Primeros anticristos

Parece evidente que el Apocalipsis de San Juan habr�a sido escrito como respuesta a las primeras grandes persecuciones al cristianismo, y a un esperado inminente regreso (parus�a) de Jesucristo para imponer su ley al mundo.

La tradici�n hace remontar a Ner�n el triste honor de ser considerado el primer Anticristo de la historia, porque el libro prof�tico se habr�a escrito durante su reinado, o bien, durante el del emperador Domiciano, otro firme candidato a esa caracterizaci�n.

El juda�smo era una religi�n exclusivista, de un car�cter nacionalista marcado. El pueblo jud�o consideraba prof�ticamente que su Dios, un dios autoritario y terrible, iba a triunfar sobre las otras religiones.

El cristianismo fue una religi�n nacida intr�nsecamente del juda�smo, y en muchos momentos Jesucristo semeja m�s un reformador, que el creador de una nueva religi�n.

Para Rodolfo Puigross, “..el cristianismo naci� para realizar las esperanzas del juda�smo a trav�s de su negaci�n. El Redentor, hijo de Israel, anunciado desde tiempos inmemoriales por los profetas, advino al mundo como ant�tesis de Israel. La leyenda de la pasi�n del jud�o Jes�s es el mayor alegato antijud�o que se conoce. Los cristianos hicieron a los jud�os deicidas para negarlos, suplantarlos y apropiarse de su Dios.”

La primera gran diferencia con el juda�smo resid�a en la universalidad que se atribuy� el cristianismo, permitiendo adeptos de todas las razas y culturas. Esa misma trascendencia hizo que con el tiempo fuera visualizada por los romanos como religi�n m�s peligrosa que la religi�n jud�a de donde proven�a, y de la cual en principio no hab�a sido bien distinguida.

Las primeras persecuciones al cristianismo fueron hechas por los jud�os, en la medida en que crec�a como religi�n diferenciada, y ello provocar�a su dispersi�n territorial llegando a Roma, donde comenzar� a crecer en las clases populares y los esclavos.

Los romanos eran pragm�ticos en materia religiosa, y aceptaban en su pante�n todos los dioses de los pueblos conquistados, en la medida que a su vez esos pueblos aceptaran los dioses romanos y sacrificaran en su honor. All� ser�a donde se destacar�an las diferencias con el nuevo culto, monote�sta por a�adidura, que no s�lo se negaba a sacrificar a los dioses romanos, sino tambi�n a cumplir con determinadas obligaciones respecto del Estado. Adem�s, los cristianos esperaban el pronto derrumbe de un sistema corrupto y decadente, que poco a poco iba derivando en un creciente libertinaje. El circo romano cautivaba a las masas, y era consecuentemente despreciado por los cristianos.

Al malinterpretarse cuestiones referentes a la doctrina, T�cito afirmar�a que se atribu�a a los cristianos costumbres antropof�gicas y que despreciaban al g�nero humano.

Ner�n, �ltimo emperador de la dinast�a Julia, era un gran libertino. Lleg� muy joven al trono, haciendo gala de una gran cultura griega, aunque nunca fue considerado m�s que un vulgar imitador sin talento. Pronto ir�a encaram�ndose por la misma pendiente que recorrieron sus siniestros ancestros (Tiberio y Cal�gula), llegando al desenfreno moral, el asesinato y la locura. En su haber acredit� los asesinatos de su madre Agripina, de su primera esposa Octavia (cuya familia entera ya hab�a sido asesinada), para casarse con la libertina Popea, el suicidio del gran fil�sofo S�neca, y muchos otros que siguieron a �stos.

 

Aspiraba a cambiar completamente a Roma, por considerarla antiest�tica y de mal gusto. El incendio de la ciudad dur� una semana entera y destruy� la mayor parte, posibilitando la concreci�n de su sue�o de construir un gran palacio imperial y una nueva metr�poli del imperio.

                                      

Los cristianos y la peligrosa “superstici�n” que predicaban dieron fundamento a que fueran chivos expiatorios, atribuy�ndoseles la culpa del incendio que hab�a arrasado Roma. Ellos despreciaban los usos y costumbres de la poblaci�n, y buscaban la quiebra del imperio. Estaban contra el Estado, y deb�an ser castigados por ello.

Ner�n maquiav�licamente los acus� de los incendios, ordenando apresarlos y darles muerte a trav�s de crueles y refinados sistemas: ser devorados en el circo por fieras hambrientas; crucificados o como teas vivientes que alumbraban los caminos imperiales. Se dice que murieron muchas notables personalidades de la sociedad romana, incluidos los ap�stoles Pedro y Pablo durante estas persecuciones.

El historiador Suetonio, manifiesta que el emperador mand� incendiar la ciudad por su desagrado por los edificios antiguos, la angostura e irregularidad de las calles, y cuestiones por el estilo aparte su locura y capricho, situaci�n advertida por algunos c�nsules quienes incluso habr�an sorprendido a esclavos de la c�mara de Ner�n con estopas y antorchas sin atreverse a detenerlos. Al acusar a los cristianos, Ner�n desviaba la atenci�n sobre su responsabilidad, y al mismo tiempo daba cuentas de un peligro en ciernes.

Con todo, las persecuciones de Ner�n no fueron m�s all� de los l�mites de la gran metr�poli del mundo antiguo, siendo posteriormente Domiciano durante su reinado quien las extender�a a las provincias, haciendo gala igualmente de gran crueldad hacia un culto que amenazaba con su crecimiento los valores de ese mundo en decadencia.

Otros emperadores romanos posteriores, como Dioclesiano o Decio, desarrollaron feroces persecuciones contra el cristianismo en expansi�n, hasta su reconocimiento como culto oficial del Imperio Romano por Constantino el Grande en el a�o 313 d.C.

 

Basada en:

BARROW, R. H., "Los romanos", Breviarios, N 38, Fondo de Cultura Econ mica, Buenos Aires, 1990.

SUETONIO, "Vida de los Doce C�sares", vol. 5, Cl�sicos Jackson, Buenos Aires, 1948.

RENAN, Ernesto, "El anticristo", tomo I, Valencia, 1904.

PUIGGROS, Rodolfo, "La cruz y el feudo", Carlos P�rez ed., Buenos Aires, 1969.

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