Francisco de los Cobos, Señor de Torres en el siglo XVI..

Uno de los personajes más influyentes de la España del siglo XVI fue sin duda Francisco de los Cobos, el todopoderoso secretario imperial de Carlos V. Es conocida la vinculación de este ubetense a la provincia de Jaén, y el dominio que tuvo sobre sus tierras. Las villas de Torres, Sabiote y Canena, consiguió integrarlas en su gran patrimonio; pero no sólo adquirió la propiedad del suelo sino también los derechos a percibir impuestos y ciertos monopolios, como fue el caso de la construcción de hornos y molinos, o la venta de algunos productos básicos para el desarrollo económico de la villa, con ello se convertía en un señor feudal al más puro estilo medieval. De todas las huellas que dejó su presencia en nuestras tierras, la grandiosa construcción de la Capilla del Salvador, en Úbeda, es una de las más significativas. Pero en Torres también dejó la impronta de su preponderancia. Su viuda, doña María de Mendoza, en 1565 mandó construir una casa palacio que la destinaría a vivienda de su mayordomo Bartolomé Ximénez. Actualmente, el edificio es el Centro de Servicios Sociales. En esta construcción, atribuida por Ortega Sagrista a Andrés de Vandelvira, se hermanan historia, arte y poder. Es la huella arquitectónica que a través de los siglos nos está recordando la presencia de unas relaciones entre los torreños y el dueño de la villa, que hundían sus raíces en la época medieval, en aquellos tiempos en que los abusos y la opresión hicieron al pueblo clamar contra la injusticia a la que estaba siendo sometido. Me estoy refiriendo a la época de Frey Juan de Mendoza, el comendador que con su actitud provocó que el pueblo de Torres protagonizara una de las reivindicaciones más fuertes de la época medieval, al extremo de que el Maestre de la Orden tuvo que pronunciarse a favor del pueblo y en contra de su Comendador. Después de que los territorios de las Ordenes Militares fueran entregados a la corona de Castilla, Carlos V, como dueño de los territorios calatravos procedió a la venta de buena parte de ellos. Era una buena forma de obtener ingresos para sanear las continuas necesidades económicas del Estado. Por otro lado, ¿Quién mejor que Francisco de los Cobos, personaje tan inmerso en la política imperial, podía beneficiarse de los apuros financieros por los que atravesaba la corona? De modo que, en 1539 adquirió las villas de Torres y Canena por 21.796.316 maravedíes. Así fue como nuestra tierra pasó a manos del fiel secretario de Carlos V. Comenzó entonces una nueva etapa de la historia de Torres que estuvo caracterizada por la dependencia y sumisión, no exenta de fuertes conflictos, a la casa señorial de Camarasa, linaje con el que entroncó el hijo de Francisco de los Cobos por matrimonio con Francisca de Luna. El 24 de junio de 1539 se reunió por primera vez el Cabildo Municipal de Torres bajo influencia de Cobos. En él se procedió a la elección de Oficios Municipales. Los cargos recayeron en las siguientes personas: Diego Sánchez de Quesada fue nombrado Alcalde Mayor, Juan Marín y Luis Fernández de los Morales Alcaldes Ordinarios, Juan López Alguacil y Sebastián Ruiz Mayordomo. Después todos los oficiales se dirigieron a la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, y allí les fueron entregadas las varas de mando de manos del Deán de Málaga que las entregaba en nombre de Francisco de los Cobos. Durante el siglo XVI la prosperidad económica que gozó entonces el Reino de Jaén podemos hacerla extensiva a Torres. Lejos quedaban la época fronteriza y los esfuerzos que la Orden de Calatrava tuvo que hacer para conseguir que los nuevos pobladores optaran por asentarse en nuestro suelo. En 1327 eximieron de impuestos a toda persona que se decidiera a ocupar aquel Torres medieval lleno de peligros y amenazas debido a la proximidad de los moros. Ahora, en la época que nos ocupa, el aislamiento y la inseguridad fueron sustituidos por un florecimiento económico y demográfico gracias a la exuberancia de sus fértiles huertas del término, la riqueza de sus pastos y montes y el consiguiente desarrollo agrícola y ganadero. El crecimiento demográfico comenzó a finales del siglo XV. En la última década de esta centuria la población aumentó de tal forma que fue necesaria la construcción de numerosas viviendas, al extremo que la Orden de Calatrava tuvo que intervenir para organizar el trazado de las calles y la disposición de las casas. En los inicios del siglo XVI continuó la prosperidad en nuestro pueblo, y así queda reflejado en la visita que la Orden realizó a Torres en el año 1500, en ella el visitador ordenó que se construyeran algunos edificios con el fin de que se configurara un espacio abierto, fuera del recinto amurallado, que sería la actual Plaza del Ayuntamiento. Sin embargo en