Orando
se aprende a orar
El taller de oración que se
presenta a continuación tiene como finalidad que los participantes:
* logren establecer un diálogo con Dios para gustar de la oración.
* conozcan la importancia y los frutos de la oración
* conozcan las características y los tipos de oración
* logren vencer las dificultades para orar
* comprendan la relación entre la oración y la vida
Contenido
El taller de oración consta de cuatro sesiones de una hora. El contenido de las
sesiones es el siguiente:
Sesión 1.
* La importancia de la oración
* Frutos de la oración
* Dificultades para la oración.
* Ejercicio
Sesión 2.
* Qué es oración y
* Qué no es oración.
* Ejercicio de oración
Sesión 3.
* Características de la oración
* Consejos para orar.
* Tipos de oración.
* Ejercicio de oración
Sesión 4.
* Formas de oración.
* Ejercicio
* Oración y vida
Orando
se aprende a orar
La
necesidad de la oración
Todos los seres humanos,
estamos formados por una parte material que es el cuerpo y por una parte
espiritual que es el alma. Tanto nuestro cuerpo como nuestra alma tienen una
serie de necesidades. Solemos atender con mayor frecuencia y rapidez las
necesidades del cuerpo y dejamos muchas veces a un lado las necesidades del
alma. Cuando esto sucede, experimentamos un vacío en nuestras vidas.
Es importante saber atender a nuestra identidad completa dándole al alma la
importancia que merece.
La oración es tan necesaria en nuestra vida espiritual como lo es respirar para
nuestra vida del cuerpo.
El hombre, por estar formado de alma y cuerpo, tiene en su misma naturaleza una
sed de cosas infinitas, siente la necesidad de conocer a Dios, intuye la
presencia de un Ser Superior, de Alguien infinito que es la respuesta a sus
necesidades. La historia de la existencia humana da prueba de la religiosidad
innata del hombre en las distintas épocas y en las diferentes culturas.
En la actualidad, después de una época en que el hombre se olvidó de Dios
para adentrarse en un materialismo sorprendente, hace apenas unos cuantos años,
hemos sido testigos de un despertar espiritual en la sociedad. Los hombres se
han dado cuenta de que lo material no satisface sus inquietudes eternas y ha
regresado a buscar a Dios.
Desgraciadamente, muchos han intentado encontrarlo a través de caminos erróneos
como la meditación trascendental, la dianética, la cienciología, las técnicas
orientales de meditación y relajación, la quiromancia y la adivinación. En
todos estos casos, se habla del espíritu y de un ser superior, un dios cósmico,
un dios presente en los elementos que conforman el universo y los ejercicios que
realizan los centran en ellos mismos, pues buscan como único fruto
"sentirse bien", estar en paz con ellos mismos.
La oración cristiana es muy diferente a estas técnicas que están de moda,
porque es una oración personal (de persona a persona) en la que nosotros
hablamos con Dios que nos creó, nos conoce y que nos ama. Nuestro Dios es una
persona, no algo etéreo como el cosmos o el universo. No es un dios "cósmico",
es un Dios con el que podemos dialogar de persona a persona porque nos conoce a
cada uno y sabe qué es lo que necesitamos. Dios es un Padre que nos ama, y con
la oración nosotros participamos de su amor. Es un Padre que llena de
bendiciones a sus hijos. La oración cristiana da frutos, no sólo con uno mismo
sino con los demás, nos hace crecer en el amor a Dios y a los hombres.
Cuando un hombre aprende a orar, jamás vuelve a tener sed, no vuelve a
experimentar ningún vacío interior pues la oración llena las necesidades de
su alma.
Algunos quizá, hayamos alguna vez intentado orar con toda nuestra buena
voluntad, pero los esfuerzos que hicimos no dieron el fruto que esperábamos y
terminamos desanimados y abandonando la oración. ¿Por qué nos pasa esto?
Porque no sabemos orar, necesitamos aprender a orar.
Las personas que han aprendido a orar, han encontrado el gusto por la oración y
han logrado vencer obstáculos que en otro momento de sus vidas les hubieran
parecido muy difíciles de superar como la falta de tiempo y el no poderse
concentrar. Se puede decir que la oración ha pasado a ser parte de su vida.
Aprender a orar es aprender a estar atentos a la acción de Dios. Existen métodos,
que vamos a dar a conocer más adelante en el taller, que nos ayudan a aprender
a orar pero son sólo unas guías que nos acompañan a determinado punto y después
ya desaparecen porque logramos entrar en comunicación con Dios. Son ayudas,
apoyos para profundizar en nuestra oración.
Así como los deportistas se preparan y entrenan para conseguir mejores
resultados, el alma tiene capacidades espirituales que pueden estar dormidas por
falta de preparación y entrenamiento.
Si nosotros aprendemos a orar, encontraremos en Dios la respuesta a todas
nuestras inquietudes, encontraremos la paz espiritual y nuestro corazón se
encontrará lleno de energía para dar amor a los demás.
