Año del Rosario
(Gracias ala colaboracion de Selene Crispin)
El Papa declaró el período entre octubre de 2002 y octubre de 2003 como el año
del Rosario y añadió una serie de misterios al mismo. El Pontífice firmó una nueva carta apostólica denominada Rosarium Virgínis Mariae (El Rosario
de la Virgen María), en la que explica los cambios efectuados en el Rosario.
En los quince misterios del Rosario que hasta ahora se rezaban no se
contemplaban los grandes acontecimientos de la vida pública de Cristo, en la
nueva carta el pontífice añade otros cinco misterios y los llama «Misterios
de la Luz». Comprenden los momentos de la vida de Jesús que van desde el
Bautismo en el Jordán hasta el inicio de la Pasión.
Cada parte del rosario se compone de un Padrenuestro seguido de diez Avemarías,
cada decena del rosario evoca uno de los misterios de la vida de
la Virgen y de Cristo, agrupados en cuatro partes:
Misterios Gozosos:
La Anunciación
La Visitación
La Navidad
La Purificación del Niño Jesús
El Niño perdido y hallado en el Templo.
Misterios Dolorosos:
La Oración en el Huerto de los Olivos
La Flagelación del Señor
La Coronación de espinas
Jesús con la Cruz acuestas
La Crucifixión
Misterios Gloriosos:
La Resurrección del Señor
La Ascensión del Señor a los cielos
La Venida del Espíritu Santo
La Asunción de Nuestra Señora
La Coronación de María Santísima.
Misterios de la Luz
Bautismo de Jesús en el Jordán
Su autorrevelación en las bodas de Caná
Su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión
Su Transfiguración
Institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual
Los misterios gozosos se rezan los lunes y sábados.
Los misterios dolorosos se rezan los martes y viernes.
Los misterios de la Luz se rezan los jueves.
Los misterios gloriosos se rezan los miércoles y domingos.
El Nuevo Rosario:
En una nueva carta el Papa Juan Pablo II añade otros cinco misterios y los
llama «Misterios de la Luz». Comprenden los momentos de la vida de Jesús que
van desde el Bautismo en el Jordán hasta el inicio de la Pasión.
El Papa ha agregado los "Misterios de la Luz", "Misterios
Luminosos", porque Jesús es la Luz del Mundo, para contemplar el ministerio de Cristo.
Los nuevos Misterios Luminosos, para rezarla los Jueves, son:
1- El Bautismo de Jesús en el Jordán
Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace-pecado- por nosotros.
2- La autorrevelación de Jesús en las bodas de Caná
Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2,1-12), cuando Cristo abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la
intervención de María, la primera creyente.
3- El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión
Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del
Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1,15), iniciando así el ministerio de isericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del
mundo.
4- La Transfiguración
Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad
resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo Escuchen.
5- La institución de la Eucaristía
Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan
y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad -hasta el extremo- (Jn 13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.
"Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo
de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú
serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el último beso de la
vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh
Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo".
CARTA APOSTÓLICA
« Rosarium Virginis Mariae »
del Sumo Pontífice JUAN PABLO II
Al Episcopado, al Clero y a los Fielessobre el Santo Rosario
Introducción.
Capítulo I. Contemplar a Cristo con María
Capítulo II. Misterios de Cristo, Misterios de la Madre
Capítulo III. «Para mí la Vida es Cristo»
Conclusión.
INTRODUCCIÓN.
1. El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por
numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una
oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos
mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para
anuniar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el
punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización».[1]
El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra
en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio.[2] En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por
la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a
experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la
Madre del Redentor.
Los Romanos Pontífices y el Rosario
2. A esta oración le han atribuido gran importancia muchos de mis
Predecesores. Un mérito particular a este respecto corresponde a León XIII
que, el 1 de septiembre de 1883, promulgó la Encíclica Supremi apostolatus officio,[3] importante declaración con la cual inauguró otras muchas
intervenciones sobre esta oración, indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. Entre los Papas más recientes que, en
la época conciliar, se han distinguido por la promoción del Rosario, deseo recordar al Beato Juan XXIII[4] y, sobre todo, a PabloVI, que en la
Exhortación apostólica Marialis cultus, en consonancia con la inspiración del Concilio Vaticano II, subrayó el carácter evangélico del Rosario y su
orientación cristológica.
Yo mismo, después, no he dejado pasar ocasión de exhortar a rezar con frecuencia el Rosario. Esta oración ha tenido un puesto importante en mi
vida espiritual desde mis años jóvenes. Me lo ha recordado mucho mi reciente viaje a Polonia, especialmente la visita al Santuario de Kalwaria. El
Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación.
A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas
después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa!
Maravillosa en su sencillez y en su profundidad. [...] Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, un comentario-oración sobre el capítulo final de
la Constitución Lumen gentium del Vaticano II, capítulo que trata de la presencia admirable de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la
Iglesia. En efecto, con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en
su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos ponen en comunión vital con Jesús a través podríamos decir del Corazón de su
Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la
nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo,
sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De
este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida
humana ».[5]Con estas palabras, mis queridos Hermanos y Hermanas, introducía
mi primer año de Pontificado en el ritmo cotidiano del Rosario. Hoy, al inicio del vigésimo quinto año de servicio como Sucesor de Pedro, quiero
hacer lo mismo. Cuántas gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario en estos años: Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar mi
agradecimiento al Señor con las palabras de su Madre Santísima, bajo cuya
protección he puesto mi ministerio petrino: Totus tuus!
Octubre 2002 - Octubre 2003: Año del Rosario
3. Por eso, de acuerdo con las consideraciones hechas en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que, después de la experiencia jubilar, he
invitado al Pueblo de Dios « a caminar desde Cristo »,[6] he sentido la
necesidad de desarrollar una reflexión sobre el Rosario, en cierto modo como
coronación mariana de dicha Carta apostólica, para exhortar a la
contemplación del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima
Madre. Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el
rostro de Cristo. Para dar mayor realce a esta invitación, con ocasión del
próximo ciento veinte aniversario de la mencionada Encíclica de León XIII,
deseo que a lo largo del año se proponga y valore de manera particular esta
oración en las diversas comunidades cristianas. Proclamo, por tanto, el año
que va de este octubre a octubre de 2003 Año del Rosario.
Dejo esta indicación pastoral a la iniciativa de cada comunidad eclesial.
