A mis hijos
En estas horas de la madrugada
en las que vosotros dormís, y yo, consciente de la provisionalidad
que somos, trato de empaparme con los invisibles chubascos de emoción
y ternura que derraman sobre mi alma la frescura abrasadora de la vida, cuando
se camina de cara a la voz que nos convoca a todos como única senda...
al amor.
Somos belleza y amor. Somos, y ahí radica el milagro, solitario
bosque de felicidad. Despejad horizontes y veréis que al final del camino
sólo existe una verdad: el amor vivido.
m
¡Ojalá, al
finalizar el camino y mirar hacia atrás, podáis leer muchas historias
de amor, protagonizadas por vosotros sin ser por ello los actores principales.
Lo
importante es dar con la "letra" capaz de rellenar páginas
hermosas de amor.
Cada
cosa, una vez; sólo una vez.
En esta casa la memoria de las cosas tiene nombre: amor. Cada cosa fue amor;
cada vez fue amor. Y lo seguirá siendo.
El
amor lo puede todo, lo entiende todo. El amor comparte todo menos el desamor.
Si
en el momento justo de mi muerte pudiera sentarme frente a este ordenador, las
últimas palabras que desearía escribir serían éstas:
Sólo sé que amé.
Tendríamos
que vivir en una constante declaración de amor, que no es otra cosa que
ese gesto que dulcifica la mirada, que imprime calidez a las palabras, que derrama
belleza en los gestos.
La
persona que se siente amada, siempre tendrá éxito en sus empresas
porque el amor pone alas en nuestros corazones y nos remonta a esa dimensión
donde todo adquiere un nuevo e ilusionante sentido, porque cada cosa que se
comparte en amor, se duplica en sentires y trascendencias.