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El milenarismo de los comuneros de Castilla

La herej�a de los albigenses fue el pretexto de los papas para establecer la antigua Inquisici�n; la necesidad de combatir la apostas�a de los conversos del juda�smo fue la raz�n la introducir la moderna inquisici�n espa�ola, pues ella qued� confinada en ese pa�s y Portugal.

Los jud�os, establecidos desde muchos siglos atr�s en Espa�a, dedic�ndose al comercio y la industria, hacia el siglo XIV hab�an acrecentado la riqueza de la naci�n y conquistado gran influencia en Castilla y Arag�n. Por la furia del populacho (pogroms) o la decisi�n oficial, fueron obligados a convertirse y muchos lo hicieron. Los conversos eran llamados nuevos cristianos o marranos. Su adopci�n del cristianismo fue causada por el miedo y el deseo de conseguir prebendas seculares, mucho m�s que por la fe, por lo que muchos reasum�an en secreto la pr�ctica de sus ritos, mientras p�blicamente se adaptaban a los ritos cristianos. Muchos fueron descubiertos por los sacerdotes cat�licos y castigados por la moderna Inquisici�n, que ten�a a su cargo toda clase de herej�a. La bula de establecimiento de la Inquisici�n en Castilla fue de fecha 17 de setiembre de 1480, siendo primer gran inquisidor Tom�s de Torquemada, y luego el Cardenal Jim�nez de Cisneros.

En el a�o 1512, los conversos hicieron un ofrecimiento de 600.000 coronas a Fernando el Cat�lico para ayudarle en la guerra de Navarra, a cambio de que se dictara una ley para que en los procesos ante la Inquisici�n se hicieran p�blicas las declaraciones de los testigos. Cisneros, para disuadir al rey, puso a su disposici�n una gran suma de dinero. En 1516, fue hecha una oferta similar a Carlos V, y cuando los eruditos de las universidades de Espa�a y Flandes, estuvieron de acuerdo en publicar los nombres y declaraciones de testigos, nuevamente Cisneros inst� a su rechazo afirmando que cierto testigo an�nimo hab�a sido asesinado, y que la persona del rey peligraba con la admisi�n de jud�os en el palacio.

Fernando el Cat�lico, y tambi�n Carlos V, no consideraban a la Inquisici�n como un medio de preservar la pureza de la fe, sino como instrumento de tiran�a y extorsi�n.Cuando �ste �ltimo asumi� el gobierno de Espa�a, jur� observar ciertas ordenanzas destinadas a corregir los abusos de la Inquisici�n, pero en privado declar� que esa promesa le hab�a sido arrancada por los representantes de ciertas ciudades. Debido a la aprobaci�n vaticana de unos breves sobre reformar la Inquisici�n espa�ola, Carlos sostuvo un altercado para volver atr�s. Reci�n lo consigui� al ser electo como papa Adriano, su preceptor, quien impidi� toda reforma inquisitorial. Igualmente se suprimieron libertades civiles a la nobleza y privilegios a las ciudades, imponi�ndose la autoridad absoluta y desp�tica del soberano.

Los comuneros de Castilla representaban los intereses de los grandes municipios castellanos, de la burgues�a y de la peque�a nobleza de las ciudades, aferrados a un tradicionalismo corporativista y a privilegios urbanos incompatibles con la afirmaci�n de la monarqu�a absoluta. Su derrota implic� la crisis del ideal burgu�s en Castilla, y la estrecha alianza entre la monarqu�a y la nobleza. Alguno sostuvo que fue el �ltimo y desesperado intento de la casta espa�ola de ascendencia jud�a para modificar los procedimientos inquisitoriales.

Ning�n rasgo es com�n a las ciudades comuneras (Toledo, Medina, Segovia, Le�n, Salamanca, Valladolid, Burgos, etc.). �Cual es el origen de la revoluci�n comunera de Castilla? S�lo ten�an en com�n todas ellas: la presencia cotidiana de lo maravilloso, los vaticinios, un gran misticismo, la esperanza mesi�nica, la creencia en la proximidad del fin del mundo.

Est�n los escritos y cartas de Pedro M�rtir de Angler�a, los hechos extraordinarios de Fray Lorenzo de Rapariegos, un humilde franciscano, del que contaban sus profec�as sobre los Reyes Cat�licos, que resucit� una mula, que dominaba demonios...

Tambi�n estaba Sor Mar�a de Santo Domingo, la beata de Piedrahita, de gran fervor popular, con predicaciones y revelaciones. La beata se hab�a ganado la voluntad del cardenal Cisneros y del duque de Alba, y hasta el mismo rey cat�lica, que la visitaba asiduamente. Hac�a bailes m�sticos, profetizaba y predicaba. Habiendo tomado los h�bitos, se dedica a la contemplaci�n. Luego declara que tiene trato �ntimo con Dios por medio de se�ales, gestos y coloquios. En sus �xtasis quedaba r�gida, como muerta. A veces afirmaba que era Cristo mismo, a veces la esposa de Cristo.

No es una figura aislada. Hay una aut�ntica eclosi�n de m�sticos, iluminados y beatas, amparados en el fervor popular y la tutela de la iglesia cat�lica. Numerosas beatas pululan alrededor de Cisneros; de alguna de ellas se espera el nacimiento de un nuevo Mes�as.

