EL
SILENCIO Y LA SANGRE GALOPANTE: EN EL NOMBRE DE JAGUARES
1: El nombre de la banda.
Como todo infierno que se respete, la ciudad de México esta
llena de fantasmas. Y cuentan ellos, los fantasmas, que basta con cruzar una
esquina, en un día nublado, para contemplar un abismo. Mas el poder de dichos
precipicios es tal que, apenas uno de cada cien habitantes se atreve a
mirarlos; y entre los que miran solo uno de cada mil se atreverá a saltar hacia
el vacío. Ofreciendo su cuerpo en supremo sacrificio a esos dioses que se
encuentran ocultos tras un par de pupilas luminosas, el visionario ya no vive
más que para ser humilde siervo de una forma de hermosura que, por su pureza,
no puede pertenecer a este mundo, cada día más poblado por cobardes y
mentirosos.
A partir de tan quimérica pasión solamente quedan dos opciones;
una es curarse, y con ello regresar al universo de los ciegos; la otra es ceder
al embrujo, volverse fantasma y con ello arriesgarse a enfrentar el odio de los
ciegos y el temor de los cobardes. Excelente momento para cambiar la piel de
una banda y llamarla: Jaguares.
2: Los nombres de los brujos.
César “Vampiro” López vive frente a un pequeño parque, en compañía de un breve harém
de guitarras que, como todas las mujeres, han llegado a la vida de su amante
para gobernarlo. Encerrado en tan feliz esclavitud, Vampiro no ha podido dar abrigo a más obsesión que la de
contemplarlas, acariciarlas, y desarrollar con ellas la clase de intimidad que
provocan sonidos tan volátiles y etéreos que solo puede tenerse con aquellos
seres que, con los años, se convierten en una extensión del propio cuerpo. Vampiro ha sobrevivido como guitarrista, comprometido artesano,
desde que dedicó sus empeños a crear los sonidos que añadían tensión a las
canciones de Maná o Azul Violeta con esa fuerza y coraje que expulsan sus
requintos, César estuvo listo, acaso sin saberlo, para
ser un perfecto Jaguar. Si a la mitad de un himno a la soledad brota una
guitarra repleta de besos, rebeldía y veredas tropicales, o si en el punto más
alto de una plegaria de esperanza emerge de las cuerdas el espectro de un miedo
nacido de los mismos huesos, el principal culpable solo puede ser Vampiro. Basta escuchar el final de la plegaria “Parpadea” para
entender como Saúl y César
combinan el llanto alucinante de una guitarra para dar una textura y un matiz
que transportan a cualquier alma en pena a la tierra azul del Señor de la
muerte: Mictlantecuhtli.
Alfonso André
pertenece a esa raza de individuos permeables al vértigo. Esto es: a la
fascinación por los precipicios en cuyas paredes comienza la vida de los densos
y los intensos. Iniciado en las artes bataqueras más por vocación de furia que
por presuntas ambiciones líricas, Alfonso no
tuvo tiempo de permanecer en otra universidad que la de la vida. Tanta premura,
sostenida durante tanto tiempo, terminó convirtiéndolo en aquello que los tipos
como él, nunca dirán de sí mismos: un músico profesional. Desentendido de las
reglas, independiente de influencias, su estilo es la garra de un tigre, la que
nunca sabes cuándo atacará los frágiles oídos de algún fantasma.
Saúl Hernández
acostumbra despertar por ahí del medio día, con una venda en los ojos. Durante
el resto del día, a lo largo de la extensa noche. Saúl se ocupará de buscar la sombra, la penumbra, el reverso
de la luna, y luego, como todos los animales nocturnos, pasará las horas
persiguiendo luciérnagas en las cavernas. No esperemos pues, que Saúl apruebe un examen de matemática pitagórica, ni que sea
recibido con honores entre los maestros de lógica euclidiana. Inquilino de
otras grutas, el cantante de la banda no reconoce más lógica que la de los
sueños ni más aritmética que la del creyente, sus palabras reconfortan a quien
sabe asimilarlas, no es tan fácil hacerlo, se debe jugar un rol en cada
canción, se viven las palabras cuando estas brotan de la más honesta oscuridad.., honestas, así son las palabras plasmadas en las sagradas escrituras según el profeta Saúl, virtuoso chamán, curandero de almas.., de qué otra forma se le puede describir.., no hay más: Chamán, aquel ser que es llamado por los dioses y por las fuerzas que gobiernan el cosmos para ejercer su influencia entre los hombres, el intermediario divino, usa sus herramientas y sus aliados, su voz resuena a travez del tiempo; escucha su llamado.
3: El nombre de la muerte.
