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TELEVISION
Jueves, 7 de enero de 1999


JAVIER LORENZO
Presentadores, va por ustedes

 
La voz de Frank Sinatra acunó las primeras imágenes de Queridos presentadores, el programa especial que Antena 3 había preparado para la pasada Nochevieja pero que, finalmente, se emitió en la noche de Reyes. Ignoro a qué obedeció el cambio, pero de lo que estoy seguro es de que no habría desmerecido en absoluto, pues resultó tan entretenido como interesante. Además, todo hay que decirlo, de infundir cierta carga de culpabilidad en quienes nos dedicamos a la crítica televisiva.

Es preciso reconocer que, a veces, a los críticos se nos olvida que esos rostros que aparecen en la pantalla corresponden a personas de carne y hueso que también tienen su corazoncito, que sufren y gozan como cualquier otro mortal. Pero el distanciamiento que exige esta profesión nos impulsa a contemplar de forma tan desapasionada como, en ocasiones, cruel el trabajo de quienes son los grandes protagonistas del medio. ¿No era enternecedor ver al novicio Jaime Bores sonriendo de continuo mientras servía cafés a los invitados? ¿A Belinda Washington meneando las caderas en algún programa de Hermida? ¿A Ana Lozano sujetando carteles detrás de los objetivos?

Carmen Sevilla y Bertín Osborne condujeron con más simpatía y desparpajo que organización este desfile de caras conocidas, que comenzó con el decálogo del buen presentador. Así, el temperamento le correspondió a Mercedes Milá, la sensibilidad a Isabel Gemio, el gancho a Bertín, la imagen a Carlos García Hirschfeld, la tolerancia a Pedro Ruiz, la ilusión a Alonso Caparrós, el ingenio a Nieves Herrero (sic), la valentía creo que a Amestoy, la humildad a Bores y el compañerismo al beso fugaz entre Jesús Hermida y Mercedes Milá, aunque este último ejemplo quizá no fuera precisamente el más representativo que se pudo encontrar.

Multitud de secretos y anécdotas sobre estos y otros personajes asaltaron al espectador, al que supongo anonadado descubriendo los entresijos de los platós, los cabreos del directo y las grabaciones -y les aseguro por propia experiencia que no existe nada más implacable y repugnante que un presentador megalómano que, sin tener ni pajolera idea de lo que es la televisión, siempre echa la culpa de todo al resto del equipo- o las salidas de tono y pequeñas locuras que surgen cuando el piloto rojo se apaga.

Presentar es, sin duda, un trabajo difícil en el que hay que sujetar las emociones. O, más complicado aún, dar muestras de que te apasiona un producto que no alcanza la categoría de bazofia. En este sentido, los bostezos de Alonso Caparrós mientras los descerebrados de Furor se desgañitan y nadie le apunta son no sólo reveladores, sino también una dispensa que le rehabilita a ojos de cualquier crítico por muy feroz que éste sea.
 
 

http://www.el-mundo.es/diario/1999/01/07/television/07N0090.html

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