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¿Ganaron los medios?
No resulta suficientemente
atinado afirmar que en los comicios presidenciales del 21 de marzo resultaron
ganadores el partido ARENA y su candidato, Elías Antonio Saca. Con la cuarta
victoria consecutiva de la derecha salvadoreña en presidenciales, los grandes
medios de comunicación, controlados por un selecto grupo de familias
salvadoreñas, lograron mantener sus privilegios en un orden social y político
ya bastante consolidado por los sucesivos gobiernos areneros. Por esta razón,
las grandes empresas mediáticas, tradicionales aliados del partido oficial,
también ganaron en los pasados comicios. Pero esta afirmación, como se verá a
continuación, también se torna insuficiente.
La omnipresencia de los medios
Las empresas de comunicación escrita, radial y televisiva más poderosas del
país —entre las que destacan la Telecorporación Salvadoreña, los matutinos El
Diario de Hoy y La Prensa Gráfica y algunos influyentes grupos radiales— no
escatimaron esfuerzos para llegar a todos los rincones del país con su
contundente mensaje: la libertad de los salvadoreños estaba seriamente
amenazada con un probable triunfo del candidato efemelenista Schafik Handal.
Dieron rienda suelta a la campaña sucia que comparaba al principal candidato
opositor con el mismo demonio y a un posible gobierno suyo con el mayor caos
que pudiera conocer El Salvador. La inminente debacle se anunció a diestra y
siniestra, tocando las fibras más sensibles del electorado salvadoreño: la
amenaza a perder sus fuentes de empleo, sus remesas y sus ya maltrechas
libertades.
Gustosos de servir como profetas del inexorable desastre comunista, los grandes
medios de comunicación se prestaron al juego antidemocrático de difamar al
FMLN y su candidato, incluso en el período en que el Tribunal Supremo
Electoral (TSE) —otra entidad cómodamente situada en la hipocresía
antidemocrática institucionalizada— prohibía, a tres días de los comicios,
publicar cualquier llamamiento al voto. Los “renglones torcidos del
comunismo” no pedían explícitamente el voto a favor de ARENA, pero era
suficientemente clara su intención de amedrentar a los salvadoreños para que
no dieran su voto al FMLN. Al final, no hubo institución alguna que
sancionase a nadie por esas claras transgresiones a la normativa electoral;
ni los insistentes llamados de los dirigentes de izquierda denunciando la
utilización de artimañas tan burdas, ni el hastío de la población en tragarse
aquella publicidad. Lo que sí quedó claro fue la omnipresencia de unos medios
que, cerrando filas en contra de la mayor amenaza a sus privilegios, se
volcaron a pedir el voto por ARENA.
¿Quién es Rafael Menjívar?
En los más llamativos spots televisivos y radiales difundidos a lo largo de
la campaña proselitista, luego de despotricar en contra del FMLN y Schafik
Handal, firmaba un ciudadano salvadoreño —con la referencia del número de
DUI— registrado como Rafael Menjívar. La identidad de ese “patriota”
salvadoreño no interesa —indagación que queda para los acuciosos periodistas
salvadoreños—. Sí interesa, en cambio, el simbolismo de los mensajes
difundidos, lo que se esconde detrás de las imágenes vertidas y quienes están
detrás del enigmático ciudadano.
Rafael, homónimo de uno de los arcángeles de Dios, compañero de batallas de
Miguel, celestial defensor de quienes combaten en contra del mal y patrono de
la reputada policía salvadoreña, es el nombre perfecto para quien se asumió
como defensor de las libertades obtenidas un buen 15 de septiembre de 1821 y
ratificadas desde que ARENA se encumbró en el poder desde hace ya tres
lustros.
Rafael, para no resbalar en un burdo maniqueísmo, son quienes lograron
beneficiarse de los gobiernos de ARENA y que veían en un gobierno del FMLN la
pérdida de sus prerrogativas. Es el voto duro del partido, los prosélitos del
nacionalismo y de la patria libre, del libre comercio y de la libertad de
empresa, es decir, todo lo relacionado con las libertades individuales.
