Marquesado de Camarasa

Si desde la conquista de Torres por Fernando III el Santo, y tras ser donada por éste a la ciudad de Baeza, el pueblo permaneció en calidad de aldea, bajo la jurisdicción de dicha ciudad. Posteriormente, Sancho IV el Bravo, para premiar sus campañas contra el Islam y para protegerlo de posibles incursiones, lo donó a la Orden Militar de Calatrava. Terminada la Baja Edad Media, y ya durante el reinado de Carlos V, la mencionada aldea de Torres, pasó a engrosar los dominios de la casa y el linaje de la familia de los Cobos. A partir de estos momentos se inicia una etapa en la vida institucional de Torres que le mantendrá estrechamente ligado al devenir e historia de los Marqueses de Camarasa en calidad de señorío. No en vano, y como expresión de dicha ligazón, en 1565 los propios Marqueses de Camarasa concluyeron las construcciones de su vivienda palacio y del puente, que se conoce como "La Puente", que facilitaría el paso a sus molinos de la sierra y que realizara el gran Maestro Andrés de Vandelvira. A partir de estos momentos, torres inicia un devenir que en poco o nada se diferencia de lo que fueron los parámetros generales de comportamiento en la Edad Moderna, esto es, auge y crecimiento en el siglo XVI y decadencia y crisis desde fines de la mencionada centuria hasta mediados del siglo XVIII. A partir de estos momentos, y como fue norma general en el Reino de Jaén, se inicia una nueva etapa de recuperación que tendrá sus primeros frutos ya en la Edad Contemporánea. No en vano, a la altura de mediados del siglo XIX el municipio de Torres ya ofrecía una imagen claramente formada; 420 casas, bien es verdad que "de mala fabricación", se distribuían en torno a unas 10 calles y una plaza, donde se ubicaba la casa consistorial y el recinto destinado a cárcel. Edificios y fisonomía urbana a la que se le sumaban, por otra parte, la existencia de una "pequeña escuela de primeras letras para niños y otra para niñas", así como la iglesia de Santo Domingo de Guzmán. Todo ello, por último, se acompañaba de la presencia de "dos ermitas ruinosas dedicadas a la Virgen del Rosel y a San Sebastián y un cementerio emplazado en paraje ventilado". Fisonomía urbana que, como antaño, no quedaba exenta, por su propia disposición, de sufrir inclemencias y catástrofes naturales. En efecto, el municipio en época contemporánea seguía situado en las "faldas de una sierra llamada la Vieja", padeciendo por ello en ocasiones las desastrosas consecuencias de las lluvias torrenciales. No en vano, tal y como refiere Pascual Madoz, las fuertes lluvias de primeros de septiembre de 1843 terminaron provocando una gran avenida de agua que causó "graves daños a la población". Con todo hay que señalar que el municipio en el siglo XIX no hizo sino asentar su presencia. La suma de abundancia de aguas y de terrenos fértiles de mediana calidad propiciaron el desarrollo de una agricultura, articulada en torno a los arroyos "Gil Moreno, Frío y Vil" que servía de sustento a una población en crecimiento, y que a la altura de mediados del siglo XIX ya contaba con 2.292 habitantes (592 vecinos). La trilogía mediterránea, las hortalizas y la cría de ganado y la caza constituían algunos de los referentes de un municipio en el que también destacaba la presencia de notables superficies de pastos así como de monte, donde se podía encontrar a la altura de estos años "arbolado de encinas, robles y matas bajas y una pequeña y poco frondosa alameda". Agricultura en la que destacó a su vez y en la segunda mitad del siglo XIX, la rápida expansión del cultivo de olivar, especialmente en terrenos de regadío.

Hosted by www.Geocities.ws

1