Eva Perón, la abanderada de los humildes

                     

"Yo creo que Perón se parece más bien a otra clase de genios, a los que crearon nuevas filosofías o nuevas religiones.  No he de cometer la herejía de compararlo con Cristo... pero estoy segura de que, imitándolo a Cristo, Perón siente un profundo amor por la humanidad y que eso más que ninguna otra cosa lo hace grande, magníficamente grande.

Pero es grande también porque él ha sabido darle forma práctica a su amor creando una doctrina para que
los hombres sean felices, y realizándola en nuestra tierra.

Yo dije que el General Perón es idealista, profundamente idealista. Pero es genial también, y por eso su
idealismo no es quijotesco, idealismo de escritorio o de soñador.

Es idealismo humano, natural y realista. Yo no sé cómo él sabe armonizar todas estas cosas.

Lo veo a veces concebir una idea que me parece estar demasiado cerca de las nubes para ser realizada... y después veo cómo esa misma idea va tomando formas... y poco a poco sus manos maravillosas las van convirtiendo en una magnífica realidad. Es idealista y práctico a la vez. Por eso yo creo firmemente que es un genio y que este siglo será iluminado por él. Lo veo marchar en medio de un mundo sin fe y sin esperanzas y me parece en algunos momentos que él es la única cosa de la tierra en la que todavía se puede tener un poco de fe y un poco de esperanza.

(...) Y... nadie, sino Perón, le dice a la humanidad una palabra distinta... Nadie más que Perón le muestra a la humanidad un nuevo camino, dándole una nueva esperanza. La humanidad cree que todo le ha salido mal y que ya no hay ninguna solución para sus males. Incluso cree que el mismo cristianismo ha fracasado... y Perón le dice francamente: No. Lo que ha fracasado no es el cristianismo. Son los hombres los que han fallado aplicándolo mal. El
Cristianismo no ha sido todavía bien probado por los hombres porque nunca el mundo fue justo... El Cristianismo será verdad cuando reine el amor entre los hombres y entre los pueblos; pero el amor llegará solamente cuando los hombres y los pueblos sean justicialistas."

Eva Perón, "La Razón de mi vida", Editorial Relevo, Buenos Aires, 1973.

Eva Perón configura una de las ausencias más polémicas y recordadas del peronismo en Argentina, debido a sus particulares dotes de militante, su abnegada ayuda a los necesitados y la entrega desinteresada a su pueblo, que la convirtió en su abanderada y protectora.

Ella misma cuenta que cuando era muy joven halló un sentimiento fundamental que iba a dominar su existencia: “indignación frente a la injusticia”. Después comprendería que había pobres y ricos, y que los primeros debían sus carencias a que los otros eran demasiado poderosos. Eso cambió el curso de su existencia, abrevando en la necesidad de una gran regeneración social. Luego, encontró junto al Gral. Juan Domingo Perón la posibilidad de concretar su anhelo de justicia social y asistencia a los más necesitados. Aprendió de su maestro, pero aportó su intuición lúcida, su portentosa energía militante, su carismático verbo apasionado.

Y fue desde el mismo despacho del Ministerio de Trabajo donde había atendido el líder, que Evita edificaría su “Fundación de Ayuda Social”, desplegando una labor infatigable para paliar las innumerables penurias de la clase trabajadora argentina. Eva Perón definía su tarea, diciendo: “No es filantropía, ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad social, ni es beneficencia. Ni siquiera es ayuda social, aunque por darle un nombre aproximado yo le he puesto ese. Para mí, es estrictamente justicia.” Declarando: “Lo que yo doy es de los mismos que se lo llevan. Yo no hago otra cosa que devolver a los pobres lo que todos los demás les debemos, porque se lo habíamos quitado injustamente”.

Evita tuvo un principio de enfrentamiento con los sectores más conservadores de la sociedad, entre los que se incluía la Iglesia Católica mayoritariamente, por el tipo de ayuda (limosna) brindada a los necesitados.Su lema fue “Ayuda Social, sí; Limosna, no”, explicando claramente las diferencias: la ayuda social “..es la habitación, el vestido, el alimento para el enfermo que no está capacitado para el trabajo y que no puede adquirirlo. No es limosna. Es simplemente solidaridad humana. La limosna prolonga la enfermedad. La ayuda social va a mitigar necesidades y restituir a la sociedad como elementos aptos, a los descendientes de los desamparados. La limosna es accidental. No tiene método ni meta. Y supervive en nuestros tiempos, en nuestro medio, porque algunos sectores necesitan ejercitarla entendiendo que así lavan culpas en la puerta de la iglesia.”