Con ella no quiero obstaculizar, sino más bien integrar y consolidar los
planes pastorales de las Iglesias particulares. Confío que sea acogida con
prontitud y generosidad. El Rosario, comprendido en su pleno significado,
conduce al corazón mismo de la vida cristiana y ofrece una oportunidad
ordinaria y fecunda espiritual y pedagógica, para la contemplación personal,
la formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización. Me es grato
reiterarlo recordando con gozo también otro aniversario: los 40 años del
comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 de octubre de 1962), el
«gran don de gracia» dispensada por el espíritu de Dios a la Iglesia de
nuestro tiempo.[7]
Objeciones al Rosario
4. La oportunidad de esta iniciativa se basa en diversas consideraciones. La primera se refiere a la urgencia de afrontar una cierta crisis de esta
oración que, en el actual contexto histórico y teológico, corre el riesgo de
ser infravalorada injustamente y, por tanto, poco propuesta a las nuevas
generaciones. Hay quien piensa que la centralidad de la Liturgia,
acertadamente subrayada por el Concilio Ecuménico Vaticano II, tenga
necesariamente como consecuencia una disminución de la importancia del
Rosario. En realidad, como puntualizó Pablo VI, esta oración no sólo no se
opone a la Liturgia, sino que le da soporte, ya que la introduce y la
recuerda, ayudando a vivirla con plena participación interior, recogiendo
así sus frutos en la vida cotidiana.
Quizás hay también quien teme que pueda resultar poco ecuménica por su carácter marcadamente mariano. En realidad, se coloca en el más límpido
horizonte del culto a la Madre de Dios, tal como el Concilio ha establecido:
un culto orientado al centro cristológico de la fe cristiana, de modo que
«mientras es honrada la Madre, el Hijo sea debidamente conocido, amado,
glorificado».[8] Comprendido adecuadamente, el Rosario es una ayuda, no un
obstáculo para el ecumenismo.
Vía de contemplación
5. Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en
los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he
propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y
propia 'pedagogía de la santidad': «es necesario un cristianismo que se
distinga ante todo en el arte de la oración».[9] Mientras en la cultura contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva
exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras
religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se
conviertan en «auténticas escuelas de oración».[10]
El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la
contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente
meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u
«oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano.
Oración por la paz y por la familia
6. Algunas circunstancias históricas ayudan a dar un nuevo impulso a la
propagación del Rosario. Ante todo, la urgencia de implorar de Dios el don
de la paz. El Rosario ha sido propuesto muchas veces por mis Predecesores y
por mí mismo como oración por la paz. Al inicio de un milenio que se ha
abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001
y que ve cada día en muchas partes del mundo nuevos episodios de sangre y
violencia, promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del
misterio de Aquél que «es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno,
derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2, 14). No se puede,
pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún
ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano.
Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y
oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más
por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que
hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y,
con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral
familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una
ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual.
« ¡Ahí tienes a tu madre! » (Jn 19, 27)
7. Numerosos signos muestran cómo la Santísima Virgen ejerce también hoy,
precisamente a través de esta oración, aquella solicitud materna para con
todos los hijos de la Iglesia que el Redentor, poco antes de morir, le
confió en la persona del discípulo predilecto: «¡Mujer, ahí tienes a tu
hijo!» (Jn 19, 26). Son conocidas las distintas circunstancias en las que la
Madre de Cristo, entre el siglo XIX y XX, ha hecho de algún modo notar su
presencia y su voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma
de oración contemplativa. Deseo en particular recordar, por la incisivainfluencia que conservan en el vida de los cristianos y por el acreditado
reconocimiento recibido de la Iglesia, las apariciones de Lourdes y
Fátima,[11] cuyos Santuarios son meta de numerosos peregrinos, en busca de
consuelo y de esperanza.
Tras las huellas de los testigos
8. Sería imposible citar la multitud innumerable de Santos que han
encontrado en el Rosario un auténtico camino de santificación. Bastará con
recordar a san Luis María Grignion de Montfort, autor de un preciosa obra
sobre el Rosario[12] y, más cercano a nosotros, al Padre Pío de Pietrelcina,
que recientemente he tenido la alegría de canonizar. Un especial carisma
como verdadero apóstol del Rosario tuvo también el Beato Bartolomé Longo. Su
camino de santidad se apoya sobre una inspiración sentida en lo más hondo de
su corazón: « ¡Quien propaga el Rosario se salva! ».[13] Basándose en ello,
se sintió llamado a construir en Pompeya un templo dedicado a la Virgen del
Santo Rosario colindante con los restos de la antigua ciudad, apenas
influenciada por el anuncio cristiano antes de quedar cubierta por la
erupción del Vesuvio en el año 79 y rescatada de sus cenizas siglos después,
como testimonio de las luces y las sombras de la civilización clásica.
Con toda su obra y, en particular, a través de los «Quince Sábados»,
Bartolomé Longo desarrolló el meollo cristológico y contemplativo del
Rosario, que ha contado con un particular aliento y apoyo en León XIII, el «Papa del Rosario».
CAPÍTULO I.
CONTEMPLAR A CRISTO CON MARÍA
Un rostro brillante como el sol
9. «Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el
sol» (Mt 17, 2). La escena evangélica de la transfiguración de Cristo, en la
que los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecen como extasiados por la belleza del Redentor, puede ser considerada como icono de la
contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su
misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir
u fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por lo
tanto, es también la nuestra. Contemplando este rostro nos disponemos a
acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor
del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo. Se realiza así también
en nosotros la palabra de san Pablo: «Reflejamos como en un espejo la gloria
del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más: así es
como actúa el Señor, que es Espíritu» (2 Co 3, 18).
María modelo de contemplación
10. La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El
rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre
donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca
una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado
con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos
de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando
lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a
sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en
Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo,
cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 7).Desde
entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará
jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de
su extravío en el templo: « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? » (Lc 2,
48);
será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de
Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus
decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada
dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la
mirada de la 'parturienta', ya que María no se limitará a compartir la
pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el
discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn 19, 26-27); en la mañana de
Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada
ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).
Los recuerdos de María
11. María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras:
« Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón » (Lc 2, 19; cf.
2, 51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en
todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos
episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han
constituido, en cierto sentido, el 'rosario' que Ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal.Y también ahora, entre los
cantos de alegría de la Jerusalén celestial, permanecen intactos los motivos
de su acción de gracias y su alabanza. Ellos inspiran su materna solicitud
hacia la Iglesia peregrina, en la que sigue desarrollando la trama de su
'papel' de evangelizadora. María propone continuamente a los creyentes los
'misterios' de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que
puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el Rosario, la
comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de
María.