Con la oración ocurre lo que con la levadura que fermenta la masa o con una
antorcha que alumbra una habitación. Así es la oración: ilumina y fermenta
toda nuestra vida y nos hace crecer en nuestro interior. Dios se convierte en un
Alguien en nuestras vidas y no es sólo una "idea"
sin vida. El diálogo continuo con Dios se vuelve parte de nuestra vida
cotidiana
Orando
se aprende a orar
¿Qué
es la oración?
Qué
es la oración.
Para orar, es necesario querer orar. La oración es buscar a Dios, es ponernos
en contacto con Dios, es encontrarnos con Dios, es acercarnos a Dios.
Orar es llamar y responder. Es llamar a Dios y es responder a sus invitaciones.
Es un diálogo de amor.
Santa Teresa dijo en una ocasión: “Orar
es hablar de amor con alguien que nos ama”.
La oración no la hacemos nosotros solos, es el mismo Dios (sin que nos demos
cuenta) el que nos transforma, nos cambia. Podemos preguntarnos, ¿cómo?
Aclarando nuestro entendimiento, inclinando el corazón a comprender y a gustar
las cosas de Dios.
La oración es dialogar con Dios, hablar con Él con la misma naturalidad y
sencillez con la que hablamos con un amigo de absoluta confianza.
Orar es ponerse en la presencia de Dios que nos invita a conversar con Él
gratuitamente, porque nos quiere. Dios nos invita a todos a orar, a platicar con
Él de lo que más nos interesa.
La oración no necesita de muchas palabras, Dios sabe lo que necesitamos antes
de que se lo digamos. Por eso, en nuestra relación con Dios basta decirle lo
que sentimos.
Se trata de “hablar con Dios” y no
de “hablar de Dios” ni de “pensar
en Dios”. Se necesita hablar con Dios para que nuestra oración tenga
sentido y no se convierta en un simple ejercicio de reflexión personal.
Cuanto más profunda es la oración, se siente a Dios más próximo, presente y
vivo. Cuando hemos “estado” con
Dios, cuando lo hemos experimentado, Él se convierte en “Alguien” por quien y con quien superar las dificultades. Se
aceptan con alegría los sacrificios y nace el amor. Cuanto más “se vive” a Dios, más ganas se tienen de estar con Él. Se abre
el corazón del hombre para recibir el amor de Dios, poniendo suavidad donde había
violencia, poniendo amor y generosidad donde había egoísmo. Dios va cambiando
al hombre.
Quien tiene el hábito de orar, en su vida ve la acción de Dios en los momentos
de más importancia, en las horas difíciles, en la tentación, etc.
En cambio, si no oramos con frecuencia, vamos dejando morir a Dios en nuestro
corazón y vendrán otras cosas a ocupar el lugar que a Dios le corresponde.
Nuestro corazón se puede llenar con:
el egoísmo que nos lleve a pensar sólo
en nosotros mismos sin ser capaces de ver las necesidades de los que nos rodean,
el apego a las cosas materiales
convirtiéndonos en esclavos de las cosas en lugar de que las cosas nos sirvan a
nosotros para vivir,
el deseo desordenado hacia los
placeres, apegándonos a ellos como si fueran lo más importante.
el poder que utilizamos para hacer
nuestra voluntad sobre las demás personas.
Lo que no es la oración
Algunas veces podemos desanimarnos en la oración, porque creemos que estamos
orando, pero lo que hemos hecho no es propiamente oración. Para distinguirlo
podemos ver unos ejemplos:
Si no se dirige a Dios, no es
propiamente oración.
En la oración nos comunicamos con Dios. Si
no buscamos una comunicación con Dios, sino únicamente una tranquilidad y
una paz interior, no estamos orando, sino buscando un beneficio personal. La
oración no puede ser una actividad egoísta, debe siempre buscar a Dios.
Debemos estar pendientes en nuestra oración de buscar a Dios y no a nosotros
mismos, porque podemos caer en este error sin darnos cuenta.
Si no interviene la persona con todo su
ser (afectos, inteligencia y voluntad) no es oración. Las personas nos
entregamos y nos ponemos en presencia de Dios con todo nuestro ser. Orar no es “pensar
en Dios”, no es “imaginar a
Dios”, no es una actividad intelectual sino del corazón que involucra a
la persona entera.
Si no hay humildad y esfuerzo no es
oración. Para orar es necesario reconocer que necesitamos de Dios.
Si no hay un diálogo con Dios, no es
oración. Si únicamente hablamos y hablamos sin escuchar, nuestra oración la
reducimos a un monólogo, que en lugar de hacernos crecer en el amor nos
encerrará en el egoísmo. Cuando dejamos de mirar a Dios y nos centramos en
nuestros propios problemas, no estamos orando.
Cuando retamos o exigimos a Dios
tampoco estamos orando, pues nos estamos confundiendo de persona. Dios es
infinitamente bueno y nos ama. No podemos dirigirnos a Él con altanería.
