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Los terrores del año mil
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En el siglo X la gente vivía atemorizada, en un mundo donde habían desaparecido todas las garantías sociales de una relativa seguridad o una vida pacífica, en perpetua zozobra ante el futuro. Tal miedo era consecuencia de las arbitrariedades de los señores feudales, de las salvajes incursiones de pueblos extraños y de las contiendas entre nobles que disputaban entre sí por la posesión de las tierras.
En un mundo semejante, al hombre sólo quedaba buscar refugio en Dios.
Por ello, la vida cotidiana del hombre de esos tiempos, estaba profundamente impregnada de religión. Sólo la Iglesia aparecía como un factor estable y sólo Dios como un elemento eterno. Una consecuencia de ello, parece haber sido el fuerte incremento que el culto de los santos y de las reliquias adquirió en los siglos X y XI, llegando la falsificación de las mismas a extremos insospechados.
El pueblo afluía a las iglesias pasando la noche en ellas con cánticos y rezos, y se precipitaba tras el cortejo de monjes que procesionalmente llevaban las reliquias de los santos. El juramento ante el altar, sobre los Evangelios o sobre reliquias se convirtió en la base de la adopción de deberes de todo tipo. Antes de emprender cualquier empresa se rogaba la bendición eclesiástica.
Los cristianos del año 1000, especialmente los de las capas sociales inferiores, vivían acechados por el hambre y la miseria fisiológica. La subalimentación crónica favorecía variadas enfermedades, como la tuberculosis, el cáncer y enfermedades de la piel. Particularmente espantosa era la mortalidad infantil.
Raúl Glaber, cuya carrera monástica se iniciara muy tempranamente, a los doce años, transcurrió su vida en diversas regiones de Borgoña. Conoció por lo menos a dos grandes figuras: a Guillermo de Volpiano, abad de Saint Bénigne, quien lo llevó a Italia en 1028, y a San Odilón, abad de Cluny. No era en modo alguno hombre de celda, anduvo de un sitio a otro, trató con hombres vivos, vivió el año 1000, hubo nomadismo en su existencia. Le expulsaron de varios monasterios. Para ser un mal fraile tenía demasiado miedo. Miedo al fin del mundo que se aproximaba. Cumplidos los mil años, pronto Satanás sería desencadenado.
Glaber lo vio más de una vez al demonio, una de ellas en la cabecera de su cama, bajo la forma de un hombre diminuto, horrible, de rostro demacrado, ojos muy negros, frente rugosa y crispada, nariz puntiaguda, boca prominente, barba de chivo, orejas velludas y afiladas, dientes de perro, cráneo puntiagudo y joroba sobre la espalda.

Estamos en el límite de los 1000 años predicados en el libro de la Revelación. En realidad, la tensión masiva por un inminente fin del mundo fue bastante menor de lo que plantearon los historiadores románticos del siglo XVIII, aunque de ningún modo inexistente. Siglo de grandes terrores colectivos, en el siglo XI el demonio ocupa un lugar en la vida cotidiana de los cristianos de occidente.
Es un siglo en el que el miedo colectivo se alimenta con escenas apocalípticas que multiplica el arte románico naciente. Los hombres sólo encuentran refugio y esperanza en lo sobrenatural. La sed de milagros se multiplica, la búsqueda de reliquias se intensifica.