El Rosario, oración contemplativa
12. El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una
oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría,
como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma
y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas
y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis
charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su
locuacidad" (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo
tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación
de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de
Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable
riqueza».[14]Es necesario detenernos en este profundo pensamiento de Pablo
VI para poner de relieve algunas dimensiones del Rosario que definen mejor
su carácter de contemplación cristológica.
Recordar a Cristo con María
13. La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo
entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que
actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La
Biblia es narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su culmen en
el propio Cristo. Estos acontecimientos no son solamente un 'ayer'; son
también el 'hoy' de la salvación. Esta actualización se realiza en
particular en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a cabo hace siglos no
concierne solamente a los testigos directos de los acontecimientos, sino que
alcanza con su gracia a los hombres de cada época. Esto vale también, en
cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos:
«hacer memoria» de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la
gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y
resurrección.
Por esto, mientras se reafirma con el Concilio Vaticano II que la Liturgia,
como ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo y culto público, es «la
cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente
de donde mana toda su fuerza»,[15] también es necesario recordar que la vida
espiritual « no se agota sólo con la participación en la sagrada Liturgia.
El cristiano, llamado a orar en común, debe no obstante, entrar también en
su interior para orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más
aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5, 17)
».[16] El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado
panorama de la oración 'incesante', y si la Liturgia, acción de Cristo y de
la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto
meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto,
penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que
cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y
forje la propia existencia.
Comprender a Cristo desde María
14. Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se
trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle
a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito
divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de
Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que
Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un
conocimiento profundo de su misterio.El primero de los 'signos' llevado a
cabo por Jesús la transformación del agua en vino en las bodas de Caná nos
muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a
ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que
ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de
Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó
en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir
a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para
entender su mensaje.Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa
que Ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y
proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la
fe»,[17] en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo,
Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los
interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia
de la fe: « He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra »
(Lc 1, 38).
Configurarse a Cristo con María
15. La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del
discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8,
29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente
como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de
su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin
embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que
oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de
Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2,
5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf.
Rm 13, 14; Ga 3, 27). En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la
contemplación incesante del rostro de Cristo en compañía de María este
exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad
que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la
vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto
dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen
parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente
con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando
juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de
nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos
el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto».[18]Además,
mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos
encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que
es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro
supereminente y completamente singular»,[19] es al mismo tiempo 'Madre de la
Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos para el Cuerpo místico del
Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión
inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la
Iglesia.El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a
seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite
educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea
formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada
totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y
de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con
Cristo».[20] Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano
II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base
de mi lema episcopal: Totus tuus.[21] Un lema, c mo es sabido, inspirado en
la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel
de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo:
«Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin
duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más
perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las
criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la
devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un
alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo».[22] De
verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran
profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de
Cristo!
Rogar a Cristo con María
16. Cristo nos ha invitado a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza
para ser escuchados: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os
abrirá» (Mt 7, 7). El fundamento de esta eficacia de la oración es la bondad
del Padre, pero también la mediación de Cristo ante Él (cf. 1 Jn 2, 1) y la
acción del Espíritu Santo, que «intercede por nosotros» (Rm 8, 26-27) según
los designios de Dios. En efecto, nosotros «no sabemos cómo pedir» (Rm 8,
26) y a veces no somos escuchados porque pedimos mal (cf. St 4, 2-3).Para
apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu hacen brotar en nuestro corazón,
interviene María con su intercesión materna. «La oración de la Iglesia está
como apoyada en la oración de María».[23] Efectivamente, si Jesús, único Mediador, es el Camino de nuestra oración, María, pura transparencia de Él,
muestra el Camino, y «a partir de esta cooperación singular de María a la
acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la
santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en
sus misterios».[24] En las bodas de Caná, el Evangelio muestra precisamente
la eficacia de la intercesión de María, que se hace portavoz ante Jesús de
las necesidades humanas: «No tienen vino» (Jn 2, 3). El Rosario es a la vez
meditación y súplica. La plegaria insistente a la Madre de Dios se apoya en
la confianza de que su materna intercesión lo puede todo ante el corazón del
Hijo. Ella es «omnipotente por gracia», como, con audaz expresión que debe
entenderse bien, dijo en su Súplica a la Virgen el Beato Bartolomé
Longo.[25] Basada en el Evangelio, ésta es una certeza que se ha ido consolidando por experiencia propia en el pueblo cristiano. El eminente
poeta Dante la interpreta estupendamente, siguiendo a san Bernardo, cuando
canta: «Mujer, eres tan grande y tanto vales, que quien desea una gracia y
no recurre a ti, quiere que su deseo vuele sin alas».[26] En el Rosario,
mientras suplicamos a María, templo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), Ella
intercede por nosotros ante el Padre que la ha llenado de gracia y ante el
Hijo nacido de su seno, rogando con nosotros y por nosotros.
Anunciar a Cristo con María
17. El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en
el que el misterio de Cristoes presentado continuamente en los diversos
aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y
contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo.
Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus
elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración
comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa
oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen
del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La
historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada
especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a
causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por
qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de
quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo
un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador.
CAPÍTULO II.
MISTERIOS DE CRISTO, MISTERIOS DE LA MADRE
El Rosario «compendio del Evangelio»
18. A la contemplación del rostro de Cristo sólo se llega escuchando, en el
Espíritu, la voz del Padre, pues «nadie conoce bien al Hijo sino el Padre»
(Mt 11, 27). Cerca de Cesarea de Felipe, ante la confesión de Pedro, Jesús puntualiza de dónde proviene esta clara intuición sobre su identidad: «No te
ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los
cielos» (Mt 16, 17). Así pues, es necesaria la revelación de lo alto. Pero,
para acogerla, es indispensable ponerse a la escucha: «Sólo la experiencia
del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede
madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de
aquel misterio»[27]
El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana
orientada a la contemplación del rostro de Cristo. Así lo describía el Papa
Pablo VI: « Oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación
redentora, el Rosario es, pues, oración de orientación profundamente
cristológica. En efecto, su elemento más característico la repetición
litánica del "Dios te salve, María" se convierte también en
alabanza
constante a Cristo, término último del anuncio del Ángel y del saludo de la
Madre del Bautista: "Bendito el fruto de tu seno" (Lc 1,42). Diremos más:
la
repetición del Ave Maria constituye el tejido sobre el cual se desarrolla la
contemplación de los misterios: el Jesús que toda Ave María recuerda es el
mismo que la sucesión de los misterios nos propone una y otra vez como Hijo
de Dios y de la Virgen».[28]
Una incorporación oportuna
19. De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha
consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial,
sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de
esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el
mismo de los Salmos.
