana.
Reorganizado el reino de Sicilia, se dirigió a Alemania y las ciudades lombardas. Enrique, hijo de su primer matrimonio, había hecho causa común con las ciudades lombardas en 1237. El veinteañero rebelde se halló sólo y abandonado. Ambos no se veían desde 1220, en que Federico había abandonado Alemania. Sin querer verlo, Federico lo mandó encarcelar, mas tarde lo privó del derecho de sucesión. Enrique continuó encarcelado hasta 1242 en que se suicidó.
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En 1237, Federico II había infligido por sorpresa una derrota aplastante a la liga lombarda. Sin embargo, su conflicto con las ciudades lombardas continuó largamente y terminaría con el poder imperial germánico. Su hijo predilecto, Ezio, fue tomado prisionero en 1249 por las tropas de Bolonia, una de las ciudades de la Liga Lombarda, sufriendo prisión por los 23 años que le quedaban de vida.
Con intermitentes conflictos con el Papado, fue excomulgado dos veces, por Gregorio IX en 1239 y en 1245 por Inocencio IV.
Según una versión, Federico II declaró a Cristo, Moisés y Mahoma un trío de impostores y desconoció abiertamente la autoridad papal, siendo ésta la verdadera causa por la que habría sido excomulgado por esos pontífices, y por el primer Concilio Ecuménico de Lyon (1245), que lo depuso como emperador por perjuro, hereje y perturbador de la paz. Su respuesta habría sido crear un nueva religión, de la que se proclamó Mesías, reservando para su ministro Pietro della Vigna el rango de San Pedro.
Por estas razones, Federico II parece haber sido objeto de sorprendentes esperanzas escatológicas. De hecho, todo lo que los franceses habían esperado de los capetos y Carlomagno, los alemanes lo esperaban de él.
Al morir Federico I Barbarroja en 1190, comenzaron a aparecer profecías en Alemania que hablaban de un futuro Federico, emperador de los últimos días, que liberaría el Santo Sepulcro y prepararía el camino para la segunda venida de Jesucristo y el milenio.
Su brillante personalidad habría favorecido el nacimiento de un mito mesiánico. Marchó a la cruzada en 1229 y reconquistó Jerusalén, coronándose rey de la misma. Tuvo conflictos encarnizados con el papado, fue varias veces excomulgado como hereje, perjuro y blasfemo, de lo que supuestamente se vengarìa tratando de despojar a la iglesia de la riqueza que era el origen de su corrupción.
Incluso, en el pseudo joaquinista Comentario sobre los últimos días, escrito en 1240, se pronosticaba que Federico II perseguiría tanto a la Iglesia que en el año 1260 quedaría totalmente destruida. Para los espirituales italianos, el emperador era el anticristo en persona, y su reino, la nueva Babilonia.
En Alemania, en cambio, seguía siendo visto como el salvador o mesías, cuya misión abarcaba el castigo de la iglesia.
Para sorpresa de todos, Federico II murió en el año 1250, diez años antes del pronosticado fin del mundo, sin poder llegar a cumplir su misión escatológica.
Sin embargo, pronto comenzó a rumorearse que seguía vivo. Más aún, habría resucitado, pues había sido visto entrar en los cráteres del Etna, mientras un ejército de caballeros descendía hacia el embravecido mar siciliano. Tal leyenda dio pábulo para que muchos años después apareciera un pretendido Federico II resucitado, causando gran revuelo en Italia y Alemania, siendo a la postre ejecutado cuando la farsa fue descubierta.

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Basada en:
VAN DULMEN, Richard, "Los inicios de la Europa moderna", vol. 24, Historia Universal Siglo XXI, SigloXXI Ed., Madrid, 1998.
PUIGGROS, Rodolfo, "La cruz y el feudo", Carlos Perez ed., Buenos Aires, 1969.
GRIMBERG, Carl, "Historia Universal", N 9, 14, 28, 29, Ed. Ercilla, Chile, 1986.
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