CUANDO NI LOS PERROS LADRAN
“La única razón para abandonar
una mujer es que le ponga a uno los cuernos”
Todo mundo en el apacible pueblo de Arivechi sabía que a Carlos Peralta le ponían
los cuernos con un comprador de ganado. Lo sabía, por supuesto, el apacible
Carlos, quien por una sinrazón propia del sentido común parecía ignorarlo. Es
cierto que el carácter fuerte y la presencia dominante de su mujer, María Eugenia,
se antojaba como uno de los más grandes escollos que el marido afectado enfrentaba
para siquiera pensar hilvanadamente el tema. Mujer guapa, de hablar fuerte y
directo, la Maru - como era conocida en el pueblo- se había hecho cargo del
timón de su casa y de su vida el mismo día que Carlos prefirió ser abarrotero
en vez de cultivar las tierras que le dejó su padre.
Pero los hombres serranos -como son los de Arivechi- no dilapidan su tiempo en discusión alguna sobre las cuestiones de la infidelidad femenina. Este es un asunto moralmente resuelto de una vez y para siempre. Dos o tres tiros bien puestos finiquitaban invariablemente el problema, fuera por muerte de la adúltera, de su amante, o de ambos.
El Juez de la zona, fuereño y solidario, mantenía en el más oscuro rincón de su memoria y de sus archivos cualquier expediente relacionado con estos asuntos y los hombres ofendidos volvían a levantar la frente sin mayor ornamenta que el sombrero y sin mayor culpa que haberse equivocado de esposa.
Sin embargo, Carlos Peralta parecía ajeno a la vida de la sierra; como nacido en algún sitio por debajo de los cuatrocientos metros sobre el nivel medio del mar, donde la calidez costera hubiera adormecido su corazón. Su trabajo de abarrotero de medio mayoreo lo hacía recorrer los pueblos de los alrededores, donde consumía su tiempo en largas charlas con los clientes a quienes entregaba mercancía. Cerraba nuevos tratos, levantaba pedidos y llenaba formularios mientras la parsimonia del monte mezclaba los humos de la taza de café Combate y del Delicados sin filtro. Una actividad importante de Carlos eran sus constantes visitas a las ciudades, a donde acudía sin prisas a las oficinas bancarias que custodiaban los valores acumulados durante su interminable caminar. Allí hacía también las compras de la mercancía que después se acomodaría en los anaqueles de las tiendas de las rancherías.
En el pueblo se decía que esta clara vocación de Peralta por las veredas y terracerías era en realidad una fuga eterna de un hogar sin hijos, sin amor y sin tierras. Se hablaba también mucho de la suerte especial que lo acompañaba, pues a pesar del conocido tráfico y producción de mariguana en esos lugares, sardos ni policías lo molestaban y los salteadores nunca habían intentado alcanzar sus alforjas. Sobre los caminos, con su Dodge de tres cuartos de tonelada lamiendo lomeríos y cañadas, el comerciante gastaba buena parte de los días de la semana. Como una versión perversa de Penélope, la Maru, en lugar de distraer su soledad tejiendo y destejiendo infinitos bordados como lo hacía la mujer de Ulises, preparaba las salidas de Carlos enhebrando un minucioso rosario de actividades previas a cada viaje, en una especie de anuncio de la próxima partida de su marido. Lo hacía con esmero, pacientemente, y no faltó quien pensara que con tristeza. La ropa recién planchada encontraba su sitio en la maleta de lona, los afeites se acomodaban cerca de los medicamentos y las novelas de Marcial Lafuente se apilaban al lado de las sandalias de noche, a la espera de la luz centelleante de las lámparas de gas en las casas de huéspedes frecuentadas por el abarrotero. Bastaba ver a la Maru en el ajetreo de la casa para saber casi la hora de partida de su marido.
El ganadero a quien la Maru amaba a trasmano entraba y salía de la casa de los Peralta como Juan lo haría por la suya, con la única diferencia que aquel llegaba sólo de noche. La Cheyenne beige, con el fierro grabado en las puertas, se deslizaba a oscuras por un costado de la construcción con precisión y confianza. Tantos meses de visitas furtivas habían transcurrido que ya ni los perros ladraban. El hombre cruzaba el patio y su voz ronca llenaba de inmediato la casa entera, la algarabía se instalaba en la cocina acompañando la cena y los alargados falsetes del visitante acallaban los cancioneros radiofónicos.
Lentamente, al ritmo de la vida de un pueblo ganadero, las luces de la casa se iban apagando mientras que los murmullos y risas recorrían las habitaciones hasta reposar en la recámara. Los detalles de este ritual, donde a la despedida de Carlos sucedía la bienvenida al amante, recorrían como colibrí los mentideros y confesionarios de Arivechi, encendiendo rubores y pasiones propias de las beatas y de las abandonadas, despertando aletargados sentimientos con la devastadora puya de los celos. Nadie entendía el proceder de Carlos ni sabía con seguridad si su comportamiento reservado surgía de la ignorancia, de la tolerancia o del hastío; muy pronto se sabría que no provenía de ninguno de estos rumbos. Sus prolongadas ausencias acrecentaban las incertidumbres y afirmaban la certeza entre los hombres serranos que algo debía de hacerse para detener el ridículo colectivo.
