http://club.telepolis.com/ohcop/inarlogi.html
La ciencia ficción, dignificada:
Inteligencia Artificial, de Steven Spielberg.
La última película de Steven Spielberg suscita en los espectadores que hemos
seguido desde hace años la carrera del cineasta norteamericano una rara
sensación. Es cierto que reconocemos en ella algunos de sus temas y
actitudes más característicos —una intensa representación del universo de
los afectos, el tono sentimental, la visión del mundo a través de los ojos
de un niño—, pero al mismo tiempo nos cuesta aceptar esta parábola sobre la
condición humana, tan triste, tan desoladora, como expresión de un autor a
quien hemos venido identificando con los finales felices, el optimismo y
hasta cierta tendencia a la moralina. En este sentido, creo que la reacción
de la crítica ante Inteligencia Artificial, que ha oscilado entre polos
abismalmente opuestos1, constituye un síntoma elocuente de la dificultad de
comprender en sus justos términos la propuesta de su director.
Tal vez las peculiares circunstancias en que se gestó el filme —recordemos
que está basado en un relato breve del novelista inglés Brian W. Aldiss,
“Supertoys last all summer long”2, que Stanley Kubrick comenzó a desarrollar
su adaptación cinematográfica, desgraciadamente interrumpida por su
fallecimiento, y que Steven Spielberg se hizo cargo del proyecto, como
homenaje al director de Eyes wide shut— puedan explicar en parte algunos de
sus rasgos constitutivos. Ya que he invocado la indirecta paternidad de
Kubrick, no me parece inapropiado traer a colación el antecedente de 2001,
una odisea del espacio, filme que a mi entender ofrece un evidente
paralelismo con el de Spielberg, pues ambos comparten una misma intención:
la de aportar al género de la ciencia ficción un impulso renovador3.
No puede sorprendernos tal propósito en un cineasta como Spielberg, quien, a
pesar de las reiteradas acusaciones de conformismo y adocenamiento con que
alguna crítica ha venido acogiendo las sucesivas entregas de su
cinematografía, ha demostrado a lo largo de los años una innegable ambición
creadora. Películas como Encuentros en la tercera fase (1977), obra señera
en la evolución del género de la ciencia ficción4, La lista de Schindler
(1993), que quiso ser el filme definitivo sobre el Holocausto, o Salvar al
soldado Ryan (1998), auténtica piedra miliaria en la trayectoria del cine
bélico, demuestran su deseo de dejar una huella perdurable sobre los géneros
cinematográficos, voluntad no muy distinta, por cierto, a la que durante
toda su vida exhibió Kubrick y que este último indudablemente reconoció
cuando decidió “legar” su proyecto a su colega norteamericano.
Hablando de ambición creativa, qué mejor muestra que Inteligencia
Artificial, donde se dan cita casi todos los motivos temáticos que definen
la ciencia ficción moderna —los avances científicos y tecnológicos en campos
como la informática y la ingeniería genética, la ambigua relación de
amor-odio entre humanos y robots, las catástrofes provocadas por la
arrogancia tecnológica, la alienación del individuo en una sociedad que ha
olvidado las señas distintivas de lo humano, la intervención salvífica de
los extraterrestres, el urbanismo delirante, las ubicuas y omnímodas naves
áereas, el sexo como mercancía destinada a aliviar la neurosis—, expresados
a través de un tratamiento icónico que bebe en fuentes de lo más variado y
aun heterogéneo: la perfeccionista frialdad kubrickiana de 2001, una odisea
del espacio, la atmósfera abigarrada, sincrética y barroca de Blade Runner,
los escenarios cibernético-orgánicos de Trön, las especulaciones climáticas
de Waterworld, las parábolas sobre la crueldad humana de Rollerball o Almas
de metal y, por supuesto, las visiones extáticas del encuentro con los seres
extraterrestres, tan del gusto del propio Spielberg en películas como
Encuentros en la tercera fase o E.T. Si todos esos motivos y estilos cobran
unidad es porque Spielberg los engarza hábilmente alrededor de un núcleo
central —el de la búsqueda de la felicidad, de la salvación personal, aquí
protagonizada por un niño androide que desea ser más humano que los propios
humanos—, que domina perfectamente, pues constituye el hilo conductor de
muchas de sus obras anteriores, como El color púrpura (1985) El imperio del
sol (1987), Always (1989), La lista de Schindler (1993), Salvad al soldado
Ryan (1998), etc. El hecho de que el argumento reúna, además, motivos
claramente emparentados con el cuento folklórico y los cuentos infantiles
—el abandono del niño en el bosque, la peregrinación en busca del fin del
mundo, el hada buena, los augurios, los muñecos animados que acompañan al
protagonista, los hechos de carácter milagroso— permite situar a
Inteligencia Artificial dentro de las constantes de un director que ha dado
reiteradas muestras de su interés por la revisión y actualización de las
tradiciones de la narrativa infantil