No obstante, para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero
oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de
los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los
misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En
efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona
de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo
predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del
Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias.
Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de
manera especial como misterio de luz: «Mientras estoy en el mundo, soy luz
del mundo» (Jn 9, 5).
Para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente 'compendio del
Evangelio', es conveniente pues que, tras haber recordado la encarnación y
la vida oculta de Cristo (misterios de gozo), y antes de considerar los
sufrimientos de la pasión (misterios de dolor) y el triunfo de la
resurrección (misterios de gloria), la meditación se centre también en
algunos momentos particularmente significativos de la vida pública
(misterios de luz). Esta incorporación de nuevos misterios, sin prejuzgar
ningún aspecto esencial de la estructura tradicional de esta oración, se
orienta a hacerla vivir con renovado interés en la espiritualidad cristiana,
como verdadera introducción a la profundidad del Coraz1ón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de
gloria.
Misterios de gozo
20. El primer ciclo, el de los «misterios gozosos», se caracteriza
efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación.
Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la
Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate,
María». A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en
cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del
Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don
divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo
alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada
en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.
El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz
misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría»
a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el
nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los
ángeles y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lc 2, 10).
Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría
anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la
vez que expresa la dicha de la consagración y extasía al viejo Simeón,
contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción»
para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lc 2,
34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús
de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y
pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien 'enseña'. La
revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del
Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias
absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto
humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, «no comprendieron»
sus palabras (Lc 2, 50).
De este modo, meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en los
motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo.
Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y
sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos
ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el
cristianismo es ante todo evangelion, 'buena noticia', que tiene su centro
o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo.
Misterios de luz
21. Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de
Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de
manera especial «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo
es luz. Él es «la luz del mundo» (Jn 8, 12). Pero esta dimensión se
manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el
evangelio del Reino. Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco
momentos significativos misterios «luminosos» de esta fase de la vida de
Cristo, pienso que se pueden señalar: 1. su Bautismo en el Jordán; 2. su
autorrevelación en las bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios
invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. institución de la
Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual.Cada uno de estos
misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de Jesús. Misterio
de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como
inocente que se hace 'pecado' por nosotros (cf. 2 Co 5, 21), entra en el
agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo
predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para
investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en
vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de
María, la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual
Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc
1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf.
Mc 2, 3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del
sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el
Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo,
mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo «
escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento
doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la
Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de
luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace
alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino,
dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo » (Jn13, 1)
y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.
Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el
trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que
otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn 2, 12) y nada
dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de
la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná
acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el
Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece
también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación
materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: «Haced lo que él os
diga» (Jn 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y
signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo
mariano de todos los «misterios de luz».
Misterios de dolor
22. Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La
piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via
Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión,
intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de
nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión,
invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos.
El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento
particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la
debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se
pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los
pecados de los hombres, para decirle al Padre: «no se haga mi voluntad, sino
la tuya» (Lc 22, 42 par.). Este «sí» suyo cambia el «no» de los
progenitores
en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se
muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la
coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve
sumido en la mayor ignominia: Ecce homo!
En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del
hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su
sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor
«hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Los misterios de dolor llevan
el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto
a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre
y sentir toda su fuerza regeneradora.
Misterios de gloria
23. «La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de
crucificado. ¡Él es el Resucitado!». [29] El Rosario ha expresado siempre
esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la
Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su
Ascensión. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las
razones de la propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría no solamente
de aquellos a los que Cristo se manifestó los Apóstoles, la Magdalena, los
discípulos de Emaús, sino también el gozo de María, que experimentó de modo
intenso la nueva vida del Hijo glorificado. A esta gloria, que con la
Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería elevada Ella misma con
la Asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino
reservado a todos los justos con la resurrección de la carne. Al fin,
coronada de gloria como aparece en el último misterio glorioso, María
resplandece como Reina de los Ángeles y los Santos, anticipación y culmen de
la condición escatológica del Iglesia.En el centro de este itinerario de
gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio
glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia
reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta
para la misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros
misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia cada
vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida
cuyo gran 'icono' es la escena de Pentecostés. De este modo, los misterios
gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta escatológica,
hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la
historia. Esto les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de
aquel «gozoso anuncio» que da sentido a toda su vida.
De los 'misterios' al 'Misterio': el camino de María
24. Los ciclos de meditaciones propuestos en el Santo Rosario no son
ciertamente exhaustivos, pero llaman la atención sobre lo esencial,
preparando el ánimo para gustar un conocimiento de Cristo, que se alimenta
continuamente del manantial puro del texto evangélico. Cada rasgo de la vida
de Cristo, tal como lo narran los Evangelistas, refleja aquel Misterio que
supera todo conocimiento (cf. Ef 3, 19). Es el Misterio del Verbo hecho
carne, en el cual «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente»
(Col 2, 9). Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica insiste tanto en los
misterios de Cristo, recordando que «todo en la vida de Jesús es signo de su
Misterio».[30] El «duc in altum» de la Iglesia en el tercer Milenio se basa
en la capacidad de los cristianos de alcanzar «en toda su riqueza la plena
inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios, en el cual están
ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 2-3). La
Carta a los Efesios desea ardientemente a todos los bautizados: «Que Cristo
habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en
el amor [...], podáis conocer el amor de Cristo, que excede a todo
conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios»
(3, 17-19).
El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el 'secreto' para abrirse más
fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos
llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de
Nazaret, mujer de fe, de silencio y de escucha. Es al mismo tiempo el camino
de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une Cristo
con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido,
los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada
directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo
nuestras en el Ave Maria las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel,
nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos
y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf. Lc 1, 42).
