Don Pedro de Vico, el poderío sobre un pueblo.

La privilegiada situación social y económica que, a través de los siglos, el clero ha gozado en España, también se vio reflejada en nuestro pueblo y muy especialmente en el siglo XVIII. Por entonces, la población eclesiástica de Torres la componían siete clérigos: el prior de la parroquia, dos sirvientes de beneficio -el titular residía en Madrid-, y cuatro presbíteros. El Beneficio era una especie de fundación eclesiástica por la que un clérigo se obligaba a desempeñar ciertas funciones litúrgicas a cambio de percibir las rentas que dicho Beneficio llevaba estipulado. Al propietario del Beneficio se le denominaba Beneficiado y prestaba sus servicios: misas, bautismos, responsos, etc., a cambio del disfrute de la renta, pero cuando obtenía rentas suficientes solía arrendarlo a otros clérigos necesitados a los cuales les pagaba un salario por cumplir las obligaciones del Beneficio. Obviamente, el salario que pagaba era menor a la cuantía de las rentas que obtenía. El Beneficiado parroquial de Torres obtenía suficientes ganancias como para arrendar su Beneficio a dos clérigos asalariados, y esta circunstancia le permitía vivir en Madrid. Junto al clero, la nobleza era el otro sector de la población que gozaba de inmunidad fiscal. En Torres, los nobles sólo estuvieron representados por dos personas, el Hidalgo Eufrasio Giménez Monroy y la Marquesa de Camarasa que era la dueña del señorío de Torres. Aunque la Marquesa residía en Valladolid, su vinculación a la Villa, no sólo como titular del señorío sino también como propietaria de tierras en el término, hace necesaria su inclusión. Otro grupo influyente, debido a su poder económico o a la naturaleza de sus oficios y profesiones, lo constituían siete personas: Don Andrés Jiménez de Ibusqueta, abogado, Alcalde Mayor y administrador de la Marquesa de Camarasa. Don Alonso Antonio Delgado de la Vella, Alcalde Ordinario. El Escribano don Juan Lazcano. Don Juan Martínez, Alférez Mayor de Caballería. El Médico, don Diego Rodríguez, y los labradores: Don Andrés Antonio de Ogayar y don Francisco Carrillo. Completaban el padrón de habitantes el resto de la comunidad de vecinos que no gozaban de ningún privilegio. En primer lugar estaba el grupo que trabajaba en la agricultura y ganadería representando el 80% de la población activa. A la artesanía solamente se dedicaba el 2`2%. Las personas ocupadas en el sector servicios representaban el 18%. El resto lo componían aquellas personas que oficialmente no estaban en activo: 10 personas mayores de 60 años, 71 que figuran como cabeza de familia, fundamentalmente viudas y solteras, 1 doncella, dos ciegos y cinco pobres de solemnidad. Después de esta breve descripción de las ocupaciones de los habitantes del Torres dieciochesco, pasamos a centrarnos en el clero y concretamente en la figura de don Pedro de Vico. Una de las principales características que definen al grupo de estos siete clérigos torreños eran las marcadas diferencias económicas existentes entre ellos, su distinto grado de riqueza, veamos: Don Luis Gallegos y don Juan Nicolás de Morales eran los clérigos que tenían peores condiciones de vida. Las rentas del primero eran de 1.072 reales anuales, y sus propiedades consistían en 26 fanegas de tierra, dos censos, 13 cabezas de ganado, una colmena y la casa en la que vivía con sus tres hermanos y una sirvienta. Las rentas del segundo, derivadas de 40 fanegas de tierra y de 14 cabezas de ganado, eran de 1.142 reales. Tenía a sus expensas a su madre, tres hermanos, una criada y un mozo sirviente que le trabajaba la labor. Mejor posición gozaban don Pedro Torralba y Padilla, y don Bartolomé Ruiz de Espinosa. Eran clérigos asalariados que servían el Beneficio que citamos anteriormente, cumpliendo así las obligaciones contraidas por el propietario del Beneficio. El salario del primero consistía en una parte de los diezmos denominados primicias y pie de altar, más lo recaudado por la celebración de bautismos, responsos y entierros consustanciales al Beneficio, por lo que sus ingresos eran de 1.281 reales anuales. Las rentas del sirviente de la otra mitad del Beneficio eran más elevadas; Ruiz de Espinosa era el cura párroco y además administraba la colecturía. Poseía 16 cabezas de ganado, 69 fanegas de tierra y 15 capitales de censos. Por lo que obtenía 1.283 reales anuales, a lo que habría que sumar lo que recibía por las primicias, bautismos, entierros . . . más los salarios de sus mencionados cargos. En total sus ingresos eran de 2.034 reales. El primero compartía la vivienda con su madre, una sobrina y un mozo sirviente. Si tenemos en cuenta sus ingresos, y los comparamos con los de un jornalero, que podrían ser de 540 reales -considerando que trabajaban 180 días al año con un jornal de 3 reales diarios- no