En el primer libro de Oración Común (1549), al término
del rito bautismal, encontramos una exhortación a los padrinos, respecto
a la educación de su ahijado, que incluye: "que aprenda el Credo,
el Padrenuestro, y los Diez Mandamientos, en la lengua inglesa, así
como todas las otras cosas que un cristiano debe saber y creer para la salvación
de su alma".
Esta exhortación conecta con la contenida al final de nuestro rito
bautismal, "Y cuando creáis que se halla instruido en las verdades
fundamentales del Evangelio y conozcáis que tiene fe en nuestro Señor
Jesucristo, procuraréis que vaya al Obispo, para que delante de él
y en presencia de la iglesia pueda confirmar... ".
Si leemos la rúbrica correspondiente del oficio de confirmación,
que "El Ministro de cada Congregación cuidará de instruir
a los jóvenes de su Iglesia en el Decálogo, Oración Dominical
y Símbolo Apostólico, y en las otras verdades fundamentales
del Evangelio..." comprobamos que tanto la exhortación inglesa
de 1549, como la nuestra actual, conceden un lugar preeminente al Decálogo,
el Credo, y el Padrenuestro, en la educación y adoración de
los fieles.
El Padrenuestro es un símbolo de como ora un cristiano, además
de ser la única oración que Jesús enseñó
a sus discípulos. En la Biblia, encontramos dos versiones de la misma:
una en Mateo 6:9-13; y la otra en Lucas 11:2-4. Como tal, ha encontrado su
lugar en nuestra liturgia.
Jesús enseñó a sus discípulos a orar con esa familiaridad
íntima y sencilla, que corresponde entre padres e hijos.
Siguiendo su estructura, vemos que primero debemos pedir por las grandes preocupaciones
de nuestro Padre Celestial. En segundo lugar, pediremos por el establecimiento
del Reino de Dios en la tierra. Por último, se cambia el enfoque de
la oración para cubrir nuestras necesidades personales, como son el
sustento diario, nuestra necesidad de perdón, y de protección.
Así intercedemos para que nuestro Padre Celestial sea reverenciado,
que su voluntad y propósito sean conocidos por todas las personas,
y cumplidos por ellas, y que nosotros participemos en el proceso. Pedimos
por nosotros, para que seamos capaces de confiar en Dios, seamos receptivos
de su perdón, y sensibles para vivir bajo su protección.
El tercer elemento de nuestra liturgia del que hacemos mención son
los Diez Mandamientos, ya se presenten en su forma detallada o de sumario.
Tomamos los Diez Mandamientos muy seriamente, en el contexto en que fueron
promulgados por Dios. Este contexto sitúa la razón de nuestra
obediencia, más allá del hecho de ser mandamientos divinos,
para situarla en nuestra gratitud a Dios por sus obras misericordiosas para
con nosotros. El mismo Pablo sitúa en sus escritos a la ética,
dentro del contexto de la gratitud a Dios.
Al analizarlos, vemos que nuestra responsabilidad de creer y confiar en Dios
es reflejada en los primeros cuatro mandamientos, mientras que nuestra responsabilidad
de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, está reflejada
en los seis últimos.
John H. Westerhoff estimula esta reflexión, al afirmar que en los primeros
cuatro mandamientos aprendemos que nosotros no somos Dios, para que los seis
siguientes nos muestren la forma de vivir y relacionarnos, sin destruirnos
mutuamente.