La tormenta de San Gil.

En la memoria de todos está presente la famosa tormenta de San Gil. Y no es que sea la única, cualquier torreño podría relatarnos con detalle varios casos de esas calamidades que en nuestro pueblo han hecho historia.Su situación orográfica las propicia. Ya desde el siglo XVI eran frecuentes las lluvias torrenciales que devastaban a la población, pero en ningún caso como la del primero de septiembre de 1843. Incluso por entonces apenas se habían terminado de arreglar las cañerías, fuentes públicas y calles de los quebrantamientos que había provocado otra tormenta el 19 de marzo de ese mismo año.

Comienzo copiando textualmente la descripción que los vecinos hicieron de ella nada más calmarse la naturaleza. Es bastante elocuente y nos permite hacernos una idea de la angustia y el caos vivido por los torreños ante la impotencia sentida al ver que en menos de dos horas gran parte del pueblo era destruido, llevándose consigo vidas humanas y toda clase de bienes materiales.

 

Eran las tres de la tarde cuando en el pueblo se produjo la gran oscuridad que siempre presagia una tormenta, pero en esta ocasión cobró tal intensidad que desde los primeros momentos la población comenzó a alarmarse. El cielo se cubrió de tan espesas nubes que nunca habían visto nada igual. A continuación comenzó a oírse el estruendo de los truenos precedidos de grandes relámpagos que iluminaban el cielo con espectaculares resplandores, iniciándose así la horrorosa tormenta mezclada de piedras gruesas y terrible abundancia de agua.

Con tal furia que arrancó de la sierra que domina la población enormes peñascos destruyéndolas al instante y así sucesivamente hasta llegar a la orilla del río. La avenida de agua arrastró cuantos efectos había en las casas, causando la muerte de un crecido número de personas, caballerías y otros animales domésticos. Arrebatando además los granos y caldos que existían en las mismas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ante este crítico panorama el Cabildo Municipal, sobrecogido por la imagen de un pueblo semidestruido, bajo cuyas ruinas quedaban sepultados los cadáveres, se reunió precipitadamente a las ocho de la tarde para tomar las primeras medidas de urgencia encaminadas a ayudar a la población. La Corporación Municipal estaba compuesta por los alcaldes Juan José de Ogayar y Manuel Fernández, los regidores Luis Salido Villa, Andrés Segura (ausente), Juan de la Cruz Soto, Bartolomé Espinosa, Bernabé Segura, Mateo Moreno y José Amando de Fuentes, Síndico Procurador, actuando de secretario Luis Salido Valenzuela.

 

 

 

Rápidamente se formaron comisiones para evaluar los daños. Los documentos elaborados entonces nos permiten hacer una valoración aproximada de las perdidas.

El número de personas fallecidas fue de 55. Todos eran vecinos de Torres excepto dos forasteros, Ramón Hernández y Manuel de Anguita, vecinos de Jimena y Jódar respectivamente, que esa tarde ocasionalmente se encontraban en el pueblo. La población quedó mermada en un 2`26%. Del total de víctimas el 69% eran mujeres. Por edades, el porcentaje más alto fue el de niños con un 45%.

 

 

 

 

 

 

 

 

En cuanto a las pérdidas materiales, éstas ascendieron a 475.709 reales, en esta cantidad incluyo el valor de las casas destruidas y deterioradas, de los enseres personales, de los destrozos producidos en las fincas más los distintos gastos de reparaciones urbanísticas.

 

 

 

 

 

 

Ante la escalofriante descripción del estado en que se encontraba el pueblo, la amargura del vecindario y la indigencia a que habían quedado reducidas muchas familias, la Diputación Provincial procedió a gestionar los servicios pertinentes para ayudar a la población a salir del trance. Entre otras medidas propuso abrir una suscripción popular entre todos los pueblos de la provincia. Lo recaudado cubría solamente el 2´5% de las pérdidas y aún así la diputación descontó el dinero que en concepto de débinos atrasados por contribuciones tenía Torres, utilizando así unos fondos que no le correspondían puesto que habían sido entregados con la finalidad de ayudar a la población.

 

En la mayoría de los municipios el dinero fue aportado por los propios vecinos, en otros provenía de los fondos municipales, este fue el caso de Alcalá la Real y Mancha Real. En Fuensanta de Martos la ayuda corrió a cargo del Alcalde y del Secretario. A los pueblos más cercanos se les pidió ayuda para retirar los escombros y desenvolver ruinas, pero precisamente esas localidades se habían visto afectadas por la misma tormenta, por lo que solamente Bedmar y Albanchez colaboraron. Albanchez, que había perdido toda su cosecha de frutales, mandó 6 jornaleros, durante 6 días estuvieron desenterrando cadáveres que habían sido arrastrados, muchos de ellos hasta el Barranco de las Fuentes. Bedmar mostró su solidaridad mandando otros 6 jornaleros.

 

 

 

 

Sin duda la magnitud de la catástrofe determinó que se creara una infraestructura urbanística adecuada para que drenasen las aguas en el caso de producirse otro temporal. En esta ocasión se formaron dos torrentes de agua incontrolados, uno por la zona donde están los restos de la muralla que rodeó la población en la época medieval, y otro por la calle de la Pila. De estas dos zonas, por la segunda no se podían dirigir las aguas de escorrentía por la disposición de las calles que escurrían perpendiculares a la riada y dispuestas irregularmente, adaptándose así a la fuerte pendiente del cauce natural de las aguas de escorrentía, evidenciaba que también en otras ocasiones el mayor caudal de agua seguiría ese cauce; por tanto, esa calle fue objeto de una ampliación impuesta por la propia naturaleza desde el momento que arrastró parte de las casas que la delimitaban, y que de ningún modo la Corporación permitió que volvieran a edificarse.

De esa forma los márgenes de la calle se ampliaron y esta se convirtió en una rambla que atravesaba el pueblo y en lo sucesivo volvería a ser lecho del agua, por el cual esta se encauzaría de forma controlada. Desde entonces la calle tomó el nombre de Rambla de San Gil, por conmemorarse el primero de septiembre la festividad de dicho santo.

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