podemos situar a estos sirvientes de Beneficio, aun manteniendo su carácter de clérigos asalariados, dentro de la situación generalizada para este sector del clero, es decir, de clérigos cuya situación estaba más cercana a la del trabajador asalariado que a la del rico clero. Su nivel de ingresos, como vemos, lo acercan más a situaciones privilegiadas que a asimilarlos con el pueblo llano. En situación bastante más boyante se encontraba el Prior Don Manuel López García. Con sus 6.171 reales de renta, casi cuatriplicaba los ingresos de sus compañeros. Sus funciones consistían en atender espiritualmente a sus feligreses mediante la predicación, la administración de los sacramentos y la celebración de la liturgia. Atendía a enfermos y presos, además ofrecía asistencia a los pobres encargándose de proporcionarles alimento, e incluso en las pilas de su propia casa se lavaban las ropas de los pobres. A él debían obediencia el resto del clero parroquial. Solamente poseía 5 fanegas de tierra. Sus ingresos procedían de la participación en los diezmos y del ejercicio de su función pastoral. Vivía en arrendamiento en la casa propiedad de don Bernabé de Barrionuevo, fraile del convento de Filipenses de Granada, con dos sobrinas y dos mozas sirvientes. Aún mayor nivel de ingresos obtenía don Juan Florencio Montesinos, Mayordomo de la parroquia. Corría a su cargo la administración de la iglesia parroquial, encargándose de pagar los salarios del organista, Esteban Ramírez, del Sochantre y sacristán, Andrés Trigueros de la Reina, de los monaguillos, Baltasar Romero y Rodrigo Jiménez y el propio suyo. Era propietario de 44 fanegas de tierra, 799 cabezas de ganado, 7 colmenas y la casa donde vivía. Sólo su renta, 11.424 reales, era la misma que podían obtener las parroquias más ricas. Tenía además de dos criadas ocupadas en las faenas de su casa -que compartía con una hermana y dos sobrinas huérfanas-, seis mozos sirvientes que le labraban las tierras. Excepcionalmente opulentas eran las condiciones de vida de don Pedro de Vico. Como dueño nada menos que del 73% de las tierras que pertenecían a los clérigos, gozaba de una autentica situación de privilegio dentro del municipio; pero además de disfrutar de las tres cuartas partes de las tierras del clero, la mitad de la cabaña ganadera de Torres era suya. En total sus ingresos ascendían a 63.173 reales. Vivía con su hermana, una sobrina y tenía a su servicio un buen números de sirvientes que eran el signo de su relevante posición social. Su servidumbre la componían cuatro mozas y doce mozos sirvientes; dos se encargaban de los recados, y el resto trabajaban en la labranza de sus tierras y al cuidado de sus 3.985 cabezas de ganado, cuyo valor estaba calculado en 50.700 reales. No sólo era el más poderoso dentro de los eclesiásticos, también ocupaba la cúspide del extracto más elevado de la sociedad torreña, no en vano era el mayor hacendado, el más rico del pueblo, y uno de los siete propietarios eclesiásticos más poderosos de Jaén. Junto a él, en Arjonilla, Begíjar, El Castellar, Iznatoraf, La Iruela, El Mármol, y los Villares, miembros del estamento eclesiástico eran también los mayores hacendados, y cinco de ellos, los clérigos don Cristóbal de Viedma en los Villares, don Lorenzo Jiménez en la Iruela, don Salvador Salido en Iznatoraf, don Antonio Cózar en Begijar, y un patronato de Legos en El Mármol, adquieren la condición de mayor hacendado también por sus ingresos derivados de la ganadería. Su elevada situación social, como hemos visto, no sólo destaca sobre sus compañeros de fe sino también sobre la totalidad de la población, por tanto su lujosa vivienda se encontraba en la calle del Ejido, lugar que congregaba a los miembros de la nobleza y el clero y constituía un espacio reservado a este grupo que gozaba de poder económico y representatividad. Habitaba una hermosa vivienda con amplio patio provisto de una fuente, cinco bodegas y tres caballerizas además de las dependencias de uso doméstico. En esta casa viviría en el primer tercio del siglo XX don Juan Higueras Herrera, el Prior que dio nombre a la actual calle. Queda pues, precisa y abiertamente expuesta, la privilegiada situación social de don Pedro de Vico, no obstante, aun podríamos añadir que por sus 499 fanegas de tierra, obtenía 12.110 reales anuales. Su principal ocupación era atender su cuantiosa fortuna, y su única misión, derivada del ejercicio de la función religiosa, era la de atender su capellanía, por ello solamente debía celebrar 6 misas al año. Por tanto, podría dudarse que tuviera auténtica vocación y tendríamos que incluir a Vico en el grupo de capellanes que ingresaban en el sacerdocio para gozar de los privilegios y exenciones inherentes a su nueva situación social tan alejada de los evangelios.

Hosted by www.Geocities.ws

1