No existe una enciclopedia médica que nos hable de la muerte por
amor. Tampoco se le cita al amor, ni a la pasión, como fuente inagotable de la
vida. Qué le vamos a hacer; los visionarios no escriben los diccionarios. Para
poder contemplar la flor aterciopelada de la muerte, y con ello sentir el
látigo despiadado de la vida, es necesario remitirnos a otros cronistas. La
banda Jaguares, por ejemplo.
Una vez al abrigo de sus visiones, entenderemos por qué vida y
muerte son dos siamesas con un mismo corazón. Sabemos que las muertes por amor
son cosa cierta, y conoceremos aquellos temblores vitales que la mayoría de
quienes se dicen vivos jamás han experimentado. Hoy, cuando millones de
solitarios asisten desesperados al solemne sepelio de sus sentimientos,
lentamente sepultados por las sonrisas de los conformistas y los discursos de
los embaucadores, se ha formado un ejército de espíritus rebeldes que, acaso
incendiados por los generosos combustibles creados por esta banda se niegan a
morir.
Deseosos de saltar hacia el abismo, este público de
irreductibles sueña con el altísimo privilegio de afirmar la vida.., no hasta
la próxima hora, ni hasta el año o el desengaño que viene, sino precisamente
hasta la muerte, la pasión por la vida, cuando existe, no suele reconocer otro
límite.
4: El nombre del sonido.
Mucho han sufrido los críticos para definir el sonido Caifán-Jaguar, que cuando se expresa en palabras
suele apelar a términos asimétricos y religiosos no comprendidos. Han recurrido
entonces a las fórmulas, todas ellas basadas en catálogos de ritmos, listas de
posibles influencias y presunciones de mensajes políticos. Así, lo único
crítico de muchos críticos, ha sido su triste situación frente a un fenómeno
que aún no saben muy bien a que eclipse achacar.
Curiosamente, a pocos se les ha ocurrido escarbar en las arenas
movedizas comúnmente frecuentadas por el público de la banda: Gente que nunca
hemos necesitado de motivos razonables para rasguñarnos las entrañas y
besuquearnos los tímpanos al abrigo de las granadas que concierto a concierto
sueltan los Jaguares, para mayor complejidad de quienes por sistema se protegen
de las pasiones con la frialdad, de los pobres, de los espíritus. Las fervientes
multitudes que integran el público de esta banda tienen la manía de aprenderse
las letras de todas y cada una de sus canciones. El resultado es un ritual colectivo
donde dos mil, diez mil, veinte mil gargantas desafían a la lógica de los
mediocres, en abierta insubordinación contra la soledad, el terror y la nada..;
eternos compañeros de viaje de los espíritus errantes.
5: El nombre del silencio galopante.
Para crear “El Silencio”, la banda se encerró en el calabozo propicio de un profundo invierno. Clavados en los hielos de Wisconsin, unidos a la intuición de Adrian Belew, ilustre oficiante de neurosis tan queridas como las de King Crimson y David Bowie -por no hablar de las estrictamente suyas que no se quedan atrás-, los cinco Caifanes en ese entonces, hubieron de saltar una vez más hacia el vacío, atados por las dudas de quien nada sabe del futuro y de la nada lo inventa. Con un puñado de canciones, varias dosis de histeria contenida y la más rendida disposición al asombro, la banda pasó dos meses trabajando jornadas intensivas, casi siempre sin entender lo que Belew asumió de inmediato y sus seguidores, viejos expertos, desde tiempo atrás sabían: Caifanes, agrupación nacida y crecida en México, ya estaba allí. En términos menos mitológicos, "estar allí" significa: Jaguares ahora. Habían finalmente invadido el espacio de gloria que durante tantos años reservamos para los otros locos, esa exquisita familia de maestros eléctricos que -con la notable excepción de Santana (misma que pasó veinte años confirmando la regla)-, según creímos, nunca nacieran en México.
En el alumbramiento de “El Silencio”,
Adrian Belew, sabio partero, tuvo el genio bastante para extraer los corazones,
aparecer la belleza: El doctor Belew, colmilludo expedicionario, buscó en las
entrañas de la banda, sus hallazgos son tan elocuentes como el más estridente
de los silencios.
6: El nombre del mal.
Nombrarlos es dominarlos: todo viejo exorcista sabe que, para
controlar a un demonio, es necesario pronunciar su nombre. Por eso, para no
dejar que.., a su pasión se la comiera el Diablo, la banda lo invocó por su
nombre: El Silencio.
