El reloj de la Muralla.

Los nombrados relojes de torre son un símbolo que siempre ha formado parte consustancial de las plazas de los municipios. Están situados generalmente en el Ayuntamiento; sin embargo, en nuestro pueblo su situación tiene algo peculiar, el reloj del Concejo, que así se llamaba, ocupó un histórico y privilegiado lugar, un resto de la muralla medieval fue su soporte. Con su ubicación llegaba a sustituir al vigía humano que en la Edad Media, allí, en alto, velaba por la seguridad de aquellos torreños que no vivían demasiado tranquilos porque las tierras colindantes estaban ocupadas por los árabes, que en su lucha por la supervivencia ocupaban nuestras huertas. Pero, cuando después de la conquista de Granada aquel peligro desapareció, llegaron nuevas gentes que fueron el germen de generaciones de torreños que para aumentar el espacio urbano derribaron parte de las murallas; no obstante, una pequeña parte se resistió al derribo, como un testigo mudo de la fortificación de la Orden de Calatrava, que varios siglos más tarde volvería a ser útil a los torreños, con la diferencia de que ahora se integraría en la imagen cotidiana del pueblo, sirviendo de espléndido y grandioso marco al reloj del Concejo. La originalidad del enclave respondía en buena lógica a un mayor grado de visibilidad y audición, desde allí, todos los vecinos lo oirían y la mayoría lo verían. Eso era precisamente lo que pretendían los miembros de la Corporación Municipal: que desde cualquier parte del pueblo, sólo con levantar la cabeza o girarla, pudiera verse la hora, y esa utilidad es algo que siempre hemos valorado. Fue en 1933 cuando la Corporación Municipal acordó que el municipio debería tener un reloj que al mismo tiempo que reglara la hora oficial, prestara buen servicio al pueblo. Por entonces, el Ayuntamiento estaba presidido por el Alcalde Manuel Burgos Fuentes y completaban el gobierno Local los concejales Juan Antonio Jiménez Martínez, Luis López Molina, Pedro Sanjuán Molina, Santiago Catena Raya, Ramón Medina Ortega y Martín Calatrava Moreno. Nació por tanto, el reloj, durante la Segunda República, en una España democrática regido por un gobierno salido de las urnas. Luis López Molina fue el primer concejal que se pronunció a favor de la compra del reloj y acto seguido fue apoyado unánimemente por toda la corporación. La propuesta fue bien acogida porque, hasta entonces, el reloj con el que contaba el municipio era el que tenía la parroquia, y la campana que marcaba las horas estaba rajada por los golpes del martillo, con el consiguiente peligro de que se partiera, además, por si fuera poco, recientemente había dejado de funcionar. De modo que decidieron sustituirlo por uno nuevo que ofreciera seguridad. El nuevo reloj venía de Valencia. La casa de fabricantes de relojes de torre "Roses Hermanos", de la citada localidad fue la encargada de fabricarlo. En el contrato se especificaba que debería ser horizontal, con esfera de cristal transparente no inferior a un metro cincuenta centímetros. La cuerda tendría una duración de treinta horas, y tocaría horas repetidas y medias horas. Cobraron por su elaboración cinco mil quinientas pesetas, y su pago se efectuó en 22 mensualidades. Demostró ser buen negociante Manuel Burgos, porque después de varias conversaciones consiguió esta forma de pago que no era fácil que los fabricantes valencianos consintieran. Anteriormente, a Fuerte del Rey y a otros pueblos de Málaga le habían vendido los mismos relojes pero en condiciones distintas: pago al contado o en dos plazos. A finales de junio llegaba el reloj a la Estación de ferrocarril de Garciez-Jimena. Y junto a él su pesada campana de 150 Kilos, no en vano, las pretensiones de sus compradores era que su eco se oyera no sólo en la población sino en la mayor parte del término municipal. Después de su traslado a Torres, albañiles, herreros y carpinteros, pusieron manos a la obra y el reloj de la Muralla fue una realidad. En los primeros años de su vida contempló los problemas entre los obreros y la patronal que caracterizaron la Segunda República, aquella en la que tantas esperanzas habían puesto los españoles para que se solucionaran los graves y numerosos problemas por los que atravesaba el país. Su infancia fue triste, cuando tenía tres años presenció los horrores de la Guerra Civil. Hoy, su silueta, formando parte del paisaje torreño, nos sigue acompañando silenciosa, guardando los secretos del pueblo que ampara y cobija, y representando para nosotros ese elemento distintivo y singular que afirma aún más nuestras raíces, que, como los arboles, cada vez se hunden más en la tierra que los vio nacer.

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