Misterio de Cristo, 'misterio' del hombre
25. En el testimonio ya citado de 1978 sobre el Rosario como mi oración
predilecta, expresé un concepto sobre el que deseo volver. Dije entonces que
« el simple rezo del Rosario marca el ritmo de la vida humana ».[31]
A la luz de las reflexiones hechas hasta ahora sobre los misterios de
Cristo, no es difícil profundizar en esta consideración antropológica del
Rosario. Una consideración más radical de lo que puede parecer a primera
vista. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre
también en Él la verdad sobre el hombre. Ésta es la gran afirmación del
Concilio Vaticano II, que tantas veces he hecho objeto de mi magisterio, a
partir de la Carta Encíclica Redemptor hominis: «Realmente, el misterio del
hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado».[32] El Rosario
ayuda a abrirse a esta luz. Siguiendo el camino de Cristo, el cual
«recapitula» el camino del hombre,[33] desvelado y redimido, el creyente se
sitúa ante la imagen del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento
aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se
percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios,
escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario,
comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a
su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está
llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este
modo, se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina
el misterio del hombre.
Al mismo tiempo, resulta natural presentar en este encuentro con la santa
humanidad del Redentor tantos problemas, afanes, fatigas y proyectos que
marcan nuestra vida. «Descarga en el señor tu peso, y él te sustentará»
(Sal
55, 23). Meditar con el Rosario significa poner nuestros afanes en los
corazones misericordiosos de Cristo y de su Madre. Después de largos años,
recordando los sinsabores, que no han faltado tampoco en el ejercicio del
ministerio petrino, deseo repetir, casi como una cordial invitación dirigida
a todos para que hagan de ello una experiencia personal: sí, verdaderamente
el Rosario « marca el ritmo de la vida humana », para armonizarla con el
ritmo de la vida divina, en gozosa comunión con la Santísima Trinidad,
destino y anhelo de nuestra existencia.
CAPÍTULO III.
« PARA MÍ LA VIDA ES CRISTO »
El Rosario, camino de asimilación del misterio
26. El Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo con un
método característico, adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del
método basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave Maria, que
se repite diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta
repetición, se podría pensar que el Rosario es una práctica árida y
aburrida. En cambio, se puede hacer otra consideración sobre el Rosario, si
se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse a la persona
amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son
siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira.
En Cristo, Dios ha asumido verdaderamente un «corazón de carne». Cristo no
solamente tiene un corazón divino, rico en misericordia y perdón, sino
también un corazón humano, capaz de todas las expresiones de afecto. A este
respecto, si necesitáramos un testimonio evangélico, no sería difícil
encontrarlo en el conmovedor diálogo de Cristo con Pedro después de la
Resurrección. «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Tres veces se le hace la
pregunta, tres veces Pedro responde: «Señor, tú lo sabes que te quiero» (cf.
Jn 21, 15-17). Más allá del sentido específico del pasaje, tan importante
para la misión de Pedro, a nadie se le escapa la belleza de esta triple
repetición, en la cual la reiterada pregunta y la respuesta se expresan en
términos bien conocidos por la experiencia universal del amor humano. Para comprender el Rosario, hace falta entrar en la dinámica psicológica que es
propia del amor. Una cosa está clara: si la repetición del Ave María se
dirige directamente a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige
a Jesús. La repetición favorece el deseo de una configuración cada vez más
plena con Cristo, verdadero 'programa' de la vida cristiana. San Pablo lo ha
enunciado con palabras ardientes: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte
una ganancia» (Flp 1, 21). Y también: «No vivo yo, sino que es Cristo quien
vive en mí» (Ga 2, 20). El Rosario nos ayuda a crecer en esta configuración
hasta la meta de la santidad.
Un método válido...
27. No debe extrañarnos que la relación con Cristo se sirva de la ayuda de
un método. Dios se comunica con el hombre respetando nuestra naturaleza y
sus ritmos vitales. Por esto la espiritualidad cristiana, incluso conociendo
las formas más sublimes del silencio místico, en el que todas las imágenes,
palabras y gestos son como superados por la intensidad de una unión inefable
del hombre con Dios, se caracteriza normalmente por la implicación de toda
la persona, en su compleja realidad psicofísica y relacional.Esto aparece de
modo evidente en la Liturgia. Los Sacramentos y los Sacramentales están
estructurados con una serie de ritos relacionados con las diversas
dimensiones de la persona. También la oración no litúrgica expresa la misma
exigencia. Esto se confirma por el hecho de que, en Oriente, la oración más
característica de la meditación cristológica, la que está centrada en las
palabras «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador»,[34]
está vinculada tradicionalmente con el ritmo de la respiración, que,
mientras favorece la perseverancia en la invocación, da como una
consistencia física al deseo de que Cristo se convierta en el aliento, el
alma y el 'todo' de la vida.... que, no obstante, se puede mejorar
28. En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he recordado que en
Occidente existe hoy también una renovada exigencia de meditación, que
encuentra a veces en otras religiones modalidades bastante atractivas.[35]
Hay cristianos que, al conocer poco la tradición contemplativa cristiana, se
dejan atraer por tales propuestas. Sin embargo, aunque éstas tengan
elementos positivos y a veces compaginables con la experiencia cristiana, a
menudo esconden un fondo ideológico inaceptable. En dichas experiencias
abunda también una metodología que, pretendiendo alcanzar una alta
concentración espiritual, usa técnicas de tipo psicofísico, repetitivas y
simbólicas. El Rosario forma parte de este cuadro universal de la
fenomenología religiosa, pero tiene características propias, que responden a
las exigencias específicas de la vida cristiana.
En efecto, el Rosario es un método para contemplar. Como método, debe ser
utilizado en relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. Pero tampoco
debe infravalorarse, dado que es fruto de una experiencia secular. La
experiencia de innumerables Santos aboga en su favor. Lo cual no impide que
pueda ser mejorado. Precisamente a esto se orienta la incorporación, en el
ciclo de los misterios, de la nueva serie de los mysteria lucis, junto con
algunas sugerencias sobre el rezo del Rosario que propongo en esta Carta.
