Comencemos con el significado de la palabra griega Ecclesia. Esta palabra
se aplica tanto en referencia a la asamblea convocada, como refiriendose a
la gente que ha sido convocada a dicha asamblea en el nombre de Señor.
Es una imagen como la del pregonero de nuestros pueblos, convocando a los
vecinos. De esta forma, la palabra iglesia ha venido a significar tanto la
casa de Dios, como el pueblo de Dios.
Es imposible que cuando alguien entra en una iglesia de las muchas que forman
nuestro patrimonio nacional, no se de cuenta de la existencia de un elemento
simbólico en ellas. La iglesia se ha servido de una amplia gama de
símbolos a lo largo de su historia, que representaban y recordaban
otros tantos hechos pasados o esperanza escatológicas. Por ello, y
en cuanto que nosotros en nuestra tradición tanto anglicana como española,
participamos de esa herencia, queremos destacar aquí algunos de ellos.
Comenzaremos con la colocación del altar o mesa, presidiendo las celebraciones
y que siempre estaba orientado hacia el este, para que los fieles pudieran
mirar hacia el nacimiento del sol, simbolizando la dirección de la
venida de Jesucristo en el fin del mundo. En Mateo 24:27 leemos "porque
como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente,
así será también la venida del Hijo del Hombre".
La colocación de la pila bautismal al lado de la puerta oeste, responde
al deseo de que la pila bautismal fuera la primera cosa que viera el fiel
al entrar al santuario, recordándole así que es a través
del bautismo como se entra al pueblo de Dios, cerrando así el ciclo
de nuestra entrada, fortalecimiento y esperanza de resurrección como
pueblo de Dios.
En otro grupo tenemos el simbolismo propio del servicio litúrgico,
de lo cual entre todos sus símbolos vamos a mencionar solamente los
más obvios a los ojos de cualquier persona que entre al santuario:
El agua es un símbolo de limpieza o purificación, ya sea aplicado
a personas u objetos. En el rito del bautismo, el agua constituye el elemento
donde el converso muere al pecado y resucita como una nueva criatura.
La imposición de manos es una forma tradicional de transferir una bendición
o poder a alguien. Se usa en el bautismo, la confirmación, la reconciliación
de un penitente, al orar por un enfermo, y en las ordenaciones.
El uso del incienso está asociado con la divinidad, de ahí lo
apropiado de que fuera uno de los regalos que los reyes le hicieron a Jesús.
La ceniza simboliza penitencia.
Lo colores litúrgicos, que son: blanco para el regocijo, rojo por el
fuego y la sangre de los mártires, violeta para la penitencia, verde
por el color de la naturaleza, y negro para el luto. Con ellos se transmite
la emoción y actitud de las diferentes fiestas y estaciones del año
litúrgico.
Por último mencionaremos que también las vestiduras del clero
son simbólicas. Entre todas ellas vamos a destacar:
El alba, que simboliza la pureza e integridad propias del hijo de Dios; el
cíngulo, que representa templanza y castidad (Efe 6:14); la estola,
que simboliza el yugo del servicio; la mitra, que representa a las lenguas
de fuego que en el primer Pentecostés cayeron sobre los apóstoles;
el báculo, simbolizando que el obispo es el pastor jefe de la iglesia;
y el anillo obispal, que representa su unión con la iglesia que preside.
Respecto a la culto de nuestra iglesia, diremos que todas las iglesias nacionales
que constituyen la Comunión Anglicana disponen de un libro de Oración
Común o liturgia que contiene todas las rúbricas y disposiciones
para cada servicio religioso que se vaya a realizar. Por otro lado, aunque
existe una diversidad de formas litúrgicas dentro de la Comunión
Anglicana, en todas ellas se afirma que los fieles reunidos en el santuario
comparten la responsabilidad de participar en la adoración a Dios.
Es por ello que se trata de una auténtica oración común
de los creyentes.
El primer libro de Oración Común fue obra del Arzobispo Cranmer
en 1549, un maravilloso esfuerzo que simplificó y devolvió el
culto litúrgico al pueblo en su propia lengua. Este libro ha sido revisado
en tantas ocasiones como lo recomendaban los cambios, tanto de las circunstancias
de la época como la necesidad de satisfacer adecuadamente las necesidades
de la gente de ese momento histórico.
Pero ese trabajo siempre se ha acometido teniendo en cuenta los tres criterios
de los que se sirvió el Arzobispo Cranmer en la confección del
primer libro de Oración Común: el libro debía estar "enraizado
en la Escritura"; debía "mantener el orden de la iglesia
primitiva"; y debía ser "edificante para el pueblo".
Por nuestra parte, la aparición de la primera liturgia de la I.E.R.E.
apareció en 1881, y fue obra del Obispo Juan Bautista Cabrera. Fue
revisado en 1889, y la última edición que tenemos es la de 1975,
bajo el Obispo Ramón Taibo.