Rafael son también quienes, indecisos, optaron por seguir con más de lo
mismo, antes que arriesgarse a probar proyectos inéditos, jamás ensayados en
El Salvador. ¡Más vale lo viejo conocido que lo nuevo por conocer!, fue la máxima
que guió a cientos que acudieron a las urnas y que dieron su apoyo al partido
oficial, antes que arriesgarse al gobierno de un partido del que no conocen
más allá de la administración municipal.
Rafael es el icono de las libertades, las mismas que ofrecieron los próceres
de antaño y que poco difieren de quienes en la actualidad se autoproclaman
como próceres de la nación. La historia se repite: la misma clase hegemónica
pugnando por sus libertades y los gobernados creyéndose libres, con el
agravante de darles su voto masivamente en unas elecciones signadas por la
lucha entre los defensores del bien —los patriotas nacionalistas— y los que
andan tras el “diablo en campaña” —los comunistas, secuestradores y
asesinos—. La misma historia: la lucha del bien en contra del mal, sólo que
dicho en caló salvadoreño.
En resumidas cuentas, Rafael Menjívar fue el personaje; la gran prensa
nacional, los medios; y la victoria de ARENA, el fin. El trinomio funcionó a
la perfección y el partido oficial, los grandes empresarios y los poderosos
medios de comunicación tienen asegurado el “sistema de libertades” por cinco
años más, a despecho de una oposición política que no logra digerir la
derrota en las urnas.
Los perdedores
¿Quiénes perdieron en los pasados comicios?, menuda pregunta que no es ocioso
intentar responder. En primer término, dicho por inercia, perdió el FMLN,
desde la dirigencia hasta las bases, pasando por los mandos medios que ahora
piden la reestructuración del partido. Salieron mal parados los que apostaron
por un cambio en el país y depositaron sus deseos en la figura de Schafik
Handal, hombre que no logró sacudirse la estela de miedo orquestada desde la
derecha. También perdieron quienes depositaron sus esperanzas en ese partido
y quienes esperaban un cambio en el país, aferrados a su convicción de que
esta vez la ciudadanía no se dejaría embaucar por la sucia propaganda de la
derecha.
Pero también los grandes medios de comunicación —aunque nunca lo lleguen a
reconocer— perdieron una oportunidad histórica de mostrar su credencial
democrática, al plegarse a los intereses del partido oficial, que son los
mismos que defienden desde sus tribunas. No se trata solamente de no haber
mostrado con tanta contundencia sus preferencias electorales a favor de ARENA
y su candidato, sino de abrirse a la pluralidad de voces que resuenan en El
Salvador. Tampoco se trata de una mera concesión equitativa de espacios a los
candidatos contendientes, sino de algo que va más allá: someter a la sana
crítica a quienes laboran desde el Estado en perjuicio de los salvadoreños y
vehicular los intereses de estos últimos.
Reclamarles mayor compromiso democrático es pedirles a esos medios que
renuncien a sus intereses, que consideran legítimos. Es exigirles sopesar
entre las jugosas ganancias que obtienen de sus negocios y el compromiso ante
una sociedad que todavía no aprende a vivir en democracia.
La poca calidad democrática de los grandes medios salvadoreños es crónica. En
España era Aznar quien llamaba a los medios para que repitieran sus
estribillos; acá, son los medios de comunicación quienes ofrecen sus
servicios a Francisco Flores —el gran amigo de Bush y del presidente saliente
del gobierno español—, mientras sus más notables empleados circulan
gustosamente por los pasillos de Casa Presidencial como por sus despachos. La
libertad a la que apelan los medios salvadoreños y la derecha nacionalista no
existe más que en la parafernalia que adorna sus discursos.