Con ello, aunque respetando la estructura firmemente consolidada de esta
oración, quiero ayudar a los fieles a comprenderla en sus aspectos
simbólicos, en sintonía con las exigencias de la vida cotidiana. De otro
modo, existe el riesgo de que esta oración no sólo no produzca los efectos
espirituales deseados, sino que el rosario mismo con el que suele recitarse,
acabe por considerarse como un amuleto o un objeto mágico, con una radicaldistorsión de su sentido y su cometido
El enunciado del misterio
29. Enunciar el misterio, y tener tal vez la oportunidad de contemplar al
mismo tiempo una imagen que lo represente, es como abrir un escenario en el
cual concentrar la atención. Las palabras conducen la imaginación y el
espíritu a aquel determinado episodio o momento de la vida de Cristo. En la
espiritualidad que se ha desarrollado en la Iglesia, tanto a través de la
veneración de imágenes que enriquecen muchas devociones con elementos
sensibles, como también del método propuesto por san Ignacio de Loyola en
los Ejercicios Espirituales, se ha recurrido al elemento visual e
imaginativo (la compositio loci) considerándolo de gran ayuda para favorecer la concentración del espíritu en el misterio. Por lo demás, es una
metodología que se corresponde con la lógica misma de la Encarnación: Dios
ha querido asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio de su realidad
corpórea, entramos en contacto con su misterio divino.El enunciado de los
varios misterios del Rosario se corresponde también con esta exigencia de
concreción. Es cierto que no sustituyen al Evangelio ni tampoco se refieren
a todas sus páginas. El Rosario, por tanto, no reemplaza la lectio divina,
sino que, por el contrario, la supone y la promueve. Pero si los misterios
considerados en el Rosario, aun con el complemento de los mysteria lucis, se
limita a las líneas fundamentales de la vida de Cristo, a partir de ellos la
atención se puede extender fácilmente al resto del Evangelio, sobre todo
cuando el Rosario se recita en momentos especiales de prolongado
recogimiento.
La escucha de la Palabra de Dios
30. Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil
que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico
correspondiente, que puede ser más o menos largo según las circunstancias.
En efecto, otras palabras nunca tienen la eficacia de la palabra inspirada.
Ésta debe ser escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios,
pronunciada para hoy y «para mí».Acogida de este modo, la Palabra entra en
la metodología de la repetición del Rosario sin el aburrimiento que
produciría la simple reiteración de una información ya conocida. No, no se
trata de recordar una información, sino de dejar 'hablar' a Dios. En alguna
ocasión solemne y comunitaria, esta palabra se puede ilustrar con algún
breve comentario.
El silencio
31. La escucha y la meditación se alimentan del silencio. Es conveniente
que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos
momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el
misterio meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es uno de los
secretos para la práctica de la contemplación y la meditación. Uno de los
límites de una sociedad tan condicionada por la tecnología y los medios de
comunicación social es que el silencio se hace cada vez más difícil. Así
como en la Liturgia se recomienda que haya momentos de silencio, en el rezo
del Rosario es también oportuno hacer una breve pausa después de escuchar la
Palabra de Dios, concentrando el espíritu en el contenido de un determinado
misterio.
El «Padrenuestro»
32. Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el
misterio, es natural que el ánimo se eleve hacia el Padre. Jesús, en cada
uno de sus misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se dirige
continuamente, porque descansa en su 'seno' (cf Jn 1, 18). Él nos quiere
introducir en la intimidad del Padre para que digamos con Él: «¡Abbá
Padre!» (Rm 8, 15; Ga 4, 6). En esta relación con el Padre nos hace hermanos
suyos y entre nosotros, comunicándonos el Espíritu, que es a la vez suyo y
del Padre. El «Padrenuestro», puesto como fundamento de la meditación
cristológico-mariana que se desarrolla mediante la repetición del Ave Maria,
hace que la meditación del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una
experiencia eclesial.
Las diez «Ave Maria»
33. Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte
en una oración mariana por excelencia. Pero precisamente a la luz del Ave
Maria, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano
no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En
efecto, la primera parte del Ave Maria, tomada de las palabras dirigidas a
María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del
misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. Expresan, por así decir, la
admiración del cielo y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la
complacencia de Dios mismo al ver su obra maestra la encarnación del Hijo
en el seno virginal de María, análogamente a la mirada de aprobación del
Génesis (cf. Gn 1, 31), aquel «pathos con el que Dios, en el alba de la
creación, contempló la obra de sus manos».[36] Repetir en el Rosario el Ave
Maria nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro,
reconocimiento del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento
dela profecía de María: «Desde ahora todas las generaciones me llamarán
bienaventurada» (Lc1, 48).
El centro del Ave María, casi como engarce entre la primera y la segunda
parte, es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se percibe
este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se
está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de
Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y
fructuosa del Rosario. Ya Pablo VI recordó en la Exhortación apostólica
Marialis cultus la costumbre, practicada en algunas regiones, de realzar el
nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del misterio que se está
meditando.[37] Es una costumbre loable, especialmente en la plegaria
pública. Expresa con intensidad la fe cristológica, aplicada a los diversos
momentos de la vida del Redentor. Es profesión de fe y, al mismo tiempo,
ayuda a mantener atenta la meditación, permitiendo vivir la función
asimiladora, innata en la repetición del Ave María, respecto al misterio de
Cristo. Repetir el nombre de Jesús el único nombre del cual podemos esperar
la salvación (cf. Hch 4, 12) junto con el de su Madre Santísima, y como
dejando que Ella misma nos lo sugiera, es un modo de asimilación, que aspira
a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo. De la
especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la
Theotòkos, deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos
a Ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión
nuestra vida y la hora de nuestra muerte.
El «Gloria»
34. La doxología trinitaria es la meta de la contemplación cristiana. En
efecto, Cristo es el camino que nos conduce al Padre en el Espíritu. Si
recorremos este camino hasta el final, nos encontramos continuamente ante el
misterio de las tres Personas divinas que se han de alabar, adorar y
agradecer. Es importante que el Gloria, culmen de la contemplación, sea bien
resaltado en el Rosario. En el rezo público podría ser cantado, para dar
mayor énfasis a esta perspectiva estructural y característica de toda
plegaria cristiana.En la medida en que la meditación del misterio haya sido
atenta, profunda, fortalecida de Ave en Ave por el amor a Cristo y a
María, la glorificación trinitaria en cada decena, en vez de reducirse a una
rápida conclusión, adquiere su justo tono contemplativo, como para levantar
el espíritu a la altura del Paraíso y hacer revivir, de algún modo, la
experiencia del Tabor, anticipación de la contemplación futura: «Bueno es
estarnos aquí» (Lc 9, 33).
