Fue allá en Oriente, en el carbono catorce de los tiempos.

Dos homínidos, con luces y con sombras y con miedos.

Un oleoso pozo de agua en la arena ardiente del desierto.

Dos sedes, dos codicias, dos astucias, dos cerebros.

Una raza, una  piel tosca, una vida y un deseo;

la otra vida está sobrando, porque así es el Universo.

Uno tiene cuatro pulgares oponibles, el otro tiene un hueso,

que ya es arma, y ya tiene los tendones de los pies más gruesos,

y sus pulgares en sus bases se alinean con el resto de los dedos.

Ya consigue correr como un atleta y pronto dominará el fuego.

Ya anda erguido y mira el mundo con columna de guerrero.

Ya se siente superior y más fuerte; ya es otro género.

Pronto mirará la luna con poesía y creará al dios del trueno.



Toma la tibia de cincuenta megatones y gruñendo,

la descarga en la cabeza del que sobra. Al verlo muerto,

se zambulle en el agua nauseabunda con petróleo amarillento.

Bebe con asco y se refresca salpicando la piel de su esqueleto.

Sale del pozo y se refugia bajo un único árbol ceniciento.

Se queda meditando en lo ocurrido, en su oscuro desconcierto.

Ya tiene un rudimento de conciencia y de distanciamiento;

piensa que el otro podría ser él y que al sol se podría estar pudriendo.

Nació la guerra, la improbable victoria, la derrota y todo eso

de descubrir que el botín no valía la pena ni el esfuerzo,

que no era tan escaso y que podrían ahora estarlo dividiendo.

Ya se acerca otro enemigo, por el polvo levantado allá a lo lejos.

Agarra el arma y se embosca. “Si vis pacem para bellum”. (*)

        ©Jaez Jarbas.
11/09/2004



* Frase latina: “Si quieres la paz prepárate para la
guerra”.








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