La iniciativa la tomó Ramón Buitimea, un indio mayo llegado a la sierra de Sonora con el mismo sigilo de un maya yucateco avecindado en la huasteca hidalguense. Ramón, vecino de los Peralta, marido de una media hermana de Carlos, vivía en una casa cercana y padecía los rumores del pueblo como propios aunque vinieran de casa ajena. Pasaba noches enteras mascullando maldiciones mientras el coraje hacía desequilibrios con su natural discreción. La hermana de Carlos Peralta prefería decididamente el silencio, alegando incompetencia para resolver el drama y esa era quizá la única razón por la cual Ramón se mantenía callado. Pero, a decir de algunos abstemios, no hay mejor amigo de la indiscreción que el alcohol. Y en la cantina de Arivechi, sobre los picos de las botellas de cerveza revoloteba de mesa en mesa el chisme de los Peralta. Los amigos y parientes de Carlos urdían afanados los posibles remedios, repetían nombres de los futuros encargados de ponerlos, pero siempre se topaban con el problema de la forma de hacérselo saber al interesado.
Una tarde de octubre Ramón Buitimea se apareció por la cantina buscando terminar algunos arreglos para vender sus becerros ese invierno. Se recargó con pesadumbre sobre la barra, pidió una Tecate y antes que el bote llegara a su mano uno de los amigos de Carlos le acercó la culata de una pistola .32, escuadra, automática: - Vamos diciéndole a Carlos Peralta que se deje de pendejadas, no vayan a creer que todos somos como él. Dijo el individuo en voz baja, buscando complicidad. - Diciéndole qué, Chapo. Repuso Buitimea, mientras un trago helado se resbalaba por el nudo recién formado en la garganta. - Las puterías de su vieja. Deletreó el Chapo la frase para que calara. - Esas ya las sabe hombre -reveló sorpresivamente Ramón- lo trabajoso es que las crea. El indio mayo, grandote y prieto, se separó entonces de la barra llevándose su cerveza a un rincón del lugar, a donde empezaron a acercarse aquellos hombres de la sierra en busca del refrendo de su virilidad mediante el socorrido recurso de acabar con la de otro. Y antes que el frío arreciara y las salidas de ganado a la frontera se vinieran encima, Ramón convenció a Carlos que al menos valía la pena cerciorarse de las presuntas anomalías en su vida matrimonial, fingiendo una salida para espiar a la Maru. Lo convenció de una forma por demás extraña, le prometió comprarle un pie de cría Hereford si el ganadero no aparecía antes de las nueve de la noche; a su vez, Carlos echaría mano de la escuadra .32 en caso contrario.
Así se inició el ritual de aquella semana, donde a la aparente perversidad de la mujer se sumaba ahora la de su marido, quien observaba con un detenimiento parecido al arrobo los movimientos de su esposa. Carlos apreció la delicadeza de maneras de su mujer en la confección de su equipaje y, conmovido, estuvo tentado a suspender el operativo, a tal punto que la esposa creyó que Carlos no saldría hasta otro día. Ramón comió esa tarde en casa de los Peralta para cerciorarse del éxito de sus diligencias y no se separó de Carlos, mostrándole como relámpagos el pavón de la pistola escondida entre sus ropas, empujando una pronta respuesta. Hacia las cuatro de la tarde subieron equipaje e ilusiones a la Dodge y enfilaron hacia San José, donde comprarían cervezas y bacanora para montar su posta a resguardo del frío y de la impaciencia. Esperaron el anochecer en el recodo de un arroyo cercano a Arivechi, donde las bebidas empezaron a distender los finos ligamentos de la cordura, soltando al azar sentimientos exaltados y orillando decisiones comprometidas. Poco tiempo después que Venus se plantara en el firmamento, la Dodge se acomodó, oscura y silenciosa, tras el enorme sauce llorón de la casa de los Buitimea. Minutos después de las ocho y media de la noche Carlos acariciaba la pistola con la seguridad de quien la sabe inútil. El alcohol había afirmado los sentimientos y pulido las decisiones, de manera que cuando las luces del pick up beige se hundieron en la bruma del patio de la casa de los Peralta, Carlos no pensó dos veces fajarse el arma al cinto. - Ahí está, te lo dije. Murmuró Ramón triunfante. Carlos no respondió. Había enmudecido al sentir un revoltijo en las entrañas. Percibió cómo el bacanora lo abandonaba rápidamente a su suerte de abarrotero. El ganadero de la Maru entró por la puerta de siempre, con la misma alegría con que se recibe un dinero inesperado. - Tu entras y te lo chingas luego luego, sin averiguar. Sentenció el indio, observando a contraluz con el corazón agitado. A Carlos se le encimó la vida. Con la calma habitual se bajó del carro y caminó hacia el pórtico de su casa. Cuando llegó a la puerta no sacó las llaves ni la pistola. La pareja de amantes se disponía a cenar. Carlos, en un momento extremo de tensión tocó la puerta de su propia casa. Tocó con fuerza, eso sí. - ¿Qué chingados quieren? Preguntó el ganadero a voz en cuello. El revoltijo de entrañas se anudó en el pecho de Carlos y con una voz apagada, como traída de los lejanos parajes que visitaba, contestó tambaleante desde el pórtico: - ¿No compran tamales? Y sin esperar respuesta se retiró.
Al menos así consta en el expediente de divorcio que integró el Juez de la zona. México, D.F. abril de 1997
Víctor Hugo de la Fuente