Si no nos sentimos más identificados con
Jesucristo no hemos hecho oración. Se trata de poco a poco en la oración
identificarnos con Cristo para poder actuar como Él actuaba.
Si no tenemos un fruto de más amor a
Dios, al prójimo y a nosotros mismos, no hemos hecho oración. La oración
debe verse reflejada en nuestras vidas.
Ejercicio:
El que dirige el taller de oración deberá
ir leyendo los siguientes párrafos en voz alta, de una manera tranquila y muy
pausada. Al terminar cada párrafo, deberá dejar unos minutos de silencio para
que los asistentes se ejerciten en la oración.
Cerremos los ojos y dediquemos unos minutos a la oración:
Adopta la postura que más te acomode para orar. Si lo deseas, respira profundo
para relajarte.
Detente un momento para pensar con quién vas a hablar. Siente la presencia de
Dios muy cerca de ti. Él está aquí, frente a ti.
Dios Todopoderoso, el Creador del Cielo y de la Tierra está aquí, esperando
para dialogar contigo. Obsérvalo con tu corazón. Fíjate en lo grande y lo
bueno que es, en lo mucho que te ha dado. Reconoce la grandeza y la bondad de
Dios.
Abre tu corazón a Dios dejando a un lado por unos momentos tus preocupaciones,
tus obligaciones. Reconoce que necesitas de Dios y ponte en sus manos diciendo “Señor,
aquí me tienes”.
Platícale acerca de tu familia, de las alegrías y las penas, de las
satisfacciones y de las dificultades por las que atraviesa, de los momentos
felices y de los momentos difíciles, de los grandes regalos y de las grandes
pruebas.
Platícale a Dios lo que más te aflige en estos momentos. Dile cómo te
sientes, qué te preocupa, por qué te preocupa, que has pensado hacer, cómo
has pensado resolver el problema, pídele su opinión, consúltalo.
Platícale de tu interés por vencer ese egoísmo que no te deja en paz, por las
pasiones que sientes que te atrapan en muchas circunstancias de la vida, por el
deseo de tener cada vez más cosas materiales, por querer acercarte a Él.
Platícale de tu interés por aprovechar este taller de oración, de tu deseo de
aprender a orar, de tu deseo de perdonar a los demás, de tu deseo de amar más
a los demás.
Pídele que te ayude a confiar, más en Él que en ti mismo, que te ayude a
comprender el amor tan grande que te tiene. Dile que lo necesitas, que sin Él
no puedes vivir.
Trata de escuchar lo que Él te quiere decir.
Como propósito de esta meditación, dile que vas a dedicar un momento del día
a la oración todos los días.
El que dirige la sesión hace una pequeña
conclusión y despedida a los asistentes, convocándolos para la siguiente
Orando
se aprende a orar
Características
y consejos
Características
de la oración y consejos para orar.
Orar es buscar a Dios, es mirar a Dios. Cuando dejamos de mirar a Cristo y
comenzamos a preocuparnos más por las dificultades, dejamos de hacer oración.
Orar es poner la atención en Dios, en su gran amor y poder. Orar es dialogar
con Dios.
San Ignacio de Loyola dijo: “Orar es
gustar las cosas internamente; saborear íntimamente las cosas de Dios.
Características de la oración:
La oración se dirige a Dios y no
necesita de muchas palabras. Él conoce lo que nos pasa. Si no logramos escuchar
a Dios, volver a intentarlo una y otra vez hasta conseguirlo.
La oración debe ser perseverante:
tener paciencia en establecer ese diálogo con Dios.
La oración debe ser insistente, es
decir, no abandonar la oración a la primera sino insistir.
Para orar es necesario ser humildes.
La soberbia, el pensar que no necesitamos de los demás ni de Dios, aleja al
hombre de la oración. Es imposible ser soberbios y tener una auténtica vida de
oración porque se necesita reconocer la necesidad de Dios. La humildad nos
acerca a Dios. Es darnos cuenta que no está en nuestras manos solucionar los
problemas de nuestra vida. El activismo, el hacer y hacer cosas sin parar, se da
por la falta de seguridad en la oración. Sucede entonces que confiamos más en
nuestras propias capacidades y esfuerzos, que en Dios y nuestra oración pierde
toda su fuerza. Orar es enriquecerse partiendo de nuestra pobreza para abrirnos
a la riqueza de Dios.
La oración es poderosa: Se pueden
observar en la Iglesia muchos imposibles conseguidos por la oración. Por
ejemplo, la resurrección de Lázaro, la conversión de San Agustín lograda con
las oraciones de Santa Mónica, su madre, entre otras. Hoy en día sigue Dios
manifestándose en milagros que son actos de Dios que parten de la oración
humana.
La oración es confiada: La oración
es hablar con Alguien a quien no vemos, pero que sabemos está ahí escuchándonos.