Los signos se multiplican en 1512, cuando aparece Fray Melchor, conocido por sus cartas a Cisneros, atestiguando la aparici�n entre los franciscanos de un mesianismo iluminista, potenciado por la ascendencia jud�a de muchos de ellos. Es hijo de una familia de conversos de la aristocracia de Burgos; ha vestido los h�bitos de diversas �rdenes, ha conocido a la beata de Piedrahita. Sus profec�as anuncian terribles sucesos: los reyes de Espa�a, Francia, de Europa entera han de morir; la silla de San Pedro ser� derribada, el Papa y el clero decapitados; la Iglesia trasladar� su sede a Jerusal�n, la tierra prometida; el elegido de Dios llevar� los cinco estandartes a la ciudadela de Si�n, y pondr� cima a la obra divina.

Hay varias constantes en las sectas milenaristas, que aparecen confirmadas con extra�a similitud en el movimiento comunero de Castilla: a) gritan �Viva la Santa Comunidad!; b) el levantamiento mismo significa la creencia en la posibilidad material del "milenio igualitario"; c) est� el milagro de la Pe�a de San Pedro, o las profec�as de Fray Melchor, San Isidro, Fray Juan, la beata de Piedrahita, etc.; d) los comuneros aceptaban con facilidad pesados sacrificios, pues exist�a la esperanza de una transformaci�n total de la sociedad; e) exist�a certeza de la inspiraci�n divina del movimiento.

Un aspecto del milenarismo comunero, es la que proporciona el car�cter mesi�nico que se atribuyen a los dirigentes del movimiento: Juan de Padilla, Bravo, el obispo Acu�a, gozan de un fervor popular comparable al que en otros tiempos gozaban santos y profetas. Son varios los Mes�as del movimiento, porque se cre�a que los dirigentes comuneros ser�an  los encargados de preparar el terreno para la nueva venida del Mes�as Cristo. El 31 de diciembre de 1520, Valladolid tributa un recibimiento delirante a Padilla, acogido como si fuera el Mes�as. El obispo Acu�a, elevado a arzobispo de Toledo en 1521, es aclamado como "libertador de los pobres". Tambi�n se lo equiparaba a Mahoma, por su predicaci�n entre los �rabes.

En las ciudades, como expresi�n de la creencia en el milenarismo ("milenio igualitario"), las asambleas de las parroquias son las encargadas de debatir y resolver los grandes y peque�os problemas. Esa democracia directa enervaba a la nobleza. La Santa Junta, agrupaba a todos los delegados de las ciudades, discut�a las reformas a introducir y concentraba todos los poderes del Estado como verdadero gobierno.

Se ha pretendido develar una ra�z judaica en el origen del movimiento comunero, puesto que los conversos son numerosos en Toledo, Segovia, Valladolid, Madrid, Medina, etc. Se ha se�alado su deseo de suprimir o reformar la Inquisici�n. Entre los conversos la tradici�n prof�tica y mesi�nica alcanzaba singular importancia, y de hecho gran parte de las inquietudes reformistas, transformadas en visiones apocal�pticas provienen de conversos. Con su carga milenarista, las comunidades rebeldes atrajeron a los conversos, dado su poder de fascinaci�n sobre ellos debido a las persecuciones y desprecios de que eran objeto, al plantearse como en todo movimiento milenarista, la supervivencia de los justos. Las acusaciones lanzadas contra ellos al acabar la lucha, estar�an condicionadas por la identificaci�n ,en amplios sectores del clero y la nobleza, entre milenarismo y juda�smo.

Merece especial menci�n la identificaci�n de los comuneros del emperador Carlos V con el Anticristo, que preceder�a a la implantaci�n del reino mesi�nico sobre la tierra. La tradici�n difundida en la Edad Media del origen centro-europeo del Anticristo, viene a proporcionar un respaldo m�stico a la decepci�n general que produce su primer viaje a Espa�a. Los sermones no respetan la figura real cuando abandona Espa�a.

Si en 1518-19 no hay ataques directos a su persona, hay un cambio luego. En 1520, un dominico hab�a afirmado "ha comprado con dineros el Imperio", en alusi�n a su catadura moral. En 1521, se afirma en una carta oficial que en Segovia un fraile predic� que Carlos V era hijo de una esclava, en alusi�n a la descripci�n del Anticristo como "hijo de mujer muy vil", teniendo la doble intenci�n de la alusi�n escatol�gica y negar los derechos de Carlos a la corona de Castilla.

En 1529, Carlos V pretende obtener de Roma un breve que le autorice a castigar y procesar a los eclesi�sticos que se manifiesten contra su gobierno, argumentando que predicadores y frailes causaron graves da�os con sus sermones y tuvieron enorme responsabilidad en las alteraciones ocurridas en el Reino de Castilla.

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Basada en:

ALBA, Ram�n, "Acerca de algunas particularidades de las Comunidades de Castilla, tal vez relacionadas con el supuesto acaecer terreno del Milenio Igualitario", Ed. Nacional, Madrid, 1975.

M'CRIE, Tomas, "La reforma en Espa�a en el siglo XVI", vol II, Biblioteca de Cultura Evang�lica, Buenos Aires, 1950.

http://www.nodo50.org/izco/historia_del_movimiento_comunero.htm

http://www.fuenterrebollo.com/faqs-numismatica/comuneros.html

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