Pero la fatalidad trastocaría su prodigiosa obra militante y benefactora. Una enfermedad mortal postrarà a Evita más de dos años antes del trágico desenlace final. Como el malestar se aceleraba consumiéndola en vida, tuvo que ser operada con urgencia. El acontecimiento produjo un desfile popular incesante por el Policlínico Presidente Perón, de Avellaneda, donde hombres y mujeres de toda condición social atendieron la evolución de la enferma. Como la enfermedad continuara evolucionando inexorablemente, la tragedia culminó el 26 de julio de 1952 con su prematura muerte a los 33 años de edad.

La Confederación General del Trabajo (CGT) proclamaba a Evita esa misma noche, “Mártir del Trabajo, única e imperecedera en el movimiento obrero de nuestra querida patria”. Los preparativos para el velatorio se dispusieron inmediatamente. Una cuestión muy delicada e importante a concretarse fue el embalsamamiento del cadáver, para lo cual un famoso especialista español –el doctor Pedro Ara– esperaba el aproximarse del deceso. A la mañana siguiente, el cuerpo era definitivamente incorruptible.

Los restos fueron velados en el primer piso del Ministerio de Trabajo, en un rotonda de honor. A las 13 horas del 27 de julio, comenzará un interminable desfile popular ante el féretro. Todos querrán dar su adiós postrero a Evita. Tributar su homenaje a la carismática líder desaparecida. A la madre, a la hermana, a la compañera Evita...

La multitud que pugnaba por despedir los restos se volverá imponente. La cola llega a tener 30 cuadras de largo. Día y noche, mujeres del pueblo –pálidas, insomnes y llorosas–, hombres, ancianos, y también jóvenes, aguardan ansiosos pero pacientes, el instante de llegar al ataúd donde su amiga y protectora yace “..inmóvil pero no vencida, yerta pero triunfadora sobre el mal y la injusticia, vencedora del tiempo y de la muerte, por el milagro de su gloria inmarcesible..”. Anunciado el velatorio al principio por un plazo relativamente breve, debió ser extendido por muchos días, ya que el público se renovaba sin cesar. Desde la noche del deceso, en plazas, esquinas de barrio, pueblos y ciudades de todo el país, se levantaron pequeños altares con la imagen de Evita, adornada con un crespón negro. Allí se rezaba afanosamente de día y de noche, por el descanso del alma de la difunta.

Después de la muerte de Eva Perón, largamente lamentada por el pueblo, cundió un sentimiento popular espontáneo que clamaba por su canonización. Implicaba una devoción que calaba muy hondo en el corazón de los trabajadores. Inmediatamente se cubrió su imagen con ribetes de martirio y magnificencia, entronizándose un “altar laico” dedicado a su memoria en la CGT. Ahora era la “Jefa Espiritual del Movimiento Peronista”.

La imagen de Eva Perón sería equiparada espontáneamente a la Virgen María, incluso a Jesucristo, poniendo su obra en un punto místico culminante y espectacular. La líder desaparecida, una atractiva mujer que con gran carisma y lucidez condujo el Movimiento Femenino Peronista y la Fundación de Ayuda Social que llevara su nombre, fue enaltecida y divinizada. Muerta en plena juventud, en el momento más alto de su carrera política, su desaparición posibilitó la creación de un mito poderoso, de una fuerza sorprendente.

Acompañando el espontáneo proceso gestado en las masas trabajadoras peronistas, dirigentes políticos del movimiento dieron vibrantes discursos públicos comparándola con Jesucristo, con Juana de Arco, con el mismo Dios...

Una de las comparaciones más sorprendentes fue la que realizara Hilda Nélida Castañeira de Baccaro, senadora de la Nación, al expresar en un debate parlamentario en julio de 1955: “..de pequeña, cuando se me enseñó a conocer la religión, se me habló de Aquel que para felicidad de un pueblo, trocó el agua en vino; para borrar lágrimas de pena reprodujo peces; curó heridas; besó enfermos; derramó su bondad sin distingos de clase ni color, y que precisamente Él, tan bueno, tan noble, tan justo, tuvo un solo momento de ira y de desprecio, el día en que a latigazos arrojó a los que negociaban en el templo. Por eso, señor presidente, porque el pueblo conoce y reconoce lo bueno de lo malo, sabe y exige esa misma justicia y cree profundamente en ésta que proclamara la Nueva Argentina. Ha visto, señor, a Eva Perón trocar el agua en vino, que no otra cosa podría compararse a los sueños realizados de los niños, de las madres y los ancianos. La ha visto curando heridos y besando enfermos, y ve a Perón cumpliendo fielmente su única razón de lucha, dar al pueblo una real felicidad basada en una auténtica justicia.”<

Y entre otros, Elena A. Fernícola, en un homenaje en la Cámara de Diputados en 1955 afirmaría: “¡Evita! Mártir del trabajo, mujer y heroína, erguida ya para las edades sobre la inmortalidad de los elegidos. Sobrenatural, te admiramos triunfante sobre las fuerzas humanas como el mismo Jesús, por haber predicado con tu fanatismo incesante el anuncio de la Nueva Argentina renacida por la fe, la verdad y la fraternal unión solidaria de los trabajadores. También tú iniciaste a tus apóstoles, y resucitaste en la eternidad gloriosa de tu dominio espiritual, que nutre ya para las edades las esencias de una doctrina hecha fecundidad por tu ejemplo, lealtad y perseverancia, hasta el supremo y sublime triunfo de tu sacrificio. Llama tu voz enardecida por la pasión de patria, y ha de resonar crecida, y más allá de las fronteras, como el látigo de Jesús contra los mercaderes del templo: ‘Caiga quien caiga y cueste lo que cueste’, porque ha llegado la hora de los pueblos. ¡No lo hemos olvidado!”.