Al orar se tiene la certeza de que Dios no nos va a fallar y esto debe
transformar nuestra vida. Confiar en que Él puede ayudarnos a solucionar
nuestros problemas. Saber y tener la convicción que somos importantes para
Dios. Es dejar nuestra seguridad en nosotros mismos para ponerla en Dios.
La oración, siempre debe estar precedida
del perdón: Para que nuestro amor a Dios sea auténtico se necesitan
purificar nuestras faltas. Antes de orar debemos limpiar nuestro corazón,
“darle una barridita” quitando todos los rencores acumulados que quitan la
paz a nuestros corazones tan necesaria para la oración. Es momento de perdonar
como Jesús lo hizo en la cruz.
La oración es necesaria para no caer en
tentación: Jesucristo advirtió a sus apóstoles que tenían que rezar para
no caer en la tentación. Dios conoce nuestra debilidad y sabe cómo fácilmente
nos dejamos vencer por nuestro egoísmo, por nuestra indiferencia ante las
necesidades de los demás, por ser altaneros, por dejarnos llevar por el placer,
por un deseo exagerado de poseer, por dejarnos vencer por la ira, el rencor, la
pereza. La oración nos fortalece para vivir siempre cerca de Dios.
Orar no se trata sólo de cumplir con una serie de normas externas. La oración
nos invita a entregarnos con generosidad al amor. Se ora con el corazón, con lo
más profundo del hombre, que sólo Dios conoce a la perfección.
Consejos para la oración:
Cuando comencemos a orar es muy conveniente hacer un ejercicio de reflexión
para preparar nuestro corazón. Consiste en detenernos un momento a pensar que
es lo que estamos haciendo, con quién estamos hablando. Tomar conciencia de que
la oración es un diálogo con un Padre que nos ama y que nos ha dado todo lo
que somos y tenemos. Todo lo que viene de Dios es bueno, es para nuestro bien.
Para que la oración sea auténtica se necesita buscar con sinceridad a Dios, un
clima de silencio interior y exterior quitando el ruido de las pasiones, de los
llamados de sensualidad, del orgullo. Tener humildad y deseos de amar a Dios.
San Juan de la Cruz nos dice “Olvido de
lo creado, memoria del Creador, Atención a lo interior y estarse amando al
Amado”.
Dedicar cada día unos minutos a la oración personal. Así como dormimos,
comemos, trabajamos y descansamos, la oración debe formar parte de nuestra vida
diaria.
Algunas recomendaciones prácticas que cada persona puede adaptar a su estilo de
vida:
Lugar: Escoger un lugar específico
para orar. No importa cuál sea, mientras nos ayude a obtener el silencio
interior que necesitamos.
Horario: Revisar nuestro horario y
escoger para la oración un momento en el que nos encontremos en paz y no
tengamos muchas ocupaciones y que tampoco nos encontremos muy cansados. Procurar
que esta hora sea siempre la misma y mantenerla fija lo más que se pueda.
Postura: La postura es importante,
mas no indispensable. La oración no es cuestión de ejercicios físicos, es
algo espiritual. Cada quien puede adoptar la postura que quiera, ya que cada
persona experimenta las cosas de manera distinta. Nos pueden ayudar algunos
ejercicios de relajación y de respiración, pero sin convertirse en el fin de
nuestra meditación.
Antes de la oración: Decirnos a
nosotros mismos, ¿con quien voy a hablar?, ¿con qué actitud voy a comenzar?,
¿de qué le quiero hablar el día de hoy?
Al principio de la oración: Dejar de
hacer lo que estábamos haciendo para dedicar este tiempo a la oración. Dejar a
un lado todo lo demás por un tiempo. Ponernos en presencia de Dios Padre, al
persignarnos hacerlo pausadamente. Después, ofrecernos a Dios diciéndole “Aquí
me tienes Señor, con mis cualidades y defectos”. Aquí se puede tener algún
detalle de delicadeza.
Llevar a cabo la oración: Escoger el
tipo de oración que se quiera llevar a cabo. Adentrarse en ella. Turnar
momentos de hablar y escuchar a Dios a lo largo de la oración.
Propósito concreto para nuestra vida: Sacar
como fruto de la oración un propósito concreto a seguir en ese día. Debe ser
muy concreto para poderlo cumplir. Por ejemplo, en lugar de decir “hoy
voy a ser un buen padre de familia” decir “hoy
voy a tener paciencia, no gritándoles a mis hijos a la hora de la cena en la
que ya todos estamos cansados”.
Duración: Cada persona sabrá del
tiempo que dispone y del tiempo que quiera dedicar a la oración. Es
indispensable un mínimo de 15 minutos. Hay que estar conscientes de que
mientras más dificultades y preocupaciones tengamos, se debe orar más, pues
necesitamos más de la presencia de Dios en nuestras vidas.
Tipos de oración.
