Aportación histórica sobre la presencia en Torres de brujas, ensalmos y conjuros.

En una población como la de Torres en la que históricamente se ha tenido que luchar contra la naturaleza para tratar de sobrevivir, puesto que de ella ha dependido su economía, la búsqueda de dinero hemos de entenderla no como una acumulación de bienes, sino como una cuestión de supervivencia.

Una mala cosecha, la falta de agua o el exceso de ella, Torres ha sido testigo de esto último en numerosas ocasiones a través de las horrorosas tormentas que ha padecido, sumía a la población en el hambre, la miseria e incluso la muerte. Junto a las inclemencias del tiempo las plagas de insectos como la langosta, oruga, etc., también hicieron su presencia en Torres. Ante lo desconocido, ante aquello que escapaba a la razón humana sin encontrar explicación, y mucho menos solución, la justificación se hallaba en lo divino, en el castigo de los cielos, y por tanto nada se podía hacer. Sólo determinadas personas que habían sido dotadas de poderes especiales tenían el antídoto y, sin duda, a ellas, a su poder, había que recurrir.

En 1754, el Cabildo Municipal, al detectar una plaga de orugas en los montes y encinares del término, y puesto que en años anteriores se expulsó el mismo mal recurriendo a "conjuros y maleficios", pidieron licencia al prior de la parroquia para poder servir a "Dios nuestro Señor" a través de conjuros, para que les librara de ese mal. Entendían, por tanto, la plaga, como un castigo divino y deberían contentar a Dios ejecutando fórmulas que hicieran remitir la ira divina por los pecados cometidos por la población.

Con el beneplácito del prior, unos exorcistas se desplazaron al campo acompañados de las cabalgaduras que llevaban la comida, bebida y todos aquellos enseres que les serían útiles durante el tiempo que permanecieran en la sierra realizando sus trabajos, por lo que cobraban sus respectivos salarios que eran sufragados por el Ayuntamiento.

También se tiene noticia de las pretensiones de Juan del Castillo Faxardo, escribano del concejo, que allá por el año de 1688 pretendía aliñar a Doña Lucía de Monrroy, mujer con la que pretendía casarse, pero a la que no conseguía enamorar. En busca de su felicidad contrató los servicios de dos mujeres con fama de brujas, Lucía Muñoz, Catalina de Vílchez, e Isabel Rodríguez.

La documentación, según datos de Manuel Amezcua, las describe como "mujeres de mala Vida" calificándolas de adivinas, curanderas y santiguadoras. Estas mujeres se valieron de todo tipo de ensalmos, conjuros, supersticiones y hechizos para embaucar a doña Luisa, convirtiéndola en una especie de reliquia a juzgar por los artículos que de ella requerían las brujas. Por ejemplo, los criados de doña Luisa, en connivencia con las hechiceras conseguían trozos de sus vestimentas y sobre ellos se hacían los correspondientes conjuros. Sin embargo, el posible amor de Juan del Castillo no triunfó. Junto a las tres mujeres a las que también recurría para perpetuarse en el cargo de escribano, fue acusado de ejercer hechicería y los cuatro fueron encarcelados.

Son, en definitiva, muestras de diferentes situaciones en las que estaban presentes los ensalmos y conjuros que tan presentes estuvieron en la vida cotidiana de aquellas gentes que pretendían conseguir su bienestar de un modo que ha estado presente en nuestra sociedad desde tiempos inmemoriales.

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