La jaculatoria final
35. Habitualmente, en el rezo del Rosario, después de la doxología
trinitaria sigue una jaculatoria, que varía según las costumbres. Sin quitar
valor a tales invocaciones, parece oportuno señalar que la contemplación de
los misterios puede expresar mejor toda su fecundidad si se procura que cada
misterio concluya con una oración dirigida a alcanzar los frutos específicos
de la meditación del misterio. De este modo, el Rosario puede expresar con
mayor eficacia su relación con la vida cristiana. Lo sugiere una bella
oración litúrgica, que nos invita a pedir que, meditando los misterios del
Rosario, lleguemos a «imitar lo que contienen y a conseguir lo que
prometen».[38]Como ya se hace, dicha oración final puede expresarse en
varias forma legítimas. El Rosario adquiere así también una fisonomía más
adecuada a las diversas tradiciones espirituales y a las distintas
comunidades cristianas. En esta perspectiva, es de desear que se difundan,
con el debido discernimiento pastoral, las propuestas más significativas,
experimentadas tal vez en centros y santuarios marianos que cultivan
particularmente la práctica del Rosario, de modo que el Pueblo de Dios pueda
acceder a toda auténtica riqueza espiritual, encontrando así una ayuda para
la propia contemplación.
El 'rosario'
36. Instrumento tradicional para rezarlo es el rosario. En la práctica más
superficial, a menudo termina por ser un simple instrumento para contar la
sucesión de las Ave Maria. Pero sirve también para expresar un simbolismo,
que puede dar ulterior densidad a la contemplación.A este propósito, lo
primero que debe tenerse presente es que el rosario está centrado en el
Crucifijo, que abre y cierra el proceso mismo de la oración. En Cristo se
centra la vida y la oración de los creyentes. Todo parte de Él, todo tiende
hacia Él, todo, a través de Él, en el Espíritu Santo, llega al Padre.En
cuanto medio para contar, que marca el avanzar de la oración, el rosario
evoca el camino incesante de la contemplación y de la perfección cristiana.
El Beato Bartolomé Longo lo consideraba también como una 'cadena' que nos
une a Dios. Cadena, sí, pero cadena dulce; así se manifiesta la relación con
Dios, que es Padre. Cadena 'filial', que nos pone en sintonía con María, la
«sierva del Señor» (Lc 1, 38) y, en definitiva, con el propio Cristo, que,
aun siendo Dios, se hizo «siervo» por amor nuestro (Flp 2, 7).Es también
hermoso ampliar el significado simbólico del rosario a nuestra relación
recíproca, recordando de ese modo el vínculo de comunión y fraternidad que
nos une a todos en Cristo.
Inicio y conclusión
37. En la práctica corriente, hay varios modos de comenzar el Rosario, según
los diversos contextos eclesiales. En algunas regiones se suele iniciar con
la invocación del Salmo 69: «Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en
socorrerme», como para alimentar en el orante la humilde conciencia de su
propia indigencia; en otras, se comienza recitando el Credo, como haciendo
de la profesión de fe el fundamento del camino contemplativo que se
emprende. Éstos y otros modos similares, en la medida que disponen el ánimo
para la contemplación, son usos igualmente legítimos. La plegaria se
concluye rezando por las intenciones del Papa, para elevar la mirada de
quien reza hacia el vasto horizonte de las necesidades eclesiales.
Precisamente para fomentar esta proyección eclesial del Rosario, la Iglesia
ha querido enriquecerlo con santas indulgencias para quien lo recita con las
debidas disposiciones.
En efecto, si se hace así, el Rosario es realmente un itinerario espiritual
en el que María se hace madre, maestra, guía, y sostiene al fiel con su
poderosa intercesión. ¿Cómo asombrarse, pues, si al final de esta oración en
la cual se ha experimentado íntimamente la maternidad de María, el espíritu
siente necesidad de dedicar una alabanza a la Santísima Virgen, bien con la
espléndida oración de la Salve Regina, bien con las Letanías lauretanas? Es
como coronar un camino interior, que ha llevado al fiel al contacto vivo con
el misterio de Cristo y de su Madre Santísima.
La distribución en el tiempo
38. El Rosario puede recitarse entero cada día, y hay quienes así lo hacen
de manera laudable. De ese modo, el Rosario impregna de oración los días de
muchos contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos que tienen
mucho tiempo disponible. Pero es obvio y eso vale, con mayor razón, si se
añade el nuevo ciclo de los mysteria lucis que muchos no podrán recitar más
que una parte, según un determinado orden semanal. Esta distribución semanal
da a los días de la semana un cierto 'color' espiritual, análogamente a lo
que hace la Liturgia con las diversas fases del año litúrgico.
Según la praxis corriente, el lunes y el jueves están dedicados a los
«misterios gozosos», el martes y el viernes a los «dolorosos», el miércoles,
el sábado y el domingo a los «gloriosos». ¿Dónde introducir los «misterios
de la luz»? Considerando que los misterios gloriosos se proponen seguidos el
sábado y el domingo, y que el sábado es tradicionalmente un día de marcado
carácter mariano, parece aconsejable trasladar al sábado la segunda
meditación semanal de los misterios gozosos, en los cuales la presencia de
María es más destacada. Queda así libre el jueves para la meditación de los
misterios de la luz.No obstante, esta indicación no pretende limitar una
conveniente libertad en la meditación personal y comunitaria, según las
exigencias espirituales y pastorales y, sobre todo, las coincidencias
litúrgicas que pueden sugerir oportunas adaptaciones. Lo verdaderamente
importante es que el Rosario se comprenda y se experimente cada vez más como
un itinerario contemplativo. Por medio de él, de manera complementaria a
cuanto se realiza en la Liturgia, la semana del cristiano, centrada en el
domingo, día de la resurrección, se convierte en un camino a través de los
misterios de la vida de Cristo, y Él se consolida en la vida de sus
discípulos como Señor del tiempo y de la historia.
CONCLUSIÓN.
«Rosario bendito de María, cadena dulce que nos unes con Dios»
39. Lo que se ha dicho hasta aquí expresa ampliamente la riqueza de esta
oración tradicional, que tiene la sencillez de una oración popular, pero
también la profundidad teológica de una oración adecuada para quien siente
la exigencia de una contemplación más intensa.La Iglesia ha visto siempre en
esta oración una particular eficacia, confiando las causas más difíciles a
su recitación comunitaria y a su práctica constante. En momentos en los que
la cristiandad misma estaba amenazada, se atribuyó a la fuerza de esta
oración la liberación del peligro y la Virgen del Rosario fue considerada
como propiciadora de la salvación.Hoy deseo confiar a la eficacia de esta
oración lo he señalado al principio la causa de la paz en el mundo y la de
la familia.