A propósito de las encuestas preelectorales
El proceso electoral que concluyó el pasado domingo no sólo se caracterizó
por ser el que, al final, registró el mayor nivel de participación de la
historia política de El Salvador, ni tampoco por haber sido el más
conflictivo, tenso y sucio de la posguerra, sino que por ser las elecciones
en las que se cursaron más encuestas de opinión pública. Las motivaciones de
las encuestas fueron diversas: desde aquellas que fueron diseñadas con el
franco deseo de comprender la realidad subjetiva del país, pasando por
aquellas cuyo objeto era predecir el resultado electoral, hasta las que
fueron diseñadas con el aparente propósito de beneficiar el desempeño de un
partido específico.
Las encuestas de opinión pública han tenido un creciente protagonismo en el
desarrollo de los procesos políticos y electorales en El Salvador. Este país
es probablemente el único en América Latina en donde un número considerable
de universidades, aparte de los medios de comunicación y de las empresas de
mercado, se dedican sistemáticamente a realizar sondeos de opinión
preelectoral y que participan de forma activa en la discusión sobre las
tendencias partidarias de cara a los comicios. Este fenómeno ha hecho que
algunos analistas hayan comenzado a señalar, en el caso salvadoreño, que
aparte de los actores tradicionales, las encuestas de opinión pública —sobre
todo aquellas realizadas por instituciones sin vínculos orgánicos con
estructuras partidarias— se han convertido también en actores políticos, cuya
influencia en los procesos electorales es todavía incierta.
En tal sentido, se impone una reflexión sobre el papel de las encuestas de
opinión pública en sociedades como la salvadoreña, que están tratando de
construir un régimen democrático y de ampliar los espacios para que la
discusión política y la toma de decisión de los ciudadanos sea efectuada con
la mayor conciencia posible sobre la realidad. Las pesquisas de opinión
pueden servir para esto último, pero pueden hacerlo en la medida en que las
mismas estén bien hechas (Eso exige que el cuestionario utilizado sea
escrupulosamente imparcial y balanceado, que la muestra esté técnicamente
bien diseñada y distribuida, que los encuestadores se encuentren fuertemente
entrenados y que la dirección de la misma sea competente y seria).
Las encuestas pueden ser útiles para la democratización del país también en
la medida en que las mismas contribuyan a explicar las dinámicas de la
subjetividad social y política de la población; de hecho, en política las
percepciones son hechos y el salvadoreño común y corriente vota no basado en
sesudos análisis sobre la realidad sociopolítica, sino basado en las
percepciones de su entorno inmediato de vida. Y las encuestas pueden ser
útiles para la construcción de un sistema basado en principios democráticos
en la medida en que las mismas contribuyan más a que los ciudadanos se vean a
sí mismos como colectivo y comprendan así sus propias preocupaciones,
aspiraciones, miedos y esperanzas. Ignacio Martín-Baró, el fundador del
IUDOP, solía decir que para posibilitar el cambio era necesario que la gente
tomara conciencia no sólo de su propia situación sino también de los
pensamientos y concepciones que sustentaban tal situación.
Las encuestas pueden servir para eso, pero también pueden servir para lo
contrario, esto es, limitar las condiciones para la democracia. Pueden ser
usadas también para obstaculizar la consolidación de los principios de
libertad de información, pensamiento y de discusión que son fundamentales
para la democracia. Lamentablemente, un examen del papel que tuvieron las encuestas,
sobre todo las más publicitadas, en la campaña electoral, nos deja más cerca
de este papel que del anterior.
Muchas encuestas fueron diseñadas simplemente para competir por la publicidad
que representa decir qué partido va a ganar las elecciones y en qué ronda
electoral va a producirse el ganador —si en primera o en segunda—. Y esta
carrera de caballos hizo mucho daño no sólo a la confiabilidad de los sondeos
en sí mismos, sino, sobre todo, afectó de manera inexorable el desarrollo de
la campaña electoral.
