La Villa de Torres a mediados del siglo XVIII.

Torres a mediados de la centuria del setecientos era un se�or�o perteneciente a la Marquesa de Camarasa, la cual era descendiente del secretario del Emperador Carlos V, Francisco de los Cobos, cuyo hijo, Diego de los Cobos fue el primer Marqu�s de Camarasa. En 1539 Francisco de los Cobos compr� a Carlos V el se�or�o de Torres, anteriormente la Villa hab�a sido una encomienda de la Orden de Calatrava y desde 1539 hasta mediados del siglo XIX perteneci� a la casa de Camarasa. Seg�n datos del catastro del Marqu�s de la Ensenada en 1752 Torres contaba con 1422 habitantes en su mayor�a jornaleros. Las tierras de su t�rmino produc�an fundamentalmente cereales, vid y olivo, y en menor escala se daba el c��amo, el lino y la seda, pero las tierras de mayor estimaci�n eran las magn�ficas huertas regadas por el r�o Torres que produc�an todo tipo de �rboles frutales y hortalizas. La Marquesa como due�a del se�or�o ejerc�a su poder sobre los vecinos ya que pose�a una serie de privilegios adquiridos en el siglo XVI y que a�n conservaba. Era due�a de numerosas tierras y huertas en las zonas denominadas Ca�uelo, Palancar, Fuensantilla, Tienda Honda, Callejuelas, etc. Los habitantes del pueblo ten�an que pagarle una serie de impuestos como eran las alcabalas, tasa con que estaban gravados los productos que se vend�an o canjeaban, por lo que recib�a anualmente 4.500 reales. Otro impuesto que cobraba eran los tercios y �ste consist�a en la participaci�n de los dos novenos en el cobro de los diezmos. Del mismo modo ten�an que entregarle 61 gallinas y media o el equivalente en met�lico a dos reales cada una. Tambi�n cobraba a los vecinos 1.294 reales anuales por el arrendamiento de los pastos de la Sierra. No obstante, nunca estuvo clara la propiedad de estos pastos, por lo que los vecinos sostuvieron con ella varios pleitos. La presi�n se�orial tambi�n era ejercida en otros aspectos, como por ejemplo en la prohibici�n que ten�a hecha a los vecinos del pueblo de construir molinos aceiteros o harineros, as� como el impedirles que fueran a moler a los de otro t�rmino. L�gicamente ella era due�a de los tres molinos, dos harineros y uno aceitero, junto con dos hornos que por entonces hab�a en el pueblo. Consiguientemente no es de extra�ar que el municipio estuviese enfrentado a los distintos titulares del se�or�o, durante pr�cticamente todo el tiempo que dependi� de la casa de Camarasa. Junto con la Marquesa, otro gran propietario era la iglesia, sus recursos proven�an de las tierras y dem�s bienes inmuebles, as� como de los ingresos de la funci�n parroquial (misas, entierros, funciones religiosas, donativos, etc.) Otra fuente de ingresos proven�a de las cargas impuestas a los vecinos, estos eran el impuesto denominado diezmo, con el que ten�an que contribuir con la d�cima parte del producto de la cosecha, y las primicias, equivalente a un recargo de un tercio sobre el valor del diezmo. Impuestos que eran pagados por todos los vecinos excepto el Prior, los Beneficiados, la Parroquia y la Marquesa, pero cuando estos arrendaban sus tierras si cobraban a sus arrendadores. Durante estos a�os centrales del siglo XVIII, contaba Torres con siete eclesi�sticos que ejerc�an sobre la poblaci�n una fuerte influencia social, no olvidemos que en el siglo XVIII la vida estaba impregnada de una gran religiosidad. La Iglesia presid�a todas las manifestaciones de la vida, adem�s se cuidaba de que no disminuyera la religiosidad y ciertas conductas eran castigadas con penas de c�rcel de iban desde 7 hasta 15 d�as. As� se especificaba en los edictos que publicaba el Ayuntamiento, que castigaba con esas penas a los que durante los actos religiosos de los d�as festivos se encontraran en las calles del pueblo jugando "o en otros vicios mundanos". La misma suerte corr�an los que "juraban o blasfemaban contra Dios, su Sant�sima Madre o los Santos". Tambi�n se les imped�a, con objeto de no molestar a los feligreses, el reunirse o tener conversaciones con ellos en la Lonja de la Iglesia.

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