La paz
40. Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del
nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto,
capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y
de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un
futuro menos oscuro.El Rosario es una oración orientada por su naturaleza
hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la
paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo y
el Rosario tiende precisamente a eso aprende el secreto de la paz y hace de
ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la
serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción
pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su
ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del
Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).Es además oración por la paz por la
caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa,
el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra
también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más
sufren. ¿Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio
del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover
la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes
del mundo? ¿Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los
misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en
la vida de cada día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y
crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus «cireneos» en cada
hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? ¿Cómo se
podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada
como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo,
más cercano al proyecto de Dios?En definitiva, mientras nos hace contemplar
a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo.
Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la
invitación de Cristo a «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1), nos permite
esperar que hoy se pueda vencer también una 'batalla' tan difícil como la de
la paz. De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas
del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos
concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el
firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, «que es el
vínculo de la perfección» (Col 3, 14).
La familia: los padres...
41. Además de oración por la paz, el Rosario es también, desde siempre, una
oración de la familia y por la familia. Antes esta oración era apreciada
particularmente por las familias cristianas, y ciertamente favorecía su
comunión. Conviene no descuidar esta preciosa herencia. Se ha de volver a
rezar en familia y a rogar por las familias, utilizando todavía esta forma
de plegaria.Si en la Carta apostólica Novo millennio ineunte he alentado la
celebración de la Liturgia de las Horas por parte de los laicos en la vida
ordinaria de las comunidades parroquiales y de los diversos grupos
cristianos,[39] deseo hacerlo igualmente con el Rosario. Se trata de dos
caminos no alternativos, sino complementarios, de la contemplación
cristiana. Pido, por tanto, a cuantos se dedican a la pastoral de las
familias que recomienden con convicción el rezo del Rosario.La familia que
reza unida, permanece unida. El Santo Rosario, por antigua tradición, es una
oración que se presta particularmente para reunir a la familia. Contemplando
a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse
a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente
y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de
Dios.Muchos problemas de las familias contemporáneas, especialmente en las
sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente
dificultad para comunicarse. No se consigue estar juntos y a veces los raros
momentos de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor.
Volver a rezar el Rosario en familia significa introducir en la vida
cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio que salva: la
imagen del Redentor, la imagen de su Madre santísima. La familia que reza
unida el Rosario reproduce un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús
está en el centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen en sus
manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la
fuerza para el camino.... y los hijos
42. Es hermoso y fructuoso confiar también a esta oración el proceso de
crecimiento de los hijos. ¿No es acaso, el Rosario, el itinerario de la vida
de Cristo, desde su concepción a la muerte, hasta la resurrección y la
gloria? Hoy resulta cada vez más difícil para los padres seguir a los hijos
en las diversas etapas de su vida. En la sociedad de la tecnología avanzada,
de los medios de comunicación social y de la globalización, todo se ha
acelerado, y cada día es mayor la distancia cultural entre las generaciones.
Los mensajes de todo tipo y las experiencias más imprevisibles hacen mella
pronto en la vida de los chicos y los adolescentes, y a veces es angustioso
para los padres afrontar los peligros que corren los hijos. Con frecuencia
se encuentran ante desilusiones fuertes, al constatar los fracasos de los
hijos ante la seducción de la droga, los atractivos de un hedonismo
desenfrenado, las tentaciones de la violencia o las formas tan diferentes
del sinsentido y la desesperación.Rezar con el Rosario por los hijos, y
mejor aún, con los hijos, educándolos desde su tierna edad para este momento
cotidiano de «intervalo de oración» de la familia, no es ciertamente la
solución de todos los problemas, pero es una ayuda espiritual que no se debe
minimizar. Se puede objetar que el Rosario parece una oración poco adecuada
para los gustos de los chicos y los jóvenes de hoy. Pero quizás esta
objeción se basa en un modo poco esmerado de rezarlo. Por otra parte,
salvando su estructura fundamental, nada impide que, para ellos, el rezo del
Rosario tanto en familia como en los grupos se enriquezca con oportunas
aportaciones simbólicas y prácticas, que favorezcan su comprensión y
valorización. ¿Por qué no probarlo? Una pastoral juvenil no derrotista,
apasionada y creativa ¡las Jornadas Mundiales de la Juventud han dado buena
prueba de ello! es capaz de dar, con la ayuda de Dios, pasos verdaderamente
significativos. Si el Rosario se presenta bien, estoy seguro de que los
jóvenes mismos serán capaces de sorprender una vez más a los adultos,
haciendo propia esta oración y recitándola con el entusiasmo típico de su
edad.
El Rosario, un tesoro que recuperar
43. Queridos hermanos y hermanas: Una oración tan fácil, y al mismo tiempo
tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana.
Hagámoslo sobre todo en este año, asumiendo esta propuesta como una
consolidación de la línea trazada en la Carta apostólica Novo millennio
ineunte, en la cual se han inspirado los planes pastorales de muchas
Iglesias particulares al programar los objetivos para el próximo futuro.Me
dirijo en particular a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado,
sacerdotes y diáconos, y a vosotros, agentes pastorales en los diversos
ministerios, para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del
Rosario, os convirtáis en sus diligentes promotores.Confío también en
vosotros, teólogos, para que, realizando una reflexión a la vez rigurosa y
sabia, basada en la Palabra de Dios y sensible a la vivencia del pueblo
cristiano, ayudéis a descubrir los fundamentos bíblicos, las riquezas
espirituales y la validez pastoral de esta oración tradicional.Cuento con
vosotros, consagrados y consagradas, llamados de manera particular a
contemplar el rostro de Cristo siguiendo el ejemplo de María.Pienso en todos
vosotros, hermanos y hermanas de toda condición, en vosotras, familias
cristianas, en vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros, jóvenes: tomad
con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de nuevo a la luz
de la Escritura, en armonía con la Liturgia y en el contexto de la vida
cotidiana.¡Qué este llamamiento mío no sea en balde! Al inicio del vigésimo
quinto año de Pontificado, pongo esta Carta apostólica en las manos de la
Virgen María, postrándome espiritualmente ante su imagen en su espléndido
Santuario edificado por el Beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario. Hago
mías con gusto las palabras conmovedoras con las que él termina la célebre
Súplica a la Reina del Santo Rosario: «Oh Rosario bendito de María, dulce
cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles,
torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el
común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora
de la agonía. Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último
susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de
Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana
consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en
la tierra y en el cielo».Vaticano, 16 octubre del año 2002, inicio del
vigésimo quinto de mi Pontificado.
Juan Pablo II