Luego,  sus opositores hablarían de un almanaque en que aparecía la imagen de “Santa Eva mártir”, además de un retrato en el que aparecía Evita con la “aureola” de la Virgen, e incluso de una conocida actriz argentina que habría rezado por radio una oración dedicada a la extinta, que comenzaba “Dios te salve, María Eva, llena eres de gracia...”. Por otra parte, se comentaba que la tan discutida oración había sido impresa en una estampita de Evita, y que se iba a celebrar el culto de Santa Evita, patrona de la Iglesia Nacional Argentina.

Su confesor, el jesuita Hernán Benitez, revelaría que Evita había muerto con un mérito mayor que la entrega a los pobres, un dolor insoportable y secreto. Ese dolor que la desgarraba no era un secreto de confesión, lo conocían sus hermanas y parecía merodear la casa de su madre, en la calle Tres de Febrero.

Pese a que el cura siempre aseguró que ese secreto moriría con él, quiso que se supiera que Evita como muchos santos había soportado en vida un gran dolor. Y lo hizo en 1992, haciendo pública la carta que le había enviado a Blanca Duarte, la hermana de Evita, en 1985.

En ella afirmaba: "Aquella noche, ante los despojos de Evita, a la congoja por su pérdida se sobreponía en mi alma la satisfacción de saber, como sabía que ella ante Dios estaba cargada de merecimientos eternos. El purgatorio lo había padecido ya en este mundo. No en su carne cancerada, sino en su corazón acrisolado en la peor de las torturas. Bien sabe usted Blanca a qué me refiero. Eran ustedes, a sus hermanas, las únicas a quienes ella abría todo su corazón. (...) Los anales de la iglesia están llenos de seres insignes por su capacidad de sufrimiento y por su capacidad de secreto. No hablemos de los clásicos: Santa Teresa la de Ávila, San Juan de la Cruz; Fray Juan de los Ángeles. Recuerde usted a Don Bosco, Don Orione, Juan XXIII, Kentenich, el fundador de Schoenstatt. Nadie, ni un sabueso de la garra de Yallop, ha podido develar el misterio que rodeó la muerte del Papa Luciani,  Juan Pablo I, en el amanecer del día 34 de su pontificado. Y esto ¡en las barbas de San Pedro! Es que en todas partes se cuecen habas. Si en el Vaticano, sí: ¡cómo para que no en calle Tres de Febrero 1350! ¿Me entiende, verdad? (...) Su cruz, tan meritoria, me llevó a recordar la cruz de Evita de la que quedamos tan pocos testigos con vida todavía. Ella me remontó a la cruz de todo Cristo. La invisible cruz de Cristo. La de la queja inenarrable. No podía ocurrirme de otro modo. Recuerde sólo esto, Blanca. Nuestras cruces constituyen una y la misma cruz con la de Cristo. La visible y la invisible."

Moori Koenig había sentido siempre los presagios en los socavones de su cuerpo como si fueran agujas o quemaduras. Se precipitó a la calle. Llegó a la esquina de Callao a tiempo para ver, en la súbita noche, treinta y tres velas chatas que brillaban en hilera, al pie de las fachadas. De lejos parecían espuma o la estela de un barco. Dentro de un zaguán encontró una corona fúnebre de alverjillas, pensamientos y nomeolvides, atravesada por una cinta con letras doradas. Resignado leyó el casi previsible mensaje: "Santa Evita, Madrenuestra. Comando de la Venganza".

Tomás Eloy Martínez, "Santa Evita", Biblioteca del Sur, Ed. Planeta, Buenos Aires, 1995.

Basada en:

PERON, Eva, "La razòn de mi vida", Editorial Relevo, Buenos Aires, 1973.

FRIGERIO, Jo Oscar, "El síndrome de la Revolución Libertadora: la Iglesia contra el Justicialismo", N 285, 286, 287, Biblioteca Política Argentina, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1990.

Martínez, Tomás Eloy, "Santa Evita", Biblioteca del Sur, Ed. Planeta, Buenos Aires, 1995.

http://josefrig.fortunecity.es/evitamito.htm

http://www.herenciacristiana.com/ultimacruzada/benitez.html

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