Existen distintos tipos de oración:
Oración de alabanza: Es alabar,
elogiar a Dios, es “echarle flores”
a Dios. Un ejemplo de este tipo de oración son los salmos que forman parte del
Antiguo Testamento de la Biblia. Los salmos son ”alabanzas” a Dios. Nosotros podemos utilizar los salmos para
rezar, pero también podemos alabar a Dios con nuestras propias palabras.
Oración de agradecimiento: Es
agradecer a Dios por todo lo que hemos recibido de él o por algo en particular.
Día con día tenemos algo que agradecer a Dios tanto en plano material como en
el plano espiritual.
Oración de confianza: Es ponernos en
las manos de Dios con la confianza con que un niño pequeño brinca desde la
mesa a los brazos de su padre. Es confiar en que Él siempre estará presente
para ayudarnos, para darnos las gracias que necesitemos en cada momento. Es
tener presente que Dios, que es Todopoderoso, nos conoce y nos ama. Es quitar
todo el miedo y la inseguridad de nuestra vida. ¿A qué podemos temer si
tenemos un Padre Todopoderoso?
Oración de arrepentimiento y perdón:
Dios nos tiene un gran amor y tiene un plan para cada uno de nosotros: Él
quiere que seamos felices ahora y para siempre junto a Él. Cuando pecamos, nos
negamos a seguir sus planes de felicidad para nosotros. El pecado es decirle a
Dios que no nos interesa su plan, que preferimos hacer lo que se nos antoja. En
la oración de arrepentimiento, le decimos a Dios que nos sentimos mal de
haberlo ofendido, de haber despreciado su invitación a la felicidad eterna, que
queremos volver a ser sus amigos. Le pedimos que nos perdone y nos vuelva a
aceptar en sus planes de salvación. Todos los días podemos pedir perdón a
Dios por nuestras faltas haciendo un acto de contrición y una penitencia que
escojamos. En esta oración también podemos abrir nuestro corazón para
perdonar a los que nos han ofendido, pidiendo por ellos.
Oración de petición e intercesión:
Consiste en pedir a Dios todo lo que necesitemos, lo que más nos haga falta.
Podemos pedir cosas materiales o espirituales, con la confianza en que Dios
escogerá concedernos sólo aquello que nos haga bien y no nos concederá
aquello que nos pueda hacer daño o que se pueda convertir en un obstáculo para
nuestra salvación.
Ejercicio
El que dirige el taller de oración deberá
ir leyendo los siguientes párrafos en voz alta, de una manera tranquila y muy
pausada. Al terminar cada párrafo, deberá dejar unos minutos de silencio para
que los asistentes se ejerciten en la oración.
Cierra tus ojos y ponte cómodo, adopta una postura en la que te sientas bien
para comenzar a orar. Si te ayuda respirar profundo, lo puedes hacer. Ahora, con
los ojos cerrados detente un momento a pensar con quién vas a hablar. No es
cualquier persona… Prepara tu corazón dejando a un lado tus ocupaciones y
preocupaciones, tus pasiones, tu orgullo. Ponte en presencia de Dios diciéndole
“Aquí me tienes Señor, con mis
cualidades y defectos que tu ya conoces.”
Platícale a Dios todo lo que estás pensando, comparte tus pensamientos con Él,
entrégaselos para que puedas conseguir el silencio interior necesario para la
oración.
Háblale de tus preocupaciones, tus sufrimientos y penas en el trabajo, tus
problemas en tu matrimonio, tus preocupaciones con tus hijos, los sufrimientos
en la familia, la muerte de un ser querido, la falta de dinero, ese hermano que
va por un camino muy alejado a Dios, el amigo que no deja la bebida, ese vecino
que se metió con los drogas, el familiar que le hizo una mala jugada en el
trabajo a otro… Dile a Dios que confías en Él, que sabes que lo que está
sucediendo en tu vida es por tu bien. Déjate caer con confianza en sus manos
amorosas.
Pídele perdón a Dios por las faltas que hayas cometido el día de hoy: ¿fui
amable con los que me rodean?, ¿tuve paciencia con mis hijos?, ¿ofendí a
alguien con mis palabras?, ¿con mis actitudes?, ¿estuve triste?, ¿di lo mejor
de mí este día?, ¿cumplí con mis obligaciones con espíritu de servicio?, ¿me
acordé de Dios?, ¿tuve presente a Dios durante el día?, ¿guardo rencor hacia
alguien?, ¿critiqué a alguien negativamente? Arrepiéntete de corazón de tus
faltas con el propósito de mejorar. Silencio.
Pídele también por las personas que te hayan ofendido y que quizá nunca se
disculpen contigo. Pídele que las lleve por buen camino para que logren vivir más
cerca de Ti y poder llegar al cielo. Silencio.