torno a 1509 este ritmo de crecimiento se vio interrumpido. Por esas fechas un hambre espantosa estuvo a punto de acabar con la población torreña. Las causa hay que buscarlas en las graves consecuencias que las inclemencias y adversidades climáticas provocaban en aquellas épocas. Si tenemos en cuenta que la población se encontraba totalmente indefensa, sin recursos técnicos para afrontar la sequía o las inundaciones y sin ningún sistema para almacenar trigo, alimento básico para la población, podemos comprender que el hambre, después de una mala cosecha, reinara en el pueblo como consecuencia de la brusca subida que experimentaban los productos después de un mal año cerealístico. Ante la falta de trigo se recurría a comer todo tipo de hierbas u otros productos no actos para el consumo humano, lo que provocaba la aparición de enfermedades, epidemias y consiguientemente la muerte; el fin de la trágica cadena, a la que era fácil llegar, no olvidemos la inoperancia a la hora de socorrer a las víctimas producidas por el hambre, pues poco podría hacer el médico ante la ausencia de un mínimo dispositivo sanitario, ni los curanderos y hechiceros, personas a las que la población, en su lucha por la supervivencia acudía desesperada. Dos décadas después, pasadas las dificultades, la población de Torres continuó aumentando. Los miembros del cabildo Municipal se congratulaban del crecimiento demográfico que había experimentado la villa, y precisamente por ello, las necesidades alimenticias serían mayores, por tanto, para poder atender las demandas de la creciente población y evitar o al menos paliar las terribles hambrunas, acordaron construir un pósito, institución que desde finales del siglo XV estaba implantándose en la mayoría de los municipios andaluces y de la que se apreciaban los buenos resultados que aportaba a los campesinos y labradores. Esta institución, en buena medida ayudó a que se estabilizara la economía y se consolidara el crecimiento demográfico. Así, de 226 vecinos que tenía Torres en 1535, en 1561 pasó a tener 338. El aumento de la población requería asimismo la puesta en cultivo de nuevas tierras. Y en efecto, a lo largo del siglo no cesan las peticiones de los vecinos para que las extensas zonas de monte con que contaba Torres fueran roturadas para la siembra. Las peticiones las hacían al Concejo como propietario de las tierras concejiles y también al titular del señorío cuando de roturar sus tierras se trataba. Fue lo que ocurrió con las zonas de las Fresnedas, Nava París, y la Majada de las Vacas. Otro tipo de necesidades, también en relación con el aumento demográfico, quedan reflejadas en las actas capitulares y están relacionadas con el espacio físico. Si al principio del siglo las peticiones se concretaban en la ampliación de la carnicería "por la mucha apretura que tenía" o en las construcciones fuera de las murallas ante la falta de espacio en la zona intramuros, ahora, la población sencillamente no cabía en la iglesia y piden su ampliación. Desconozco con exactitud la fecha de construcción de la iglesia pero posiblemente esta reforma desembocaría en nueva construcción. Por último, para completar la visión de aquel Torres del siglo XVI, cabría añadir las devociones populares de los torreños, puesto que se trataba de sentimientos que movían, no sólo las conciencias, sino toda la actuación de una población cuyas viviendas giraban en torno a la creencia en el más allá y la preocupación por el destino del alma después de la muerte. En primer lugar incluimos a la Virgen de la Cabeza, advocación mariana que arraigó fuertemente en la población. En 1565 los devotos ya tenían organizada su cofradía y acudían a la romería que anualmente se celebraba en Andújar para rendir culto a la Virgen. 19 años más tarde iniciaron la construcción de una ermita en las afueras de Torres, cerca de la Pila Pellenda, lo que les permitió organizar su propia romería. San Sebastián, San Nicasio, Nuestra Señora del Rosel y la Virgen de la Fuensanta, fueron otras devociones que también contaban con sus respectivas ermitas. Pero la devoción que más enfervorizó a los torreños fue la venerada al Cristo de la Vera Cruz. Al menos desde 1554 tenemos noticia de la existencia de la Cofradía, pues en ese año encargaron la talla del Cristo, que sería esculpida en madera de sauce por el entallador renacentista Juan de Reolid. A este Cristo recurrían para implorar todo tipo de milagros, pero sobre todo para implorar la lluvia que habría de regar los campos. La población llegó a identificarse de tal forma con este Cristo que generación tras generación se ha ido renovando su devoción. Durante el siglo XV fue el Cristo que socorría y ayudaba a los jornaleros con milagros que tradiciones y leyendas han ido manteniendo.

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