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LEOPARDO (Panthera Pardus)
CLASE: Mamíferos ORDEN: Carnívoros FAMILIA: Félidos Longitud cabeza y tronco: 150 cm.
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EL LEOPARDO
Miembros relativamente cortos y musculosos, el cuerpo
alargado, la cabeza redondeada por la presencia de la fuerte musculatura
masticadora, la mirada frontal que escruta directa y profundamente el rostro
del observador, la larga cola, la piel suavísima, de pelo uniforme
y siempre limpio, con las partes inferiores pobladas de un pelambre más
suave, tienen una misión importantísima en la actividad predadora
del gran gato. Capaz de perforar las tinieblas con sus dilatables pupilas,
el leopardo ve muy bien durante el día. Sus ojos, situados en el
plano anterior, le permiten juzgar perfectamente la distancia y el relieve,
detalle muy útil para su vida arborícola.
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EL ÁREA DEL LEOPARDO
El más bello predador es también el
que ocupa el área de distribución más extensa de todos
los grandes gatos. Puede encontrársele, además de en casi
toda África desde el mar Mediterráneo a África del
Sur, y desde el Índico al Atlántico, en Arabia, Siria, Mesopotamia,
Turquía, parte de Rusia, India, Malasia, China y Manchuria. El leopardo
habita toda clase de medios, desde el nivel del mar a las cimas de las
montañas, y desde la selva lluviosa tropical a las áridas
estepas que rodean el desierto, las regiones pantanosas y las dilatas sabanas.
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Puede afirmarse que dondequiera que haya abrigo para ocultarse y animales para alimentarse habitan los leopardos, lo que equivale a decir que, prácticamente, se encuentran en cualquier lugar, pues el leopardo es una maestro en el arte de ocultarse y sus hábitos alimenticios son extraordinariamente eclécticos (o sea que le gusta de todo). |
PANTERAS NEGRAS Y LEOPARDOS MOTEADOS
Como cabe esperar de una animal tan ampliamente distribuido,
los leopardos presentan una gran variación de tamaño y color
en las distintas partes de su área. Basándose en estas diferencias,
los zoólogos distinguen varias subespecies, como la de Arabia, la
de Corea, la de Transcaucasia y algunas otras.
En el continente africanos, se pueden distinguir, tanto
por su color como por su tamaño, leopardos de selva, de sabana y
de desierto. Los primeros, con casi 100 kilos, son los mayores y el tono
de su piel es castaño; los de desierto, con unos sesenta kilos,
son los menores y de color más pálido, mientras que los de
sabana presentan una complexión intermedia entre ambos extremos.
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Sin embargo la modificación más importante en el color del leopardo es la que presentan algunos individuos, más frecuentes en Asia que en África y más en la selva que en la sabana, que son completamente negros aún cuando bajo la capa oscura puede entreverse siempre las manchas características de la especie; se les suele conocer con el nombre de Panteras negras. |
Se trata de verdaderos leopardos con la única
particularidad de que el gen que controla el color de fondo es ligeramente
distinto del de los individuos normales y se transmite a los descendientes
de acuerdo con las leyes que rigen la herencia biológica. En los
cruces entre leopardos moteados puros y leopardos negros puros, toda la
descendencia es moteada, lo que indica que este diseño es el dominante,
y para que todas las camadas de una misma pareja sean negras, ambos padres
tienen que ser negros.
Por otra parte, según observaciones en animales
cautivos, los individuos negros tienen menos descendencia que los normales,
por lo que éstos últimos acabarán desplazando a los
primeros en las zonas comunes a ambos. Si no ocurre tal cosa es probablemente
porque en la selva el color negro constituye en mejor camuflaje y facilita
la caza, de forma que esta ventaja contrarresta su menor fertilidad.
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Otra subespecie es el leopardo
de las nieves (Pantera Uncia), de apariencia semejante el leopardo aunque
algo menor y de hocico más corto.
Muy bien adaptado a la vida en las frías cumbres, el leopardo de las nieves se cubre con un espesísimo pelaje manchado de tintes pálidos, que ha provocado una intensísima persecución, colocándolo al borde de la extinción. |
El sistema habitual de caza consiste en una
cautelosa aproximación culminada en un centelleante y corto ataque
para abatir a la presa. Los cachorros, en número de dos a cuatro,
nacen en primavera permaneciendo la lado de su madre durante el siguiente
invierno, cazando en grupo, hasta un nuevo parto.