Ahora dale gracias porque hoy estás aquí en este taller de oración,
compartiendo con otras personas la inquietud de aprender a orar. Dale gracias
porque hoy gozas de buena salud, porque tienes un hogar, una familia, porque
tienes un trabajo, porque estás vivo, porque tienes amigos, por las alegrías
de la vida, porque Dios te quiere, por tus logros en el trabajo, por los
sufrimientos que te unen más a Dios y te hacen ser más humano, por tus seres
queridos, por tener la oportunidad de aprender algo más. Silencio.
Haz un propósito concreto de cambio en tu vida y dile a Dios algunas palabras
de despedida. Pídele que siempre esté contigo aunque tu no te acuerdes de Él.
El que dirige la sesión hace una pequeña
conclusión y despedida a los asistentes, convocándolos para la siguiente
Orando
se aprende a orar
Diversas
formas de hacer oración
Distintas
formas de hacer oración.
Los caminos de la oración son muchos. Se puede orar de varias formas. Existen
muchos modos de entrar en contacto con Dios. Cada quien elegirá el suyo de
acuerdo a su personalidad, a sus circunstancias personales, a lo que le llene más
espiritualmente en cada momento determinado.
Éstas son:
1. Oración vocal:
Consiste en repetir con los labios o con la mente, oraciones ya formuladas y
escritas como el Padrenuestro, el Avemaría, el ángel de la guarda, la Salve.
Para aprovechar esta forma de oración es necesario pronunciar las oraciones
lentamente, haciendo una pausa en cada palabra o en cada frase con la que nos
sintamos atraídos. Se trata de profundizar en su sentido y de tomar la actitud
interior que las palabras nos sugieren. Es así como podemos elevar el alma a
Dios. Podemos apoyarnos en la oración vocal para después poder pasar a otra
forma de oración. Todos los pasos en la vida se dan con apoyos y la oración
vocal es un apoyo para las demás. La palabra escrita es como un puente que nos
ayuda a establecer contacto con Dios. Por ejemplo, si yo leo “Tú eres mi
Dios” y trato de hacer mías esas palabras identificando mi atención con el
contenido de la frase, mi mente y mi corazón ya están “con” Dios.
2. La lectura meditada:
Un libro nos puede ayudar mucho en el camino a encontrarnos con Dios. No se
trata de leer un libro para adquirir cultura, sino de tener un contacto más íntimo
con Dios y el libro puede ser una ayuda para conseguirlo. No se trata de
aprender cosas nuevas, sino de platicar con Dios acerca de las ideas que nos
inspire el contenido del libro. Hay que leer hasta que encontremos una idea que
nos haga entrar en contacto con Dios y ahí frenar la lectura “saboreando”
el momento. Es así como se profundiza en las ideas del libro para escuchar a
Dios. Si cuando estamos leyendo, se produce una visita de Dios, abandonémonos a
Él. Al orar hay algo que nos “llama”, una idea en la que sentimos la
necesidad de profundizar. Para profundizar volvemos a la idea para verla en
todos sus aspectos hasta que llegue a sernos personal, hasta que la hagamos
propia. Esta idea mueve nuestra voluntad, nuestra capacidad para el amor, el
deseo y el afecto. Esta oración debe terminar con un propósito de vida de
acuerdo a las ideas en las que hemos profundizado en compañía de Dios.
3. Contemplación del Evangelio:
Consiste en leer un pasaje del Evangelio, contemplarlo, saborearlo y compararlo
con nuestra vida, tratando de ver qué es lo que debo cambiar para vivir de
acuerdo a los criterios de Cristo. Al leer el Evangelio nos vamos a familiarizar
con los gestos y las palabras de Cristo, y a comprender su sentido. Poco a poco
iremos cambiando nuestra mentalidad y nuestra conducta de acuerdo a los
criterios del Evangelio. Comparamos nuestro actuar en la vida con la vida de Jesús
en el Evangelio. Se trata de mirar a Jesús más que mirar el pasaje del
Evangelio, escuchar su Palabra. Al orar de esta forma, hemos pasado de la
reflexión que se detiene a mirar en cada punto a un mirar simplemente a Cristo.
Para ponerlo en práctica se necesitan seguir los siguientes pasos:
a) Ponernos en presencia de Dios y ofrecerle nuestra oración. Leer lentamente
la escena del Evangelio para tener una visión rápida de conjunto, del lugar
donde sucede. Por ejemplo, en Belén, en el templo de Jerusalén, etc. Después
pedirle a Dios que adquiramos un conocimiento más hondo de Jesús para amarlo más
y poderlo servir mejor.
b)Volvemos sobre el pasaje evangélico y vemos las personas y:
- Vemos a los personajes que hablan y acttúan en el pasaje. Fijarnos en cada uno
en particular viendo primero su exterior para luego contemplar sus sentimientos
más íntimos, sean buenos o malos. Sacar algún fruto personal.
- Después escuchamos las palabras: Penetrrar en su sentido, poner atención a
cada una de ellas. Algunas palabras las podemos escuchar dirigidas a nosotros
personalmente. Sacar un fruto personal.