Con el afán de predecir el resultado de las elecciones y ganar publicidad a
partir de allí, muchas encuestadoras se enfrascaron en carreras en las que se
sacrificó la metodología, el control y la responsabilidad que implica recoger
las opiniones políticas de los ciudadanos. Esto desembocó en encuestas que
proyectaban resultados electorales que hablaban de “empates técnicos” o que
mostraban cifras que daban tumbos de una encuesta a otra y que representaban
vaivenes políticos sin explicación razonable.
La insistente aparición de encuestas electorales con resultados concentrados
únicamente en la predicción de los comicios y que mostraban diferencias
significativas de una a otra, sólo contribuyó a la generación de falsas
expectativas en unos sectores, a la aparición de amargas y violentas
frustraciones en otros y a la profundización del desencanto en algunos más.
Pero sobre todo contribuyó a la confusión y la negación de la realidad
política que iba a marcar el resultado de las elecciones.
Sin la base de procedimientos metodológicos lo suficientemente probados y
controlados, algunos encuestadores se apresuraron a justificar y a explicar
los resultados de sus propias encuestas a partir de sus percepciones y de sus
valoraciones personales sobre el proceso electoral. Sin comprender que la
opinión pública no es uniforme y que, por lo general, es compleja, algunos
conductores de las pesquisas encontraron la certeza de la validez de sus
datos en la concordancia de los resultados de la encuesta con sus propios
pensamientos acerca del proceso electoral.
Al final, el desenlace de las elecciones hace difícil pensar que en algún
momento haya habido un escenario de empate electoral, al menos en los últimos
tres meses de campaña. Pero también el mismo desenlace de las elecciones
muestra la poca utilidad que tienen ahora esas cifras y ese tiempo gastado en
explicar las razones del empate y de los vaivenes partidarios.
Lo anterior no significa que las encuestas fallen por el simple hecho de no
anticipar con exactitud el resultado electoral. Significa más bien que las
encuestas que se concentran en predecir las votaciones, en caso de que
acierten, tienen un valor que se termina el mismo día de las elecciones; pero
en el caso de que no acierten, producen un costo para las encuestas mismas y
para la sociedad.
El acierto del IUDOP
La serie de encuestas preelectorales del Instituto Universitario de Opinión
Pública acertaron con lo sucedido el pasado 21 de marzo, no tanto porque las
cifras de la encuesta cursada en febrero hayan sido las más próximas al
resultado electoral definitivo. No, el acierto no está en eso. El acierto del
IUDOP reside en no haber apostado por la carrera de caballos estimulada por
el ambiente electoral y en haber concentrado los esfuerzos por hacer un
sondeo de opinión pública que sirviera de insumo fundamental para comprender
el comportamiento de los electores, aún en medio de un ambiente tremendamente
adverso y confuso, y entre enormes intentos de diversos sectores por
deslegitimar el trabajo oportuno de los encuestadores.
Como en otros años, el IUDOP de la UCA y otras instituciones que se dedican a
hacer encuestas responsablemente, enfrentaron los esfuerzos de los partidos
políticos más grandes, tanto ARENA como el FMLN, por erosionar la capacidad y
el prestigio de los encuestadores. Con ese fin se dedicaron a difundir
rumores de supuestas encuestas que mostraban resultados inesperados, se
dedicaron a usurpar el nombre del Instituto con tal de hacer propaganda
directa y mintieron sobre los resultados de las encuestas preelectorales de
años anteriores aludiendo a la falta de confiabilidad de las mismas.
Las pesquisas de opinión pública, desde cualquier punto de vista, no son
infalibles. Ciertamente pueden fallar y sobre todo pueden errar dramáticamente
cuando juegan a ser bolas de cristal. Pero el acierto del IUDOP en estas
elecciones no tiene que ver con los resultados del voto partidario, sino con
el esfuerzo por mantenerse fiel a sus principios de objetividad,
independencia, profesionalismo y prudencia y, sobre ellos, haber insistido en
que la sociedad entendiera su propia realidad, a pesar de lo dura que fuese.
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