”¿Cómo se cura este mal?", Se han preguntado los talentos que integran
otras bandas, incapaces de prescribir remedio alguno para una enfermedad de la
que hace muchos años sus gozosas víctimas, los integrantes de Caifanes han respondido con todo el poder de sus hígados,
demostrando así a los escépticos que solo la intensidad de las sensaciones y el
estricto cumplimiento de lo que el alma ordena a través de sus más fieles
portavoces: El sueño y el delirio, pueden aliviar los frenéticos escozores de
quien tomó por hogar, patria y destino a la divina estridencia.
Una vez seducidos por los demonios y ya entrados en la enfermedad, sin mayores
dificultades encontraremos en “El Silencio”
(Caifanes) y en “Cuando La Sangre Galopa” (Jaguares) un par de discos vehementes como los
enamorados no correspondidos, incendiarios como los charros justicieros,
entrañables como un dolor de muelas, perfeccionistas como los buenos verdugos,
nostálgicos como las tamboras, originales como una primera lágrima,
desquiciantes como una turba enfurecida, genuinos como el odio que se trae en la
sangre, amorosos como un perro huérfano y feroces como un gato callejero.
Y nos sucediera, como de seguro va a pasarnos en algún momento
cuando de desprevenidos escuchemos “El Silencio”,
que el sonido de la banda se prende sin miramientos de nuestros ventrículos,
démonos por agraciados. Ya la banda nos advierte aquí mismo como habrán de
capitular nuestras indiferencias: "Tengo garras, tengo dientes y defiendo lo que tengo. Ay amor, ya no me tientes, porque muerdo y ya no suelto".
7: El nombre del cielo.
De todos los suicidas que se han propuesto hacer sangrar el
cielo, sólo uno lo ha logrado. Su nombre es Luzbel y gobierna el infierno.
Soberbio y desobediente, Luzbel supo reunir los méritos suficientes para fundar
un gran reino y ocupar por siempre su trono. A partir de entonces, todo creador
-esto es, aquel cuya imaginación osa correegir a la realidad con quimeras- quedó
destinado a ser súbdito y compañero suyo. Cuando la banda Jaguares hace volar en pedazos las nubes para cumplir con el
sagrado deber de hacer sangrar el Cielo, uno ya no tiene duda de que aquí,
entre los miles de sonidos que se han unido para crear “El Equilibrio”, “Cuando La Sangre Galopa” y “El
Silencio”, está vivo el
espíritu del ángel rebelde cuyo ejemplo no podemos sino envidiar en secreto.
Silencio, Equilibrio, Sangre, Cielo, Infierno: palabras demasiado grandes para
pronunciarlas con ligereza. De ahí, que en estos 3 capítulos de las sagradas
escrituras de esta banda que todo lo que tiene lo ha conseguido sola, cada
palabra tenga el peso de una lápida de mármol y la densidad de una epidemia de
peste bubónica. Quienes, aún hoy no afirman que nadie repara en la letra de un
canto eléctrico, deberían darse una vuelta por estos cielos, y una vez dentro,
tratar de ser impermeables a estas descargas de furia, ternura, rebeldía y
religión. Si acaso lo lograsen valdrá la pena felicitarlos: emplearon todo su
talento de muertos para que nosotros, seguramente distraídos en la visión de un
Cielo en llamas, por un instante los creyésemos vivos. No son “El Silencio” o “Cuando La Sangre Galopa”, pues.., una colección de letras propicia para las
alabanzas de esa grosera horda de zombis a los que caritativamente llamamos gente normal. De hecho, serán numerosos
los normales que eleven un grito de
horror hacia los cielos cuando descubran la cantidad de herramientas y
materiales de los que la banda se apropió para levantar en armas a nuestros
espíritus.
¿Cultura nacional, cultura extranjera, cultura universal? Cuando
realiza su trabajo, ningún creador pide permiso para tomar lo que necesita. Y
si esta banda se ha servido en el plato treinta años de aullidos eléctricos
universales y un siglo entero de tradiciones mexicanas para, tal como reza la
leyenda, "abrir lentamente sus venas...", ello no hace sino reafirmar
su lugar en la cultura del aquí y el ahora en México: El de Luzbel por
supuesto. Dar el salto: Oficio de suicida, vicio de profetas, virtud de Jaguares.
Si los primeros Caifanes,
aquellos que con su presencia llenaron de mística rebelde las calles de la
colonia Guerrero en México de los cuarentas, pudiesen hoy vivir lo que esta
banda, y las multitudes que las siguen, están viviendo, no dudemos que
volverían a dar el salto hacia el abismo. O hacia el cielo. O hacia el
infierno. Como quiera que se le nombre al lugar cuyas interminables puertas son
siempre unos ojos que prometen el fuego, el bálsamo y la eternidad.