- Como tercer punto, consideraremos las aacciones: seguir las diversas acciones
de Jesús o de las demás personas. Penetrar en los motivos de tales acciones y
los sentimientos que los han inspirado. Sacar algún fruto personal, recordando
que la oración nos debe llevar a la conversión de corazón.
c) Terminar platicando con Jesús o con su Madre la Santísima Virgen María
acerca de lo que hemos descubierto.
4. Oración sobre la vida cotidiana:
Dios está presente en nuestra vida. Los acontecimientos de la vida son un
camino natural para entrar en contacto con Dios. Es necesario buscar la
presencia de Dios en nuestra vida y descubrir qué es lo que Dios quiere de
nosotros. Esta búsqueda y este descubrimiento son ya una oración. Estar
atentos a lo que Dios quiere de nuestra vida es hacer oración y nos invita a
colaborar con Él. De esta “mirada” sobre mi vida nacerá el asombro, el
agradecimiento, la admiración, el dolor, el pesar, etc. De esta manera nuestra
vida entera será una oración.
5. Contemplación:
Se le conoce también como silencio en presencia de Dios. Este es el punto donde
culminan todos las formas de orar de las que hemos hablado con anterioridad. Es
el momento en que se interrumpe la lectura, o se deja la reflexión sobre un
acontecimiento, una idea o un pasaje del Evangelio. Se da cuando ya no hay
deseos de seguir lo demás, se ha encontrado al Señor con toda sencillez, después
de recorrer un camino. Hemos experimentado interiormente que Dios nos ama a
nosotros y a los demás. Es guardar silencio en presencia de Dios con un
sentimiento de admiración, de confusión, de gratitud, cuando nos sentimos
invadidos por la grandeza de Dios y su amor hacia nosotros y nos ofrecemos a Él.
La oración contemplativa es mirar a Jesús detenidamente, es escuchar su
Palabra, es amarlo silenciosamente. Puede durar un minuto o una hora. No importa
el tiempo que dure ni el momento que escojamos para hacerla.
Para tener una oración contemplativa, debemos:
a) Recoger el corazón: Olvidarnos de todo lo demás, encontrándonos con Él
tal y como somos, sin tratar de ocultarle nada.
b) Mirar a Dios para conocerle: No se puede amar lo que no se conoce. Al mirarlo
debemos tratar de conocerlo en su interior, sus pensamientos y deseos.
c) Dejar que Él te mire: Su mirada nos iluminará y empezaremos a ver las cosas
como Él las ve.
d) Escucharle con espíritu de obediencia, de acogida, de adhesión a lo que Él
quiere de nosotros. Escuchar atentamente lo que Dios nos inspira y llevarlo a
nuestra vida.
e) Guardar silencio: Silencio exterior e interior. En la oración contemplativa
no debe haber discursos, sólo pequeñas expresiones de amor. Hablar a Jesús
con lo que nos diga el corazón.
Ejercicio de oración:
El que dirige el taller de oración deberá ir leyendo los siguientes párrafos
en voz alta, de una manera tranquila y muy pausada. Al terminar cada párrafo,
deberá dejar unos minutos de silencio para que los asistentes se ejerciten en
la oración.
Encuentra una postura que te acomode antes de comenzar a orar. Si te ayuda hacer
un ejercicio de relajación respirando profundo, lo puedes hacer.
Ahora, prepara tu corazón deteniéndote un momento a pensar con quien vas a
hablar. Reconoce que necesitas de Dios, de su amor.
Aleja el ruido que pueda haber en tu alma: odios, rencores, egoísmo, orgullo.
Siéntete pequeño al lado del Señor. Dile que lo amas y ponte en su presencia
diciéndole “Aquí estoy Señor para dialogar contigo”.
A continuación leeremos una serie de frases que se escribirán en el pizarrón
para que cada quien escoja la que más le llame la atención: “Tú me
conoces”, “desde siempre y para siempre Tú eres mi Dios”, “Mi Dios y mi
todo”, “Tú eres mi Señor”. Repítela en voz alta y suave, tratando de
profundizar en lo que nos quiere decir.
Toma la siguiente cita del Evangelio: Lucas 2. 1-21 y léela. Si una idea te
parece interesante, detente y levanta tus ojos del texto. Profundiza en la idea.
Sigue leyendo despacio y meditando en lo que estás leyendo. Si no entiendes un
párrafo, vuelve a leer las veces que sea necesario para entender la idea que
Dios te quiere dar a conocer. Si de pronto viene un pensamiento que te
impresiona mucho, cierra tus ojos y saca todo el jugo a ese pensamiento aplicándolo
a tu vida. Saca un propósito concreto para tu vida. Si de pronto sientes ganas
de platicar con Dios, hazlo. Pídele fuerza, agradécele, adóralo. Si no pasa
nada especial, sigue con tu lectura.