Suelen habitar, por lo general, en alguna gruta
o grieta rocosa, que puede ser usada permanentemente si el animal no es
molestado.
LA FAMILIA DEL LEOPARDO
Los leopardos son animales de costumbres solitarias
y los pequeños grupos que se encuentran a veces están formados
por una hembra y sus crías más o menos crecidas. Sólo
durante la reproducción y la primera parte de la crianza los adultos
se asocian por parejas.
Nacen de uno a seis cachorros rabicortos y ciegos,
aunque varios suelen morir en los primeros días de vida y sólo
sobreviven de uno a tres. Por regla general, la madre devora a los que
mueren, salvo en climas muy secos donde los pequeños cadáveres
se deshidratan rápidamente, no se pudren y no despiden, por tanto,
ningún olor.
El tiempo que permanece el macho en compañía
de la familia, cazando para alimentarla, es variable, y suele ser la hembra
la que pone fin a la unión, a veces antes de que los cachorros abran
los ojos. Las crías maman durante tres meses,
aunque puede hacerlo ocasionalmente cuando son mucho mayores.
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Ya desde antes del destete, a partir del segundo mes, intentan dar caza a pequeños animales tales como ranas y saltamontes, a los que una veces devoran y otras no, y desde esta edad comienzan a comer carne mezclada con pelos y plumas que la madre regurgita para ellos. A partir de los cinco meses, el joven leopardo ya es capaz de capturar algunas presas que aprende a coger imitando los movimientos de su madre, y antes del año ya colabora en la caza, lanzándose sobre algunos animales del rebaño recechado. |
Entre el año y el año y medio de edad de los cachorros la familia suele disgregarse, a veces ante la presencia de un nuevo compañero de la madre que, si bien puede mostrarse tolerante con un cachorro hembra, no consiente su presencia si es un macho, aunque éste no alcance la madurez sexual hasta los tres años de edad. Sin embargo, existen datos de familias que han permanecido unidas y en concordia durante más tiempo, pese al nacimiento de una nueva camada.
El primer juguete del cachorro es la larga cola de
su madre - moteada sobre fondo amarillo en su parte anterior y sobre fondo
blanco en el último tercio -, a la que persigue de un lado a otro,
tropezando y cayéndose en sus intentos por cogerla entre sus garras
y morderla. En esta época, la suya es muy corta en relación
el cuerpo, aunque al término de su desarrollo alcanza una longitud
proporcionalmente mayor que la de un león o un tigre.
La cola es también un buen indicador del
estado de ánimo del leopardo. Con suaves movimientos laterales revela
la tensión que le domina en algunos momentos. Un par de latigazos
o movimientos verticales de la punta son la señal de que se prepara
para realizar una carga.
LA CAZA DEL LEOPARDO
El leopardo es un consumado y hábil cazador,
capaz de abatir un gorila o un ñu, pero también, llegado
el momento, capaz de sobrevivir con una dieta a base de ranas, lagartos
y ratones.
La lista de presas del leopardo incluye toda clase
de animales, desde un cangrejo de río hasta cualquier especie de
antílope que no sobrepase los doscientos kilos de peso. Para las
menores basta con un zarpazo, pero en los demás casos, el animal
es muerto por estrangulación, aunque algunos, como los jabalís,
requieren una técnica especial.
La táctica cazadora se ajusta a dos modalidades,
el acecho y el rececho. En la primera, permanece apostado, a veces en lo
alto de un árbol, tendido en una rama, con la cola colgando, en
espera de que una presa se acerque lo suficiente como para ser derribada
de una salto. Por el contrario, cuando caza el rececho, no permanece inmóvil,
sino que cuando avista a la presa inicia una cuidadosa maniobra de aproximación,
con frecuentes pausas para mirar y escuchar.
En la última fase del rececho, el leopardo
se arrastra con el vientre pegado al suelo y los ojos clavados en la desprevenida
presa, apoya con firmeza las patas posteriores en el suelo y se lanza;
en una fracción de segundo se produce el impacto de los setenta
kilos del leopardo lanzado a más de sesenta kilómetros por
hora contra la presa, que rueda por tierra. En este momento, el leopardo
aprovecha para ponerse fuera del alcance de las pezuñas mientras
mantiene las mandíbulas apretadas sobre su garganta hasta que le
mata por asfixia.
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