San Beato, nacido en 730 d.C. y muerto de 798, consejero espiritual de la reina Osinda, esposa de Sila, rey de Oviedo, parece haber sido uno de los maestros de Alcuino y de Emerio de Osma. Fue autor de los "Comentarios sobre el Apocalípsis", del año 776, que ejercieron influencia profunda y duradera en el pensamiento y el arte románico. Sus escritos fueron notablemente enriquecidos por terroríficas ilustraciones en los scriptoria de los monasterios mozárabes. Representaciones de las siete iglesias del Apocalipsis, notables cuadros de los últimos días del mundo. Los textos estaban destinados a los que leen, las ilustraciones a los que no sabían leer, y con más razón su transposición en las piedra de las basílicas.
La cultura de la Edad Media es una cultura visual, y las enseñanzas de la fe se propagan a las multitudes a través de los ojos. Hay todo un horizonte apocalíptico esculpido en catedrales y basílicas cristianas. La idea del Apocalipsis escolta toda la Edad Media, bien a la vista y para enseñanza moral de todos, desde el arte románico y el gótico, pasando por el renacimiento clásico hasta el barroco.
En el año 909, el concilio de Trosly invitaba a los obispos a que estuvieran preparados para dar cuenta de sus actos, pues el día del Juicio Final estaba próximo. Abbon de Fleury, nacido en 940, cuenta que en su juventud había oído en París a un predicador anunciar el fin del mundo para el año 1000, seguido de muy cerca por el Juicio Final. Relata también que según un rumor difundido en Lorena, el mundo terminaría el año en que coincidieran la Anunciación y el Viernes Santo, coincidencia que ya se había producido en el siglo I y se repetiría en 992. El futuro abad de Fleury, escribirá su Apología en el año 998, aplicando la sabia y prudente doctrina de la Iglesia: "no pongamos fecha al Juicio Final, no forcemos el secreto de la Divina Providencia."
A principios y mediados de la segunda mitad del siglo X se produjo en Francia, mas precisamente en Lorena y Turingia una recrudecencia del milenarismo. En el año 954, Adso, vigoroso reformador de la abadía de Montiérender, a ruego de la reina Gerberga, esposa de Luis de Ultramar, compuso su Libellus de Antechristo, tan famoso que se llegó a atribuir a San Agustín. En ellas puede verse la doctrina de la Iglesia unida a la idea política, la permanencia de la idea imperial franca en Occidente después de la descomposición del imperio carolingio. No sólo no será posible el fin de los tiempos mientras los reyes francos mantengan el imperio, sino que no podrá llegar antes de la gran apostasía predicha por San Pablo.
En 960, Bernardo, eremita de las marcas de Turingia, anunciaba que Dios le ha revelado el fin del mundo próximo.
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En el cielo del año mil surgió un espantoso meteoro en el mes de setiembre y permaneció visible cerca de tres meses. Su resplandor era tal que parecía llenar la mayor parte del cielo. Desapareció de repente, pero anunciaba algún acontecimiento terrible. Pronto sobrevino un incendio que consumió la iglesia de San Miguel Arcángel, construida sobre un promontorio del océano y objeto de particular veneración. Y en el año 1033, se produjo la terrible hambre. Glaber dice que se produjo el año mil después de la Pasión.
También ese fatídico año, en el tercer día de julio, sexta feria, según el cronista se produjo un eclipse de sol que duró desde la sexta hora hasta la octava, y fue verdaderamente terrible. El sol adquirió el color del zafiro con la imagen de la luna en su primer cuarto en su parte superior. Todas las cosas parecían bañadas de un vapor color azafrán. Un terror inmenso se adueñó del corazón de los hombres, pues creyeron que presagiaba que algún desastre lamentable iba a abatirse sobre ellos.
El cronista Raúl Glaber cuenta que durante la gran hambruna de 1032-33, luego de agotarse las bestias salvajes y los pájaros, sin olvidar las raíces y hierbas de los bosques, los hombres tuvieron que recoger toda clase de carroñas y cosas horribles para comer,. La situación derivó en variadas prácticas de antropofagia: viajeros desconocidos, niños, etc., hasta muertos eran arrancados de sus tumbas para calmar el hambre.
Otros cronistas narran que desde 1066 a 1072 el hambre reinó en Brema, hallándose muchos pobres muertos en las plazas públicas. En 1083, en Sajonia el verano fue abrasador, muriendo muchos niños y viejos de disentería. El invierno de 1076-77 fue tan riguroso en la Galia, en Germania e Italia que las poblaciones de muchas regiones temblaban por el desencadenamiento de terribles privaciones y hambrunas.
Un parásito del centeno y otros cereales, el cornezuelo, aparecido en el occidente de Europa a fines del siglo X, desencadena grandes epidemias de gangrena, que produjo gran mortandad en 1042, 1076, 1089 y 1094. Según el cronista Sigilberto de Gembloux, en 1089, muchos se pudrían hechos pedazos, como quemados por un fuego sagrado que les devoraba las entrañas. Sus miembros enrojecidos, poco a poco ennegrecían como carbones, muriendo con atroces sufrimientos.
Una vez más debe reconocerse que resulta muy difícil separar el orden natural y social de una supuesta intervención de otro orden, ultraterrena, apocalíptica.

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Basato su:
ALIGHIERI, Dante, "La Divina Comedia", Ed. Sopena, dos tomos, Buenos Aires, 1942.
ELIADE, Mircea, "La nostalgia del paraíso en las tradiciones primitivas", en Irving Louis Horowitz (comp.), Historia y elementos de la sociología del conocimiento, tomo I, EUDEBA, Buenos Aires, 1974.
DHONT, Jan, "La Alta Edad Media", vol. 10, Historia Universal Siglo XXI, SigloXXI Ed., Madrid, 1974.
PIRENNE, Henry, "Historia económica y social de la Edad Media", Fondo de Cultura Económica, Mexico, 1939.
FOCILLON, Henry, "El año mil", Alianza Ed., Madrid, 1987.
http://www.almargen.com.ar/sitio/seccion/cultura/hereje/index(2).html
http://www.encarta.it/find/Concise.asp?z=1&pg=2&ti=981532139
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