Contempla la escena del nacimiento de Cristo en la cueva de Belén. Están
presentes la Virgen María, San José y el Niño Dios. María arropa al Niño
Jesús porque hace frío y el lugar es muy pobre. La vaca y el buey ayudan a dar
calor al recién nacido. José le ayuda y los dos se encuentran en una gran paz
y alegría porque saben que ese Niño es el Hijo de Dios y que ha venido a
salvar al mundo. Luego llegan los pastores a visitar al Niño Jesús con todo
amor, cariño, respeto sabiendo en su corazón de quien se trataba.
Luego de contemplar esta escena, debes preguntarte si vives ese espíritu de
pobreza a ejemplo de Jesucristo…, si lo visitas con frecuencia como lo
hicieron los pastores…, si eres sencillo y humilde como la Virgen María…,
si aceptas la voluntad de Dios en tu vida como la aceptó José…, si sabes
reconocer que Dios es lo más importante de tu vida…
Contempla a Dios en el Evangelio por el tiempo que quieras. Haz silencio dentro
de ti para escucharlo a Él, para que Dios pueda hablarte de los planes que
tiene para ti y el mensaje que quiere darte a través del pasaje que acabas de
leer.
Hazte un propósito de vida de acuerdo a esta meditación del Evangelio.
Conclusión : Oración y vida.
A lo largo de este taller, hemos orado de varias formas para acercarnos a Dios
sacando frutos para nuestra vida. Nos ha escuchado y nosotros lo hemos
escuchado. Hemos logrado establecer un diálogo.
Pero aquí no acaba el taller, sino que más bien es el punto de arranque para
una sólida vida de oración que ejercitaremos todos los días hasta que nos
encontremos con el Señor “cara a cara” el día de nuestra muerte.
Es importante analizar de vez en cuando la relación que existe entre nuestra
oración y nuestra vida. Debe existir una correlación directa entre las dos
porque si oramos con profundidad nuestra vida forzosamente debe cambiar. En
otras palabras, se nos debe “notar” la oración.
Si no se nos nota… es que algo anda mal…
Debemos analizar si tal vez estamos pretendiendo orar, pero en lugar de alabar a
Dios, nos hemos dado culto a nosotros mismos. No hemos dialogado con Dios sino
con nosotros mismos. En lugar de amar a Dios, nos hemos amado a nosotros mismos.
Tal vez nos hemos fabricado un dios a la medida de nuestros deseos, intereses y
temores. Tal vez nunca hemos salido de nosotros, sino que al rezar hemos
continuado centrados en nosotros.
Pero, tal vez sí hemos orado bien y sentimos que no se nos nota porque seguimos
cayendo en los mismos pecados que antes; hay que tener en cuenta que cada
persona es distinta y a algunas nos cuesta más trabajo superar los defectos y
la parte negativa de nuestra personalidad. Se hacen muchos esfuerzos y nuestro
progreso puede ser muy lento. Estos esfuerzos suelen ser silenciosos. Dios los
conoce y los aprecia, aunque ante los ojos de los hombres pueda parecer que no
hemos cambiado.
El secreto para ser fieles a Dios, para lograr la unidad entre la oración y la
acción es prestar atención a Dios, es “sacar nuestras antenas” para
encontrar a Dios no sólo en la Iglesia, en la capilla o en la Misa de domingo,
sino en nuestras ocupaciones, en los acontecimientos del día, en el trabajo, en
la familia. Si Dios está ausente en nuestros deberes de hombres, también lo
estará en la oración.
El examen de conciencia es un buen medio para conocer la coherencia que existe
entre nuestra oración y nuestra vida. Por la noche nos ponemos en presencia de
Dios para conocer nuestras faltas, pedir perdón a Dios, fijándonos un propósito
a cumplir para ser mejores y pidiéndole su ayuda. Vernos como somos a la luz de
Dios. El examen de conciencia es una oración personal con Dios. Nos abrimos al
Él y lo escuchamos.
Nada nos toca más personalmente que la luz de Dios. Él nos ama con un amor
personal, no en “general”. A cada uno nos toca en lo más profundo de
nuestro ser. Sólo al experimentar ese amor vamos a reconocer nuestros pecados,
y a corresponder a Dios con un amor personal que invada nuestra vida y la
transforme.
Atentos a Dios y a su constante acción, aprenderemos a juzgar según Cristo, a
que nuestras acciones sean como las de Él, a encontrar a Dios en todas los
acontecimientos y circunstancias de la vida, en cualquier hecho y en todo
hombre.
La oración debe dar sentido a cada una de nuestras actividades, a cada minuto
de nuestra vida. El encuentro con Dios que se produce en la auténtica oración,
debe perdurar durante todo el día dándoles un colorido especial a las cosas.
Quien ora con profundidad, descubre a Dios en todo y establece un diálogo
continuo con Él. La unión con Dios abre el corazón a su amor y el amor lo
llena todo.
La oración nos debe llevar a la conversión, a cambiar internamente para
cambiar el mundo y construirlo desde Jesucristo